El Sol
Madrid, jueves 11 de enero de 1923
 
año VII, número 1.692
páginas 1 y 5

Baldomero Sanin Cano

Iniciativa interesante

Motivo para un Congreso hispanoamericano

El Sr. Sanin Cano, distinguido publicista que representa en Madrid al gran periódico bonaerense «La Nación», nos honra con la siguiente carta, que acogemos singularmente complacidos. La alta y noble idea del Sr. Sanin Cano nos ha inspirado algunos comentarios que en nuestra sección de «Editoriales» hallará el lector.

«Madrid, 9 de enero de 1923.

Señor director de EL SOL

Me atrevo a solicitar la hospitalidad de las generosas columnas de su diario para hablar de un asunto apremiante, en cuyo estudio deben estar interesadas, no sólo España y la América española, sino toda la humanidad civilizada. Sé que España y algunas de las Repúblicas americanas de origen español desearían tropezar con un problema de interés general que sirviera de fundamento a la convocación de un Congreso hispanoamericano. Creo que la ocasión se presenta en estos momentos aciagos para la vida civil y económica de Europa.

Las naciones que hicieron –y las que aceptaron– la guerra dieron muestras, durante cuatro años y tres meses, de sus grandiosas capacidades en el arte de destruir y de sus inmensos recursos para obrar el mal. En cuatro años y un mes han convencido al mundo de la limitación de sus talentos en la tarea de reconstruir lo deshecho, y de aplicar el bálsamo apaciguador a los enconos suscitados por la guerra. Hispanoamérica y España contribuyeron a alimentar el incendio suministrando elementos de primera necesidad a los beligerantes. Es una responsabilidad que no debemos rehuir, y que purgaremos en las páginas de la Historia. Algunas naciones americanas entraron nominal o efectivamente en la guerra. Si todas ellas y España hubiesen obrado de acuerdo con ánimo de precipitar el advenimiento de la paz, Europa no se dolería en este momento de todos los males que la afligen. Los documentos ya publicados autorizan para creer que hubo momentos en que ambos grupos beligerantes habrían aceptado la intervención amistosa de la opinión neutral, debidamente representada.

El fracaso lamentable de la Conferencia de París no ha sorprendido más que a la Prensa deseosa de sentir asombro. Desde 1919 una resaca de intereses antagónicos lame las playas de las aspiraciones pacifistas entre los socios de la Entente. La redistribución de África, el petróleo de Persia y del Irak, los Dardanelos, la proporción en la partija de las reparaciones, la forma en que haya de hacerse la condonación mutua de las deudas de guerra, el uso que uno de los aliados ha hecho de los fondos depositados en oro para garantía del pago de empréstitos, la actitud de cada potencia en frente al problema ruso, tales son, señor director, las causas de disentimiento entre los aliados. No las menciono todas. Hay veces en que aún los mismos periodistas debemos ser discretos.

Más de veinte Conferencias se han celebrado para resolver los problemas creados por el advenimiento de la paz. La inanidad del resultado, en la mayor parte de los casos, bien sabemos a qué atribuirla: al conflicto de apetitos entre las naciones representadas en esas Conferencias, y al influjo de los intereses de partido en la solución de cuestiones característicamente universales. Los asuntos que allí se debaten no afectan solamente a la vida y al porvenir de las naciones aliadas. Tienen alcance mundial. Si es cierto que en la vida del hombre no hay acciones aisladas, en el punto a que han llegado las relaciones entre los pueblos viene siendo innegable que tampoco hay hechos aislados de carácter nacional. Sin embargo, de algún tiempo a esta parte, y sistemáticamente, se hace caso omiso en estas juntas internacionales de muchos países cuyos intereses están ligados a la solución de las cuestiones pendientes entre los aliados y sus antiguos adversarios.

Están en su derecho los que persisten en esta omisión. La América española, y las otras naciones cuyos intereses se sientan afectados por el hecho de estar continuamente ausentes de aquellas deliberaciones, pueden, sin ofensa de nadie, reunirse también a deliberar acerca de su situación.

El fracaso de la Conferencia de París no parece que hubiera de ser necesariamente una ruptura de la Entente; pero si la Prensa de los países que forman ese acuerdo internacional es la expresión de la opinión pública, hay razones para temer que el rompimiento sea probable, y acaso necesario. El Times del sábado pregunta en su primer artículo de fondo: «¿Qué sigue ahora?», y su propia contestación no está destinada a tranquilizarnos.

En esta situación, no habría daño en que España y las Repúblicas americanas se reuniesen a deliberar. No es cordura, con la experiencia y el remordimiento tan recientes, esperar a que la gran desgracia, la enorme catástrofe, nos encuentre de nuevo desprevenidos. Otras naciones han dado ya el ejemplo en coyuntura menos inquietante. Ahí está el caso de la Pequeña Entente. Además, ha llegado la ocasión de sondear el alma de la raza. ¿Arrancan del fondo del alma colectiva de esos pueblos los decantados sentimientos de solidaridad? ¿Existe, en verdad, un anhelo de acercamiento? El Congreso vendría a sellar estas aspiraciones con la sanción del hecho.

No he de decir a quién le toca la iniciativa en esta obra de aproximación. Si usted acoge esta carta, señor director, las capacidades diplomáticas, a quienes EL SOL les sirve de palestra, decidirán este punto con mejor acuerdo que su atento s. s., q. e. s. m., B. Sanin Cano

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Editoriales

Idea de una Conferencia Iberoamericana

Tiene razón el representante en Madrid de «La Nación», de Buenos Aires, Sr. Sanin Cano –véase su carta en otro lugar de este número–, en que las naciones de intereses muy ligados, como España y la América española necesitan deliberar juntas acerca de la situación del mundo. Los asuntos internacionales actualmente en debate y crisis no afectan tan sólo a las naciones aliadas; su repercusión es universal y los daños recaen sobre todos los pueblos del planeta; el que de éstos se encuentre aislado recogerá una mayor proporción de ellos. Por esto los diversos países van agrupándose entre sí, conforme a sus mayores afinidades de raza o de intereses. Ya cita muy oportunamente el Sr. Sanin Cano en su carta a la Pequeña Entente. Pero otras asociaciones semejantes se dibujan también sobre el mapa. En estos últimos días, Turquía y Rusia aparecen unidas en Lausana; Inglaterra y Norteamérica se acercan paulatinamente, y Francia misma, tan gozosa de verse sola al fin, no hubiese podido perseverar en su política sin la compenetración con Italia y Bélgica. Ante este movimiento de gravitación de unas naciones hacia otras, España y la América española tienen ya marcado su camino en una mutua aproximación. En el momento en que el equilibrio económico y político de Europa está de nuevo en juego, España puede encontrar una base de estabilidad en su íntima unión con América, añadiendo a todas las otras razones permanentes, mil veces expuestas, una más, derivada de la urgencia de la hora.

«¿Existe, en verdad, un anhelo de acercamiento?», escribe el señor Sanin Cano. Es una pregunta que bien pudiéramos poner en tono de afirmación. Pues, entonces, no hay más que injertar la tendencia, siempre perseguida, jamás lograda por completo, en esta propicia coyuntura. Si en el momento de una crisis mundial, España y América no establecen la comunicación deseada, lo más probable es que nunca lleguen a mayor proximidad que la presente. Por lo menos, puede decirse que no se dará motivo de mayor importancia ni de mayor conminación. Ahora bien; los grandes anhelos, siempre un poco abstractos y vagos, no alcanzan realidad si no descienden a puntos muy concretos y definidos; por esta razón no bastará la iniciativa del llamamiento si las naciones apeladas no detallan antes con toda precisión los asuntos que necesitan deliberación y acuerdo. No vamos a reunimos sin más materia de reunión que la de un sentimiento de raza; para aumentar su compenetración, los pueblos necesitan asuntos comunes de vida o muerte. No faltan, antes por el contrario, abundan entre España y América; pero el Sr. Sanin Cano –y nosotros con él–, sin duda prefiere dejar su precisa determinación a las capacidades diplomáticas a que alude al final de su carta. En ella se habla de las Repúblicas de lengua española y de España; pero tal vez se podrían incluir por iguales motivos al Brasil y a su antigua metrópoli, Portugal.

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