Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 27 de enero de 1934
 
Cuarta época, número 127
página 3

Unamuno, en plena decadencia

Afortunadamente, D. Miguel de Unamuno Jugo –¡qué poco debe quedarle ya!– perdió hace unos años hasta el derecho a que se le tomara en serio. Su misión espiritual ha quedado circunscrita desde hace tiempo a hilvanar unos cuantos chistes en la «cacharrería» del Ateneo y a componer pajaritas de papel. Ni que decir tiene que sus pullas actuales tienen una finalidad profundamente reaccionaria. La cuestión es aparecer «original» ante el corro de incondicionales que ríe sus gracias, aunque sea a costa de la propia seriedad. ¡Pobre D. Miguel! A pesar de sus invectivas contra el infecto ambiente del Congreso –el pasado, el presente y el futuro–, el consecuente profesor de griego no se avenía al ostracismo parlamentario, y por eso intentó triunfar el 19 de noviembre, dejándose patrocinar –él, tan enemigo de los partidos–, por el lerrouxista. ¿Quién se acordaba, en vísperas electorales, de las cosas que D. Miguel había escrito contra D. Alejandro? Pues El Socialista, que oportunamente reproducía en sus columnas algunos de los juicios unamunianos contra el «emperador del Paralelo».

De nuevo D. Miguel se ha rectificado a sí mismo. Claro que esto es lo corriente en el paradójico profesor de Salamanca: sostener hoy lo contrario de ayer, y mañana rectificar lo de hoy. Por algo dice él mismo de sí que «es un sabio». Y de «sabios» –no de todos– es rectificar. Su última y más importante unamunonada nos la ofrece en el número almanaque de El Sol, al juzgar los acontecimientos políticos españoles de 1933 y predecir lo que deberá ocurrir en 1934. No tema el lector que intentemos resumir siquiera las afirmaciones insensatas del pobre orate –en la acepción común, no en la griega– D. Miguel. Baste con las palabras siguientes:

«Pero la revisión de esta triste Constitución es inexcusable. No puede subsistir su artículo 26, con esa disparatada disolución de la Compañía de Jesús y la criminal confiscación de sus bienes.»

Leído esto, veamos cómo pensaba, el hoy apologista de los jesuitas, hace treinta años. Demos a continuación una carta suya, publicada en el Heraldo de Madrid el 28 de diciembre de 1904. Algunos párrafos de la misma fueron recogidos por D. Rafael Altamira, en su obra «España en América». Pero con objeto de reproducirla íntegramente, hemos acudido a la colección del citado diario, para mayor afrenta del senil cascarrabias.

Dice así:

«Señor director del Heraldo de Madrid.

Mi querido amigo: Del telegrama que su corresponsal en ésta, el señor Pedraz, les remitió reseñando el banquete que se dio aquí al doctor Cobos, parece deducirse que fui yo uno de los que abogaron por el establecimiento en España de una Universidad hispanoamericana. Creo deber rectificarlo.

Dije bien claro, y ahora lo repito, que semejante proyecto me parece, hoy por hoy, fantástico y absurdo.

La verdad es que [ni] aquí nos interesamos gran cosa por lo que a América respecta, hasta tal punto que la inmensa mayoría de los españoles que pasan por ilustrados ignoran los límites de Bolivia o hacia donde cae la República del Salvador, ni los americanos sienten ganas de venir acá.

Piensan que no hay cosa alguna que puedan aprender en España mejor que en Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, &c., ya que en cuanto al castellano saben el suficiente para entenderse y muchos de ellos repugnan, y con razón, nuestras pretensiones al monopolio de su pureza y casticismo.

Lo que dije en el banquete al doctor Cobos, y ahora repito, es que movimientos como el que este entusiasta y benemérito español provoca nos deben servir para fijarnos en aquellas naciones de lengua castellana y estudiar las causas de su desvío. Que no son otras que el espíritu de intolerancia y exclusivismo que nos domina.

En orden a la enseñanza, creen por allá que nuestros Institutos de ella son baluartes de lo que llaman sistema gótico, y no les falta razón.

Antes de pensar en atraer a nadie de fuera debemos cuidarnos de modificar nuestro ambiente, liberalizándolo del todo, y para poder merecer un día el que vengan a estudiar aquí americanos es menester, entre otras cosas, llevar a cabo lo que propongo en la última de las conclusiones de mi ponencia para la próxima Asamblea universitaria de Barcelona, y es la derogación solemne y formal de los artículos 295 y 296 de la ley de Instrucción pública y del 2.º del Concordato, en que se establece la inspección de la enseñanza por los SEÑORES OBISPOS Y DEMÁS PRELADOS DIOCESANOS. NO OLVIDEMOS QUE EN LA AMÉRICA ESPAÑOLA TODA EL LAICISMO ES LEY DE LA ENSEÑANZA.

No creo, pues, en la posibilidad de que una Universidad hispanoamericana que se establezca hoy en España fuera otra cosa que un fracaso ruidoso, un parto de los montes, y lo peor que podría suceder es que llegara a inaugurarse.

Siento tener que pensar así; pero no soy de los que se callan las dificultades de las cosas, ni mucho menos de los que tratan de engañarse y engañar a los demás.

No creo, además, que tenga el Estado español derecho a instituir esa pomposa Universidad mientras no tenga como debe tener sus atenciones ordinarias y corrientes de enseñanza. Como dije en el banquete, no hay derecho a ponerle zapatos de raso a un hijo cuando andan los demás con alpargatas rotas o descalzos.

Ni creo que la cosa es de dinero, dinero y dinero, como se dice. No: es de espíritu, espíritu y espíritu. Y el espíritu significa, ante todo y sobre todo, libertad de conciencia, sinceridad y ánimo viril para osar discutirlo todo, libres de imposiciones doctrinales.

Sabe cuan de veras es su amigo, Miguel de Unamuno.

Salamanca, 27-12-1904.»

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