Revista de las Españas
Madrid, enero-marzo de 1935
año X, número 89-91
páginas 57-60

Salomón Carrillo Ramírez

La evolución filosófica
en la América Hispana

I

Las democracias de latino-América no han creado sistemas nuevos de filosofía, no han contribuido como Emerson y William James, a bosquejar bajo una forma nueva los viejos problemas. La política y la historia han sido la ocupación predilecta de las grandes inteligencias. A la pura especulación filosófica, se ha preferido el estudio lento del pasado, y el análisis apasionado de las luchas intestinas bajo un criterio partidarista.

Han adoptado, sin embargo, teorías europeas de los primeros años de la República; los ideólogos franceses Cabanis y Larominguièré, se imponen en algunas escuelas; y la influencia inglesa se extiende desde Centro América hasta Chile. Con ella triunfa un utilitarismo moderado, una forma analítica de las doctrinas de la libertad política y económica. Inglaterra ha contribuido a la libertad americana, tanto en Montevideo, como en Colombia; con la ola inglesa que reciben los revolucionarios, penetra el radicalismo filosófico. Juristas y políticos prefieren esas enseñanzas; algunos pensadores se libertan del peripatetismo bajo la influencia de la filosofía escocesa. Así, Ventura Marín y José Joaquín de Mora, en Chile; Alcorta, en Argentina; con Andrés Bello, poeta y legislador, filólogo y psicólogo, esas doctrinas adquieren grande importancia. Su libro «Filosofía del entendimiento», se inspira en Reid y en Hamilton. Había conocido en Inglaterra a James Mill y algunas de sus ideas sobre el método inductivo y la causalidad, llamadas doctrinas de Stuart Mill, hijo del precedente. Notables eran en Bello el vigor lógico, el análisis que aplica a los fenómenos de la conciencia su penetrante psicología, su positivismo que le hace desdeñar toda metafísica. Su espíritu conservador le hace aceptar los dogmas católicos, se entusiasma delante de ellos: lo que destruye su análisis implacable, su espíritu religioso lo reconstruye. Cree en la conciencia, en la libertad, en la realidad del mundo exterior en la causa primera; transforma, por su análisis psicológico, la gramática, por su positivismo, el derecho civil y el derecho de gentes. Los excesos de su crítica se convierten a veces en abstracción refinada, en álgebra intelectual. Bello ha pasado del ideologismo al positivismo, de Destutt de Tracy a Stuart Mill, a través de la filosofía escocesa. Su admirable esfuerzo intelectual y jurídico es atributo de su análisis y de su realismo sajón.

II

Después de Bello, el más renombrado de los filósofos sudamericanos es Eugenio María de Hostos, nacido en 1839. No es solamente un expositor de teorías extranjeras; él tiene su sistema que ha desenvuelto en dos renombrados libros. Es un moralista elevado más que un metafísico, y ya sea en Santo Domingo, en Lima o en Santiago de Chile, se esfuerza siempre por reformar la educación y las leyes. Los problemas morales y sociales le inquietan, quiere fundar una moral y una sociología. Se puede decir de su filosofía que es un racionalismo optimista. Hostos cree en un mundo ideal. La ciencia puede ser un agente eficaz de virtud. No cree que se pueden disciplinar las voluntades; pero sí enseñar lo que es verdadero. El bien no es una entidad metafísica, ni el deber un imperativo: todo constituye «un orden natural». Una profunda armonía existe entre el mundo y el hombre; y el mundo y la ley moral no es más que la revelación en la conciencia de la geometría de las cosas. Para Hostos el mundo es justo, lógico, cargado de razón, una ley interior: LEX INSITA, se manifiesta en las armonías siderales y en las acciones virtuosas. El ideal no es más que la adaptación de la conducta a las relaciones fatales y armoniosas de las cosas. Este optimismo no es un llamamiento a la moral de Spencer, la ética rigurosa de Espinosa o el pensamiento de Cournot; la base filosófica de la moral es la idea de conformidad con el orden universal: los fundadores de la república han sido formados por el escolasticismo. En las arcaicas universidades se discuten silogismos intrincados. Una libre doctrina filosófica que acepta todas las verdades [58] católicas: la inmortalidad, el libre albedrío, la Providencia, y las explica con una elocuencia inflamada, es la reacción contra este pensamiento cristalizado en invariables formas; esta filosofía corresponde al romanticismo de los políticos, a su fe en la democracia, en la libertad en el progreso humano. En la América Española predominan las ideas francesas; en el Brasil, el pensamiento alemán. Tobías Barreto y Silvio Romero propagan esta cultura, contra el pensamiento incoloro: el primero es un discípulo de los filósofos alemanes; el segundo, vulgariza a Spencer, sin descuidar los maestros alemanes. En sus estudios alemanes, Barreto adopta el monismo de Ludwig Noiré: «El Universo se compone de átomos enteramente iguales, que están dotados de dos propiedades: la una, interior, el sentimiento; la otra, exterior, el movimiento.» Esta es la metafísica del pensamiento brasileño y fue tal su influencia, que siguiendo a un crítico, «las teorías de Comte y de Noiré explican el moderno Brasil mental». Silvio Romero expone el evolucionismo de Spencer, movimiento filosófico mucho más importante que el Comte; pero desgraciadamente los esfuerzos de estos apóstoles no pudieron hacerlo popular como en los demás países de América. Barreto, monista en filosofía, es partidario del finalismo Jurídico de Ihering; Silvio Romero, discípulo de Spencer, expone y defiende las conclusiones de la ciencia social de Desmolines; en el ardor científico de estos propagandistas, se reúnen doctrinas que no presentan entre ellos ninguna afinidad. En el Brasil se comentan todas las filosofías exóticas; pero falta en la confusión creada por las imitaciones también incoherentes, la unidad de una dirección nacional. Un psicólogo de gran valor, discípulo libre de Renán, Joaquín Nabuco, escribe en una lengua sutil de pensamientos y de ensayos. Un filósofo español, menos rígido que los escolásticos, más rico de doctrina que los eclécticos, Balmes, acapara fuerzas de espíritu, fatigadas de estéril elocuencia. No hace escuela en América, pero es muy leído por los conservadores. Su penetrante análisis, su realismo sajón, su racionalismo que busca la armonía con los dogmas, se imponen contra un espiritismo difuso. Estas diversas corrientes, empirismo inglés, eclecticismo, benthamismo, no constituyen movimientos intelectuales profundos. Ellos reemplazan el escolasticismo caduco. Se quiere una ideología política adecuada a las luchas por el poder, las discusiones metafísicas han sido relegadas al olvido.

III

El positivismo es la primera filosofía que domina los espíritus. Se preparan grandes movimientos sociales, tales como la Reforma en Méjico, en el Brasil. Ellos ven una dictadura intelectual, una nueva escolástica. Los libres pensadores creen en Comte y en Spencer; en la religión humanitaria del primero y en el agnosticismo del segundo. Comte había fundado, en el decir de Stuart Mill, un sistema completo de despotismo intelectual; defienden el orden y la autoridad contra los abusos del individualismo, la enérgica preponderancia del poder central; él condenó la anarquía, el liberalismo disolvente, exaltando el genio social del cristianismo. En esas naciones aniquiladas por la revolución y la romántica libertad, sus teorías vienen a justificar, porque llega el Brasil a la dictadura. Allí la fórmula comtiana «orden y progreso» son el símbolo nacional. Otras causas explican la supremacía del positivismo; se reacciona contra la teología en nombre de la ciencia y también contra una filosofía oficial vaga. Los espíritus formados por el catolicismo reclaman ellos mismos, si por una parte se pierde la fe, los dogmas, las verdades organizadas y sistemas fáciles y breves; una nueva fe, la filosofía comtiana, ha satisfecho ese deseo. Al mismo tiempo el progreso material, base de todo desenvolvimiento científico, el utilitarismo que exagera la finalidad de la riqueza, encuentra en el positivismo desdenes de vanas ideologías, el sistema adecuado de la vida industrial. En Méjico, en el Brasil, en Chile domina el positivismo integral, método filosófico y religión de la humanidad. En el Brasil la escuela con Benjamín Constand, Botello de Magalhaes, Oscar d'Araújo Tavaies Bastos y sus discípulos, condenan el calendario, los santos laicos, los ritos del fundador. Ella forma profesores, crea constituciones políticas como la de Río Grande del Sur, propaga con ardor las doctrinas de Comte. En Chile, Juan Enrique Lagarderigue predica un generoso idealismo; el olvido del odio patriótico; pero la democracia no escucha a este apóstol ingenuo. En México, Barreda, fundador de la Escuela Preparatoria, director de la vida intelectual, fue en 1867, en París, discípulo de Comte. Reforma la instrucción mejicana en el sentido del positivismo, pero no acepta el aspecto religioso de la nueva filosofía. Existe todavía en Méjico una revista positiva, de poca influencia. El comtismo influye como método, como reacción contra la teología y la metafísica y como una dirección pedagógica. Pero más profundamente se entroniza en las repúblicas latinas la filosofía de Spencer: al progreso, idea cardinal del romanticismo, sucederá la evolución, fórmula preferida de los discípulos positivistas. Después de 1800, los discípulos de Spencer han conquistado dos generaciones, que forman en ciertas universidades un sistema oficial. No se aplican a la psicología, ni a la biología, pero se siguen servilmente sus doctrinas morales y sociales. Los filósofos y los periodistas emplean fórmulas spencerianas; el organismo social, la instabilidad de lo homogéneo, la diferenciación y la relatividad del conocimiento. En 1883, un político colombiano, presidente de esta nación, Rafael Núñez, expone a sus conciudadanos la filosofía de Spencer, como remedio al dogmatismo político de sus [59] predecesores. Los hombres de Estado de América, pedirían fácilmente a la filosofía evolucionista las sugestiones científicas como lo hicieron los japoneses. Bajo la influencia del pensador inglés, se llega a la época científica. El estudio de la ciencia social comienza; se profesa un materialismo o un positivismo hostil a las ideas ontológicas; se cree en la ciencia misma, se llega a la explicación racional de todos los misterios, a la supremacía de las matemáticas y de la física. Diversas influencias dominan esta época y se embrollan confusamente para favorecer el triunfo del positivismo. Las teorías políticas y sociales del doctor Gustavo Lebon, los libros apasionados de Max Nordeau, la criminología de Ferry y de Lombroso, los libros de Garófalo, las fórmulas de Hipólito Taine, la biología y la Sociología de Letourneau, sus comentarios en las Universidades, los parlamentos y las escuelas. Se repudia la elocuencia como contraria a la precisión científica; la fe romana que el positivismo desdeña. Un partido que domina la evolución de Méjico durante treinta años se intitula: «un partido científico».

IV

La significación adquiere luego una excesiva importancia; habiendo lugar a la formación de métodos e ideas claras, se encuentra en la enseñanza de los profesores la estrechez del dogma. El positivismo implanta así un racionalismo limitado y vulgar, una nueva metafísica que acuerda en fórmulas de la ciencia una verdad absoluta; exalta en la vida el egoísmo, los intereses prácticos la persecución encarnizada de la riqueza. Para los espíritus simplificadores de América, esta filosofía no es una disciplina del conocimiento y de la acción, ella limita el esfuerzo a la conquista de lo útil. Los positivistas organizan tiránicas plutocracias en algunas naciones americanas. Sin dominar en las escuelas como Spencer, un filósofo francés, Mr. Alfredo Fouillé, influye vigorosamente sobre el derecho, la política y la educación. En fase de positivismo reinante, esta doctrina flexible atrae fuerzas americanas y las obras de ese pensador vienen a ser textos en algunas universidades hispanoamericanas. La teoría de las ideas fuertes es continua; pensadores y educadores se inspiran en la filosofía de la esperanza. Por su noble idealismo, por su admirable riqueza, por su racionalismo sereno, por su carácter tan latino, el armonioso sistema de M. Fouillé se ha vuelto popular entre la juventud latinoamericana. Es imposible prescindir de la influencia de este joven poeta y filósofo consagrado por una muerte prematura: Guyau ha sido el profesor de idealismo de las generaciones americanas. En Ariel, José Enrique Rodó comenta sus más bellas metáforas y la prédica filosófica del profesor de Montevideo continúa en una serie de libros: «Motivos de Proteo», el «Mirador de Próspero, los Cinco Ensayos», &c. Un pensador peruano, Manuel González Prada, ha popularizado las sugestiones del espíritu platoniano sobre la muerte. Nietzsche y también sus discípulos y sus comentadores, traducidos en español, vulgarizan sus doctrinas, que fueron la biblia del egoísmo exasperado. No se adivina su estoicismo, su cultura en la vida heroica y de la trágica aventura: ministros concusionarios mestizos, que aspiran al poder, se creen nietzschianos, porque ellos olvidan todo escrúpulo en su avance inmoral. Una generación que está al lado del bien o al lado del mal, practica en América el «arrivismo», desorganiza la política y la sociedad, olvida el código de la dignidad humana. Fouillé, Guyau y Nietzsche no son sustituidos por la filosofía positivista: la superstición de la ciencia, el aborrecimiento de las construcciones metafísicas, dominan ahora. Todas las nuevas doctrinas se propagan: pragmatismo, bersonismo, filosofía de Wundt, filosofía de la contingencia, sin creer todavía en las nuevas direcciones. De la variedad de imitaciones surgirá después un sistema americano. En la actualidad toda novedad intelectual se aplica apasionadamente: un juez argentino, para sus sentencias, se inspiró en las ideas de Tardo. Contra el positivismo dogmático, comienza una reacción; es el período de la disolución y de la crítica. Se aceptan influencias variadas: sajones, alemanes, franceses, han dejado desaparecer la vieja fe en la ciencia de Comte y de Spencer. Francisco García Calderón, espíritu dilecto y erudito, escribe magistrales libros: «La creación de un continente», «Las democracias de Latino-América».

V

Dos jóvenes filósofos: Antonio Caso, en Méjico, y Pedro Enríquez Ureña, en Santo Domingo, han contribuido a este análisis de M. Emilio Boutroux; atacan la estrecha interpretación de las leyes científicas. Así, el positivismo ha perdido su prestigio después de tantos años de influencia. Ningún rígido sistema lo ha reemplazado en la escuela. Ha quedado solamente en lugar de un dogma intolerante, un libre examen en las consecuencias no se puede prever. Algunos ensayos de Enrique José Varona, en sus conferencia de Moral y de Psicología; de Carlos Octavio Bunge, en su Psicología individual y social; de Vaz Ferreira, en su crítica del sistema de la libertad; de Destua a Lima, en sus ensayos sobre la moral, revelan que una seria orientación filosófica no hace falta. Pero la originalidad, la doctrina nueva, la escuela iberoamericana, serán próximas realidades. Entretanto que estas naciones no se organicen en medio de la inquietud anárquica, mientras que el culto de la riqueza traiga por tierra todo esfuerzo desinteresado, no habrá, seguramente, obra filosófica, más que la adaptación provisoria de los sistemas extranjeros. Pero en los [60] nuevos movimientos, las especulaciones filosóficas han perdido su vieja simplicidad, los estudios de psicología se desenvuelven, el análisis es más profundo, se repelen las viejas soluciones verbales, el estudio de la sociedad adquiere una extraordinaria importancia. Hace medio siglo los libros de ciencia política abundaban, salieron a luz obras como las de Santisteban, Lastarria, Angulo Guridi. La misma preocupación pragmática, adaptación de ideas científicas a la dirección de la vida social domina ahora. Alberdi, Valle y Monteagudo, estudiaron los problemas sociales y plantearon utopías. Diversos sociólogos se inspiran en la biología, en la psicología o en el materialismo histórico. José Ingenieros, estudia la sociología argentina, bajo una forma biológica; Mariano H. Cornejo, en el Perú, adopta las teorías fisiológicas de Wundt, su análisis sobre el lenguaje, el mito y la costumbre; Valentín Letelier, en Chile, se inclina al positivismo de Comte; Francisco Ramos Mejía, en la Argentina, estudia los problemas sociales en sentido biológico. Sus libros «La locura en la historia», «Las masas argentinas» revelan esta tendencia, así como sus estudios neuropsicológicos sobre Rosas y el doctor Francia. Ingenieros estudia la Sociología criminal, y funda la escuela psicopatológica argentina, estudia la historia de la Argentina en relación con el factor económico; su obra «De la barbarie al imperialismo», es un ensayo de sociología marxista. En fin la ciencia social preocupa más que la pura filosofía. Ni los grandes pensadores alemanes, ni los pensadores críticos, son conocidos en América: ni Hume, ni Kant, ni Hegel, aunque los discursos del orador español Emilio Castelar propagan en el Nuevo Continente un hegelianismo: «ad usum delphini». El pesimismo de Schopenhauer, no se aclimata en el trópico. Eclecticismo, positivismo, espiritualismo, son allí las tendencias dominantes.

La orientación del pensamiento sociológico ha penetrado en los países hispanoamericanos, en donde con el entusiasmo de naciones jóvenes, los hombres de ciencia se han dedicado a las disquisiciones de los problemas sociológicos dignos de notarse son los esfuerzos en la Argentina de Alberti, Ingenieros, Sarmiento, Colmo, Orgaz, Leopoldo Maupas, Antonio Dela-Piano, Agustín Álvarez, Ameghino y Juan A. García; en el Brasil: Paulo Egidio; en el Paraguay: Cecilio Baez e Ignacio Pane; en Venezuela, Arcaya y Carlos León; en El Salvador, los estudios de Victorino Ayala y de Salvador Calderón Ramírez.

VI

En la República de Guatemala, bajo las banderas del 71, se propagaron las doctrinas del positivismo con los libros del doctor Darío González; y de Manuel Antonio Herrera, como una reacción contra las escolásticas, la teología y las doctrinas metafísicas, de la antigua escuela. Adrián Recinos, espíritu acucioso e inteligente, en un interesante libro ha logrado reunir la esencia más sutil y pura de las ideas transcendentales, según expresión del notable polígrafo Enrique Gómez Carrillo, que en más de algún libro también se ha revelado filósofo, como, por ejemplo, la Psicología de la Moda, el Evangelio del amor, &c.

Valero Pujol, maestro y erudito, dejó libros interesantes sobre Historia de la Filosofía y su tratado de Historia Universal, mejor denominada Filosofía de la Historia. De citarse entre nosotros es también la obra del ingeniero Jorge Vélez; sobre Filosofía Natural, como un ensayo de nuestro pensamiento filosófico; en Guatemala, como en los demás países de estirpe latina, los problemas sociales han preocupado más a los hombres de estudio que los estudios de filosofía pura; existen varios ensayos sobre Sociología guatemalesca, Filosofía de la Educación, Pedagogía y otras más obras que representan verdaderos jalones en la producción intelectual.

Hasta hace poco los representativos de la Sociología entre nosotros eran escasos. Alguna vez levantábase de vez en cuando defendiendo el derecho de existencia de esta ciencia. Carle, en una carta dirigida a Ruggiere Bonghi acerca de la creación de una cátedra de Filosofía social, sostenía tener esta ciencia gran importancia. Entre nosotros, el licenciado don Francisco Quinteros Andrino, allá por el año de 1915, trató de sustituir el antiguo curso de Filosofía de la Historia por el de Sociología; sus esfuerzos entonces se perdieron en el vacío y no fue sino hasta el año de 1919 cuando se crearon estos estudios como una novedad en los cursos de jurisprudencia y ciencias sociales y con posteridad los antiguos cursos de Filosofía 1º y 2º. Cursos de la Secundaria se sustituyeron por los de Psicología y Lógica y Sociología. En la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales se ha venido enseñando desde los días de Burlamaqui Filosofía del Derecho, y con posterioridad se ha creado una cátedra de Filosofía General.

Guatemala, mayo 1934.

 

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Revista de las Españas 1930-1939
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