Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas de España
Madrid, 20 de febrero de 1931
 
Cuarta época, número 5
página 2

[ Hildegart Rodríguez Carballeira ]

Nuevo feminismo

El tipo de la mujer «beata», y cuando menos «religiosa», es casi prototipo español. No es extraño. A la mujer, particularmente en España, por esa presión de la misma religión en que creen con tan hiperbólica fe, ha llegado paulatinamente y muy retrasado el actual movimiento revolucionario del mundo.

Apotegma lógico éste, pues si las mujeres españolas tuvieran la suficiente independencia de visión para poder echar una ojeada sobre todo el panorama universal, habrían de sentir una íntima, una recóndita vergüenza ante su pequeñez y su retraso. La mujer lleva encima actualmente veinte siglos de retraso. Desde que el cristianismo se entronizó en España, los frutos femeninos se han malogrado, y cuando alguno ha surgido, lo ha hecho torcidamente, hasta que el alboreo de la nueva Humanidad, al libertar a unas cuantas figuras destacadas, las ha dejado una vez más en condiciones de poder escalar, al igual que el hombre, el pináculo de la fama.

¿Qué fue de nuestras grandes poetisas árabes, de aquellas filósofas que, aun dentro y fuera del harén, discutían con médicos y jurisconsultos con una absoluta limpieza y da claridad de criterio? Todas ellas volvieron al abismo de lo Insondable, y frente a ellas hemos visto surgir una generación de mujeres sexualmente insatisfechas y arrastrando sus impulsos, de una sublimación realmente monstruosa, hasta las cumbres del pensamiento. Prototipo de ello, Isabel la Católica y Teresa de Jesús. El estudio biológico de estas dos mujeres típicas es sumamente interesante. Mujer insatisfecha y a un tiempo de tendencia viriloide, Isabel; loca por su mismo instinto, oprimido y mal orientado, Teresa, las dos son prototipo de esa trágica era que, como una pesadilla, vivió España bajo la primera monarquía austríaca, que había de terminar entre los convulsos estertores de Carlos II el Hechizado.

Y cuando viene a España la estirpe borbónica, intentando inútilmente rejuvenecer el tronco añoso y carcomido de la monarquía española, es cuando empiezan a surgir algunas mujeres que van mereciendo ya este nombre, siquiera su criterio no nos haya sido afín y sus sentimientos hayan estado embotados por una voluntad de hierro. Desde Cristina de Borbón, la viuda de Fernando VII, la mayor intrigante del mundo, el alma de la política de su reinado, del de su hija Isabel y del de su nieto Alfonso, hasta Mariana Pineda, primera defensora ardiente, entusiasta, de la Libertad, media un abismo, pero hay también una relación inmediata.

Y luego ya, Concepción Arenal, como pensamiento aún más rebelde, aún más justo, por lo mismo que era al propio tiempo femenino en su sensibilidad, varonil en su arrojo; las escritoras, desde nuestra Pardo Bazán a Carolina Coronado, todas ellas cada vez más cercanas a nuestros días, y que también en nuestro mundo y en nuestra literatura van teniendo repercusiones cada vez superiores, son ya los brotes de un nuevo feminismo, nacido al amparo de instituciones que, por lo mismo que amenazan inmediata destrucción, debe tratarse de sustituir y redimir. Desde Mariana Pineda acá ya han transcurrido años. Y, sin embargo, ella, que bordaba con el cariño de su convicción las letras de la bandera, hasta formar un nombre: Libertad, podría hoy, como entonces, enarbolarla triunfante, y tras ella marcharía una muchedumbre en la que ya no irían sólo los hombres: iríamos también las mujeres, que hemos aprendido a «ver», que no es simplemente «mirar», y que por temperamento, primero, y por necesidad de cooperar al impulso reformista universal, después, nos hemos decidido también a luchar, no frente al hombre, sino al lado de él, en todo cuanto tienda a hacernos a todos más libres y más capaces para engendrar una sociedad justa y no oligárquica, democrática y no absolutista, laica e independiente y no religiosa.

Pequeña es aún nuestra falange, que cada día se aumenta con las muchachas que, saliendo unas de las aulas universitarias, y otras de los míseros hogares, han aprendido juntas la misma humana lección de rebeldía. Hoy todas las mujeres, aunque militemos en campos políticos distintos, con tal de que éstos estén unidos todos por el lema común de Libertad, sabemos que entre nosotras existe particularmente un vínculo de fraternidad: el de este nuevo feminismo, rebelde y pujante, que la guerra europea ha traído a la vida.

Hildegart

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