Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 9 de julio de 1932
 
Cuarta época, número 54
página 4

Santiago Carrillo

Democracia

Nuestros eternos impugnadores achacan ahora al Socialismo español el defecto de un excesivo amor a la democracia. A esa democracia burguesa tan duramente fustigada por Lenin y despreciada, desde luego, por Marx, como meta que pudiera satisfacer al proletariado. La impugnación no responde, desde luego, más que al afán de hostilizar nuestra actuación. Estamos condenados a sufrir toda la vida las diatribas de enemigos que no nos ganan ni en aciertos tácticos ni en densidad doctrinal. Y eso de que hemos ajustado nuestra vida a la defensa de la democracia es, simplemente, una diatriba más. Los que sin conocer las doctrinas revolucionarias se declaran descendientes directos de Marx no tienen en cuenta, para sus actuaciones, que las condiciones históricas de una revolución no llegan a ser nunca idénticas.

Más concretamente, que las características de la revolución española no son las de la rusa. Al hablar de revolución no nos referimos a la proclamación de la República, que es un hecho más de aquélla, sino al proceso revolucionario que incuestionablemente está viviendo nuestro país desde hace algún tiempo. Pues bien, ese proceso no es igual al ruso. Y si los bolcheviques en 1917 consiguieron conquistar el Poder, derrumbando a la reciente revolución democrática, fue porque ésta no decretó el fin de la participación rusa en la Gran Guerra. Y se le volvieron los soldados que marchaban al frente, uniéndose a los bolcheviques. Sin esa circunstancia es probable que Rusia viviera hoy en un régimen de democracia burguesa. Así es que no hay motivos para impugnar nuestra posición. La situación de nuestro país no se caracteriza por la existencia de problemas exteriores o interiores que puedan provocar una revolución violenta de tipo proletario. Y como esos problemas no se pueden crear artificialmente –y quienes sueñen eso olvidan el materialismo histórico, según el cual los movimientos de los hombres obedecen a circunstancias económicas y no lo contrario, como con su táctica pretenden nuestros comunistas–, los socialistas tenemos que ajustar nuestra posición revolucionaria a la situación del país. Por eso, cuando nosotros nos alzamos enfrente de los enemigos de la democracia burguesa, no proclamamos, ni por mientes, la intangibilidad de ésta, sino nuestro propósito decidido de no tolerar una regresión hacia fórmulas más primitivas del capitalismo. Que es tanto como asegurar las posiciones de hoy para la conquista de las del porvenir.

El período revolucionario que vivimos en España reúne circunstancias especiales. Se proclamó la República pacíficamente. De la misma manera se han hecho las reformas de carácter político que parecían más audaces. Y el ritmo no se ha paralizado. Ahora se trata de conseguir reformas de carácter económico. La colaboración, encaminada a inyectar nuestra influencia para sentar los jalones de una actuación revolucionaria que nos pusiera en condiciones de llegar a socializar, no dando tiempo a que el capitalismo se desenvolviera, atajándole, haciéndole cristalizar en una organización socialista los progresos de la técnica y la maquinaria, no puede compararse a la de los demás países.

Yo estimo que sin esa colaboración no hubiéramos abierto vías en la legislación republicana por donde introducirnos para ir propiciando el momento de la socialización y obstaculizando el desarrollo capitalista, que no quiere decir volver la cara al progreso industrial. Más claro, mi opinión es que en España, dado el poco desarrollo del capitalismo y la preponderancia socialista, que irá, sin duda, en aumento, es posible ir socializando sin pasar por el capitalismo. Y contribuirá a esto la influencia exterior. Porque seguramente la caída del capitalismo mundial ahogará por reflejo el desarrollo del español y fomentará la extensión del Socialismo. En esa situación, sin un aparato militar prepotente, el porvenir de nuestras ideas parece en España bastante más difícil que en otros países.

Pero no puede pretenderse que la llegada al Poder del Socialismo español se efectúe con arreglo a los cánones de la toma del Poder por los bolcheviques rusos. Porque nosotros ni contamos con una guerra y unos soldados indisciplinados, como los bolcheviques, ni con otras circunstancias históricas semejantes a las rusas. Hoy asombraríamos al proletariado si saliéramos declarando un movimiento de violencia contra la República burguesa. Porque para ello no existen las condiciones indispensables. Tenemos que proceder dentro de la República para tomarla de manos de una burguesía que, de seguir así, no tendrá nunca fuerza suficiente para poder conservar el Estado bajo su influencia. Y defendemos la democracia burguesa no porque le concedamos un valor de que carece, sino porque su pérdida sería una regresión. Y porque, en último extremo, como decía Lenin, el formidable organizador, apasionadamente, abundando en una frase de Engels: «La República democrática es la condición específica para la victoria del proletariado.»

Santiago Carrillo

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