Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 2 de julio de 1932
 
Cuarta época, número 53
página 2

[ José Laín Entralgo ]

La guerra futura

Vuelve a oírse de nuevo el galope de los apocalípticos corceles. Por una vez más se escucha dentro de los compartimientos estancos que son las naciones la canción del imperialismo, del racismo, de todos los ismos particularistas y egocéntricos que en la rápida descomposición del sistema capitalista pretenden lanzar por la borda a los compañeros de travesía, sin tener en cuenta que el buque es demasiado grande y su dirección en exceso complicada para dejarse maniobrar por los supervivientes, que a su agotamiento físico y moral unirán la escasez del número. Los tétricos jinetes que describió Blasco Ibáñez preparan sus armas –¿las han dejado descansar realmente?–, nunca ahítas de sangre. Vuelve, en suma, a desatarse la fiera humana, deslizada ya en rápida pendiente. Tras el aparato externo de las Conferencias internacionales, ficciones del capitalismo cogido en sus redes por la presión del proletariado hacia un firme anhelo de paz, se adivina la mueca irónica de un Itali Balbo preconizando la disminución de las escuadras aéreas, de John Bull negociando la destrucción de sus acorazados, o del gallo francés tratando de disminuir en un solo hombre su ejército de 600.000. ¿Qué garantía de efectividad han de ofrecer estas reuniones? Evidentemente, ninguna.

Y ante esta absoluta inutilidad de las gestiones oficiales, de las Conferencias, de los Gobiernos –de los Gobiernos, no de los pueblos–, ¿qué actitud han de tomar las masas obreras? ¿Qué actitud deben tomar las Juventudes Socialistas? ¿Cuál ha de ser nuestra posición? No son estos interrogantes problemas de poca monta, pues de la solución que demos depende de modo decisivo el rumbo de los acontecimientos, que se verán notablemente influidos por nuestra conducta.

Para fijar nuestra actitud de lucha a la guerra y para precisar la táctica más conveniente basta representarnos el fenómeno en la forma siguiente: Hay el hecho evidente de una tendencia, de una fuerza hacia la guerra; si queremos, pues, contrarrestarlo habremos de desarrollar una fuerza igual y contraria a ella. Si vamos más allá, si queremos rechazar, aplastar la tendencia belicista, precisamos de una fuerza contraria y mayor. Vemos cómo esquematizando el problema se reduce a un simple proceso mecánico. Sin embargo, no hemos de olvidar que si bien se trata de fuerzas, éstas no son físicas, sino económicoespirituales, nacidas de un estado de conciencia, y que a su vez se han elaborado del choque –del contacto– de las masas con hechos exteriores. En último término, estos hechos serán los causantes del estado actual de la sociedad con relación al problema concreto de la guerra.

Nos encontramos, pues, con que la última causa del estado pasional en relación con la guerra son unos hechos: deudas de guerra, reparaciones, necesidad de nuevos mercados, crisis económica, gravitación de los 30 millones de parados…; en suma, hechos económicos, cosa lógica para un marxista.

Por tanto, y acudiendo a nuestro anterior esquema de fuerzas, si se busca solución a todos los anteriores motivos enunciados, se habrá resuelto también ipso facto la cuestión de la guerra. No hemos descubierto nada con ello; como en el caso presente, muchos razonamientos exclusivamente lógicos ostentan el marchamo de Pero Grullo. Hay que desprenderse del silogismo y enfrentarnos de nuevo con el ¿qué hacer?

A mi juicio, aunque la influencia de los motivos –de los hechos, de los acaecimientos sensu stricto– ha sido poderosa, no representa sino un trampolín utilizado por las clases, por las sociedades, por las personas interesadas a priori en el desencadenamiento de la guerra: ejército, fábricas de armamentos, toda la clase capitalista, en suma, cegada por los beneficios (siempre los móviles económicos) que le pudiera reportar. Si esto es exacto –que a mi entender lo es–, ya hemos llegado a la cantera donde extraer las armas más útiles para emprender esta guerra a la guerra. ¿Cómo han logrado nuestros enemigos crear un estado pasional favorable a la guerra? Simplemente con la propaganda. Propaganda hábilmente hecha, presentando las hipotéticas ventajas que de la guerra se derivan con himnos a la belleza sombría de ametralladoras y cañones, con invocaciones a las nacionalidades más o menos subyugadas… ¿Propaganda hemos dicho? Pues ya está aquí. El arma que hemos de esgrimir es la propaganda. Al lado de sus cantos a la lucha, de sus invocaciones imperialistas, de sus realidades deformadas, podemos oponer nuestras verdades: las tremendas crisis económicas que de las guerras se derivan, los millones de muertos, la desesperación…, el cuadro real y sombrío que esta fatídica palabra representa.

No es eso bastante. Hay que ir contra todo lo que pida o recuerde la guerra, contra todo lo que de ella se lucre, haciéndolo desaparecer. Hay que aplastar moralmente, descubriéndolos, a estos intereses de tan baja calidad que se lucran con el sufrimiento humano. Hay que levantar a la Humanidad para que al grito de ¡guerra a la guerra! los barra, y… hay que vigilar atentamente para evitar su resurrección.

Esta magnífica labor sólo puede lograrse por la propaganda activa, que empezando en el niño acabe en el anciano; que proscriba desde las narraciones heroicas infantiles a la última manifestación bélica de la vejez. Por eso me parece de una extraordinaria virtud el número de El Socialista dedicado a ello, y por eso querría ver en él no una manifestación aislada, poderosa, pero que resultaría ineficaz, sino la promesa de una campaña intensa que lleve hasta el último de los espíritus la convicción profunda del odio a la guerra.

¡Guerra a la guerra! ¡Combatamos la guerra por la propaganda! El libro, el artículo, el folleto…, la imprenta. Repitamos la frase de Víctor Hugo: «¡Esto matará a aquello».

José Laín

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