Filosofía en español 
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Cinematografía

[ Ángel Dant ]

Desde París

Tartarín de Tarascón se “mete” en pantalla de once varas

Cuando Daudet, ya en sus tiempos de gloria, se reunía junto con Zola, Turgueneff y los Goncourt, en la casa que Flaubert poseía en la calle de Murillo, en París, poco pensaba, ciertamente, que las hazañas del héroe tarasconés, que tanto refocilaban al eminente auditorio, debían, en este año de gracia, causar la admiración y sorpresa de todos los mortales espectadores asiduos de los “cinemas” de París.

Es indispensable establecer entre estos espectadores una selección: los fervientes del autor exquisito de las “Cartas de mi molino” y los que no conocen a Daudet más que de nombre.

Y ante tamaña selección, lo que debemos confesar seguidamente es que el éxito de Tartarín en “cine” ha sido muy mediano. Como película-negocio, un fracaso. No interesa a la masa; ya que es justamente la que llena los “cines”, no sintiendo el interés de una acción que la fascine, ve con indiferencia cómo pasan ante sí las aventuras del ilustre hijo de Tarascón.

“Tartarín en los Alpes”: tal ha sido la época tartarinesca elegida para ser “filmada”. A fuer de imparciales y justos, diremos que esta película ha sido puesta con toda clase de detalles, con refinamiento; sus directores no han olvidado nada de lo que el genio de Daudet pintó con tanto “humour” en las páginas inolvidables de su libro. La encamación que de Tartarín ha hecho Vilbert es sencillamente maravillosa. Esta película es un verdadero primor.

Pero ¿cómo es posible que una obra tan bien ejecutada y mejor interpretada, de tan afamado autor como Alfonso Daudet, no sea un éxito indiscutible?

Sencillamente; hay autores célebres, eminentes, que justamente su genio radica, más que en “lo” que dijeron, en “la manera” con que lo expresaron. Y Daudet es, tal vez, uno de los autores ilustres menos “peliculizables”.

Es un error que muy a menudo han cometido muy buenos directores de estudios cinematográficos. La gracia espontánea, la fina ironía del autor del “Inmortal”, es sencillamente imposible traducirla en la pantalla. La fraseología pintoresca y tan peculiar de los provenzales, uno de los mayores atractivos de Tartarín, se pierde sin encontrar eco alguno en el “cine”. Solamente aquellos que, amantes del genio amable y poético de Daudet, han saboreado en silencio la gracia exquisita del estilo del autor, sonríen con simpatía ante la película que nos ocupa.

“Distintamente” –como diría el propio Tartarín–, toda la fineza que exhalan las conversaciones y comentarios de un Costecalde y de un Bravida se pierdan en el vacío.

Admirando el esfuerzo y la noble intención de los directores de esta película, podemos decir, sin vacilar, que ha sido una nueva “tartarinada”.

El triunfo de Tartarín en el “écran” es igual al que alcanzó como cazador de leones, como alpinista y como colonizador. Imaginación, sueños, exuberancia tarasconesa...; pero el “film” quedará olvidado, porque las hazañas de Tartarín en pantalla no pueden ir acompañadas del espíritu finísimo de Daudet, que las dio vida imaginaria.

Este “film”, por haber sido tan admirablemente aderezado, es para ser proyectado en un Ateneo, en una sociedad de artistas, en un público literario, en fin, y realmente selecto. Pero este no es ciertamente el único fin del “cine”, y mucho menos el que se propusieron sus autores.

De ahí, repetimos, el fracaso. Después de haber “filmado” “Jack”, del propio Daudet, tal vez su magnífica “Sapho” es su obra más cinematográfica.

En el difícil arte mudo es necesario poseer en alto grado lo que en medicina se llama “ojo clínico”. De lo contrario, se va al fracaso más ruidoso, a pesar de la gloria del autor que se pretende “filmar”. Bien es verdad que no muchos directores de estudio poseen sagazmente el “ojo fílmico”.

Prueba evidente fue aquella película de “Cristóbal Colón”. Como lo será cuando veamos en la pantalla a “Don Quijote de la Mancha”.

El “écran” demanda una acción intensa –que puede ser artística y moral siempre–, pero expresada por el gesto, por la acción, en gradación intensiva, a cada momento. Y, sobre todo: el “film” que en su trama no encierra un problema pasional está condenado irremisiblemente por la indiferencia.

El lector más refinado, desde el instante en que pasa a ser “público” de una sala, inconscientemente pide pasión, problema sentimental en toda su fuerza emotiva.

Todo “film” que carezca del nervio pasional no logrará más que una leve aprobación, sin conseguir otra cosa que una vida efímera.

Por eso Daudet, el inmenso, ha fracasado en el “écran”, porque el pimpante Tartarín se ha metido en una pantalla de once varas.

La vida jurídica del “cine” en Francia

En estos mementos ha terminado la importante reunión que en el palacio de la Mutualidad han tenido todos los elementos activos que integran la industria cinematográfica francesa.

Esta verdadera asamblea de fuerzas vivas del “film” tiene una alta significación, y nos muestra un cúmulo de enseñanzas para que el día que en España la industria del “film” exista como tal, pueda servir de norma a sus futuros creadores y a los gobernantes que la suerte depare el honor de velar por la industria nacional.

Hoy en Francia el verdadero cinematógrafo francés tiene vida algo precaria, en gran parte debido, no solamente a la poquísima protección del Estado, sino a la interminable serie de gravámenes y gabelas con que este mismo Estado y el Municipio le agobian de continuo.

Sin pecar de parcialidad, diremos que el cinematógrafo francés –el genuinamente francés– es, indiscutiblemente, el mejor de los que se han producido.

Lógica, buen gusto, arte y habilidad en su desarrollo, alteza de miras. Estas son, a grandes rasgos, las características especiales del “film” de Francia.

Y ante una tan formidable fuerza creadora, se le opone la indiferencia oficial y oficinesca, que le obligan a batirse en retirada y ver cómo en su mismo suelo patrio triunfan el “film” americano y hasta el italiano, que ya es el colmo de los colmos.

En efecto, el “écran” francés se ve en la obligación de satisfacer en Francia y en el extranjero unos derechos y contribuciones tan crecidos que le hacen su vida poco menos que imposible, obligándole a una lucha por la existencia verdaderamente titánica.

Ante situación tal, ante tamaño porvenir, todos los elementos productores se han reunido, y, grito al cielo, han clamado por la libertad de su industria, pidiendo un poco de vida para poder subsistir.

Después de razonadas y estudiadas proposiciones de los presidentes de la Cámara Sindical de la industria del “film”, de los directores de “cines”, de los “meteurs” en escena, de los representantes de artistas, del “cine” todo de la nación, se acordó una acción intensa y directa en vista a obtener de los poderes públicos el tan deseado apoyo.

Se ha fundado el grupo cinematográfico-parlamentario, del cual forman parte buen número de diputados, que se han dado cuenta del peligro que corría una de las más características industrias francesas.

El Senado tampoco quiere regatear su apoyo; el mismo Consejo municipal de París, se inclina ante las formidables razones que se le presentan.

Todo hace prever, pues, que, a no tardar, la vida jurídica que va a inaugurarse para el “écran” francés será una verdadera fuente de nuevas preciosidades y exquisiteces, que podremos presenciar todos los amantes del cinematógrafo artístico.

Otro problema de altísima importancia para el desarrollo del “cine” ha sido el que acaban de poner en orden –por decirlo exactamente– dos abogados eminentes del Colegio de París.

Han publicado el “Código Cinematográfico”, es decir, todos los derechos y prerrogativas concernientes a la propiedad cinematográfica, al derecho de los directores, desde el punto de vista autor, a los actores; las exclusivas, los contratos de toda clase, en fin, que ligan nacional e internacionalmente la vida del “cine” en todos los países.

Esperemos la realidad de todos estos esfuerzos, que hoy se han llevado a cabo. Dentro de poco empezará una nueva era de esplendor artístico para el “écran” de Francia.

Y entonces, el eminente entusiasta Luis forest ya no me escribirá, como últimamente, deplorando que la gente de todas las categorías no se hubieran dado cuenta de que el “cine” era el arma más poderosa para regenerar a la Humanidad.

Ángel Dant

París, enero 1921


Desde Roma

El estreno de Intolerancia

Hace unos días se estrenó en esta capital la grandiosa cinta Intolerancia, calificada por los americanos como la obra más perfecta del mago de la cinematografía, David W. Griffith.

Los grandes rotativos, las revistas ilustradas, los profesionales de cinematografía, y, sobre todo, el público que desde el día del estreno llena en todas las sesiones los seis cinematógrafos de Roma donde se proyecta Intolerancia, coinciden en afirmar que esta película es lo mejor que se ha producido hasta el día.

Las cuatro épocas en que se divide Intolerancia sorprenden y maravillan por la prolijidad de detalles y la grandiosidad del conjunto.

Italia, que ha producido cintas tan admirables como “Quo vadis?”, “Christus”, “Julio César”, “Marco Antonio”, etcétera, &c., ha quedado empequeñecida con la presentación de “La destrucción de Babilonia”, primera parte de Intolerancia.

Jamás se ha visto un alarde como el de esta cinta, donde las mayores fantasías se han convertida en realidad por obra del genio de Griffith.

Las otras tres partes de Intolerancia, que se condensan en el drama del Gólgota, la matanza de los hugonotes y una tragedia moderna producida por la intolerancia de los humanos, levanta al público de los asientos y le hace prorrumpir en entusiastas y delirantes ovaciones.

Sin temor a rectificación, puedo asegurar que el éxito de Intolerancia no se ha conocido jamás ni es fácil que se obtenga en mucho tiempo.

Guido de Rizzo

Roma, enero 1921.