Nuestras Ideas. Teoría, política, cultura
Bruselas (Bélgica)
 
nº 1, mayo-junio 1957
páginas 97-101

Crítica. Revistas

[ Manuel Azcárate ]

Un artículo de Nuestro Tiempo:
«Burgueses y proletarios»

El título, el tema del ensayo, son ya de por sí significativos. Su autor, Jesús Arellano, intelectual católico, como la revista que publica su artículo, no esconde su interés por la teoría del marxismo-leninismo. Es más, en amplios pasajes de su ensayo aparece de un modo evidente la influencia que el pensamiento marxista ejerce sobre los métodos que el Sr. Arellano emplea al abordar ciertos problemas históricos.

La tesis del artículo puede resumirse del modo siguiente: la transformación de la burguesía en clase dirigente de la sociedad fue, en los siglos XVIII y XIX, un fenómeno histórico inevitable. Lo mismo ocurre hoy con el proletariado. En cambio, el contenido ideológico, tanto ayer de la revolución burguesa, como hoy de la revolución proletaria, depende de factores contingentes. La Iglesia fue «torpe» porque no supo educar a la burguesía cuando ésta empezó a manifestarse como protagonista de la historia. Esa «torpeza» fue la causa de que la ideología de la Revolución Francesa haya sido «anticristiana». La ideología del proletariado es hoy el socialismo materialista. Para evitar que así sea, la Iglesia debe trabajar por «educar» a los obreros para que el peso de éstos en la sociedad no actúe en detrimento de la influencia católica.

Lo que me parece más interesante en el artículo del Sr. Arellano es su concepción de lo que él llama «la biología de la historia». Tal concepción se caracteriza por el hecho de que el autor, a lo largo de su ensayo, admite las premisas siguientes:

a) el papel de las clases sociales como «sujetos de la historia»;

b) el hecho de que grandes fenómenos históricos están determinados por la estructura económica, y por el lugar que en esa estructura ocupan las diversas clases sociales;

c) reconoce en cierto modo que los choques de intereses entre las clases y el reflejo de esos choques en la política operan como motores del devenir histórico.

Al referirse al papel progresivo desempeñado durante un período por la burguesía, el Sr. Arellano escribe en una nota: Con poderosa fuerza ha cantado Marx en el MANIFIESTO COMUNISTA esta prodigiosa creación económico-industrial de la burguesía.

Me parecen especialmente interesantes los párrafos en los que el Sr. Arellano describe la aparición del proletariado en la historia:

«A partir del final del 700 –escribe– y a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, se produce la formación de una nueva clase social: el proletariado… El proletariado constituye un elemento decisivo de la realidad económico-social del XIX. La primera expresión notable de la realidad del proletariado se encuentra en el pensamiento y en la acción económico-social de los iniciadores del socialismo europeo: Owen, T. Hodgskin, Sismondi, Pecqueur, Saint-Simon, Luis Blanc. Su primera manifestación social-política sobreviene a raíz de la revolución de 1848.
En España un fenómeno semejante no aparece hasta 1868-1872. La revolución de 1848, lo mismo que la española de 1868, es la última revolución dirigida por la burguesía en que el proletariado va a remolque de incitaciones ajenas a sus peculiares fines. Pero a raíz de ambos acontecimientos, en Europa y en España, el proletariado adquiere conciencia de sí mismo inicia la era de sus propias revoluciones. [98]
La burguesía, enriquecida, poderosa y culta, pasa paulatinamente a ser una fuerza social-política reaccionaria en el plano de la biología histórica. El proletariado se forja: dentro de la organización económica liberal-capitalista, provocado por la aparición de la gran industria que masifica a la población obrera y por los procesos acumulativos a que el capitalismo se ve, en sus momentos más pujantes, necesariamente abocado. …He ahí un proceso de biología histórica de categoría descomunal.»

Considero erróneas muchas de las apreciaciones del Sr. Arellano. Pero ¿no se trasluce en el cuadro que traza aquí un esfuerzo por inspirarse en los métodos marxistas para abordar y examinar los problemas históricos?

* * *

Me parece más débil, en cambio, la otra parte del ensayo del Sr. Arellano, en la que éste intenta «refutar» el marxismo y definir la actitud que la Iglesia debe adoptar ante el proletariado.

Y fatalmente tenía que ser más débil. El caso del Sr. Arellano me recuerda un poco el de esos hombres de ciencia que, mientras trabajan en su laboratorio, adoptan y aplican necesariamente, para que su labor sea posible, determinadas concepciones materialistas de la naturaleza y de la vida. Pero que, cuando discuten de filosofía o de política, cuando van a misa el domingo, hacen gala de concepciones idealistas. El Sr. Arellano se halla en una posición más incómoda aún. Porque la contradicción se da en él, no en dos zonas de actividad diferentes, sino dentro de su misma concepción de la historia.

El estudio de las realidades históricas le ha llevado a percibir –como hemos visto más arriba– el papel de las clases sociales, y concretamente el del proletariado, en la época actual, como «elemento decisivo de la realidad económico-social». ¿Cómo evitar la conclusión de que, en el dominio de la política, en el de la ideología, el proletariado ha de ser también un «elemento decisivo»?

El Sr. Arellano establece, dentro de su concepción de la historia, dos compartimientos estancos: uno, el de la «biología histórica», en el cual actúan las leyes objetivas, la causalidad; a esa «biología» se refieren las citas del artículo del Sr. Arellano que hemos reproducido más arriba.

Pero luego hay otro compartimiento, el de «la historicidad, la decisión», en el cual las cosas pasan por pura contingencia; lo mismo pueden ser que no ser.

Esta concepción dualista que levanta una muralla de China entre el aspecto económico-social de la historia y su aspecto ideológico, es como un clavo ardiendo al que se agarra el Sr. Arellano para justificar sus convicciones políticas y religiosas.

Asegura, por ejemplo, que el curso de la historia hubiese cambiado de haber prosperado los planes de San José de Calasanz tendentes a crear una amplia red de escuelas cristianas en las que hubiesen sido educados los burgueses del siglo XVII.

Ello hubiese evitado, según Jesús Arellano, la aparición del racionalismo del siglo XVIII. Económica y socialmente, la burguesía hubiese triunfado. Pero ideológicamente, los dogmas del catolicismo no hubiesen sufrido ningún ataque. La Ilustración –escribe– «hubiera sido esencialmente cristiana».

Esta tesis carece de base, entre otras causas, porque prescinde de un factor fundamental, a saber, que toda clase nueva necesita crear una ideología nueva para poder triunfar y cumplir su misión histórica.

Además, en su mismo artículo, el Sr. Arellano contradice su tesis sobre la absoluta separación entre los aspectos económico-sociales y los aspectos ideológicos de la historia: al explicar el fracaso de los planes de San José de Calasanz, escribe: «La nobleza y el alto clero adoptaron frente a esta cuestión en su mayoría una actitud reaccionaria. Desconocieron lo que los tiempos reclamaban.» Con razón define el Sr. Arellano el papel de la Iglesia, no al margen, sino en el marco de unas relaciones determinadas con las clases sociales que existían en la sociedad de aquella época. [99]

¿Cabe pensar que la Iglesia hubiese podido desempeñar un papel en la evolución ideológica independientemente de sus vínculos de clase con la aristocracia feudal? Evidentemente no. Y la mejor prueba es que no lo hizo.

La Iglesia ha sido un elemento decisivo de la superestructura de la sociedad feudal. fue asimismo en diversos países, como en España, un instrumento fundamental en la creación de las monarquías absolutas. Su lugar en la sociedad ha determinado su actitud en las cuestiones de la educación como en las otras materias.

En la medida en que la naciente burguesía inicia su lucha contra la sociedad feudal, busca y crea una nueva ideología para llevar a cabo esta lucha. ¿Podía acaso servirle para ello la ideología católica de las clases dominantes feudales contra las cuales tenía precisamente que luchar? ¿Podía luchar contra la sociedad feudal con éxito enarbolando una ideología feudal? Esto, que más o menos es lo que imagina el Sr. Arellano, es un absurdo.

A la burguesía no le sirve una ideología cualquiera. La ideología burguesa está determinada por las tareas históricas que se plantean ante esa clase. Tiene que ser una ideología que responda a los intereses de la burguesía, que la sirvan en su lucha por conquistar la hegemonía de la sociedad. Y que refleje el grado de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas. La nueva ideología, la ideología de la clase ascendente, representa un progreso en el conocimiento científico de la realidad objetiva.

En un período de su desarrollo, la burguesía lleva a cabo la Reforma frente a la Iglesia católica que encarna la ideología de la sociedad feudal. La Reforma –a la que el Sr. Arellano no hace ninguna alusión, sin duda porque no puede explicarla en el marco de las tesis que defiende– expresa las necesidades ideológicas de la burguesía naciente, de los burgueses sometidos a las leyes «ciegas» del mercado. La base, por ejemplo, de la doctrina calvinista de la predestinación, la encontramos en la situación del mercader que tan profundamente describe Shakespeare: «Podría ir a la Iglesia, y ver el sagrado edificio de piedra, sin que me recuerde de repente esas rocas peligrosas que con sólo tocar el costado de mi navío desperdigarían las especies entre las olas, cubrirían mis sedas de aguas agitadas; en una palabra harían QUE LO MUCHO QUE VALE, EN UN INSTANTE NO VALGA NADA.» (El subrayado es nuestro. M. A.)

En un período ulterior, cuando llegó a un grado determinado de madurez y potencia, la burguesía, para realizar, concretamente en Francia, la destrucción del orden feudal y la creación de la sociedad burguesa, desarrolló el racionalismo, las ideas de la Enciclopedia, la ideología, en una palabra, que inspiró la Revolución Francesa.

Ese papel no lo podía desempeñar ninguna otra ideología en aquel período, y menos que ninguna la ideología feudal de la Iglesia católica.

La base de las ideas de la Enciclopedia radicaba en las necesidades que tenía la burguesía para poder desarrollarse.

«Sabemos hoy –escribe Engels en el «Anti-Duhring»– que ese reino de la razón no era más que el reino idealizado de la burguesía; que la justicia eterna encontró su realización en la justicia burguesa; que la igualdad desembocó en la igualdad burguesa ante la ley; que se proclamó como uno de los derechos esenciales del hombre… la propiedad burguesa; y que el Estado racional, el contrato social de Rousseau, vino al mundo, y no podía venir al mundo sino en la forma de una República democrática burguesa.»

El Sr. Arellano defiende una concepción dualista en virtud de la cual la historia material y la historia ideológica discurren por dos vías distintas, siendo los contactos entre ambas debidos a la casualidad. Pero los mismos hechos a los que alude en su ensayo demuestran que no hay tal. Que ese dualismo es una ficción. La única interpretación que explica los hechos es la que ofrece el materialismo histórico, el marxismo. Explicación que –no está de más repetirlo insistentemente– no niega el papel de las ideas; muy al contrario. Lo que hace es considerar que «el factor determinante en la historia es, EN ULTIMA INSTANCIA, la producción y la reproducción de la vida real» (Engels.)

En relación con la época contemporánea, el Sr. Arellano no niega que, con la aparición del proletariado como «protagonista de la historia», surge y se desarrolla el marxismo [100] en la política y en la ideología. Pero si bien considera lo primero inevitable, porque dimana de la «biología histórica», declara que lo segundo no es más que una casualidad.

Refiriéndose al proletariado, escribe: «Que el socialismo materialista haya sido el primero… en interpretarlo positivamente y en darle una orientación, es una desgracia. El socialismo trabajó hacia el futuro. fue prácticamente el principal usufructuario de las fuerzas que se estrenaban en la historia.»

De nuevo, el Sr. Arellano expone aquí, acerca de la ideología del proletariado, una posición semejante a la que más arriba hemos comentado sobre la ideología de la burguesía. No podemos entrar de lleno en este tema, de extraordinario interés, y que será tratado en otros artículos de esta revista. Pero sí queremos decir que las concepciones idealistas, como la del Sr. Arellano, se estrellan fatalmente contra un fenómeno gigantesco que no pueden explicar. ¿Cómo ha podido el marxismo, en un plazo histórico relativamente breve, convertirse en la ideología dominante en una gran parte del mundo, en una ideología que penetra y arraiga en capas cada vez más amplias de la clase obrera y de otros sectores de la sociedad, incluso en los países capitalistas?

Ni la represión ni el terror. Ni la educación cristiana en Europa o budista en Asia. Ni el monopolio de los medios de propaganda en manos de la burguesía. Ni las censuras y prohibiciones de todo orden, como las que existen hoy en España. Nada consigue detener el avance grandioso, de una u otra forma, de la ideología marxista-leninista.

La única explicación de este fenómeno la da el marxismo-leninismo mismo.

La ideología marxista expresa las tareas que a la clase obrera –por el lugar que ocupa en la sociedad capitalista– le corresponde llevar a cabo en el devenir histórico. Es la ideología que encarna los intereses de la clase más avanzada. Con la particularidad siguiente, que cumple subrayar: la misión histórica del proletariado no es la de sustituir la dominación de una clase por la de otra, como ha hecho la burguesía, sino la de acabar con la explotación del hombre por el hombre, con todas las opresiones. La ideología del proletariado, el marxismo, no sólo ayuda a la clase obrera a liberarse de las cadenas del capitalismo, sino que es la ideología que abre a la humanidad las puertas de una nueva era, una era sin lucha de clases, sin clases antagónicas. Es por ello la ideología de la verdadera liberación del hombre.

* * *

Veamos ahora la parte del artículo del Sr. Arellano en la que éste «refuta» al marxismo. Sobre la teoría económica de Marx, se limita a decir que no es cierta, pero que resultó sin embargo certera. Y la cosa queda ahí, sin más explicación.

En un único punto concreto intenta el Sr. Arellano demostrar un error de Marx, o más bien un «desacierto profético», como escribe el autor del artículo que comentamos. Según éste, Marx «profetizó» que «Rusia sería la última potencia reaccionaria de Europa». He ahí la única falla precisa que el Sr. Arellano cree haber descubierto en el edificio grandioso del marxismo. Una «refutación» tan parcial, ¿no constituye, quizá inconscientemente por parte de su autor, una confesión de impotencia, o un homenaje indirecto a la fuerza dialéctica del marxismo?

Veamos más de cerca el «argumento» del Sr. Arellano. En realidad, Marx nunca «profetizó» nada porque nada hay más incompatible con las «profecías» que una concepción materialista y dialéctica de la historia.

Pero además, el Sr. Arellano comete un error de hecho, y no pequeño, al atribuir a Marx posiciones que éste nunca tuvo. Marx prestó una gran atención a las transformaciones que se produjeron en la sociedad rusa en la segunda mitad del siglo XIX. A tal efecto, aprendió el idioma ruso a una edad avanzada y estudió muy profundamente los problemas económicos y sociales de Rusia, en particular los de la agricultura. Con su genio portentoso, Marx supo percibir los signos anunciadores de las grandes conmociones revolucionarias que habían de sacudir más tarde, en 1905 y en 1917, la sociedad rusa. [101] En una carta enviada en 1870 a los miembros del comité de la sección rusa de la Internacional, que residían en Ginebra, Marx escribía: «Obras como las de Flerovski y de vuestro gran maestro Chernichevski son un honor para Rusia y demuestran que el país de ustedes entra también en el movimiento general de nuestro siglo.»

El 21 de marzo de 1881, Marx y Engels escribían: «Cuando la Comuna de París fue aplastada a consecuencia de las matanzas organizadas por los defensores del orden, los vencedores no podían ni suponer siquiera que diez años más tarde, a lo lejos, en Petersburgo, se produciría un acontecimiento que debe conducir inevitablemente, incluso si la lucha es larga y cruel, a la Comuna rusa… ¡Así, la Comuna que las potencias del viejo mundo creían haber borrado de la faz de la tierra, vive aún!»

Refiriéndose a la traducción al ruso de EL CAPITAL, Marx escribía que «en Rusia se lee y se aprecia EL CAPITAL más que en cualquier otro país, nuestro éxito es aún más considerable».

El 21 de enero de 1882, en el prefacio de la edición rusa del MANIFIESTO COMUNISTA, Marx y Engels escribían: «Si la Revolución rusa se convierte en la señal para la revolución de los obreros en el Oeste, de tal forma que la una apoya la otra, la forma actual de propiedad de la tierra de Rusia podría ser el inicio de un desarrollo histórico.»

También es oportuno citar, si bien no se refiere personalmente a Marx, el hecho siguiente:

En 1902, cuando aún era un marxista, Kautsky escribía: «El centro de gravedad del pensamiento y de la obra revolucionarios se desplaza cada día más hacia los eslavos… El nuevo siglo empieza con acontecimientos que sugieren la idea de que nos hallamos en presencia de un nuevo desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su traslado a Rusia.»

No pretendemos, con estas citas, demostrar que el marxismo permite «profetizar» con acierto. El que anuncia que el agua se transforma en vapor a la temperatura de 100 grados no es un profeta. Es un hombre que conoce una ley objetiva de la naturaleza. Salvando las distancias evidentes que en este orden existen entre las leyes del desarrollo de la naturaleza y las que activan en el de la historia de la sociedad, se puede decir que el marxismo nos da el conocimiento de las leyes objetivas de la historia, y por lo tanto la posibilidad de utilizarlas para el progreso de la humanidad.

Y es preciso decir que esto, de un modo indirecto, el Sr. Arellano lo reconoce en su artículo. Escribe concretamente que «Marx captó el fenómeno histórico del proletariado, no en su simple facticidad biológica económico-social, sino en una interpretación de su sentido histórico y de su significación universal en el sistema total de la vida religiosa y humana. La lucha de clases, atisbada por Marx como una ley dialéctica de la historia, se transforma por eso, a la vez, en una técnica de formación del futuro. La masificación obrera, captada por él como un hecho de la estructura económica industrial y capitalista, adquiere de suyo, al mismo tiempo, el carácter de proceso técnico a seguir con vistas a la última meta propuesta de un socialismo REAL histórico

El marxismo permite, no sólo conocer el mundo, sino transformarlo.

Hoy, los principios del marxismo-leninismo han pasado, desde hace 39 años, por la prueba del fuego, por la prueba definitiva, por la prueba de la práctica. Su triunfo resplandece en una extensa parte del mundo, en la que 900 millones de hombres, efectivamente libres, demuestran a todo el que tenga ojos para ver la superioridad del socialismo.

De ahí, principalmente, la gigantesca fuerza de atracción del marxismo en esta época, incluso entre amplios sectores no proletarios.

Fuerza de atracción de la que el ensayo del Sr. Arellano –independientemente de las intenciones políticas del autor– es un testimonio concreto.

M. A.

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