Nuestras Ideas. Teoría, política, cultura
Bruselas (Bélgica)
 
nº 2, septiembre 1957
páginas 3-19

Nuevas corrientes en el catolicismo español

Se acelera el pulso de la vida política en nuestro país. Fenómenos que se han venido gestando durante años, o lustros, encuentran en el agitado clima actual su punto de condensación.

Siempre han existido corrientes centrífugas en el llamado «Movimiento Nacional», o sea en el conglomerado de fuerzas fascistas y reaccionarias en el que se ha apoyado la dictadura del general Franco. Su resquebrajamiento, su ruptura, sobre todo a partir de 1951, eran tan patentes que ningún observador serio de la cosa política podía ponerlo en duda.

Hoy asistimos a una crecida general de las fuerzas de oposición de diverso signo. Se fortalecen y amplían su influencia las fuerzas marxistas, las fuerzas obreras y democráticas en general, y asimismo las de tendencia liberal, democristiana, &c. Y en el marco de esta crecida de la oposición, se definen y cristalizan nuevos grupos, partidos o embriones de partidos, que en cierta medida se nutren de personas o sectores desgajados del «Movimiento Nacional».

Este proceso reviste singular importancia en el plano político. Implica el estrechamiento de la escasa base que le queda al régimen. Y se preparan así las condiciones de un desequilibrio tal entre éste y las fuerzas de oposición en auge, que puede facilitar considerablemente un tránsito pacífico de la dictadura actual a la democracia que anhela la mayoría del pueblo español.

El general Franco ha intentado detener, o frenar, este proceso con el último cambio de Gobierno. Lo acaecido en los últimos meses muestra el fracaso de tal proyecto. En un plazo extraordinariamente corto, el capital político que podía representar el grupo opusdeísta se ha desgastado. El desprestigio de éste, en los más extensos ámbitos de la opinión, puede parangonarse con el que se ganó la Falange. En el seno de ésta se polarizan núcleos de oposición cuya actividad contribuye a descomponer el aparato estatal y a debilitar al régimen.

El Gobierno del general Franco es cada vez más una camarilla personal que no puede alegar para justificar su permanencia otra razón que la [4] fuerza de la inercia. Así lo han reconocido implícitamente Arias Salgado y Carrero Blanco en sus recientes intentos por legitimar el poder personal de Franco resucitando –con adobos diferentes– la teoría del «caudillaje».

Para impedir el progreso –más o menos aparente, pero incontenible– de las fuerzas de oposición, la dictadura ha recurrido a su arma clásica: la represión, las detenciones. Ha pretendido apretar más aún las mallas de la mordaza aplicada a los españoles. Pero las medidas policíacas tienen su reverso. En este caso, han servido para echar por tierra uno de los temas constantes de la propaganda oficial: el de que sólo los comunistas, y a lo sumo la emigración republicana, desean derribar la dictadura. Las notas de la Dirección General de Seguridad han servido de público barómetro. Han permitido a muchas personas apreciar con datos concretos cuál es el nuevo clima político español. La gama de tendencias políticas representadas entre las personas detenidas en el último período engloba, no sólo a comunistas y otras fuerzas de izquierda, sino a liberales, católicos y hasta monárquicos.

Las medidas represivas motivadas oficialmente por meros delitos de opinión, las torturas perpetradas contra algunos militantes comunistas, las escandalosas reformas «jurídicas» promulgadas en violación de las más elementales normas de derecho, han provocado gran indignación entre hombres de los más diversos horizontes; han sido además interpretadas como signos de impotencia política; han desprestigiado aun más al Gobierno.

La realidad se encarga de demostrar que la represión no puede detener el crecimiento de la oposición. Esta se manifiesta de diversas formas, penetrando en todos los ámbitos de la vida nacional. Y de un modo concreto, en la vida intelectual. En esta fase de cristalización de nuevas fuerzas, el papel de los intelectuales es muy importante. Lo confirma el hecho de que los golpes represivos vayan dirigidos, en no escasa proporción, contra intelectuales. Las discusiones ideológicas cobran mayor intensidad. Están muy impregnadas de contenido político. Asistimos a la eclosión de una literatura política, ideológica, de gran interés, que utiliza cauces unas veces legales o semilegales, otras clandestinos. En ella se abordan grandes problemas políticos y sociales. Se reflejan los cambios que la experiencia de casi 20 años de fascismo han provocado en las concepciones de determinados grupos o capas. En ella, el análisis de los problemas presentes va parejo muchas veces con la revisión crítica de hechos y posiciones pasados, y con audaces esfuerzos por atalayar desde el presente los derroteros por los que caminará España mañana.

El propósito que nos guía al escribir el presente artículo es entablar una discusión sincera, desde nuestros puntos de vista marxistas, con algunas de las nuevas corrientes que han brotado en el seno del catolicismo español.

Un importante documento

En la base del surgimiento de estas nuevas corrientes está el hecho determinante de la crisis, de la descomposición, del FRACASO del régimen fascista que impera en España desde 1939. El fascismo ha tenido en España un acusado carácter clerical. La Iglesia ha sido –como todo el mundo sabe– [5] uno de los pilares de la dictadura de Franco. Ahora bien, en la actualidad, la inmensa mayoría de los católicos españoles (trabajadores, gentes del campo, intelectuales, clases medias, importantes grupos burgueses…) están contra la dictadura, desean su desaparición, se sienten heridos en sus intereses vitales por la perpetuación del régimen franquista. La crisis de éste abarca a todas las esferas de la vida nacional: es una crisis económica, política, cultural, moral.

Tal hecho no podía dejar de provocar hondas sacudidas en el seno del catolicismo, e incluso del clero. Por muy variados canales y medios, las masas católicas, enfrentadas con la dictadura, ejercen una poderosa presión que, de un lado, aísla y debilita a los grupos que –como el Opus Dei– colaboran de una forma más abierta con la dictadura; y de otro, hace que ciertas Jerarquías se distancien del régimen, manifiesten divergencias y disconformidades con la política franquista. Ello se refleja, por ejemplo, en la Pastoral de los Metropolitanos de Agosto de 1956 sobre temas sociales, en otras Pastorales de diversos Prelados, como el de Solsona, en varios editoriales de «Ecclesia» pidiendo ciertas libertades públicas e insinuando el derecho de los católicos a tener su partido político, &c. Influyentes sectores católicos intensifican la preparación de un partido democristiano apto para defender, en unas condiciones democráticas y parlamentarias, los intereses de la burguesía.

Otros grupos católicos –y a ellos principalmente nos vamos a referir aquí– van más lejos. Los 20 años de fascismo han puesto al desnudo, con claridad deslumbrante, el carácter monstruoso del régimen capitalista, los extremos de inhumanidad a los que llega para incrementar los gigantescos beneficios de un puñado de grandes explotadores. Los trabajadores católicos han participado, con sus compañeros de otras ideas, en huelgas y otras acciones reivindicativas y antifranquistas. Muchos obreros católicos han llegado a la convicción de que sólo con la desaparición de la explotación capitalista podrán conquistar una vida digna y humana. Tales actitudes se reflejan asimismo entre grupos de intelectuales, incluso de sacerdotes. En el seno de las HOAC y de las JOAC hay corrientes cada vez más fuertes que se pronuncian contra el capitalismo y se sienten atraídas por el ideal socialista.

Al mismo tiempo, no se puede olvidar que la crisis del régimen franquista se produce en un período de la historia en que, en el plano mundial, se afirma de un modo evidente la superioridad del socialismo sobre el caduco y corrompido capitalismo. Ello contribuye a que grupos católicos avanzados puedan adoptar posiciones influidas por las grandes transformaciones que se operan en el mundo. Las realizaciones de la U.R.S.S. y de otros países socialistas son conocidas, a despecho de censuras y deformaciones, en algunos círculos de jóvenes, de trabajadores y de intelectuales católicos, lo que aumenta el poder de atracción que el socialismo puede ejercer sobre ellos.

En estos momentos, en que el catolicismo español atraviesa una grave crisis, en que se ve empujado a introducir cambios en la trayectoria seguida en el último período, surgen en su seno pujantes corrientes que se definen en función de las siguientes características (o al menos de algunas de ellas): oposición decidida a la situación actual y repudio de lo que ha sido la actitud de la Iglesia en los últimos años; oposición al sistema capitalista y deseo de una profunda transformación social; [6] en ciertos casos, atracción hacia el socialismo e incluso disposición a una cooperación con las fuerzas que en España luchan por un porvenir socialista.

La existencia en España de fuerzas católicas que adoptan tales posiciones, o evolucionan en ese sentido, tiene una importancia considerable, para hoy y para mañana. Es un hecho completamente nuevo en la vida política española y puede tener consecuencias muy positivas para el desarrollo democrático de nuestro país.

La necesidad de establecer relaciones fructíferas entre esas corrientes católicas progresivas y los marxistas, reviste una gran actualidad.

En las presentes condiciones, de total carencia de libertad, es imposible que puedan estar ya definidas, decantadas, las diversas corrientes católicas de contenido social avanzado. A los efectos de nuestra discusión con ellas, nos ha parecido lo más conveniente tomar como base el Estudio redactado por un grupo de sacerdotes y de seglares para presentarlo en el Congreso de Apostolado Seglar que había de celebrarse en El Escorial en Noviembre del año pasado. Hemos tenido asimismo en cuenta otras publicaciones, como el libro del Sr. Fernández de Castro «Del paternalismo a la justicia social», editado en la colección «Mundo Mejor».

Sabemos que tales documentos no expresan las posiciones de todos los grupos católicos avanzados; algunos van más lejos en varios aspectos, y se muestran incluso favorables a soluciones socialistas. Sabemos también, al abordar esta discusión, que en las actuales condiciones no siempre los textos escritos pueden reflejar plenamente el pensamiento. Pero hechas estas salvedades, hemos tenido en cuenta que el Estudio{1}, además de su gran valor intrínseco, es quizá el primer testimonio público, y colectivo, de la existencia en el catolicismo español de un grupo que adopta, ante problemas candentes de la hora, una actitud NUEVA, abiertamente divergente de lo que constituye la posición oficial de la Jerarquía.

Para aquellos de nuestros lectores que no lo conozcan, consideramos necesario resumir a continuación las líneas generales del Estudio. De antemano advertimos que en este resumen sólo vamos a poder incluir algunos aspectos, los que nos parecen más interesantes, lo cual implica fatalmente un margen de interpretación nuestra, que puede no coincidir con la de los autores del Estudio.

La primera parte, posiblemente la más valiosa, es un análisis crítico de la sociedad y del catolicismo español contemporáneos. El punto de arranque es que la sociedad española, llamándose católica, «va definiéndose cada día con más indudable relieve por su vaciamiento de catolicismo». Ello se debe a que el catolicismo español es un «catolicismo aburguesado».

Partiendo de una crítica de los rasgos propios de la burguesía española, el Estudio aborda el problema de la guerra civil de 1936-39. [7] Esta, si bien en ella se han defendido determinados valores espirituales, ha tenido un sentido social burgués; ha servido para que la burguesía se asegure una posición privilegiada, monopolista de las riquezas y el Poder, más fuerte que nunca.

Después de la guerra, hay en España la realidad de un Estado católico. Pero la inmovilidad impuesta por las clases dirigentes ha impedido todo progreso y ha provocado la ruptura entre la España oficial y la España vital. En ésta se mueven fuerzas nuevas, y entre ellas «un catolicismo ansioso, expectante, nada clerical y hasta «anticlerical», pero muy «eclesial» y hasta «eclesiástico», un catolicismo social, radicalmente social, social hasta los tuétanos». Aquí los autores del Estudio se autodefinen. Dicen que sus opiniones son compartidas, no sólo por «pequeños y múltiples grupos de sacerdotes y seglares», sino que son acogidas con simpatía entre la juventud, los obreros, las gentes campesinas… En cambio contra ellos se ha formado «un pintoresco frente patriótico-católico-burgués»; se les tacha de filocomunistas; sus acusadores son católicos de «excomunión diaria», brotes contemporáneos del integrismo.

El Estudio aborda a continuación ciertos problemas desde el ángulo de la moral católica; califica de «gran escándalo» la pretensión de intocabilidad en que se coloca el catolicismo tradicional ante todos los ámbitos de la realidad social, y en particular en lo referente a las relaciones de clases. Protesta contra «la abolición creciente y forzada de las libertades», contra el «clima de suspicacia, de insultos, de furibundas acusaciones… lo mismo si se trata de egregios católicos nacionales que de movimientos o figuras católicas extranjeras». Denuncia asimismo la resistencia a tener en cuenta ciertas directrices de la Jerarquía y del Pontífice que chocan con la realidad social española.

La segunda parte del Estudio propone algunos remedios para curar los males previamente denunciados. Hace falta una enmienda que abarque toda la realidad social española, en todos sus planos. Pide una revisión de la estructura social que sea «una superación del orden actual burgués y capitalista». Propone la redistribución de la renta nacional, la disminución de los márgenes de ganancia… Plantea la necesidad de una reforma de la enseñanza que la «desaburguese». Hoy la juventud «se va». Hay que darle un «ideal comunitario», sobre bases cristianas, porque «el individualismo ha dado ya todos sus frutos posibles; se halla exhausto».

El Estudio hace críticas de la labor de Acción Católica, que es dirigida con frecuencia «por opulentos y fervorosos burgueses». Pide también una «revisión de desaburguesamiento en los mismos cuadros eclesiásticos», para evitar los compromisos «non sanctos» en que podrían incurrir las Jerarquías.

En los apartados finales, se dice que «casi todas nuestras ideas resultan en la actualidad viejas… En todos los órdenes: en el político, en el económico, en el intelectual, en el social». Se registra la mediocridad del pensamiento católico español. Los pulmones intelectuales de España han tenido que salir fuera de la Iglesia para respirar. En el siglo XX, «nada de lo valioso producido en España ha sido católico, y nada de lo valioso católico producido en Europa ha sido español». [8]

Los autores concluyen el Estudio afirmando su inquebrantable fidelidad a la Iglesia Santa de Dios, y también «la decisión, tan inquebrantable como la anterior, de mantenernos, vivir y morir fuera de este catolicismo español cuyas maneras nos parecen heridas de muerte».

Firman el estudio Don Ángel Alonso Herrera (sacerdote), Don Ignacio Fernández de Castro (abogado), Don Antonio Jiménez Marañón (sacerdote), Don Julián Gómez del Castillo (obrero), Don Joaquín González Echegaray (sacerdote), Don Eugenio Obregón Barreda (catedrático), Don Francisco Pérez Gutiérrez (sacerdote), Don Alberto Pico Bollada (sacerdote), Don José María Rodríguez Paniagua (abogado), Don Santos Saldaña (sacerdote), Don Francisco Torralba (obrero).

La aparición en la escena política española de este grupo, con las posiciones que hemos esbozado más arriba, es un hecho al que no es fácil encontrar antecedente. El primero que viene a la mente es el del grupo que editaba la revista «Cruz y Raya» en el período anterior a la guerra. Pero dicho grupo –independientemente de las actitudes políticas sustentadas por algunos de sus componentes– se definía sobre todo por su actitud ante problemas de orden cultural. Su influencia se ejercía en los medios intelectuales. Su presencia en la vida española se manifestaba principalmente en los dominios del pensamiento, de la literatura, del arte.

El carácter del grupo redactor del Estudio es completamente distinto. Su acción puede tener efectos de alcance mucho mayor. Con las posiciones propias que le definen y diferencian de otros núcleos católicos, se inserta a la vez en un conjunto de corrientes que empujan al catolicismo español hacia la oposición a la dictadura. Desarrolla su actividad en el seno de la Iglesia. El libro citado del Sr. Fernández de Castro se edita con el «Nihil Obstat» del Censor Dr. Vicente Serrano y con el «Imprímase» del Obispo Auxiliar y Vicario General de Madrid.

Este grupo tiene ambiente en ciertos organismos de Acción Católica, sobre todo la H.O.A.C. y la J.O.A.C, entre algunos párrocos rurales, y su actividad literaria y periodística sale fuera de los ámbitos intelectuales. Ejerce por lo tanto una influencia indiscutible en importantes esferas católicas que desean cambios en el país, o quieren adaptarse a las nuevas situaciones que se anuncian.

Método y crítica

Hemos dicho más arriba que la parte crítica del Estudio nos parece la más valiosa. Veamos brevemente porque:

En primer lugar, consideramos que el método empleado en el Estudio para analizar la realidad social, e incluso espiritual, de nuestro país, representa una novedad, un progreso importante en el terreno ideológico, en relación con los métodos de análisis habituales en la literatura católica.

La siguiente frase, de la primera parte del Estudio, caracteriza el método: «Es evidente que no podremos llegar a comprender nuestro [9] Catolicismo sin un previo examen de la estructura social cuya dimensión religiosa constituye… Y es esa sociedad la que ha conformado este catolicismo, aunque a su vez este catolicismo sea uno de los elementos conformadores de aquella sociedad. Hay, en efecto, un mutuo condicionamiento. Pero si hemos de empezar por algún sitio, en la necesidad de aislar nuestro objeto de reflexión, parece lógico empezar nuestro examen por la sociedad, por el tipo de sociedad en cuyo seno nos encontramos con tal forma de religiosidad; y por esa sociedad en un momento dado de la historia».

Por lo tanto el Estudio quiere explicar, no una sociedad en función de una religión, sino por el contrario los rasgos que tiene esa religión en función de los rasgos que predominan en la estructura social. Se acepta pues implícitamente que lo primario es lo social, y no lo religioso; que lo primario es la base económico-social, y no la superestructura ideológica. Tal método –independientemente de los deseos subjetivos de quienes lo empleen– no sólo contradice cualquier explicación providencialista, sino que aleja del idealismo, aproxima al materialismo filosófico.

Sigamos: en el marco de la estructura social, ¿cuáles son los factores a los que se presta en el Estudio particular atención? Principalmente, a las clases sociales. Analizando el proceso que llevó a la guerra de 1936-39, se dice que existen en España dos bloques enfrentados: burguesía y pueblo. Y por «pueblo» se debe entender «toda la gran multitud de un país que no tiene bienes de producción, o los tiene en cantidad tan pequeña que son incapaces de producir más riquezas de las que se necesitan para el sostenimiento familiar sin holgura»{2}.

El Estudio califica al catolicismo español actual de «catolicismo aburguesado», es decir «un catolicismo a la medida de una estructura determinada de la sociedad: la estructura burguesa.»

¿Cómo se explica este hecho en el documento? «La posesión exclusiva del ámbito económico por parte de una clase social acaba por convertirse en posesión exclusiva de todos los demás, del cultural, del político, y como no podía menos de suceder, del religioso.»

Esta forma de enfocar los problemas ideológicos, incluso el problema religioso, partiendo de la estructura social, del carácter «de clase» de la sociedad que se analiza, parece atestiguar la influencia que los métodos y el pensamiento marxista ejercen hoy sobre hombres de otras ideologías. Fernández de Castro escribe a este propósito: «Hasta qué punto el marxismo ha influido en las modernas y más avanzadas posiciones católicas, es algo difícil de precisar.»{3}

El método de análisis empleado en el Estudio permite a sus autores hacer una crítica profunda de la burguesía española: «Ha presentado siempre unos rasgos como de raquitismo. Ha sido una burguesía disminuida. Como burguesía, hemos de reconocer que ha sido muy poco burguesa; ha tenido lo menos que podía tener de burguesía para seguir llamándoselo. Por muy intolerable que esto pueda parecer, hay que sostener [10] que mientras la burguesía europea ha hecho la Europa moderna, en todos sus sentidos buenos y malos, la burguesía española ha tenido una buena parte en impedir que pudiera fraguarse una España moderna.»

Los problemas de la guerra de 1936-39 son abordados principalmente en función de la implacable voluntad de la burguesía de perpetuar su dominación. Los autores del Estudio, partiendo de postulados católicos, llegan así a conclusiones que no son incompatibles con las sustentadas por fuerzas de izquierda. Sobre todo cuando consideran que la victoria de Franco ha sido «una simple victoria de clase», que el sentido social de la guerra fue «un sentido burgués».

Este aspecto es muy importante porque de él dimana la actitud del grupo redactor del Estudio ante la presente situación política. De un lado consideran que «hoy la sociedad burguesa ha cubierto y cerrado su circuito de vida… La estructura por venir no ha nacido aún, aunque apunta ya por tantos horizontes. Pero el orden viejo se ha hecho ya imposible.» Al mismo tiempo, la burguesía española, después da la guerra, se ha convertido «en una burguesía capitalista fuerte y endurecida, con una mentalidad de clase que llega al enfurecimiento».

«Jamás el capital anónimo –se dice en el Estudio– ha gobernado, ni soñado siquiera en hacerlo, en las proporciones crecientes que en estos veinte años.»

Huelga insistir sobre el amplio margen de coincidencia que hay entre estas opiniones de hombres católicos, y lo que sobre estos problemas pensamos los marxistas.

En otras partes del Estudio, de indiscutible valor, se critica con elocuencia, con emoción, algunos de los rasgos más escandalosos del actual estado del país: en torno a la miseria de las trabajadores, a la carencia de libertad y al cerrilismo del catolicismo oficial, a la pobreza de la vida intelectual, &c. No podemos, por falta de espacio, recoger aquí esos aspectos, pero si queremos dejar constancia de que compartimos no pocas de las apreciaciones que sobre estas cuestiones figuran en él.

Mas a nuestro entender, el valor de la parte crítica del Estudio estriba sobre todo en lo siguiente: en que señala como causa básica de las lacras de la sociedad española, su estructura de clase, la dominación del capital anónimo, de los grandes monopolios capitalistas. Esta opinión es fundamentalmente justa, si bien conviene no olvidar el papel de los grandes latifundistas, hoy en gran parte entroncados en la oligarquía financiera con los grandes capitalistas. Es evidente que un grupo católico que arranca de una crítica de ese género puede llegar más fácilmente a ciertos entendimientos con los marxistas, no sólo en el examen de los problemas que plantea la realidad, sino en la acción que dimane de ese examen.

La cuestión política

Con la misma franqueza con que hemos examinado los aspectos positivos del Estudio, expresaremos nuestro criterio acerca de aquellas partes con las que, en mayor o menor medida, discrepamos. El mejor camino [11] para llegar a acuerdos fructíferos entre católicos y marxistas, no puede ser el de acallar o dejar de lado los puntos en los que hay divergencias. Por el contrario la sinceridad mutua puede y debe ser uno de los cimientos de las buenas relaciones que deseamos. Si abordamos claramente las diferencias, por ambas partes, las definimos y delimitamos, facilitaremos a la vez el que aparezcan mejor definidos y delimitados los puntos en los que hay acuerdo y coincidencia.

Entre la parte crítica del Estudio, y la parte en la que se presentan algunas soluciones, advertimos una diferencia apreciable. Del mismo defecto adolecen otras publicaciones de los autores del Estudio, como el libro que hemos citado del Sr. Fernández de Castro.

Comprendemos que existen razones, de diversa índole, que pueden explicar el silencio que en el Estudio se guarda en torno a los problemas políticos actuales. Pero ello no es óbice para que digamos aquí cuan conveniente sería que las fuerzas católicas avanzadas definiesen su posición acerca de la solución política que puede sacar a España del atolladero en que se halla. Tanto más, por cuanto hoy se mueven fuerzas católicas, monárquicas, y otras interesadas en propiciar la sustitución de la dictadura franquista por una dictadura monárquica. Algunas combinan el apoyo a la primera con la preparación de la segunda. Tal sustitución, lejos de abrir cauce a una solución, equivaldría a mantener a España en el callejón en que está encerrada. Podría incluso, en plazo no largo, acarrear nuevas complicaciones, enconar ciertas contradicciones, y acrecer las posibilidades de desenlaces violentos.

No parece probable que los autores del Estudio puedan hacer suya la idea de que España necesita hoy una restauración monárquica. Textualmente escriben: «¿No se dice que nos encontramos ante la perspectiva de otra restauración? Es tremendo esto de encontrarse por las buenas al pasado alojado cómodamente en el presente, como si entre el uno y el otro no hubiera PASADO nada.»

La misma fuerza con que, dejando de lado la forma del Estado, destacan el papel y la responsabilidad de las clases que detentan el Poder, parece incompatible con un apoyo a la fórmula monárquica. Nadie puede dudar, en efecto, de que la monarquía representaría el Poder de las mismas clases retrógradas, grandes terratenientes y capitalistas, que desde hace casi 20 años impiden el progreso de España, y cuyo nefasto papel es fustigado con toda dureza en el Estudio.

Este afirma con razón que se ha abierto un abismo entre la España oficial y la España vital. Explica atinadamente como el inmovilismo y endurecimiento de la España oficial «provoca la exacerbación de la resistencia a la inmovilidad por parte de TODO LO QUE VIVE Y NECESITA MOVERSE Y CRECER».

Ahora bien, ¿es posible que la situación presente desemboque en un cambio incruento, que España recobre una vida política democrática por un camino pacífico? Los marxistas creemos que, en determinadas condiciones, eso es posible. Para ello preconizamos un entendimiento entre todas las fuerzas, de izquierdas y de derechas, opuestas a la dictadura. El propio desarrollo de los acontecimientos está creando condiciones cada vez más favorables para derribar algunos de los factores –extraños a los intereses españoles– que obstaculizan ese entendimiento. [12]

Para facilitar una solución política transitoria, que permita la eliminación pacífica de la dictadura, los marxistas españoles estamos dispuestos a apoyar un Gobierno integrado por liberales de diversas tendencias. Tal Gobierno significaría una apertura democrática; devolvería a los españoles las libertades públicas; su misión esencial sería la de preparar unas elecciones democráticas mediante las cuales el pueblo, en uso de su soberanía, fijaría el futuro régimen de España.

Tal política puede merecer la aprobación –en cierta medida la está mereciendo ya– de amplios núcleos católicos. Al propugnar esta política los marxistas no renunciamos a nuestros objetivos socialistas; aspiramos a que la España vital, real, de la hora presente, con las diversas tendencias que en ella se dan, con las contradicciones inherentes a su estructura, se libere de la dictadura que la asfixia, y pueda desarrollarse en unas condiciones de normalidad democrática, sobre la base de una convivencia entre las diversas fuerzas políticas españolas. Convivencia que no excluye, sino que presupone, la lucha de clases y su proyección política.

Pese a que en el Estudio no se abordan estos problemas políticos, no pocas de las apreciaciones que en él se formulan, e incluso medidas que en él se proponen, confirman palpablemente que existen posibilidades concretas para una acción unida de marxistas y católicos en defensa de objetivos que hoy les son comunes. En el problema de los salarios, y en otras reivindicaciones que interesan a los trabajadores, ese grupo católico plantea las cosas con fuerza. En el libro del Sr. Fernández de Castro hay denuncias vigorosas de la terrible injusticia social. «Resumiendo la situación actual de las asalariados en España –se dice en él– podemos decir que es angustiosa y que aparece como forzosamente derivada de unos salarios que no llegan a cubrir el cincuenta por ciento del mínimo vital.»{4}

Entre las medidas cuya adopción preconiza el Estudio, figura la de una redistribución de la renta nacional. La misma demanda figura como un punto esencial en la plataforma presentada por el Partido Comunista para la reconciliación nacional de los españoles.

En el Estudio se propugna una disminución de los márgenes de ganancias y que se acabe con la omnipotencia de la gran Banca, «que aparece capitaneada por hombres católicos, incluso por dirigentes católicos». Lo mismo pedimos los marxistas, aplicado, en lo referente a lo primero, a las grandes empresas del capital monopolista.

Los autores del Estudio se quejan de la falta de libertad, anhelan una vida política e intelectual liberada de muchas de las ataduras actuales. Los marxistas compartimos este criterio. De hecho, en torno a muchos de estos objetivos concretos, en la batalla contra la dictadura, ha habido y hay, en fábricas, en Universidades y en otros lugares, acciones conjuntas en las que participan hombro a hombro los marxistas y ciertos sectores católicos. Creemos que la actividad del grupo autor del Estudio podría contribuir eficazmente a que esa unidad de acción se desarrolle, se consolide y pueda alcanzar mayor envergadura. [13]

El problema del socialismo

El problema de la relación entre la existencia de la religión, y de la Iglesia, y la transformación socialista de la sociedad, ha sido con frecuencia tergiversado, y más aún en España. Ello se debe en primer lugar a la propaganda calumniosa llevada a cabo por las fuerzas reaccionarias y fascistas, y las propias Jerarquías de la Iglesia. Por otro lado, ha contribuido a ello la influencia que durante un largo período han tenido en el movimiento obrero español ciertas posiciones derivadas del anticlericalismo burgués, y que son completamente ajenas al marxismo.

Por eso interesa hacer luz sobre el concepto que los marxistas tenemos de lo que puede ser nuestra colaboración, en el terreno político, con determinados grupos católicos. No limitamos la posibilidad de esa colaboración a la etapa de la lucha por la democratización de España. La vemos con una perspectiva más amplia, sin excluir que abarque incluso la etapa de la lucha por el socialismo y de la edificación de éste.

¿Qué significa, en esencia, la transformación socialista de la sociedad? Significa un cambio revolucionario –que en determinadas condiciones puede realizarse de un modo pacífico– que establezca la propiedad social de los principales medios de producción.

¿Es eso incompatible con que en el país donde se haya efectuado tal transformación siga existiendo la Iglesia Católica, no como propietaria de medios de producción, sino como institución religiosa? Es evidente que no.

¿Es incompatible para hombres o grupos católicos el conservar sus ideas religiosas y el apoyar la transformación socialista? En modo alguno. De ello hay pruebas abundantes en los países donde se construye hoy el socialismo.

En España incluso, ciertas ideas expuestas por algunos de los firmantes del Estudio demuestran que no hay por su parte una negativa irreductible a las soluciones socialistas. Sobre la cuestión clave del sistema de propiedad, el Sr. Fernández de Castro escribe: «si la reforma del derecho de propiedad se llevase a cabo en el sentido de que el nuevo propietario, según las nuevas leyes, el Estado o la colectividad, usara del derecho de propiedad de conformidad con su naturaleza, proporcionando a cada cual lo suficiente para su subsistencia, estoy seguro de que no sería condenado por la Iglesia.»{5}

De un modo objetivo, independientemente de la intención de su autor, es obvio que tal opinión puede contribuir a allanar obstáculos en la vía de una eventual colaboración de grupos católicos en la lucha por el socialismo.

Ahora bien, para que triunfe el socialismo, una condición imprescindible es que la clase obrera –dirigida por su partido marxista– tome en sus manos el Poder político. Tampoco creemos que la aceptación de tal condición sea incompatible con la profesión de ideas católicas. [14] En el libro que ya hemos citado del Sr. Fernández de Castro, figuran en este orden opiniones de gran interés. Se reconoce en ellas, en cierto modo, que a la clase obrera le corresponde desempeñar el papel de clase dirigente en la presente etapa de la historia. Este es un hecho fundamental. Concretamente se dice: «De esta forma, la clase obrera, que ostenta la representación del pueblo, constituye, de hecho, la avanzada y vanguardia de una nueva causa, de una nueva revolución en marcha.» Y unas páginas más adelante: «…las fuerzas revolucionarias proletarias, las fuerzas que históricamente tienen que influir de forma decisiva en la conformación de la sociedad futura…»{6}

A la vez, en el mismo libro, se reconoce que el marxismo desempeña un papel enorme como ideología de la clase obrera, en el plano internacional, y también en España: «Quién hoy en día –se dice– pretenda comprender a los proletarios tiene que contar con el marxismo. El marxismo se encuentra en la entraña misma de estas clases… hasta el punto de que proletario y marxista tienen hoy por desgracia un significado casi idéntico.» «Si deseamos no engañarnos y partir de hechos reales, tenemos que contar con que buena parte de los proletarios españoles son hoy tan marxistas como lo eran en los años que precedieron a la guerra.»{7}

En el libro del Sr. Fernández de Castro vemos pues ideas que pueden evolucionar, quizá, en el sentido de un apoyo a soluciones socialistas. En el texto del Estudio, si bien se plantea en él la necesidad de una «enmienda total» de la sociedad, que cambie radicalmente su estructura social, se cae en formulaciones vagas y utópicas cuando se trata de definir cómo será la nueva estructura, y de qué modo se pasará de la actual a la «nueva» sociedad. A nuestro juicio, se incurre incluso en algunas contradicciones: después de haber dibujado, del catolicismo oficial, el cuadro crítico al que más arriba nos hemos referido, los autores del Estudio declaran que a la Iglesia corresponde trazar los cauces del orden nuevo. ¿No equivaldría eso, en el mejor de los casos, a «corregir cada día con una mano –citamos una frase del Estudio– los males que cada día se cometen con la otra», lo cual significa «una estúpida burla de quienes también cada día padecen en su carne esos propios males»?

Por otro lado, ¿no es contradictorio presentar en términos apremiantes, sobre la base de los hechos reales, la necesidad de introducir cambios importantes, y luego confiar la solución a un proceso fatalmente muy lento, y por supuesto hipotético, de reforma de la enseñanza para acabar con la «mentalidad burguesa»?

En otra parte del Estudio, se dice que basta trazar ante los trabajadores, los jóvenes, gentes del campo, &c., «la silueta de un mundo mejor, efectivamente justo, no socialista, no liberal, ni burgués, sino simplemente cristiano, para que sea ardientemente aceptado». Partiendo de los dos términos que hemos subrayado (para eliminar factores de confusión) es ineludible hacer la siguiente pregunta: ¿es posible, en la época histórica actual, un mundo que no sea ni socialista ni capitalista? Tal mundo sólo puede existir en la imaginación. No puede existir en la realidad. [15]

A la humanidad se le ofrecen hoy dos vertientes, Y NO MÁS. De un lado el sistema capitalista cuya permanencia causa terribles estragos a ingentes masas de hombres. De otro, el socialismo, que ha elevado ya, en proporciones grandiosas (si bien en grados diferentes según los casos) las condiciones de existencia, materiales y espirituales, de 900 millones de hombres, entre los cuales –no está de mas recordarlo– muchos conservan aún sus convicciones religiosas. Es cierto que en España el problema político no se plantea hoy en términos de capitalismo o socialismo, sino de fascismo o democracia. Pero el triunfo de la democracia conducirá necesariamente nuestro país a ulteriores etapas de progreso y colocará sobre el tapete, en un plazo que sería absurdo pretender evaluar desde ahora, la necesidad del tránsito al socialismo.

Los católicos que sinceramente repudian el capitalismo y desean su desaparición, no pueden prescindir del hecho básico de que EL SOCIALISMO HA SUPLANTADO YA AL CAPITALISMO EN UN TERCIO DEL MUNDO, de que esa transformación se ha llevado a cabo bajo la dirección de partidos marxistas, y de que en España los obreros más conscientes, y otros sectores del pueblo, confían en el marxismo para orientarles en el avance hacia el socialismo. Dar la espalda a esas realidades, conduce a especular de un modo abstracto y a caer en actitudes un tanto utópicas. Si por el contrario se tienen en cuenta esas realidades, será posible ampliar el margen de coincidencia entre los marxistas y ciertos grupos católicos.

Es positivo que el Sr. Fernández de Castro reconozca en su libro: «Cierto que los cristianos no estamos de acuerdo con la estructuración capitalista de la sociedad y que la consideramos injusta para la clase trabajadora; que creemos necesaria su derrocación para edificar un nuevo orden Y QUE EN TODO ESTO COINCIDIMOS CON LOS MARXISTAS» (El subrayado es nuestro){8}.

En la medida en que en ciertos grupos católicos predomine la voluntad de terminar con las terribles lacras inherentes al capitalismo –que ellos mismos denuncian con tanto vigor– es previsible que el proceso de revisión ideológica al que están entregados pueda desembocar en una aceptación de soluciones socialistas; e incluso en una actitud favorable al entendimiento con los marxistas.

En la actualidad, algunos de los firmantes del Estudio, como el autor del libro citado, rechazan toda idea de entendimiento con los marxistas. ¿Cuáles son las razones principales que invocan para justificar esa actitud negativa?

¿Un obstáculo filosófico?

Como este problema ha sido hasta cierto punto decantado ya en sucesivas alusiones que a él han hecho en la prensa algunos publicistas católicos, arrancaremos aquí de la última opinión emitida a este respecto en las columnas de un periódico de Santander. Ello permite dejar de [16] lado aspectos –algunos francamente calumniosos, utilizados en ocasiones anteriores– de carácter secundario –«anécdotas» como se dice en el artículo citado– y concentrar la atención en lo esencial.

Las razones que enfrentan a los católicos con los marxistas, se dice, son tan profundas como las que les enfrentan con el capitalismo. Estriban principalmente en la filosofía materialista del comunismo, en la negación por su parte de toda espiritualidad.

Es interesante este intento de presentar la concepción católica como igualmente alejada del comunismo y del capitalismo. Aceptemos, en hipótesis, esa premisa mayor a los efectos de desarrollar un silogismo. La premisa menor –que nadie pondrá en duda, y menos que nadie los autores del Estudio– es que los católicos han colaborado y colaboran con una sociedad capitalista. ¿Cómo escapar, en pura lógica, a la conclusión de que no puede haber para los católicos mayores obstáculos para colaborar con los comunistas?

Que las diferencias en el terreno filosófico, ideológico, entre católicos y marxistas, son muy grandes, nadie lo niega. Los marxistas somos por definición materialistas (en el sentido filosófico de la palabra, se entiende). Pensamos que las creencias religiosas son falsas, que no responden a ninguna realidad objetiva. Creemos que las ideas religiosas –si bien el cristianismo primitivo tuvo un carácter democrático-revolucionario en una etapa de la lucha contra el régimen esclavista– adormecen a los explotados con falsas ilusiones, les distraen de la lucha en pro de su emancipación. En el terreno ideológico, no hay compromiso posible entre nuestras ideas y las de un católico. Pero la cuestión estriba en que esas diferencias ideológicas no tienen por qué impedir una colaboración en el terreno político si existen objetivos comunes en cuyo logro estamos interesados los marxistas y determinados grupos católicos.

No está de más recordar que el ateísmo no ha sido inventado por el marxismo. La burguesía ha tenido una ideología atea, que ha denunciado los daños que la religión causa a la humanidad. Antes de que Marx dijese que la religión es el opio del pueblo, el Barón d'Holbach escribía: «La religión es el arte de emborrachar a los hombres con entusiasmo, para impedirles que se ocupen de los males que les infligen en la tierra aquellos que les gobiernan. Con ayuda de las potencias invisibles, con que se les amenaza, se les obliga a sufrir en silencio las miserias que les son causadas por las potencias visibles; se les hace esperar que, si consienten en ser infelices en este mundo, serán más felices en el otro.»{9}

Ahora bien, la historia demuestra que durante muy largos períodos han colaborado y colaboran, en innumerables empresas políticas, hombres de concepciones católicas y hombres de concepciones materialistas burguesas. No decimos aquí si esa colaboración ha sido buena o mala. Decimos que ha sido. Y que por lo tanto las diferencias ideológicas no han impedido la colaboración política.

Pero hay además otros aspectos que los católicos avanzados deberían tener más en cuenta cuando abordan este problema. Y es precisamente [17] la diferencia que existe entre la actitud, ante el fenómeno religioso, del materialismo vulgar, y la del marxismo. Los marxistas somos materialistas, sí. Pero no nos quedamos ahí. Somos materialistas dialécticos.

La oposición de los marxistas al anticlericalismo vulgar, burgués, no es cuestión de táctica momentánea. Dimana directamente de nuestra concepción filosófica del mundo, y de las relaciones entre la base económica y la superestructura ideológica. Por eso es una constante de nuestra política.

Los marxistas, pese a las salvajes persecuciones de que hemos sido víctimas –y seguimos siendo– por parte de la dictadura, y del papel que en ello ha desempeñado la Iglesia, rechazamos totalmente, no por táctica, sino por fidelidad a nuestros principios, toda idea de persecución religiosa en España, ni en la etapa democrática, ni en futuras etapas de avance hacia el socialismo.

Expresión elocuente de una actitud marxista en esta materia es el Programa aprobado en el V Congreso del Partido Comunista de España, en el que se dice: «Separación de la Iglesia y el Estado. Mas, teniendo en cuenta los sentimientos religiosos de una gran parte de la población, el Estado deberá subvenir a las necesidades del culto. Amplia y completa libertad de cultos. Libertad de conciencia: nadie podrá ser perseguido o molestado por sus creencias religiosas, o por no profesar ninguna».

Esa actitud política se funda en una concepción filosófica sobre el origen de las religiones y sobre la forma en que éstas pueden desaparecer.

Las ideas religiosas surgen ANTES de la división de la sociedad en clases antagónicas. Son un reflejo fantástico, en la mente de los hombres, de las fuerzas naturales que les dominan, y a las que ellos atribuyen un carácter sobrenatural. Son pues expresión, en su origen, de la impotencia, de la ignorancia de los hombres ante las fuerzas de la naturaleza. Más tarde, al lado de las fuerzas naturales, entran en acción fuerzas sociales, que tampoco el hombre comprende, y que también le dominan.{10}

En la actualidad, la raíz de la religión para los trabajadores que siguen creyendo en Dios, está en el aplastamiento de que son víctimas por parte de la fuerza del capital, que aparece ante ellos como una fuerza ciega, ante la que se sienten impotentes, y que les causa horribles sufrimientos sin que ellos consigan penetrar en las causas de esos fenómenos. Por eso los marxistas creemos (contrariamente a los anticlericales burgueses) que el camino más directo, más eficaz, para que se extingan las ideas religiosas, consiste en luchar contra su raíz social, contra el capitalismo. Al mismo tiempo, claro está, somos partidarios de una acción ideológica, educativa contra los prejuicios religiosos. [18]

Se imputa con frecuencia a los marxistas la intención una vez derribado el régimen capitalista, de aplicar medidas coercitivas, de prohibir por la violencia las ideas y las prácticas religiosas. Comprendemos –lamentándolo– que en las presentes condiciones en que es imposible para tantos españoles conocer el marxismo en sus fuentes verdaderas, tales ideas puedan tener curso. Pero se trata de una burda deformación. Los marxistas, empezando por los fundadores de nuestra teoría, han condenado siempre la idea de que se podía prohibir la ideas religiosas. En su polémica con Dühring, el cual preconizaba precisamente en su Estado «ideal» «la prohibición de la religión», Engels escribe: «Y cuando ese acto sea realizado, cuando la sociedad por la toma de posesión y el manejo planificado del conjunto de los medios de producción, se haya liberado y haya liberado a todos sus miembros de la servidumbre a que les tienen hoy sujetos esos medios de producción, producidos por ellos mismos, pero que se levantan frente a ellos como una potencia extranjera aplastante… sólo entonces desaparecerá la última potencia extranjera que se refleja aún en la religión, y así desaparecerá el reflejo religioso en sí, por la buena razón de que ya no tendrá nada que reflejar. Por el contrario, el Sr. Dühring no puede esperar que la religión muera de esa muerte natural que le está prometida. El procede de un modo más radical. Es más bismarckiano que Bismarck; decreta unas leyes de mayo agravadas, no sólo contra el catolicismo, sino contra toda religión en general; lanza sus gendarmes del futuro a perseguir la religión, y así ayuda a ésta a acceder al martirio y a prolongar su vida.»{11}

Los marxistas consideramos pues que la religión morirá de MUERTE NATURAL en la medida, sobre todo, en que desaparezcan las raíces sociales que la engendran y dan vida. Una vez establecido un régimen socialista, el problema de la religión se convierte principalmente en un problema de educación, de cultura. Las ideas religiosas van disipándose en la sociedad socialista en la medida en que se elevan la conciencia y los conocimientos científicos, el nivel cultural de la población. Y es natural que durante ese proceso, necesariamente lento, los hombres que conservan ideas religiosas tienen libertad para practicar su culto, y para defender sus ideas. Como lo ha recalcado recientemente el Presidente de la República Popular de China, Mao Tse-tung, los problemas ideológicos, y por lo tanto los religiosos, desde un punto de vista marxista, no se pueden resolver con medidas administrativas, sino sólo mediante la convicción, la discusión. «Nosotros no podemos –dice– emplear métodos administrativos para liquidar las religiones, no podemos obligar a la gente a no tener creencias, ni a renunciar al idealismo, ni a asimilar el marxismo. Todas las cuestiones de carácter ideológico, todas las cuestiones litigiosas en el seno del pueblo, sólo pueden ser resueltas por métodos democráticos, por métodos de discusión, por métodos de crítica, por métodos de persuasión y educación; no se pueden resolver por métodos de coerción y de presión».

Los marxistas no tememos el libre contraste de nuestra ideología con otras ideologías, incluida la católica. Por el contrario, lo deseamos. Estamos convencidos de que la razón, y el futuro, están de nuestra parte. Pero no puede sorprendernos que católicos de ideas socialmente avanzadas lleguen a pensar que, en una sociedad socialista, en la que la Iglesia haya roto [19] «compromisos non sanctos» (como se dice en el Estudio) y se dedique exclusivamente a sus funciones religiosas, su ideología prosperará mejor que ahora. Cuando España sea socialista, existirá y actuará la Iglesia católica. Se desarrollará en nuestro país, una lucha ideológica, una competencia entre diferentes concepciones del mundo, y concretamente entre las católicas y las marxistas. En esa lucha, en esa competencia, el marxismo afirmará definitivamente su superioridad. Los hechos, la vida, le darán la razón. Y así es cómo triunfará plenamente en la mente de los hombres.

Dice un publicista católico, de ideas avanzadas, dirigiéndose a los marxistas: «uno a uno os iremos discutiendo los corazones y las voluntades de los trabajadores». Bien. No tememos esa discusión. ¡Luchemos juntos ahora para acabar con una dictadura que impide toda verdadera y libre discusión política e ideológica en España! ¡Actuemos de consumo para crear unas condiciones democráticas que permitan el diálogo y el contraste de ideas! Y en esas condiciones democráticas, como es lógico, las diversas ideologías se esforzarán por ganarse los corazones y las voluntades de los trabajadores.

La unidad de acción hoy entre los marxistas y las nuevas corrientes avanzadas que se manifiestan en el catolicismo puede ser una gran ayuda para lograr un amplio entendimiento entre derechas e izquierdas que permita la eliminación pacífica de la dictadura y la devolución al pueblo de las libertades democráticas y del uso de su soberanía. Tal acción común hoy abriría magníficas perspectivas para marchar juntos en futuras etapas del progreso de España.

——

{1} Para evitar repeticiones enojosas, siempre que en el curso del artículo nos refiramos a ese documento, diremos sencillamente el Estudio.

{2} I. Fernández de Castro: «Del paternalismo a la justicia social», p. 107.

{3} Obra citada, p. 113.

{4} Pág. 28-29.

{5} P. 142.

{6} P. 107-108 y 120.

{7} P. 112 y 109.

{8} Pág. 131.

{9} «Le christianisme dévoilé».

{10} Lo que aquí se dice de la religión, en tanto que fenómeno social, no debe ser interpretado como una explicación de todos los casos individuales de hombres que tienen ideas religiosas. Por ejemplo, es sabido que hay hombres con elevados conocimientos científicos y que no obstante conservan ideas religiosas. En una sociedad dividida en clases, entran en juego muchos factores, de diversa índole, que explican el que una parte de la población, independientemente de sus conocimientos, puedan conservar ideas religiosas.

{11} Edición francesa de «Editions Sociales», pág. 356.

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