Renovación. Órgano de la Federación de Juventudes Socialistas
Madrid, 12 de octubre de 1929
 
Tercera época, número 5
página 4

Luis Araquistain

Los dos patriotismos

Siempre ha sido achaque de los hombres alardear de palabra de lo que de hecho les falta. El que posee en abundancia algún bien, espiritual o material, no lo pregona a voces; pero lo revela en su conducta. Sólo los enfermos hablan de la salud; es su tema constante. Esta especie de imperativo psicológico que obliga a afirmar la posesión de lo que se carece es la mejor guía para descubrir el alma de los hombres. Cuando me encuentro con alguien que no habla de sus virtudes, sino de sus debilidades, sospecho siempre que me hallo ante un santo varón. En cambio, cuando me acerco a uno de esos pregoneros de su honor que tanto abundan en nuestro país, no olvido la precaución de abrocharme discretamente. Desconfiad también de los hombres que se dicen cordiales a cada instante: de creerlos, os exponéis a que su trato os hiele la sangre.

Esta regla individual es también aplicable a los pueblos. Cuando sólo superficialmente conocía al pueblo inglés, me extrañaba que en la conversación privada, en los periódicos y en su literatura apareciesen tan de raro en raro dos conceptos que en otros países suelen ser el lugar común de cada día. Me refiero al patriotismo y al honor. ¿Es que estas gentes no son patriotas ni honorables?, me preguntaba. Precisamente por serlo, en un grado máximo que poquísimos pueblos han podido alcanzar, nadie habla de honor ni de patriotismo. Nadie habla de esos conceptos; pero todo el mundo los vive. En España, desgraciadamente, ocurre lo contrario. Limitémonos, por hoy, al concepto de patriotismo. Nos cuesta un empacho diario. Lo hallamos en todas partes: en los periódicos, y precisamente en los más incultos e inmorales, en los abortadores de todos los gérmenes espirituales que tienden a hacer grande un país; justamente en boca de los políticos más desvergonzados y más funestos para la patria; en los escritores, y cabalmente en los más necios y cerriles, en los que son un oprobio para la cultura nacional; en los ciudadanos anónimos, y exactamente en los menos nobles y desinteresados, en los que por nada del mundo sacrificarían su interés particular al bien público.

Pero lo grave es que estos patriotas verbalistas no se limitan a usar el concepto de patriotismo como relumbrante manto que cubre sus lacras y miserias. Una perversión mental, semejante a la perversión moral del pillete que se proclama el único hombre honrado del universo, los induce a fortalecer la deleznable posición de su patriotismo negando el de los verdaderos patriotas, que sólo aspiran a serlo silenciosamente en sus pensamientos y en su conducta. El verdadero patriota es el que, además de callárselo, aplica a la historia y a la vida de su patria un criterio de libertad. La patria no debe ser un fin que justifique todos los medios y razones de su existencia, pasada, presente y futura, sino un instrumento de libertad al servicio de los intereses universales de la Humanidad.

Según este criterio, no se nos puede pedir que acatemos admirativamente todos los hechos de la patria. En su historia hay, ciertamente, gloriosos actos libertadores, y sería pueril negarlos. Tampoco es necesario estarlos pregonando de continuo, porque unos pertenecen a un pasado sin relación vital con el presente, por lo cual no pueden tener para nosotros más que un valor puramente teórico, como si se tratase de fósiles históricos, y otros están aún ahí, enérgicos e innegables, y es superfluo darles fe de vida. Las guerras de reconquista contra los árabes fueron, seguramente, esfuerzos libertadores en la historia de España, porque está visto que esta raza, ya sea por la fatalidad étnica o por una teología profundamente arraigada, detiene el progreso humano allí donde se asienta y es irreductible al tipo de civilización europea. En esta hipótesis, que es ya casi una certidumbre después de tantos siglos de experiencia, se fundan, probablemente, los aliados para poner como una de las condiciones de paz la expulsión de los turcos de Europa.

Otro gran hecho libertador en la historia de España fue la incorporación de todo un continente, América, a la vida europea. Para que fuese el hecho más grande de la Historia universal sólo faltó que los métodos de colonización no hubieran sido opresores. En ese caso, es probable que la América de lengua española estuviese hoy libremente federada a la antigua metrópoli y que existiese un Estado interoceánico más grande, más sólido y más útil para los intereses comunes de la Humanidad que el admirable Estado de hecho que forman Inglaterra y sus Dominios. Pero no fue España bastante liberal en aquella epopeya libertadora, y su penitencia actual purga el pecado de entonces. Sin embargo, el hecho, con haber sido imperfecto y fatal para nosotros, está ahí, pujante, magnífico, y tan vano es negarlo como afirmarlo.

En cambio, abundan en la historia de España los hechos opresores, y sería necio declararlos intangibles y cerrados a toda crítica. Uno fue la expulsión de los judíos, lo cual no fue solo un acto de barbarie, sino funesto, como todos los actos de barbarie, para la vida posterior de España, que de ese modo se vio privada de uno de los grandes estímulos de la economía moderna. Pero el esfuerzo opresor más grave de la historia de España fue la tentativa de acabar con la Reforma y de restaurar en toda Europa el imperio de la Iglesia de Roma. Fracasó aquella tentativa, y todo patriota liberal español debe alegrarse, aunque ello nos costó el hundimiento de la pomposamente llamada Armada Invencible, como ha dicho Unamuno.

Y no hay contradicción en celebrar que se hundiera la Armada Invencible, que no iba a redimir a nadie, sino a aherrojar conciencias, ni en calificar de verdugo de Flandes al duque de Alba, hoy eclipsado por los alemanes, y luego oponerse a la guerra submarina en nombre de la soberanía e integridad de la patria. Las dos actitudes, aparentemente contradictorias, son manifestaciones de un mismo espíritu. No es sino lógico que los que condenan esta Alemania de hoy, abrasada por una sed de dominio y desprovista de todo respeto para los demás pueblos, condenen también aquella España de Felipe II, dominadora e inquisitorial, como asimismo condenen parte de la Francia de Luis XIV y la del apogeo imperialista de Napoleón.

Existen, en suma, dos patriotismos: uno, liberal, que ensalza los hechos libertadores de la Historia, conjuntamente fecundos y provechosos para la propia patria y para el resto del mundo, y abomina de los hechos tiránicos, tanto si sojuzgan a propios compatriotas como a pueblos extraños. Según este patriotismo, la patria material e histórica no es un término en sí al cual convienen todos los medios; no es un valor absoluto, indiscutible, que está por encima de todos los errores y de todas las injusticias de los hombres, sino un medio, siempre susceptible de mejora; una vía, siempre abierta a cualquier rectificación, para aproximarse a la patria ideal perfecta, para realizar gradualmente la idea de un pueblo sumamente justo y sumamente culto. Este linaje de patriotismo no quiere dominar, pero tampoco quiere ser dominado. Repudia la iniciativa de la violencia, pero tampoco la acepta cruzado de brazos cuando parte de los demás.

El otro patriotismo, conservador, no ve más que los oropeles de una gloria que muchas veces se funda en el esclavizamiento de otros pueblos. Es un patriotismo vocinglero, antiliberal, anticrítico.

Luis Araquistain

[ → Dos versiones de un artículo de Luis Araquistain en 1917 y 1929 ]

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