Revista de Estudios Políticos
Madrid, noviembre-diciembre 1945
 
número 24
páginas 121-126

Notas

[ José Martínez Ruiz ]

La prudencia y el tiempo

El Instituto de Estudios Políticos acaba de publicar un libro de Leopoldo Eulogio Palacios: libro sencillo, claro, límpido. Su título: La Prudencia política. Se ha dicho que “toda filosofía es una confesión”; se puede añadir que todo libro es también una confesión, parcial o general. Al tener en nuestra mano un libro como el de Leopoldo Eulogio Palacios nos asaltan varias interrogaciones: ¿De qué modo la idea de este libro ha surgido en la mente del autor? ¿Qué motivos ha tenido el autor para escribirlo? ¿Por qué caminos ha llegado el autor a las conclusiones que en la mente, antes que en el libro, habrá formulado? En el presente caso, al tratarse de prudencia política, el problema es muy interesante. Siempre habremos de presumir que una parte de la experiencia del autor ha llevado al autor a elegir este tema. No sin motivo habrá el autor determinádose a escribir un libro como éste. Y si el autor ha apelado a su propia experiencia, con las adehalas consiguientes a la experiencia, ¿en qué grado lo personal –lo personal convertido en abstracto– estará patente, con estas páginas, ante el lector? La sinonimia ha tratado de establecer la paridad y disparidad entre sabiduría y prudencia. Un sinonimista comienza diciendo: “La sabiduría hace obrar y hablar oportunamente; la prudencia, impide obrar y hablar fuera de tiempo.” ¿Hasta qué punto es cierta esta discriminación? ¿Cómo podríamos, en un caso apretado, saber si hemos de emplear la acción, o sea la sabiduría; o la omisión, o sea la prudencia? Provisionalmente, aceptemos esta distinción fijada por la sinonimia. Contamos, para nuestro gobierno, con el libro de Leopoldo Eulogio Palacios; tenemos a mano, para el mismo fin, otros libros análogos; no nos faltan, naturalmente, las colecciones de máximas que han formado gobernantes insignes; decimos gobernantes, y no literatos y filósofos, porque en este caso de que nos ocupamos, del gobierno o regimiento de los pueblos se trata. No prescindimos ni de Marco Aurelio, ni de nuestro Antonio Pérez, ni del mismo Felipe II, en su carta a su hermano D. Juan de Austria. Sabemos, pues, teóricamente, [122] lo que es la prudencia; no separaremos de la prudencia la sabiduría. Y ahora, ¿qué es lo que nos toca hacer? ¿Cómo en un trance difícil, si en él estamos, nos desenvolveremos?

No nos bastan los libros; no nos sentimos seguros, seguros de nosotros mismos, con los solos documentos literarios. Necesitamos recogernos en nosotros; hemos de hacer un recuento de nuestras posibilidades psíquicas. Si en un trance arduo no sacamos de nosotros mismos, de nuestra personalidad de hoy y de ayer, con que afrontarlos, no habremos adelantado nada. No nos servirán, en este caso, las lecciones que los libros nos hayan dado; ante el hecho nefasto estaremos desarmados. Y con este punto es cuando nos percatamos de la precariedad –precariedad hasta cierto punto– de los documentos literarios. Lo que ahora, presionados por la realidad, necesitamos es nuestra propia fuerza, nuestra iniciativa, nuestra orientación respecto a la sabiduría y respecto a la prudencia. ¿Usaremos de la acción? ¿Usaremos de la omisión? ¿Y cómo usar de la acción y cómo de la omisión? El tiempo apremia; no podemos demorar la resolución; habrá que tomar un partido en un sentido u otro. Y el tiempo va pasando; advertimos algo que nos consuela, por una parte, y nos alarma, por otra. Y esto que vamos, silenciosamente, advirtiendo es la acción del tiempo. Con el tiempo no habíamos contado. Y aquí está el tiempo con todas sus cualidades, buenas y malas, con sus agravantes y con sus lenitivos. Pero el tiempo no es el mismo para unos y para otros; difiere el tiempo según sea quien a él apela, anciano o joven; un joven no tiene la sensación de tiempo que tiene un anciano. Y si en este caso quien está en trance angustioso es un hombre provecto, su actitud, naturalmente, será más satisfactoria que si se tratara de un joven. Por más que un joven se encuentre en posesión de algo que contrabalancea la acción del tiempo, es decir, la experiencia: el ímpetu; el ímpetu que resume un psicólogo, Gracián, diciendo que “un grano de audacia en todo es importante cordura”.

¿Y la Historia? ¿No nos servirá la Historia para nuestro escape de este riguroso estrecho que hemos imaginado? La Historia dice a todo que y dice a todo que no; la Historia tiene siempre, como Jano, dos caras. No existen paridades en la Historia; existen equivalencias. Y cuando nos encontráramos con [123] casos idénticos al nuestro, formando regla, en los tiempos pasados, siempre nos preguntaríamos, inquietos, recelosos: ¿Y si esta vez el camino de la Historia no es el mismo? ¿Y si esta vez la Historia resuelve hacer una excepción para confirmar el proverbio? Con todo –y sólo como curiosidad más o menos aprovechable– acudimos a la Historia. Y en la inmensa variedad de lo histórico vemos en estos momentos, nos complacemos en ver, a uno de los hombres más representativos de nuestra Edad Media: Rodrigo Díaz de Vivar. No vemos el Cid de la Historia; tenemos invencible querencia al Cid de la leyenda, al Cid del poema. El Cid del poema lo imaginamos en Alcocer; está sitiado en ese pueblo. El Cid es hombre ya maduro, reposado. Diríase, a juzgar por sus llantos, repetidos llantos, al salir desterrado de Burgos, que en el Cid se ha producido cierto desequilibrio entre la sensibilidad y la inteligencia, en provecho de la sensibilidad. Había motivo en este caso, al salir de Burgos, dejando allí las caras prendas, para la ternura, no para el derretimiento. En Alcocer, ganado por el Cid, se encuentran los castellanos cercados; no le importa gran cosa al Campeador; confía en sí mismo; aunque el desequilibrio de que hablamos sea cierto, todavía el Cid es dueño de su persona; la prueba es que, como ha dicho un moderno, el Cid camina ya de victoria en victoria, y que “Castilla se va ensanchando delante de su caballo”. Aquí en Alcocer ya lleva casi tres semanas de asedio; no se ha decidido todavía el Cid a tomar una decisión; las fuerzas que cercan la plaza son muchas más que las tropas de que dispone el Cid. ¿Y por qué no se resuelve todavía el Cid? ¿Es por prudencia? ¿Es por sabiduría? No será por sabiduría, puesto que esta virtud es acometimiento, y él no acomete; no será por prudencia, puesto que, evidentemente, el dejar pasar el tiempo en tanto que el cerco se va estrechando, es algo que tiene cariz de temeridad. Al fin, el Cid, al expirar la tercera semana, convoca para consejo a sus capitanes. ¿Y cuál será nuestra actitud en este caso? ¿Qué utilidad podremos sacar de esta hazaña del Cid? Pasa el tiempo; pasan los siglos. El tiempo no se detiene; la Historia, hechura del tiempo, no se interrumpe. Nos encontramos ahora, siglos después, en un altozano en que se levanta un castillo; he estado yo ante la puerta de este castillo. En la hondonada, al pie del castillo, se extiende el pueblo: Torrelobatón. [124] Día de cielo nuboso amenazando lluvia; todo transpira un aire de tragedia; la tragedia no se ha producido todavía, pero está en el ambiente. Se encuentran encerradas en el castillo las mesnadas de los comuneros. Nuestro Caudillo, en su discurso de Valladolid, ha tenido para estos hombres un recuerdo afectuoso: recuerdo en cuanto, precisamos, estos hombres luchan por aspiraciones nacionales. Ha llegado para estos hombres el momento decisivo: triunfar o perecer. El día no es propicio para la batalla que se avecina. Todo aconseja que con este tiempo, estando el terreno donde se ha de combatir cenagoso y resbaladizo, no convendrá aventurarse. Se aventurará en caso análogo, más de dos siglos después, alguien en Waterloo, alguien que se lo jugaba todo. Acaso la lluvia fue un factor que contribuyó a la derrota: la lluvia, con la tardanza en llegar de un cuerpo de ejército que se esperaba y que habría decidido la batalla. No ha de venir en socorro de los comuneros, hasta Torrelobatón, ninguna fuerza salvadora; han de ser sólo los comuneros quienes se salven. ¿Y saldrán del castillo con este día, con este tiempo? ¿Y se expondrán en el campo de batalla a lo que se expondrá, en Waterloo, Napoleón; a lo que se expuso y en lo que pereció? ¿Dónde está la prudencia? ¿Dónde la sabiduría? ¿Nos servirá para nuestro aleccionamiento este caso? La acción decide y la palabra decide. Un acto puede perdernos; una palabra puede también perdernos. Tanto importa a la prudencia la palabra como el acto. En nuestros días, un infinitivo, soportar –creo que fue infinitivo– bastó para hacer irreconciliables dos hombres que ya se desamaban: Cánovas y Silvela; para hacerlos irreconciliables y para provocar, súbitamente, en pleno Parlamento, una grave crisis. Antes, años antes, dos indicativos, exijo y mando –este mando repetido–, ocasionaron, dichos desde la presidencia de las Cortes, la caída del presidente y su anulación política de por vida. ¿Y no habremos de tener en cuenta las palabras que pronunciemos? ¿Y no se ejercitará la prudencia en las palabras? Acudimos a nuestros recuerdos; aquí es donde la experiencia puede servirnos. Alguna vez, en un papel, hemos escrito cosas que nos importaban mucho; no estábamos seguros de que lo escrito era lo que debía escribirse; no lo estábamos momentos después de que el papel ha seguido el camino que le habíamos trazado; hubimos de escribir bajo [125] los efectos de una indignación justificada; para escribir estas líneas nos sobraba razón. Y, sin embargo, apenas se ha separado de nosotros el papel, ya vemos las cosas de otro modo; meditamos en las consecuencias que nuestro escrito puede tener; pensamos también que era exacta la máxima gracianesca de que “muchas cosas, dejándolas, fueron nada”. Esto que nos indigna, dejado, también hubiera sido estéril. Y en el caso en que nos encontramos, partido el documento, nuestros esfuerzos tienden a cohonestar, cuando no a anular, con habilidad, con discreción, lo que habíamos escrito. Y en este punto torna a surgir el tiempo, ahora, decididamente como auxiliador de la prudencia.

“El tiempo y yo para otros dos”, decía Felipe II, repitiendo un refrán conocido. El tiempo resuelve lo que no logra desenmarañar ni el ingenio, ni la fuerza, ni la elocuencia. Cuando no podamos más, pongamos al menos una noche entre el hecho con quien hay que encararse y la resolución que adoptemos. La almohada es el más sabio consejero. Pero para apelar a la almohada necesitamos algo de que no habíamos hablado en el curso de este corto ensayo: la paciencia. ¿De qué modo comprenderíamos la prudencia sin la paciencia? ¿ Acaso podría existir la prudencia sin la paciencia? Fray Fernando de Zárate ha dedicado páginas sutiles a la paciencia. Dice el autor que “así como la paciencia es causa y ocasión de todo bien, así lo es la impaciencia de todo mal y de toda nuestra desdicha”. Deudos, familiares, amigos, nos rodean y nos aconsejan en momentos difíciles que tomemos determinada resolución; no se ha reparado que en la mayoría de los casos estas incitaciones de los seres queridos son las que llevan a un hombre, con su precipitación, con su atropellamiento, al desastre. Se suele objetar en estos casos que la inacción, al no responder como nos aconsejan responder a las palabras o al hecho, es un defecto nuestro. El tiempo pasa; vemos que nuestra inacción ha sido fecunda en el bien. Y entonces los aconsejadores de antes tratan de salvar con sutileza su responsabilidad. ¿Defecto la demora prudente? ¿Defecto lo que, con un latinismo ya usado en otras lenguas, podemos llamar procrastinación, es decir, dilación, aplazamiento de un acuerdo importante? Un moderno ha dicho: “¡Cultivad vuestros defectos!” Si es defecto la prudente y sabia demora, cuando todos [126] nos acucian a la acción, cultivemos nuestro defecto. Ese defecto será el compendio de la sabiduría y de la prudencia. Y para poder tener ese precioso defecto necesitamos contar con la virtud, tan celebrada por Fray Fernando de Zarate: la paciencia. Y la paciencia, a veces heroísmo, muchas veces patriotismo, es la raíz de todo. Por ella se eleva el hombre sobre los demás hombres. La paciencia es, en suma, ecuanimidad.

Azorín.

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