Revista Cubana de Filosofía
La Habana, enero-junio de 1949
Vol. 1, número 4
páginas 41-47

Enrique José Varona

Breve antología de Varona

Moral {1}

Al abordar un asunto tan amplio por su contenido, tan grave por su importancia y tan arduo por la diferencia de opiniones y criterios con que ha sido tratado por los filósofos desde los tiempos más remotos, necesito con mayores veras de toda vuestra benevolencia; pues me propongo examinarlo a la luz de un sistema estrictamente científico{2}, que ha de hacer singularmente áridas estas lecciones.

Esto es decir que el estudio de la moral no será para nosotros materia de apasionadas discusiones, ni pretexto para tiradas sentimentales, sino un nuevo e interesante objeto de análisis, en que procederemos, en cuanto sea posible, a la manera de los naturalistas{3}; estudiándolo todo sin prejuicios ni teorías preconcebidas. Recoger los fenómenos, apreciar sus elementos, agruparlos y descomponerlos, hasta dar con el verdadero problema que nos plantean, éste será el objeto de nuestros esfuerzos en esta nueva serie de conferencias.

Si consideramos los numerosos actos con que un individuo se acomoda a las solicitudes del medio en que vive, para satisfacer sus propias necesidades, pronto descubriremos que, aunque todos son naturales –como ajustes más o menos perfectos y adecuados de un organismo a su medio– no todos pueden calificarse de morales. Esto quiere decir que en el género, actos individuales, hay una especie más o menos lata que llamamos actos morales, en oposición a los actos inmorales; y unos y otros en oposición a los actos indiferentes.

Debiendo tratar especialmente de los actos morales e inmorales, necesario es que tratemos de indagar cuándo merecen esa calificación.

Una persona pasando en revista diversos trajes de su uso y escogiendo uno ad libitum para salir a paseo, ejecuta un acto del todo indiferente, en la generalidad de los casos. Un hombre sin recursos que pide prestado un lujoso traje, para ir a tomar a un establecimiento efectos al crédito, con el propósito de estafar mediante su buen porte, realiza un acto del todo inmoral.

Un campesino que trepa a uno de sus árboles frutales para recoger el fruto ya sazonado, ejecuta un acto que, inmediatamente considerado, es sencillamente natural. El mismo individuo trepando a un árbol de su vecino, para hacer la misma operación, es considerado corno un ladrón.

Un hombre paseándose una clara noche de luna para tomar el fresco, ejecuta la acción más indiferente que puede concebirse. Ese mismo hombre, rondando de noche la casa de otro, para indagar lo que en ella ocurre y en nada le concierne, es un espía, ejecuta una acción reprobada.

El hombre metódico que todos los días a la misma hora escriba su diario, por gusto o por costumbre, realiza un acto que bien podemos llamar indiferente; el tenedor de libros que lleva al día y con escrupulosidad las cuentas que le están confiadas, ejecuta un acto útil y laudable.

El aficionado que cría con el mayor esmero un ruiseñor o un sinsonte no puede aspirar a que se califique de moral su acción; tampoco la llamará nadie inmoral; el rico que costea la educación de un niño menesteroso, inteligente y aplicado, realiza un acto del más subido valor moral.

Aquí no tratamos de establecer grados en el mérito o demérito relativo de estas acciones, sino de contraponer las morales o inmorales a las indiferentes.

Ahora bien, la más somera observación basta para hacernos notar que tan pronto como aislamos al individuo y su acción, como prescindimos de sus conexiones con motivos que puedan afectar a semejantes suyos, el carácter moral e inmoral se eclipsa. Tan pronto como sus actos afectan mediata o inmediatamente a otros, en daño o provecho, el carácter de morales o inmorales reaparece. De aquí, para mí, este principio en que estriba toda la ciencia y el arte todo de la ética: el hombre es moral porque es sociable{4}.

Un hombre abandonado en una isla desierta, sin esperanza de entrar en sociedad humana, ejecutará actos más o menos provechosos a su conservación, pero no actos laudables o censurables desde el punto de vista moral.

Sólo cerrando los ojos a lo que declaran y enseñan los hechos pudieran invertirse los términos de esta proposición fundamental, como se han invertido y decir que el hombre es sociable porque es moral{5}. La asociación deriva inmediatamente de los elementos biológicos y psíquicos del hombre. [42] La organización es una forma de asociación; la reproducción es una extensión de la organización y da margen a una nueva forma de asociación, primero entre los dos individuos reproductores y luego entre los padres y la prole; la comunicación de los sentimientos individuales por medio de los movimientos y del lenguaje amplía, extiende y estrecha la asociación en el espacio y el tiempo. La constitución física y la constitución psíquica determina la asociación; la asociación determina la moralidad{6}.

Esta subordinación de la moral a la sociología es, desde el punto de vista del método, tan capital para nuestras pesquisas, que no debemos adelantar un paso sin dejarla sólidamente establecida. Dos órdenes de pruebas vamos a considerar sucesivamente. Primero veremos que no encontramos actos que puedan calificarse de morales, sino cuando ya están avanzadas las formas de la asociación; para esto tendremos que descender a los seres inferiores al hombre. Después veremos cómo a medida que la asociación evoluciona y se completa, la moralidad evoluciona y se completa{7}. De esta suerte, quedará demostrado que la moralidad aparece después de la socialidad y que la sigue en sus transformaciones.

Descendiendo en la escala zoológica hasta esos seres en que la separación neta en individuos no se ha complicado todavía con ninguna forma de asociación temporal, fuera de la copulación accidental entre el macho y la hembra, nos encontramos con un estado permanente de lucha encarnizada, en que las exigencias del apetito no encuentran otro límite que la fuerza mayor. El animal hambriento devora lo mismo los animales de diferente especie que los de la suya, siempre que sean más débiles. Aun en animales de organización bastante adelantada como los aracnoideos, vemos los impulsos destructores sobreponiéndose a los reproductores, en el hecho de que las hembras devoran a los machos.

Pero a medida que la unión sexual va perdiendo más y más los caracteres de accidental, y hay primero elección y sigue luego la alimentación y educación de la prole; es decir, tan pronto como la asociación por familias se ha presentado en la forma de un hecho constante en determinadas especies, encontramos que ha surgido el respeto a la vida del animal semejante y ayuda a la función reproductiva, comienza la simpatía, y los actos adquieren un carácter manifiestamente moral.

La cooperación del macho en el acto de la incubación es ya el extremo opuesto a la destrucción del más débil por el más fuerte; y se encuentra organizada ya en los peces batracianos. El salmón y la trucha abren cavidades en la arena para depositar sus huevos, y en esta operación se auxilian machos y hembras. Pero en los espinosos, espinosillos y otras especies son los machos los que construyen los nidos, introducen en ellos a las hembras y en caso de peligro a los pececillos. El Chromis paterfamilias del lago de Tiberiades protege y nutre hasta doscientos pequeñuelos en sus fauces y cavidad branquial. Según M. Lortet, después que la hembra ha depositado los huevos entre la arena o los juncos, se acerca al macho y los hace pasar por aspiración a la cavidad bucal, y de ahí a las branquias. Aquí sufren los huevos la metamorfosis y nacen los pececitos, que van a alojarse en la boca del padre, donde permanecen apretados unos contra otros, hasta el punto de distenderla enormemente. La costumbre de algunos batracianos no son menos notables a este respecto. «Entre los sapos comadrones, cuyos huevos están reunidos en la forma de un rosario viscoso, dice Milne Edwards, el macho se apodera de ellos a medida que los va poniendo la hembra, se los rodea de las patas posteriores y sale con ellos a tierra, hasta el momento que se han de romper, y entonces se sumerge en el agua ... El Pipa o sapo de Surinam presenta, con este motivo, particularidades todavía más notables; el macho ayuda al parto de la hembra, y coloca los huevos sobre la espalda de ésta ... Cada huevo queda pronto alojado en una especie de alveolo. Así se abren en la espalda de la hembra como cincuenta pequeñas cavidades, que son otras tantas cámaras incubatrices, en donde se forman y desarrollan los embriones.

Pero todo esto es poco, ante el desarrollo que toma la cooperación doméstica entre las aves. Los cuidados prodigados por la hembra a su cría, el esfuerzo con que arrostra los mayores peligros por defenderla, son hechos de observación vulgar. El papel del macho, con excepción de algunas especies, es también sumamente interesante. Cuando no construye el nido, ayuda a su constructor, protege la incubación de todo ataque exterior, trae el alimento. En muchas especies polígamas, el macho adquiere importancia singular y practica sus funciones protectoras de un modo especial. Un amigo mío poseía un gallo hermosísimo en quien pudo notar muchas veces que, tan pronto como echaban el maíz al gallinero, llamaba y recogía todas sus gallinas, presenciaba tranquilamente su comida y no tocaba un grano hasta que todas no se habían satisfecho.

La educación de los polluelos es tarea a que faltan muy pocas especies entre las aves. Espinas cita, entre otros varios, un caso muy notable suministrado por Joeckel. Se refiere a las aves acuáticas llamadas colimbos: «Al principio los padres colocaban siempre el alimento sobre el agua, delante de los polluelos; hacia el octavo día de su existencia comenzó su educación. El viejo nadó todavía dos o tres veces [43] delante de los pequeños que querían apoderarse inmediatamente de la comida, y zambulló con el pez para obligarlos a que lo siguieran. Sin embargo, como todavía estaban muy torpes, les tendió la presa desde lejos. Llamó a los polluelos con ruidosos cuony, cuony; entonces éstos se aproximaron, remando sobre la superficie, y atravesaron una distancia bastante grande; el mejor nadador obtuvo el pez como recompensa».

Las familias de mamíferos, como mucho más adelantadas en la organización, han de presentar ejemplos más palmarios de desarrollo de los sentimientos morales; pero me contentaré con citar dos casos altamente sugestivos. Hablando de dos oseznos de los Pirineos, refieren Leuret y Gratiolet que «un día comenzaron a reñir; la madre impacientada les dio una patada vigorosa, que los separó. Cuando está descontenta de ellos, añaden, gruñe y les pega, y aunque ahora es más débil que ellos, los oseznos nunca le resisten ni se defienden de ella». Brehm cita la narración siguiente de Schomburgek: «He sido testigo de un rasgo conmovedor de amor maternal. Me volvía a mi barco, cuando se oyó la voz plañidera de un mono joven abandonado por su madre en su fuga precipitada, sobre un árbol, encima de mi cabeza. Uno de mis indios trepó a él. Apenas vio el mono aquella cara desconocida, empezó a lanzar grandes gritos, a los cuales respondieron muy pronto los de la madre que venía a buscar a su pequeño. Este entonces, lanzó un nuevo grito muy singular, a que contestó también la madre. Un disparo de fusil hirió a ésta, y tomó apresuradamente la huída; pero los gritos del pequeño la hicieron volver enseguida sobre sus pasos. Un segundo disparo, que no la alcanzó, no fue óbice para que saltase dificultosamente a la rama donde se mantenía el pequeño a quien se colocó rápidamente sobre la espalda. Iba a alejarse con él, cuando un tercer disparo, hecho contra mi mando, la hirió mortalmente. Continuó apretando a su cría entre los brazos, durante las convulsiones de la agonía, y cayó en tierra tratando de escaparse».

Si de la asociación doméstica pasamos a la organización en sociedades, vemos que la división de las funciones y la cooperación de los individuos reviste un carácter cada vez más moral, llegando hasta el punto de prestar auxilios los individuos de una especie a los de otras vecinas. Prescindamos de las sociedades de los himenópteros, interesantes sobre todo para el sociologista, y vengamos a las de otros animales superiores, cuyos actos legitiman completamente nuestras inferencias, dadas su semejanza y aun paridad con los nuestros. Para encontrar descripciones de hechos{8} dignos de estudio en el orden de ideas de que tratamos, no tendremos sino el trabajo de la elección.

En las bandadas de diversos géneros de zancudas y en las hordas de rumiantes, paquidermos y simios, la organización sistematizada que se corona por las funciones de centinela y jefe ya alternativa, ya constantes, supone una comunicación de afectos y servicios y un desarrollo tal de representaciones del orden moral, que no deben sor prendernos los hechos que voy a citar.

Brehm asegura que cuando una banda de Corcopithecus griseoviridis ha atravesado un lugar plantado de helechos espinosos, cada mono se va extendiendo alternativamente sobre una rama, a donde acude un compañero a sacarle las espinas.

Las hamadryas, según Darwin, levantan las piedras para buscar insectos, &c.; y cuando encuentran una demasiado grande, se agrupan en tanto número como pueden para levantarla, la vuelcan y se dividen el botín.

«Brehm encontró, en Abisinia, una numerosa tropa de babuinos que atravesaban un valle; una parte había llegado ya a la montaña opuesta, los otros estaban todavía debajo. Estos últimos fueron atacados por una jauría de perros; enseguida los machos viejos se precipitaron de las rocas, con las fauces abiertas y lanzando alaridos tan terribles que los perros echaron a huir. Se les animó a un nuevo ataque, pero en el intervalo todos los babuinos habían ganado las alturas, a excepción de uno, joven como de unos seis meses que, encaramado en un trozo de roca donde fue rodeado por los perros, clamaba a gritos por socorro. Uno de los machos más grandes, como un verdadero héroe, bajó de la montaña, se dirigió lentamente hacia el joven, lo tranquilizó y se lo llevó triunfante; pues los perros estaban demasiado sorprendidos para atacarlo» (Darwin).

El mismo naturalista cita este otro hecho: «Un joven cercopitheco aprehendido por un águila, se agarró de tal modo a una rama, que no pudo ser arrebatado de seguida, y empezó a gritar pidiendo socorro. Los otros miembros de la banda acudieron, lanzando grandes alaridos, rodearon el águila, y empezaron a arancarle tantas plumas que soltó la presa, y no trató más de escaparse».

Todavía podemos registrar actos de verdadera simpatía entre los animales. El capitán Stansbury encontró en un lago de Utah un pelícano viejo y completamente ciego, pero sumamente grueso, lo cual prueba que sus compañeros le suministraban el alimento. Otro viajero, M. Blyth, dio a Darwin noticias de haber visto varios cuervos indianos que alimentaban asiduamente a dos o tres compañeros suyos, también ciegos.

Swainson cita este notable ejemplo: «El reverendo M... S... de M... en Denbighshire, tenía un terranova favorito que vivía regaladamente; de todo se le daba una parte, y usaba de su poder con gran mesura. Se le vio más de una vez saltar la puerta que separaba el patio de la casa del de la granja para llevar algunos de los grandes huesos, [44] con que se le obsequiaba, a un perro de caza que estaba atado en la cuadra».

Las relaciones de los animales superiores en estado de domesticidad con el hombre ofrecen a cada paso caracteres evidentemente morales. Braubach ha consignado la observación de que el perro se abstiene de robar alimentos en ausencia de su amo; y a este propósito refiere Romanes un caso, a que da extraordinario valor el testimonio suyo.

Hablando de un perro huronero de la isla de Skye, dice: «Este perro no ha robado sino una sola vez en toda su vida; un día que tenía mucha hambre, se apoderó de una costilla que estaba en la mesa y se la llevó debajo de un canapé. Fui testigo del hurto, pero aparenté no haberlo notado; el culpable permaneció muchos minutos bajo el canapé, fluctuando{9} entre el deseo de satisfacer su apetito y el sentimiento del deber. Este último acabó por triunfar, y el perro vino a depositar a mis pies la costilla que había robado. Hecho esto, se volvió a esconder debajo del canapé, de donde no pudo hacerlo salir ningún llamamiento. En vano le pasaba suavemente la mano por la cabeza; esta caricia no dio otro resultado que hacerle apartar la cara con su aire de contrición verdaderamente cómico. Lo que da valor muy singular a este ejemplo, es, que el perro de que se trata no había sido castigado nunca; de modo que no pudo haber sido el temor de una pena corporal el que lo impulsó a obrar».

Hay más, señores, algo como el sentimiento de la justicia parece despuntar en estos animales. Leuret cita una anécdota ocurrida a Aragó, sorprendido por una tempestad en una aldea del sur de Francia. Los aldeanos que lo hospedaron no pudieron ofrecerle para comer sino un pollo. Había de cocerse en un asador provisto de un tambor en que entraba un perro para hacerlo girar. Uno de los que se tenía adiestrado para este oficio estaba en la cocina, y al ir el aldeano a cogerlo empezó a resistirse, a enseñar los dientes, y acabó por esconderse. Nada pudo vencer su obstinación. Sorprendido Aragó inquirió la causa y le dijeron que el perro se incomodaba porque tocaba el turno a su compañero; deseando cerciorarse, hizo traer el otro perro, que entró sin dificultad en el tambor. Para completar la experiencia, el insigne astrónomo, después que pasaron unos diez minutos, hizo detener el asador y soltar el perro pidiendo quo trajesen el que antes se había mostrado tan reacio. Vino sin dificultad, y entró espontáneamente en el tambor, convencido, dice Leuret, de que le tocaba su turno de servicio. Acabaré por citar casos en que la agresión contra la injusticia no es menos manifiesta que lo pudiera ser en el hombre. Bohn, el editor de la obra de White, lo refiere de esta suerte:

«Se me han comunicado muchos hechos interesantes sobre la disposición vengativa de los vencejos, cuando son invadidos sus nidos por los gorriones. Una vez, en Hampton Court, un caballero me informó, la misma mañana del hecho, que una pareja de gorriones había hecho nacer sus polluelos en un nido de vencejos. Dos o tres días después, llegaron varios vencejos e hicieron trizas el nido; el observador halló a los polluelos, implumes todavía, muertos por tierra debajo de la ventana. En otra ocasión, el contramaestre carpintero del palacio, en Hampton Court, me informó de que, mientras trabajaba en su taller, cerca de la ventana, una pareja de golondrinas había edificado su nido en un rincón de ella, donde las observaba frecuentemente. Acabado el nido, llegaron algunos gorriones que se apoderaron de él, y depositaron allí sus huevos. Mientras la hembra los estaba empollando, llegaron muchos vencejos y obstruyeron la salida. Algunas semanas después, examinó el nido, y encontró el pájaro muerto sobre sus huevos». Quizá he pecado de difuso, pero estos hechos interesantes, que no son sino una mínima parte de los que nos ofrecen hoy observadores constantes e inteligentes, suplen con ventaja a todos los razonamientos, y establecen la verdad de mi primera proposición: A medida que se desenvuelve el estado social, en las especies animales, los actos que pueden calificarse de morales se desenvuelven y amplían.

Pasemos a la segunda; consideremos las sociedades humanas. El progreso de la moral es un corolario del progreso de sus instituciones, en el sentido más lato de la palabra. Cada etapa sucesiva en el camino de la civilización aporta nuevos perfeccionamientos en las costumbres, mayor delicadeza en los sentimientos morales, mayores exigencias de la noción de deber.

Fijémonos en esas hordas en que los lazos sociales sólo se estrechan, cuando las exigencias del apetito obligan a la unión sexual, o cuando el peligro inminente fuerza a aceptar un jefe, como las de los bosquimanos del África Austral, o los tasmaniano de la Melanesia; tan desconocidos les son los sentimientos morales que nos parecen más primitivos, que el infanticidio es un hecho natural; nadie está obligado a embarazarse con la carga de un chicuelo o con la obligación de atender a una boca más. El respeto a la propiedad está sólo en razón directa de la fuerza del que se intitula propietario; la simpatía por el individuo de su misma colectividad temporal no llega a evitar que se abandone a una muerte cierta, en las marchas penosas, a los enfermos o heridos. El pudor es de tal suerte desconocido aun en sociedades algo mejor organizadas, que los esquimales están en sus habitaciones completamente desnudos y duermen así confundidos hombres, mujeres y niños. El relato que hace D'Orbigny de las costumbres de los itonamas [45] de la América del Sur excede cuanto se pueda imaginar en indecencia. En Benín las mujeres van completamente desnudas hasta el día de su matrimonio; costumbre que se puede señalar en otros muchos pueblos salvajes. La prostitución doméstica como gaje de hospitalidad, pasa hasta en las sociedades algo adelantadas; así acontece en Ceilán, fue uso de los guanches canarios y hoy todavía lo comprueban los viajeros que se han internado entre las tribus indígenas del noroeste de México. En Birmania el marido puede ceder la mujer mediante precio; y esto no redunda en desdoro de ésta, antes bien aumenta su consideración, en proporción al servicio que ha prestado a su marido.

Pero a medida que se organizan estas asociaciones informes, cuando el más anciano, o el más fuerte, o el más rico, es jefe reconocido, y la tribu o la familia patriarcal adquieren más individualidad, los rudimentos de una moral comienzan a aparecer, por remotos que estén de los principios que guían a los pueblos más adelantados. Ya el respeto a la propiedad y la obediencia al superior se estiman como virtudes; el valor es prenda tan estimada, que un jefe pasonee definía así a los buenos: «Los buenos son los guerreros valientes y los cazadores infatigables»{10}. La mujer ajena es respetada, ciertamente como una mera propiedad, pero al fin respetada, y todas estas cualidades tienen un valor social tan marcado, que, como se ha observado frecuentemente, no obligan sino en los límites de la tribu. La propiedad, las mujeres, la vida de los extraños no merecen ningún respeto; antes bien, es más honrado y apreciado el que más atentados ha cometido entre ellos. En el estado de lucha por la vida, tenaz y sin cuartel, que se libra en los salvajes, las prendas mencionadas adquieren tal importancia social, que se sobreponen a todas. La vida de un guerrero es de un precio altísimo; así es que su muerte va seguida siempre de formidables venganzas, dirigidas contra el enemigo en masa, no contra un individuo determinado. Pero la cohesión interna necesaria para resistir con fruto da nacimiento a verdaderas virtudes sociales como la justicia y la equidad en las relaciones más frecuentes y dentro del predominio forzoso del más fuerte: la obediencia al padre y al superior, el respeto a los ancianos. Constituida la familia, los vínculos de simpatía adquieren inusitado desarrollo, que afianzan luego la participación de los mismos peligros y el disfrute de los mismos goces. Como ha observado profundamente Darwin, los pueblos en este estado rudimentario no consideran y aprecian sino las virtudes sociales. Con el desenvolvimiento posterior van ésas dando nacimiento a las personales.

Esto es así, porque a medida que se engrandece la comunidad por el número, nace una potencia moral que es la opinión, y desde entonces la transmisión de los preceptos queda asegurada; y de aquí por su lento trabajo de elaboración psíquica que la herencia perpetúa, la diferenciación de las virtudes que parecen alejarse más y más de su primitivo origen.

Todos los vínculos sociales, la familia, la ciudadanía, la religión, la lengua, van aportando aumentos al caudal de los sentimientos morales; y aunque la supervivencia de las viejas costumbres, ritos y preocupaciones, la mezcla de las razas, la desigualdad de la fortuna, contribuyen a que quede siempre un sedimento considerable de imperfecciones éticas en el fondo de la sociedad más culta, es indudable que, así como los pueblos bárbaros conocen otras formas más perfectas de la justicia y la caridad, que no conocen los salvajes, las naciones grandemente adelantadas en su organización poseen un código completo que regula tanto los deberes estrictos como los imperfectos. ¡Cuánta distancia, señores, para tomar un ejemplo de sentimientos ya enunciados, cuánta distancia entre ese impudor, indicio de la bestial promiscuidad de los pueblos más salvajes, y esa glorificación de la pureza a que se elevan el mazdeísmo y el mithraísmo entre los pueblos iranios! Y adelantando aún más, consideremos los pueblos antiguos, en que la diversidad de castas dividía los habitantes invariablemente en opresores y oprimidos, Grecia, por ejemplo, desde el punto de vista del sentimiento de la probidad; ¡cuán rudimentario se presenta, cómo se estiman la astucia y la duplicidad, armas de todos los débiles! Comparémoslo con los hábitos y costumbres de los pueblos verdaderamente libres, como Inglaterra o la Unión Americana, donde a ningún ciudadano se le ocurre que deba disimular su modo de sentir en los asuntos más arduos del procomún.

De propósito he citado estas dos cualidades, porque son de aquéllas que a primera vista parecen interesar menos a las relaciones sociales; haciendo ver que aparecen, sin embargo, como producto de un mejor desarrollo social. En cuanto a las que son de todo punto indispensables, como la justicia, el respeto de los pactos, el resarcimiento del servicio contratado, la seguridad del prójimo, los deberes para con el Estado, &c., bien vemos cuánta diferencia media entre Estado de pleno salvajismo, aun entre aquél en que la voluntad de un déspota o de un cuerpo privilegiado es el único freno a las pasiones antisociales, y el período de los pueblos con derecho escrito, en que los principios morales reconocidos y acatados tienen en su favor todas las sanciones; los estrictos en los códigos y el poder público; [46] los de benevolencia en la opinión, en las costumbres y en la herencia psíquica.

Estas indicaciones sumarias, únicas que pueden tener lugar aquí, bastan suficientemente para hacernos ver que el desarrollo de la moralidad es consecuencia del desarrollo social{11}. De esta suerte convergen los dos órdenes de pruebas que he presentado al fin único que me proponía. De mostrar la subordinación de los fenómenos del orden moral a los fenómenos del orden social. Desde el punto de vista del método, esta demostración previa era indispensable; porque ya sabemos que la moral depende de la sociología, y que ésta nos ha de ofrecer los principios fundamentales en que ha de descansar aquélla. No, señores, el hombre no es sociable porque es moral. Ya lo hemos visto asociado en el grado más completo de inmoralidad{12}. El hombre se hace moral a fuerza de ser sociable. De aquí que cuanto redunde en provecho de la sociedad, redunda en beneficio de la moralidad, sentimiento perfectible en grado eminente.

Esta conclusión nos dará luz y nos servirá de guía en todas nuestras pesquisas.

* * *

«Cuando hombres venidos de lugares diversos, dice el doctor Clavel, sufren en un mismo país influencias climatéricas análogas y que traen consigo analogías, si no identidades, en el ejercicio de todas las funciones; cuando la sangre de las familias se mezcla por el matrimonio, y esto durante una serie de generaciones, resulta que las desemejanzas originarias se borran poco a poco y las constituciones se aproximan a un tipo que representa a la vez el término medio de las organizaciones primitivas y el término medio de las influencias climatéricas y geográficas. Durante mucho tiempo los niños ostentan caracteres extraños a ese tipo y que se referían a otras razas; durante mucho tiempo su organización está mal equilibrada o hecha para adaptarse a otro clima. Pero llega el momento en que se establecen la proporción y la armonía entre los diversos aparatos, que adquieren vigor, prestándose mutuo apoyo, en que las facultades se equilibran, en que los hombres de una misma ciudad parecen hermanos, y llevan igualmente el sello de los lugares que habitan. La raza está ya formada».

Esta descripción física se adapta punto por punto a los caracteres morales{13}. Aquí aparece toda la importancia de la herencia, como engendradora y trasmisora de los sentimientos éticos. Al mezclarse las familias, se mezclan sus cualidades; la herencia puede trasmitir el sentimiento, puede descomponerlo y trasmitir alguno o algunos de sus elementos. No se olvide la complejidad de los estados subjetivos a que me estoy refiriendo. Ese análisis, si se me permite la expresión, favorece la síntesis que requiere el estado social; así se refuerza, cuando no se forma por completo una predisposición favorable a determinados sentimientos morales, que son los que se compadecen con el estado social de la época; así la herencia hace evolucionar la moralidad. ¿Cuál es el resultado? Un término medio de moralidad para cada grupo étnico en cada período de la historia.

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Parecerá que nos hemos alejado considerablemente de nuestro asunto: cómo la variabilidad en biología influye en la formación de los sentimientos morales. Estamos dentro de los límites de nuestras pesquisas. Todas las funciones, la respiración, la alimentación, la generación, la locomoción, imposibles sin una adaptación previa del organismo al medio, obran sobre el espíritu, por medio de las emociones, según que se desempeñen con mayor o menor facilidad{14}, aporten aumentos al caudal vital o pongan trabas al desarrollo orgánico, y van labrando lentamente las transformaciones del carácter, que es el exponente en especial de los sentimientos morales.

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Cabe también objetar que, no reconociendo a la moral de las acciones otro criterio que la solidaridad, queda limitada forzosamente por el estado de las creencias en cada época, y nadie es capaz de concebir un progreso, un estado más favorable; es imposible una concepción moral mejor que la de cada momento{15}. Esta objeción cae, cuando se recuerda lo que hemos dicho de las causas de variabilidad que trabajan en cada agregado social y lo colocan en condiciones de desequilibrio. Desde ese momento el estado emocional penoso, producto de la experiencia, aguza la imaginación, empiezan las cognaciones ideales de circunstancias, de cambios posibles que mejoren las condiciones actuales, es decir, que hagan desaparecer el estado emocional penoso, y surge la previsión de fines más apetecible que los actuales, por tanto más importantes, y que marcan un progreso y ayudan a la evolución.

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Si ahora recordamos algunos de los criterios presentados tácita o expresamente por otras escuelas, aparecerá más claramente la solidez del que aquí defendemos. [47] Es imposible colocarse en un punto más diametralmente opuesto al nuestro que el que aceptan Kant y sus discípulos ortodoxos. Por aquí conviene empezar. Este ilustre filósofo colocaba la esfera de la moralidad completamente fuera del mundo de los fenómenos, pero como no podía cerrar los ojos a la evidencia, la cual le recordaba que la conducta humana es un fenómeno, y que requiere una pauta, un criterio, tuvo que formular una famosa ley, que no tiene nada de noumenal. «Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda ser siempre considerada como un principio de legislación universal». Es decir, de modo que todos los hombres (todos los seres racionales, diría Kant) puedan obrar lo mismo en igual caso. Ahora bien, o los hombres todos, por una suerte de revelación, saben en cada caso lo que convendría a todos, y esto no sólo se opone al pensamiento de Kant, según el cual nosotros sólo poseemos a priori el principio formal de la obligación (en otros términos, nos sentimos obligados, pero sin saber a qué, pues esto es lo que busca la moral), sino que haría inútil la ciencia de la moral, llevando todos una luz tan viva en la conciencia; o tienen que referirse a lo que les enseñe su experiencia de las condiciones de vida en que se encuentra cada cual y en que se encuentran sus semejantes. No me detendré aquí en mostrar que esto se opone también al pensamiento del filósofo; sino que, considerando que es la única explicación que se compadece con la que nos enseñan la observación y la experiencia, habremos de analizarlo con el único extremo aceptable.

Dígasenos, pues, ¿qué datos tiene cada hombre para apreciar no ya lo conveniente para su conducta en un caso dado, sino lo adecuado a la conducta de todos los hombres, en cualquier tiempo, en cualquier país, en cualquier estado de civilización, colocados en el mismo caso?{16} ¿Cómo puede estar seguro el sujeto de que su conducta sería universalmente buena? No hay más que una contestación posible. Sólo refiriéndose a esas condiciones necesarias de vida, que son primordiales, porque sin ellas no existiría la sociedad. Es decir, que tendría que referirse parcialmente al criterio de solidaridad; parcialmente he dicho, pues sólo apelaría a él de un modo fructuoso en el contado número de casos en que entran en juego esas violaciones supremas que comprometen el estado de sociedad; y de nada le serviría en los más frecuentes el que su conducta debe ceñirse a las circunstancias, sin ninguna pretensión de universalidad. Así es que este criterio que parece extender tanto nuestra esfera de acción, en realidad la limita.

H. P. Ll.

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{1} Hemos creído conveniente, a los efectos de esta antología del pensamiento filosóficomoral de Varona, reproducir íntegramente la primera de las conferencias, por estimar que en ella se ofrecen rotunda y plenamente las ideas positivistas de las que Varona fue decidido partidario. Basta, a este respecto, referirse al párrafo final de su Advertencia: «Me resta advertir que este libro no es un tratado de ética, sino un ensayo para establecer científicamente el fundamento de la moral». También se incluyen algunos pasajes de las conferencias tercera, sexta y undécima, por estimar que aluden a cuestiones siempre vigentes y que, en este caso, trasuntan el espíritu de la época y el del autor.

{2} Vale decir, en este caso, a la luz de ciencias de hechos, como la Sociología y la Biología.

{3} ¡Dios mío! ¿Es que puede una ciencia de hechos carecer de prejuicios, en los cuales se asienta eso que, como ciencia, la constituye precisamente en una «teoría»?

{4} El escamoteo del hombre que se advierte sobre todo en el positivismo, aparece en esta frase de Varona. Para él la moral en cuanto mos, sittlichkeit, costumbre, es ciencia; éticamente, que es decir lo humano en toda su fina precisión, es a lo sumo arte.

{5} Tal disyuntiva carece totalmente de sentido. Ni ha de ser moral el hombre a causa de que es social, ni a la inversa. Lo que hay, n todo caso, es una correlación. que en lo esencial no compromete a ninguno de los dos términos.

{6} No creo que después de esto haya que insistir en lo ya dicho sobre la prejuiciosidad y la teorización en la ciencia positiva.

{7} Véase aquí patentemente la adhesión, no exclusivamente varoniana, sino epocal, a la idea evolucionista al modo darwiniano.

{8} «Hechos» dignos de estudio, que por mera y forzosa analogía pretenden «explicar» la conducta moral del hombre. Cuán lejos todo esto de la pulcra descripción fenomenológica, tal como ahora se practica, del hecho moral propiamente dicho y exclusivo del hombre.

{9} Esta parte final del párrafo es altamente ilustrativa de hasta dónde logró llegar la novela de la ciencia en el apogeo del positivismo. Habría que concluir que el hombre, indiscutiblemente el único ser positivamente moral e inmoral, lo es tardíamente y por consecuencia de su relación filogenética con los animales.

{10} Evolutivamente ha de ser la moral indefectiblemente algo así como un progressus in indefinitum. Mas compárese esta frase del jefe salvaje con las exaltaciones nietzscheanas del poder y la fuerza, y más luego con la embriaguez de la temeridad y el desprecio del derecho típico del totalitarismo en sus diversas manifestaciones. En fin de cuentas, que tales contradicciones en el «evolucionismo» de la moral no es posible explicarlas a la luz de la moral como costumbre (mos), sino del ethos (el intimo y peculiar modo de ser personal).

{11} No cabe duda, a este respecto, de la acendrada convicción evolucionista de Varona.

{12} Hay en todo esto un simplismo candoroso, pues lo moral no tiene por qué derivar necesariamente de lo social, ni inversamente. Cómo, si no, explicar la creciente desmoralización de las sociedades en la fase de su decadencia y disolución –Grecia, Roma, &c.– justamente cuando por consecuencia de haber alcanzado su máximo desarrollo social, debían haber disfrutado de un elevadísimo nivel moral.

{13} Esta desdichada analogización, que fue el desideratum del positivismo, muestra cómo operaban el prejuicio y la teoría preconcebida.

{14} Se diría, en cierto modo, una anticipación de la teoría emocional James-Lange.

{15} Mejor, tomado en el sentido de imposible, o sea, que nadie puede superar, sobre todo en el orden fáctico, lo que constituye su mejor esfuerzo en pro de lo mejor que aspira a realizar.

{16} ¿Es que, en el orden científico, no hay también principios a priori? Pues la ética no es, no puede ser la moral. Esto sería tanto como pretender que el consensus de opinión de un grupo social o de una época acerca de un hecho cualquiera debe conservar indefinidamente su vigencia a causa de que, en su época, sirvió al fin propuesto y, además, visto desde aquella perspectiva, no habría ni podría haber jamás principios a priori, es decir, universales y necesarios para todo saber científico y para todo lugar y tiempo.

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Revista Cubana de Filosofía 1940-1949
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