Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, febrero-marzo 1966
número 47-48
páginas 71-79

Santiago Álvarez

Los comunistas
y la colaboración con los católicos

El Boletín de la Comisión Nacional de la HOAC (números 434 y 435) de octubre de 1965, publica un trabajo titulado «Los Cristianos y la colaboración con grupos de diferentes ideologías». Debajo del título hay una nota que dice textualmente:

«Esta conferencia fue pronunciada en la VII Reunión Nacional de Estudios como pieza informativa para ayudar a uno de los trabajos que se realizaron con el fin de fijar la posición de los cristianos con respecto a este problema.»

Por el interés que reviste, y porque se alude directamente a los comunistas, quisiéramos comentar algunos de los importantes planteamientos que se hacen en el citado texto, refiriéndonos, sobre todo, a aquello que más directamente interesa a comunistas y católicos esclarecer.

Bajo el subtítulo «Necesidad de la colaboración», y haciendo una justa referencia a la situación que se le crea en países como España al militante comprometido, que «si quiere actuar se ve obligado a realizar una acción clandestina», el conferenciante sitúa desde el comienzo el problema «de la colaboración con personas y grupos que tienen ideologías distintas de la cristiana», como un problema esencial. Es éste, dice, un problema real «que parte de la vida de los militantes y de ninguna manera problema de laboratorio.» {1 Boletín citado.} [72]

Estamos totalmente de acuerdo. Efectivamente, en la actual hora de España el problema de esa colaboración no es, en modo alguno, producto de una elaboración mental, aislada de la realidad circundante, sino algo que la vida plantea con toda acuidad.

Es más, la colaboración, en determinados niveles, hace ya tiempo que viene siendo una parte integrante de la vida misma, que la impone.

Esa colaboración está objetivamente determinada no sólo por las exigencias que se le plantean «al militante comprometido que quiere actuar», sino al sencillo obrero que se ve legalmente privado de defensa contra la explotación; al campesino que es expoliado; al estudiante que quiere saber; al intelectual que desea investigar; a los demás seres humanos carentes de las libertades y los derechos cívicos elementales. Mas es evidente que a esa colaboración puede contribuir decisivamente la actitud subjetiva a ella favorable de aquellas corrientes políticas, religiosas o de opinión que ejercen influencia en el seno del pueblo. Y, concretamente, la de los católicos y los comunistas. Por ello, nos parece importante y positivo que el conferenciante se haya pronunciado a favor de la acción común, de la colaboración.

No es que nos sean indiferentes las reservas, las limitaciones que se establecen para esa colaboración. Al facultar solamente para ella al «teólogo moralista», al «auténtico jefe obrero», al «sociólogo» y al «economista», «a aquellos que están capacitados para que piensen», nos parece que se despersonaliza y, en el fondo, se desprecia al sencillo obrero católico, que también puede figurar entre los que piensan, ser mañana sociólogo y economista e, incluso, moralista y teólogo y, sobre todo, jefe obrero. Pero lo más importante es el pronunciamiento efectivo a que hemos hecho mención.

Y ello porque consideramos que esa colaboración es hoy la cuestión esencial.

Partiendo del hecho positivo citado, conviene examinar más de cerca algunas de las modalidades de la colaboración, tal como las establece el conferenciante. Para hacerlo nos parece útil, y lícito, intentar, a la vez, esclarecer algunas de las opiniones por él expresadas sobre los comunistas. Sólo hablando con claridad es posible delimitar tanto las coincidencias como las discrepancias.

En primer término deseamos declarar, sin lugar a equívocos, que si reconociendo la necesidad de colaboración de los trabajadores católicos y los comunistas, la dirección nacional de la HOAC estima que «para resolver un problema de colaboración debe acudirse a aquéllos que están capacitados para que piensen, para que reflexionen, para que establezcan los pilares de la colaboración, y mantener la discusión de la colaboración...» «en un plano de cierto nivel...» {1 Boletín citado, pág. 39.}, los comunistas nos manifestamos de acuerdo. [73]

Estamos de acuerdo en discutir las modalidades de la colaboración y todos los demás problemas que esa colaboración y la unidad de católicos y comunistas pueda suscitar, con elementos responsables, capaces, conscientes, con visión amplia y universal de dichos problemas, es decir, por arriba, incluso al más alto nivel.

Y estamos de acuerdo, no porque aceptemos como válida la opinión de que en el plano «de base de militante se engaña a todo el mundo» {1 Boletín citado, pág. 39.} sino por razones mucho más importantes. Nuestra política y nuestra conducta son en éste como en los demás aspectos claras. No escondemos segundas intenciones ni pretendemos engañar a nadie. Y no sólo no tenemos nada que temer de una discusión franca y abierta al más alto nivel posible, y de la colaboración que esa discusión pueda suscitar, sino que la deseamos y, como es sabido, la hemos propiciado y la propiciamos reiteradamente.

Nos parece, por ello, muy desplazado e injusto el argumento de que los comunistas tratamos de separar a la masa de sus dirigentes.

¿No será más verdad que la pretendida separación de la masa de sus dirigentes por parte de los comunistas y que el pretendido «engaño» lo que han dicho los padres obreros al Concilio Vaticano II? «El cristianismo desde el fondo de una fábrica, o de un tajo –han dicho–, no puede ver las cosas de la misma manera porque las relaciones de los hombres en la producción son más verídicas y más decisivas que las que se desarrollan en la calle, en el barrio o en una parroquia.» {2 Boletín de la HOAG, Núms. 432-433, 1a y 3a, decena de septiembre, 1965, págs. 7 y 8.}.

¿No ha reconocido, por otra parte, el Concilio Vaticano II que «el hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás?» {3 «La Iglesia en el mundo moderno», capítulo I, «La dignidad de la persona humana». Núm. 12.}. Una de las formas más lícitas de esas relaciones ¿no es, acaso, la defensa común de salarios y de otras reivindicaciones vitales para el obrero, independientemente de sus creencias o de sus ideas filosóficas o políticas? ¿Qué culpa tenemos los comunistas de ser consecuentes defensores de esas reivindicaciones y que los trabajadores lo comprendan?

Mas demos de lado este aspecto del problema, para, reiterando nuestra decisión de discutir en los más elevados niveles, formular el siguiente interrogante: ¿Es que la discusión, el acuerdo, la colaboración por arriba excluye esa colaboración y ese acuerdo en fábricas, empresas, &c., donde, si no existen teólogos moralistas, sociólogos y economistas, existen ya, sin embargo, auténticos jefes obreros católicos? Nosotros creemos que no la excluye. Y consideramos que en nuestra conducta no existe, en este orden, ninguna contradicción, mientras que no podríamos decir lo mismo de una de las proposiciones del orador y la conclusión general ya citada sobre la necesidad de la colaboración.

El conferenciante precisa que «la colaboración con el P.C. no puede ser permanente». Únicamente «puede ser ocasional y transitoria para un objetivo concreto, que sea lícito, con medios lícitos...» {4 Boletín citado, págs. 40-41.}. [74]

Admitamos esa colaboración como ocasional o transitoria. Pero, donde tiene ésta su base de existencia es precisamente en las fábricas, en las empresas, en los tajos, en todos aquellos lugares de trabajo o de actividad donde «las relaciones de los hombres en la producción son más verídicas y más decisivas», y de cuyas relaciones surge, brota constantemente la necesidad de esa colaboración.

En cuanto a las alusiones a la licitud de los medios, quisiéramos detenernos en la mención que se hace de que «los comunistas piensan en toda organización que no sea el Partido como una organización que tiene que servir los fines del Partido» {1 Boletín citado, pág. 36.}, a lo de las «correas de transmisión», las «fracciones...». Y ello para decir que los comunistas no pensamos así, que tenemos un profundo respeto por la autonomía y las decisiones de los órganos del movimiento de masas; que, además, nuestro Partido no tiene intereses que servir que no sean los de la clase obrera y del pueblo, y que con esos argumentos y la alusión a la definición de Stalin sobre los sindicatos, &c., el orador ha puesto de relieve no sólo su tendenciosa interpretación de los hechos, sino su estatismo, su ausencia de visión actual, su desconocimiento de cómo fueron superadas hace ya años ciertas viejas tesis en el movimiento comunista internacional y, de modo muy concreto, cuál es a este respecto la posición, la política de los comunistas españoles.

Al objeto de facilitar su tarea para el futuro, reproducimos lo que nuestro Partido, por boca de su secretario general, ha dicho, en este orden, hace muy pocos meses: «Una de las cuestiones que merecen de nuestra parte la mayor atención –ha dicho S. Carrillo–, es la obligatoriedad de respetar y tener en cuenta las opiniones de nuestros aliados en el movimiento de masas. Debemos comprender, en toda su dimensión, lo que significa una política de unidad. No podemos considerarnos solos ni únicos. Junto a nosotros marchan aliados que tienen sus propias ideas, sus concepciones y criterios sobre las iniciativas que en cada momento deben tomarse. Y no podemos violentar a esos aliados, no podemos imponerles nuestros criterios». Y más adelante: «En este orden de cuestiones se sitúa también la necesidad de observar el más riguroso respeto hacia la autonomía de los órganos del movimiento, de masas, tanto entre los obreros y los universitarios, como en otras capas. Ello significa que el Partido no debe sustituir en cualquier momento, caprichosamente, a dichos órganos. Que el Partido no debe reemplazarlos ni suplantar sus funciones. No sólo porque tenemos una posición de principio en cuanto a la autonomía de funcionamiento de esos organismos, sino porque nuestro papel de guías de la lucha de las masas lo concebimos en la colaboración y el esfuerzo común con éstas y con los representantes que en cada momento promueven.» {2 Santiago Carrillo, «Después de Franco, ¿qué?», págs. 58 y 59.}

Bien, dicho esto y ya que el principio de la colaboración está admitido, nosotros deseamos hacer a la dirección nacional de la HOAC la proposición de un encuentro y una discusión en el plano que se considere idóneo, incluido en el más alto nivel, sobre todas estas cuestiones. Precisemos aún más: proponemos que la dirección nacional de la HOAC y la dirección del Partido Comunista de España se entrevisten, discutan, todo lo ampliamente que sea necesario, y elaboren en común las bases de la colaboración y la acción unida de [75] los militantes de las Hermandades Obreras de Acción Católica y de los comunistas.

Para que no exista duda de la sinceridad de nuestro propósito deseamos adelantar algunas opiniones de lo que podrían ser unas bases iniciales de entendimiento, de colaboración y de acción común, propiciada desde ambas direcciones nacionales. Sin que lo que digamos aquí presuponga una actitud cerrada a las opiniones de nuestros posibles interlocutores.

A la altura en que se halla el proceso de descomposición del actual régimen, la unidad de la clase obrera, la elevación de su lucha y la de otros sectores populares y democráticos por conquistas democráticas esenciales; dado que el pueblo ha ido dando ya importantes pasos hacia esas conquistas, un acuerdo de colaboración entre el Movimiento católico y el P.C. de España, entre católicos y comunistas, al más alto nivel, no sólo tendría importantes repercusiones en la situación actual, sino que ofrecería un más amplio y claro horizonte para el movimiento obrero y las fuerzas populares, democráticas y nacionales.

Para una colaboración por mejores salarios, con escala móvil, por el derecho de huelga, por la libertad sindical, podría llegarse, tal vez, a un acuerdo temporal, limitado a la realización efectiva de esos objetivos, a los que, a buen seguro, contribuiría decisivamente.

Mas, ¿bastaría un acuerdo limitado a la obtención de esas conquistas? Nosotros consideramos que sería insuficiente. Porque aun reconociendo el valor de las mismas, no son sino parciales; porque al seguir existiendo en nuestro país la explotación capitalista, la consolidación de dichas conquistas sólo será posible con su constante defensa; porque las mismas son sólo una parte del conjunto de los problemas pendientes en nuestro país, que cada día apremian más y a los que hay que dar solución en un régimen democrático.

Para los comunistas españoles nunca han representado insalvable barrera en la colaboración con los católicos, en bien de la clase obrera y del pueblo, las creencias religiosas de aquéllos ni nuestros principios filosóficos materialistas; el hecho de que nos separen esas discrepancias ideológicas básicas. Y es sabido que, en los últimos lustros, la colaboración ha ido en aumento. Pues bien, nuestra posición en este orden sigue siendo diáfana. «En el terreno del progreso político-social y material, en el terreno de la libertad, España sólo puede ganar si marchamos por esa vía de colaboración entre católicos y marxistas», ha dicho nuestro secretario general, camarada Carrillo, en el libro citado. Y ese criterio expresa no sólo una posición del Partido, sino un sentimiento y deseo profundo de todos sus militantes.

A veces, cuando se habla de una larga perspectiva de colaboración, voces católicas piden a los comunistas garantías respecto al futuro. En lo que de nosotros dependa, estamos dispuestos a ofrecer al catolicismo español y a la Iglesia, toda clase de garantías, en los marcos del régimen democrático que se dé el pueblo (libertad religiosa, respeto al ejercicio del culto católico y a la Iglesia y a sus instituciones, &c.). [76]

El fundamento político moral de nuestras afirmaciones reside en nuestra conducta pasada, en nuestra actitud presente y, ante todo, en nuestra concepción del origen y del papel de la religión y de nuestro profundo respeto hacia los sentimientos religiosos de la parte del pueblo que los profesa; reside en que nuestra posición hacia la Iglesia «no es una cuestión de táctica, es una actitud que corresponde a toda nuestra estrategia, a toda nuestra concepción de la marcha hacia el socialismo» {1 Santiago Carrillo, libro citado, pág. 76.} con las más amplias masas y sectores sociales.

Sin embargo, el catolicismo español, pero sobre todo su Iglesia, adquirirá autoridad moral para pedir garantías si ella misma es capaz de obtener esa autoridad a los ojos de las grandes multitudes. Y esa autoridad no se tiene si sigue aferrada al pasado, siendo un soporte del actual régimen o de las injusticias sociales, o negándose a colaborar con aquellas fuerzas que, como los comunistas, representan una vasta corriente de opinión española con la que es forzoso contar en el presente y en el futuro democrático de España. ¿Existe, por ejemplo, justificación a estas alturas de que las jerarquías de la Iglesia no se hayan pronunciado ya por la cancelación de la guerra civil y por una amplia amnistía?...

Los obstáculos a la colaboración de católicos y comunistas provenían, durante años, sobre todo de los católicos, del criterio cerrado de la jerarquía eclesiástica española y de las limitaciones que les imponía también la doctrina vaticana. Pero éstas últimas, derribadas por «Pacem in Terris», aparecen superadas por las decisiones del último Concilio Vaticano. «La Iglesia... reconoce sinceramente que todos los hombres creyentes y no creyentes deben colaborar en la edificación de este mundo en el que viven en común.» {2 Documento citado «La Iglesia y el mundo moderno».}

La dirección nacional de la HOAC, el movimiento católico en general, ¿va a seguir negándose a edificar ese mundo junto con los no creyentes? Rotas las trabas que la doctrina vaticana imponía hasta el presente, ¿va a permanecer en pie el criterio cerrado a que antes hemos aludido? ¿Va a seguir prevaleciendo en la Iglesia española el sello de los integristas? Sería negativo para España, pero, sobre todo, nefasto para el propio catolicismo.

Como los comunistas queremos colaborar con los católicos ahora, en la reconstrucción democrática de España e, incluso, en el período de transformación socialista de nuestra sociedad, quisiéramos tratar de eliminar de esa posible colaboración obstáculos derivados de falsos criterios o de malos entendidos.

Para aducir razones contra la colaboración con los comunistas durante un largo período y, sobre todo, en un sindicato único de la clase obrera, nuestro autor trata de aducir ciertas «experiencias» de Francia e Italia.

Alude a la propuesta de los comunistas franceses, en 1945, de la necesidad de un sindicato único y añade: «Los católicos rechazan esa unidad que significa una colaboración orgánica y, en cambio, proponen colaborar en la acción» {3 Boletín citado.} Aproximadamente, eso fue así. Pero si los católicos franceses, [77] en lugar de organizar un sindicato cristiano y de avenirse únicamente a la unidad de acción, colaboraran con los comunistas por lograr un sindicato único, hubieran servido los intereses de la clase obrera francesa y ello hubiese revertido, a la vez, en prestigio y autoridad para el catolicismo entre los obreros. En este caso, tal vez se hubiese mitigado el fenómeno de que hablan los mencionados padres obreros en el Concilio cuando dicen que los trabajadores «por el hecho de escoger la solidaridad con su comunidad humana se ven obligados a rechazar el mundo cristiano (es decir, capitalista. S.A.) y, por tanto, a la Iglesia que se confunde con él».

La prueba de que lo más justo y positivo, incluso para los intereses del catolicismo, hubiera sido construir juntos la unidad sindical, está en el hecho de que lo que ha sido Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos ha tenido que cambiar de nombre, esforzándose por superar su carácter confesional, y que la unidad de acción entre comunistas y católicos, positiva sobre todo en los últimos tiempos, pero ya insuficiente, ofrece la perspectiva, real, de la unidad en un solo sindicato de los católicos, los comunistas y otros trabajadores.

El ejemplo de Italia tampoco aporta nada nuevo en apoyo a la tesis de la división sindical. De una parte, porque esa división es aún herencia de la política de guerra fría y hoy estamos en una situación muy diferente; de otra parte, ¿qué han resuelto la Iglesia y el catolicismo italiano con esa división sindical? ¿Con quién están acaso como obreros sindicados la aplastante mayoría de los trabajadores que integran el proletariado italiano, católico en gran proporción? ¿No es, acaso, con la C.G.I.L., dirigida por los comunistas y los socialistas? ¿A qué se reduce en Italia el llamado sindicalismo cristiano?...

Por el hecho esencial de que merma las posibilidades de defensa de sus intereses como clase explotada, cuyo recurso fundamental es su acción unida frente a la patronal y sus instrumentos de poder, la política de división sindical es perjudicial para la clase obrera, tanto en el plano nacional como internacional. Y si el catolicismo apoya esa división, la respuesta lógica será mayor pérdida de ascendencia en las grandes multitudes proletarias, como han señalado muy bien los padres obreros al Concilio.

Por lo que se refiere a España, nuestra clase obrera aprecia cada vez en más alto grado quién defiende o quién atenta contra su unidad y contra su fuerza. Sería erróneo, además, ver en Francia e Italia ejemplos que se han de «calcar» en España. La situación de nuestro país tiene rasgos comunes al resto de Europa occidental, pero tiene, sobre todo, un sello propio. Lo tiene también nuestro movimiento obrero y democrático. No sería conveniente llamarse a engaño.

La alusión al ejemplo de Ridway nos parece una deformación de los hechos, un desconocimiento del ambiente francés de aquel momento y, además, un anacronismo. Pero, sobre todo, un evidente desconocimiento de cómo es posible interesar a los trabajadores en las grandes acciones. Los proletarios no son una masa amorfa «manejable por un grupo de agitadores». Ese es un andamiaje «ideológico» sin base alguna. Los trabajadores, los grandes núcleos sociales populares se ponen en acción no por instigación del agitador, sino por profundas necesidades de orden social, político, cultural, nacional y, a veces, religioso. Y cuando una vanguardia destacada por ellos mismos les orienta y les dirige, la siguen si ésta es capaz de interpretar sus intereses y sus más profundos anhelos. [78]

Esto nos lleva de la mano a abordar otra cuestión, tocada por el conferenciante.

¿Así que los comunistas no tienen ninguna moral, no tienen ningún escrúpulo y pueden ser por ello mucho más eficaces? ¡Lástima no poder extendernos hoy sobre este problema! Veamos qué han dicho al respecto los padres obreros, repetidamente citados: «La vida del militante obrero consiste en tareas cotidianas que exigen valentía, renuncia, perseverancia y que están lejos de ser simplemente apasionantes...». «No se compromete sólo a sí mismo, sino también a su familia y, en caso de represión policíaca, es el más castigado. He aquí, a nuestro parecer, un ejercicio auténtico de la caridad, que ya no consiste en dar lo sobrante, sino en comprometer su vida misma y la de los suyos». «Esta entrega a los demás cobra una autenticidad que raramente habíamos encontrado en los medios cristianos» {1 Boletín citado.}.

He ahí una explicación, desde el punto de vista cristiano, bastante más cerca de la verdad de lo que es la moral de los comunistas, que la apreciación dada por nuestro interlocutor.

Sí; los comunistas tenemos una moral y muy elevada. Lo que ocurre es que al pretender el objetivo de la liberación del ser humano de toda forma de explotación y de alienación, nuestra moral no se basa en el principio de que el hombre sea un lobo para el hombre, sino de que el hombre es y debe ser realmente un hermano del hombre. Se trata de una moral que no es egoísta, no es pesimista, decadente, sino humana, vivificadora, plena de optimismo y esperanza. Es una moral con una ideología que ha asimilado y reelaborado todo lo que hubo de valioso en más de dos mil años de desarrollo en el pensamiento y la cultura humana.

Nuestra visión de la sociedad, de las relaciones sociales, de la patria, de la familia, de la propiedad, del deber, del honor, de la dignidad y de nuestra conducta están presididas por la dedicación a la obtención de los grandiosos objetivos indicados. Pero, al mismo tiempo, profundiza en sus raíces en lo más sano y moral que la humanidad ha ido acumulando durante siglos. ¿Es que un movimiento político-social integrado por gente sin ningún escrúpulo podía ser eficaz? ¡Qué absurdo pensarlo!

¿Se quiere decir, acaso, al hablar de la moral, que los comunistas no cumplimos nuestros compromisos, no somos fieles a las alianzas concertadas con otros grupos político-sociales? Con esa vieja calumnia han excusado el servicio a la clase obrera y a los pueblos todos los que se han esforzado en paralizar a éstos, en frenar el desarrollo histórico-social, en el último medio siglo. Pero ello no tiene nada que ver con la realidad. Y la historia de nuestro Partido, especialmente en los últimos treinta años, es, a este respecto, un libro abierto. Muchos católicos, además, han realizado en estos años, en ese orden, su propia experiencia. Es ésta, con nuestra propia conducta, la que nos da confianza en que esas alusiones a la falta de moral son palabras que se las llevará fácilmente el viento. [79]

En el Concilio Vaticano II no sólo se ha acordado que la «Iglesia... no está atada a sistema Político alguno». Se ha reconocido que «mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración. El lujo pulula frente a la miseria». Se ha dicho que «Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano.» {1 «La Iglesia y el mundo contemporáneo».}

Bien; si todo eso no es pura demagogia ¿no se asemeja, en cierto sentido, a lo que decimos los comunistas con otras palabras? Cierto, los comunistas, como nos enseñó Marx, no sólo nos esforzamos por entender y explicarnos el mundo, sino por transformarlo. Pero en la etapa histórica actual, cuando el género humano se halla «en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados que progresivamente se extienden al universo entero» {2 Idem.} no sólo somos los comunistas los que luchamos por transformar el mundo, aunque nos situemos a justo título en las avanzadas de los luchadores por tan grandioso objetivo. Intuitiva o conscientemente luchan también por esa transformación muchas otras gentes. ¿No hay entre ellas millones de trabajadores católicos? Y ¿por qué no ha de ser así? ¿Por qué los obreros católicos y la generalidad de éstos habrían de estar contra esa transformación social, contra la edificación de una sociedad comunista?

Marx definió el comunismo como «una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos». Pero hoy podemos dar una definición más completa.

«El comunismo es un régimen social sin clases, con una forma única de propiedad de todo el pueblo, y con una plena igualdad social de todos los miembros de la sociedad, en el que, a la par con el desarrollo universal de los hombres, crecerán las fuerzas productivas sobre la base de una ciencia y una técnica en desenvolvimiento constante, manarán a pleno caudal todas las fuentes de la riqueza social y será realizado el gran principio «de cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades». El comunismo es una sociedad altamente organizada de trabajadores libres y conscientes, en la que se establecerá la autogestión social, el trabajo en bien de la sociedad será para todos la primera exigencia vital, necesidad hecha conciencia, y la capacidad de cada individuo se aplicará con el mayor provecho para el pueblo.» {3 Programa del Partido Comunista de la Unión soviética, pág. 64.}

¿Hay algo en esa definición que un trabajador católico no pueda aceptar? ¿Se dice acaso en ella algo que límite, que mutile al hombre, en el supuesto de que existan entonces hombres creyentes?

Resumimos por hoy:

Aceptado el principio básico de colaboración; encuentro de católicos y comunistas para el diálogo y la discusión; elaboración en común de las bases o programas de esa colaboración; para el presente, para un período limitado o, mejor aún, para todo el proceso de desarrollo democrático de España; e incluso para avanzar juntos hacia el socialismo.

 


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