Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 31 de agosto de 1931
 
Cuarta época, número 20
página 2

Federalismo

La actualidad ha presentado un arduo tema de derecho político que en breve habrán de discutir las Cortes actuales con sano criterio revolucionario. Desde muy antiguo, el federalismo ha sido aspiración política que ha agrupado en su torno hombres y multitudes. Hoy, abrumados por las mil diversas opiniones que se han emitido sobre este tema, nos interrogamos, inquietos: ¿Qué es federalismo? ¿Qué es autonomía? Y es conveniente aclarar los conceptos para que por un momento no quepan en nuestro espíritu dudas ni vacilaciones. El federalismo, en esencia, es una doctrina de complexión anarquista. No anarquismo de petroleros; ni de renegados con el actual desarrollo de la sociedad, sino anarquismo en cuanto tiene de exacerbación del morbo individualista, en nuestros días totalmente inadmisible.

Hoy, en que un hombre solo no vale nada; en que desaparece la familia porque se ve absorbida por el «club», por la reunión; en que domina la colectividad, las grandes industrias, las grandes propiedades, el proceso inevitable del colectivismo, hablar de individualismo como principio de libertad es absurdo y contraproducente.

Demos libertad al individuo como tal. Que éste ceda un poco de esa libertad y de sus atribuciones y constituya el municipio; que éste lo haga para formar la provincia, ésta con la región y ésta con el Poder central, un Poder central en el que –así al menos nos hablan sus teorizantes– no existirán ya, entre otros cambios y supresiones no menos importantes, ni ministro de Hacienda ni ministro de Gobernación.

Este último enunciado –que a buen seguro le agradecerán mucho en momentos tan difíciles como los actuales Miguel Maura e Indalecio Prieto– no pasa de ser una mera utopía tan alejada de la realidad que ni aun transformado el complicado sistema burocrático actual podría llevarse a efecto. Pero consignemos un hecho: el federalismo equivale a un «teje y desteje» curioso; pero difícil de adaptar. Se pretende desunir lo que después, por mutua voluntad y acuerdo, habrá de unirse cediendo en las atribuciones. Es un federalismo de abajo arriba.

¿Podemos los socialistas estar conformes con el federalismo? Así expuesto, no. Enemigos de toda separación, de toda frontera, no vamos a crear en nuestro propio territorio las mismas de que luego abominamos. Por otra parte, destruir lo constituido para dejar al hombre en plena libertad, en un estado de independencia salvaje, es una hipótesis absurda. Lo constituido es algo que puede transformarse, demolerse, cuando se cuente ya con el nuevo sistema que habrá de sustituir al viejo. Destruir porque sí, sin causa ni justificación, para rehacer un nuevo Estado en el que forzosamente el hombre volvería a incurrir en los mismos defectos y se conduciría a la misma situación que lamentamos, sólo puede ser obra de inteligencias tan exaltadas que se alejan a sí mismas de la realidad.

El federalismo que propugnamos va de arriba abajo. Es la descentralización. Cede algunas de las atribuciones del Poder central a los poderes provinciales; crear, antes que provincias, comarcas regionales, agrupadas no por pueblos, sino por terrenos, psicología y temperamento. Si bien, por ejemplo, en Cataluña se distingue bien Barcelona de Lérida, Barcelona y Gerona podrían constituir una misma comarca disgregando algunos de sus pueblos. Acostumbrémonos a no crear organizaciones científicas –la provincia, una de ellas–, con necesidades contrapuestas en muchos de sus pueblos. Creemos poderes directivos –gobernadores, prefectos–, según las necesidades, según la situación de un núcleo de pueblos determinado. Centralicemos no por orden público, sino por necesidad espiritual. Pero que siempre exista en España la actuación de un Poder central, supremo director. Que cada provincia, cada región, estudie sus problemas y les busque adecuada solución.

¿Qué les sucede a las Diputaciones vascas? Que tienen un presupuesto fuerte, una ayuda del Estado, pero una independencia casi absoluta, y cuidan de sus carreteras y tienen en el campo centenares de escuelitas, verdaderos modelos de limpieza, de higiene y de educación para los pequeñuelos de los caseríos. Dejémosles independencia en su actuación. Que cada región recaude para sí en sus presupuestos locales. Pero no suprimamos el ministerio de Hacienda. Despejemos su labor. Hagamos de él no una serie de oficinas encadenadas en enojosos trámites burocráticos, sino un Poder central dispuesto a prestar apoyo a las provincias y regiones que lo necesiten, decidido a apoyar las obras peculiares y propias del Estado, en condiciones de subvenir a los gastos generales y de fiscalizar los ingresos. Figurémonos la tragedia de que una provincia, por una crisis de trabajo, por una inundación, por un terremoto, careciese de medios económicos para rehacerse. Recurriría al apoyo de sus demás compañeras, que, obligadas ahora a buscarse dentro de sí mismas los recursos, no podrían, por muy grande que fuera su voluntad, atenderla. ¿A una suscripción nacional? De ningún modo. Las necesidades en cualesquiera de estos casos son grandes y perentorias. El pueblo da una vez, pero se cansa. El Poder central intervendría en éste como en otros casos prestando el apoyo generoso, comprensivo y cordial. Creemos haber delimitado bien los términos. Federalismo como propugnan sus defensores estrictos, no. Descentralizacion, autonomía regional, sí. España tiene grandes misiones que cumplir en un porvenir próximo. Y sólo está en condiciones de desempeñar ese papel si, unida dentro de la independencia regional, puede ofrecer el ejemplo de un pueblo de trabajadores conscientes y disciplinados que, por lo mismo que tengan libertad para mandarse, no se hayan olvidado nunca de que lo primero es saber obedecer.

H.

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