Nuestras Ideas. Teoría, política, cultura
Bruselas (Bélgica)
 
nº 1, mayo-junio 1957
páginas 102-104

Crítica. Revistas

Ignacio Laguna

Al margen de los Papeles de Son Armadans

Una nueva revista se viene publicando en España desde hace ya varios meses, los Papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela, recientemente elegido académico de la lengua, como es sabido.

No podemos pasar en silencio la magnífica calidad de la impresión y el buen gusto de las viñetas; baste decir que se imprime en Mallorca, ciudad que siempre se destacó en este noble oficio de la tipografía. Nos llevan estos cuadernos a la norma de sobriedad y gracia a que nos habían acostumbrado la Revista de Occidente y Cruz y Raya. Recuerda también a estas revistas por el formato y número de páginas: es decir, se trata de una revista «seria», que aspira a recoger en sus páginas lo más valioso, según sus propios criterios, de la producción española actual.

Recordamos que ya, desde 1939 hasta ahora, se han hecho tres intentos en este sentido: Leonardo, Finisterre y La Revista española; los tres se saldaron por un fracaso que creemos se debió a no existir en aquel momento las condiciones que les hubieran permitido tener más larga vida. Los Papeles de Son Armadans aparecen en circunstancias muy diferentes: un viento de esperanza corre por toda España, están llegando a su madurez generaciones nuevas que llevan dentro algo más que puras promesas y que tienen, además, una gran confianza en sí mismas; hay en nuestro país, actualmente, un deseo de conocer y una efervescencia como, quizás, pocas veces la ha habido y más si la comparamos con la atonía de los diez años que siguieron a la guerra civil. Hoy el público para una revista semejante, aunque siempre reducido, es mucho más amplio y más ilusionado que el que hubiera podido encontrarse algunos años antes, y si los Papeles de Son Armadans consiguen hallar las coincidencias necesarias con ese público, es decir, aciertan a dar a sus lectores lo que realmente necesitan y piden, y que no pueden encontrar en las publicaciones oficiales o excesivamente conformistas, es indudable que su vida será larga.

Por ahora los textos publicados son de muy vario interés: unos tienen mucho y otros menos. Esto sucede con todas las revistas, pero en los Papeles de Son Armadans el riesgo de que pase así es mayor. Al ser la única revista de este género que se publica en España colaboran en ella escritores de las más variadas opiniones y actitudes y de generaciones contrapuestas; esto, que en los artículos extensos, en los que el autor precisa y argumenta sus opiniones, no es molesto, llega a serlo a veces en el trabajo menudo de recensiones, bibliografía, &c., en donde se tiende más a escribir de prisa y a base de afirmaciones que son, quizás, obvias para el autor, pero no siempre para el lector. El resultado, muchas veces, es una cierta confusión y falta de unidad en las apreciaciones críticas. De todas formas, este mismo trabajo menudo, cotejado con los nombres e ideas que aparecen con mayor frecuencia en los textos, permiten darnos una idea del tono general de la cultura a la que la revista sirve de expresión.

El criterio que seguimos para desglosar tendencias es el que podríamos llamar de «autoridades». Quizás sea primario, pero suele ser útil. En todo escritor hay una base, una serie de nombres a los que da crédito más o menos absoluto, un sistema de ideas que constituye para él su frontera e, igualmente, su fortaleza; desde allí ataca y desde allí se defiende, sobre ella se sostienen sus pies con mayor o menor firmeza. Ya hemos dicho que son muy variadas las tendencias de los colaboradores de la revista, pero [103] entre ellas quisiéramos destacar dos, aunque sólo sea por el hecho de estar representadas por nombres, en su mayor parte, jóvenes.

Una de ellas, y es natural, es el neoescolasticismo, o si se le quiere llamar de otra manera, pensamiento cristiano, aunque para evitar confusiones preferiríamos, quizás, la primera denominación. En ciertos sectores del catolicismo español hay un deseo de ahondar en problemas filosóficos y morales, con una proyección hacia lo histórico y lo social, partiendo de las bases de la «filosofía perenne»: es comprensible esta actitud en creyentes sinceros que tratan de salvar, sin perder su fe, los años de inepcia y de abandono de tantos y tantos católicos en la postguerra, y que tratan de ver la Iglesia española fuera de participaciones políticas que han perjudicado, más que beneficiado, su verdadero sentido; católicos que tratan con la mejor buena fe, estamos seguros, de transformar esa situación de incultura e indiferencia que –aunque haya tenido excepciones– ha sido, por desgracia, la de una gran parte del catolicismo español. Pero no debemos confundir esta tendencia con la de movimientos cristianos progresistas, como los hay, por ejemplo, en Francia, en Italia o en Polonia, en donde la proyección social es mucho más amplia y más concreta, y en los que se trata de llevar el cristianismo hasta sus últimas consecuencias, paradójicas muchas veces a los ojos católicos españoles.

En otros escritores de los cuadernos encontramos a menudo citados los nombres de Heidegger, Jaspers y otros existencialistas alemanes, además de un cierto gusto por el irracionalismo. Tendríamos, pues, entre los colaboradores jóvenes, dos tendencias: una que continúa y trata de remozar y mejorar una tradición de pensamiento católico, y otra que trata de asimilar al pensamiento español las corrientes existencialistas e irracionalistas.

Es curiosa esta moda existencialista en España: en estos momentos, en otros países, como Francia por ejemplo, el existencialismo, que tanto ruido hizo, empieza a ser un recuerdo y, o bien vive la vida anémica de los medios profesorales, o bien, en otros de sus representantes, se va tiñendo cada día más de marxismo, hasta tal punto que ha perdido ya casi por completo su fúnebre color primero; en España, sin embargo, parece adquirir cada día más difusión y pasar a ocupar un plano destacado, bien a través de las obras filosóficas existencialistas, bien a través de una literatura estrechamente ligada a ellas.

Esta moda –como ha sucedido otras veces en nuestro país–{1} puede redundar en perjuicio de la difusión de otras formas de pensamiento, más valiosas y, seguramente, más constructivas y positivas. No nos vamos a rasgar las vestiduras porque en España se lea a Heidegger, a Jaspers o a Kierkegaard. Vemos en ello una muestra de curiosidad e interés por las ideas. Más inquietante es el hecho de que se acepten de buena fe esas ideologías, de una soledad e individualismo cerrados, muchas veces irresponsables y que dan a la angustia y la desesperación –planteándolas como algo estable– tal importancia. Ideologías que poco nuevo, en cuanto a soluciones, pueden ofrecer a España como entidad política, social o cultural, y que terminan por resolverse en un callejón sin salida y en pasatiempo de intelectuales. La misma situación histórica y económica en que vive el escritor español le lleva, posiblemente, a esas lecturas. Ahora bien, esta misma curiosidad e interés por las ideas debe llevar al intelectual español a ampliar el campo de sus lecturas y de sus estudios, en vez de tratar otras formas de pensamiento, muchas veces sin conocerlas bien, con una mueca despectiva.

En uno de los números de los Papeles de Son Armadans hay un ensayo de Julián Marías, muy interesante, sobre Ortega: ataca a los que hablan de Ortega como de algo superado o a superar, sin haberse tomado la molestia de leerlo y conocerlo; Marías viene a decir que Ortega es un hecho con el que quiera o no quiera, tendrá que contar irremediablemente la futura filosofía española.

Pues bien, cuando en ciertas recensiones o necrologías de los Papeles de Son Armadans se habla del marxismo, se habla en esa misma forma, como de algo superado y que no merece más argumentación que el volverse de espaldas a él, echándolo al [104] montón de los libros inútiles, junto al Barón de Holbach, a Volney, a Cousin, algo sólo digno de dejárselo a los jesuitas para que lo «refuten». Una actitud así creemos que no puede proceder más que de una insuficiencia de conocimiento o de un resultado de la propaganda que, año tras año, los medios oficiales han estado haciendo sobre cuanto al marxismo se refiere. En uno y otro caso ni la curiosidad que manifiestan esos jóvenes escritores ni la independencia que tratan de encontrar pueden eximirles de culpa. El pensamiento marxista, en sus creadores y en sus seguidores, está ahí, y no se puede prescindir de él sino a riesgo de tener una visión mutilada de la cultura y de la historia actuales.

La información que, en España, se dispone sobre el marxismo es, forzosamente, limitada e incompleta, tendenciosa siempre cuando va por las vías oficiales o semioficiales. Además, en las actuales circunstancias, los textos procedentes del extranjero llegan mal, de una manera intermitente, y no siempre son los mejores ni los más significativos. Pero lo que es indudable es que la fórmula y el tópico de la prensa diaria española no es útil para tratar con seriedad y ecuanimidad un hecho de tal importancia.

Hoy día, millones y millones de personas, países enteros, orientan su vida partiendo de los principios de Marx y de Lenin. Sería absurdo circunscribir el marxismo, como muchos quieren, en los límites de una simple teoría económica; las transformaciones que se han producido en los países socialistas no se han limitado a la economía: implican una transformación de la moral, un nuevo concepto del hombre, un planteamiento sobre nuevas bases de las relaciones entre el hombre y su universo, es decir, implican una filosofía en todo el sentido de esta palabra. El marxismo, además, no sólo se plantea como una doctrina económica de la que pudiera desprenderse una filosofía; al contrario, sus doctrinas económicas son la consecuencia de un pensamiento filosófico muy preciso y que se encuentra formulado ya, en obras estrictamente filosóficas, en Marx, Engels y Lenin, y que ulteriormente ha sido desarrollado. Además, repetimos, sus principios, sus doctrinas se han convertido en realidades, han servido para dar nuevas estructuras a muchas naciones. Podrá pensarse lo que se quiera de esas realidades y de las realizaciones del socialismo, pero no pueden ignorarse, o lo que es peor, contentarse con un conocimiento insuficiente y torcido.

No es que queramos decir que van los Papeles de Son Armadans por ese camino: pero cuanto se produce en España, hoy, puede fácilmente deslizarse por él porque son muchas las pendientes en nuestro país que a él conducen. La revista dirigida por Cela es lo que es: una expresión amplia y variada de la cultura española actual, a través de sus escritores más significativos, tratando de evitar el encastillarse en una tendencia excesivamente parcial y limitativa, lo que hace de ella un elemento imprescindible para seguir la evolución literaria española y para informar y educar al lector. Por eso creemos nosotros que la objetividad, imparcialidad e independencia de esos Cuadernos deben llevarse hasta sus últimas consecuencias.

Escribimos estas líneas al margen –y no sobre– los Papeles de Son Armadans; no implican, ni mucho menos, una crítica negativa, sino el desarrollo de sugerencias que una cita en una página, unas frases, unas afirmaciones en otras, han ido produciendo en nosotros. Entre los muchos aspectos que la revista ofrece hemos querido destacar dos que nos parecen esenciales a toda la cultura española actual: la tendencia a universalizar y a generalizar ideologías y filosofías que ni son generales ni universales y que fuera de nuestro país no tienen, ni mucho menos, la difusión y aceptación que en España se cree; otro, la tendencia a coincidir con la propaganda política del Régimen en la ignorancia y menosprecio de determinadas ideas; la consecuencia, a la larga, es enfrentar las culturas, dividir a los hombres en dueños orgullosos de la «verdad absoluta» y en poseídos por el «error», dificultar el diálogo necesario entre todos nosotros, e ignorarnos unos a otros para una tarea forzosamente común a todos: la construcción de una cultura, de un arte y de una vida mejores en una España, por fin, en paz consigo misma.

Ignacio Laguna

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{1} Pensamos en el movimiento krausista de fines del siglo XIX, o en la parcialidad con que difundió el movimiento filosófico la Revista de Occidente.

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