Filosofía en español 
Filosofía en español


Los rasgos generales, los problemas y las perspectivas del nuevo movimiento obrero

Llegamos al fin de este número en el que hemos pretendido presentar un cuadro sobre el desarrollo del nuevo movimiento obrero, cuadro matizado, disminuido de ciertos aspectos; sobre los que la discreción impuesta por las circunstancias de España impide atardarse.

En este punto quizá convenga señalar los rasgos generales más característicos, los problemas concretos con que se enfrenta su desarrollo, y las posibles perspectivas de este movimiento. En los nueve apartados siguientes Nuestra bandera trata de resumir unos y otros.

I

El movimiento de las Comisiones Obreras es la forma original que han encontrado los trabajadores españoles para unir y agrupar sus fuerzas, defender sus intereses de clase y asumir su papel de vanguardia en la lucha por la democracia. Su surgimiento y desarrollo está siendo un proceso difícil de lucha, que va de lo simple a lo complejo; de las reivindicaciones económicas, al principio mínimas, en una empresa, pasando por reivindicaciones económicas más amplias e importantes concerniendo a toda una industria, o a una ciudad o provincia, hasta las reivindicaciones de tipo político que hoy se van generalizando en los centros importantes del país. De una forma de unidad, agrupamiento y acción de los trabajadores, va convirtiéndose, asimismo, en un ejemplo para la organización y la actividad de otras capas y sectores sociales.

Actualmente el movimiento de las Comisiones Obreras tiene un indudable contenido político-económico. Al lado de reivindicaciones como el salario mínimo, la escala móvil y otras, el nuevo movimiento obrero plantea cada vez con más fuerza la demanda de libertad sindical, derecho de huelga no intervención de la policía en los conflictos sociales, solidaridad con represaliados y perseguidos, &c., &c. En realidad estas últimas demandas son, como si dijésemos, la forma legal que toma en este momento la exigencia de libertad y democracia por parte del movimiento obrero. A medida que las condiciones maduren, libertad y democracia serán dos consignas que aparecerán abierta e inequívocamente expresadas. De hecho ya lo han sido en las manifestaciones obreras de Vizcaya, Madrid y Barcelona.

El contenido político económico del nuevo movimiento obrero no es obra de «agitadores» externos a él, sino la consecuencia de un proceso interno lógico. La lucha por las reivindicaciones económicas ha llevado a las masas a adquirir conciencia de la necesidad de la libertad sindical y el derecho de huelga. La lucha por estos dos derechos vitales les lleva también, naturalmente, a comprender la ligazón entre [174] ellos y la democracia en general, a enfrentarse con la dictadura franquista.

No quiere decir que este curso hacia la toma de conciencia política haya sido ciego y espontáneo; la labor de nuestro Partido y el ejemplo de los éxitos del campo socialista y de la lucha de liberación de los pueblos –e incluso la acción de otros grupos de la que ya se ha hablado en este número de nuestra revista– han ido iluminándolo y guiándolo. Pero ninguna labor política, ninguna propaganda hubieran sido suficientes para lograr ese resultado, sin la experiencia que las masas han hecho directamente con su propia lucha, en ese proceso que va de lo simple a lo complejo.

Y ¿por qué el movimiento ha tomado esta forma de Comisiones Obreras y no otra? Porque la falta de libertades, la existencia de la dictadura franquista, ha impedido el desarrollo de sindicatos obreros y de otras formas de organización típicas de la legalidad política. Todos los intentos de crear sindicatos obreros clandestinos han fallado. El movimiento obrero o es un movimiento de las masas, un movimiento en el que los trabajadores participan amplia y directamente, o no es tal movimiento obrero. Por eso todos los intentos de crear sindicatos clandestinos se han reducido a la puesta en pie de pequeños grupos políticos –eso son, en definitiva, la AS y sus diversas variantes; la USO, la FST...– con más o menos continuidad, que han intentado influir entre los obreros, pero que no pueden pretender identificarse al movimiento obrero. En las condiciones actuales éste no podía surgir más que en las empresas, apoyándose en las formas naturales más primitivas que toma cualquier simple reclamación –las comisiones–, e incluso en ciertas estructuras del sindicato fascista. Su desarrollo y superación no podía adquirir la forma de un sindicato, sino de un movimiento muy flexible, fluido, capaz de dilatarse en un momento favorable por diversas vías y formas y de contraerse e incluso de esfumarse momentáneamente cuando aún no era bastante fuerte para resistir la presión policial y patronal. Ese es exactamente el curso que ha tenido el crecimiento de las Comisiones Obreras, apareciendo hoy, para desaparecer de, nuevo mañana y volver a reaparecer a continuación, hasta que se han creado condiciones, dado el nivel de la lucha obrera, para implantar más sólidamente su existencia, y mantener su continuidad, su permanencia. Pero estas mismas características hacen que el movimiento de las Comisiones sea mucho más amplio de lo que podría ser no importa qué Sindicato.

II

Las Comisiones Obreras se distinguen por su contenido de clase, por su independencia frente al poder y a la clase explotadora, por su carácter amplio, de masa, sin partido. Crecen en la lucha contra la explotación, contra el verticalismo fascista, contra la opresión política. Son obra de la masa de los trabajadores, con cuyo apoyo se sostienen y bajo cuyo control actúan. Su consolidación, su asentamiento con carácter permanente reflejan una elevación del nivel de conciencia colectivo y no exclusivamente el de una vanguardia. En su forma básica son expresión de la democracia más directa que pueda imaginarse, pues su composición es ratificada o modificada casi constantemente por los obreros mismos, según las exigencias de la acción y el comportamiento de sus miembros en ésta. [175]

III

Desde su nacimiento, las Comisiones Obreras han obrado abiertamente a la luz del día. Su carácter de masa las impelía de manera natural a eludir toda forma de clandestinidad. De ahí que durante largo tiempo su existencia haya sido pasajera, ligada a tal o cual reivindicación concreta. Hasta que la lucha reivindicativa ha alcanzado tal amplitud y volumen que ha devenido, ella misma, una lucha permanente, lo que hace que ni patronos ni autoridades puedan negar la existencia de las Comisiones.

En Asturias, Vizcaya, Madrid, Barcelona y otros puntos, sin haber conquistado la legalidad, las Comisiones han impuesto, de «facto», un cierto estatuto. La Comisión provincial de Vizcaya ha mantenido correspondencia con el jefe del Estado y con varios ministros, recibiendo respuesta de ellos; se ha entrevistado, como tal, con autoridades y con jerarquías verticales. Por su parte, la Comisión madrileña del Metal se reúne regularmente en el local de los sindicatos verticales, no obstante la oposición de los jerarcas, y cuando no obtiene para ello un salón lo hace en los mismos pasillos, pero a la vista de todo el que quiera presenciar sus asambleas; se ha entrevistado con jerarquías sindicales y religiosas y con el ministro Solís. Este ha recibido también en más de una ocasión a las Comisiones asturianas.

Si es cierto que su carácter abierto hace que las Comisiones obreras sean vulnerables a los golpes de la represión, no es menos cierto que ese carácter es el que las convierte en una fuerza, en un poder. Porque reprimir a las Comisiones es tanto como golpear directamente a los trabajadores que representan; éstos han ido más de una vez a paros y huelgas en solidaridad con sus comisionados perseguidos.

En vísperas del 1º de mayo pasado, la Comisión Obrera de Vizcaya fue encarcelada y procesada; pero la protesta obrera obligó a dictar la libertad provisional de sus componentes. Más tarde fue condenada por el Tribunal de Orden Público, en Madrid, a seis meses de prisión, por delito de «organización ilegal»; la Comisión ha recurrido contra esa sentencia, que está en contradicción con el reconocimiento de hecho que le dispensó incluso el jefe del Estado manteniendo con ella una correspondencia. Pero todos sus miembros están en libertad, y ello a causa del sostén decidido que les otorga la gran masa de los trabajadores vizcaínos.

La tendencia natural del movimiento de las Comisiones le lleva a luchar por consolidar su estatuto de «facto», a, luchar por conquistar la legalidad, por que sus representantes, verdaderos diputados obreros gocen de ciertas garantías en el desempeño de su misión. Las Comisiones son órganos de unidad y de lucha, a través de los cuales los obreros afirman su voluntad de pesar como una fuerza, como un poder efectivo, en los destinos del país.

IV

El carácter abierto de la actividad de las Comisiones Obreras no significa que éstas limiten su acción a los marcos legales. Los marcos legales son talmente estrechos y restrictivos que no dejan lugar para ninguna acción verdadera de masas; están concebidos para que sean un grillete atado al pie de los trabajadores, que les inmovilice. La primera necesidad de toda acción [176] obrera que quiera tener éxito, hoy en día, consiste en sobrepasar dichos marcos y en desenvolverse en el terreno extralegal. Ni los plantes de brazos caídos, ni las huelgas y manifestaciones, ni las asambleas obreras están autorizadas por las leyes actuales; éstas califican dichas formas de acción, cotidianas en otros países capitalistas, como delito de rebelión.

No obstante, el nivel actual ha sido logrado por las Comisiones Obreras gracias también a la inteligente utilización de las escasas posibilidades legales y a su combinación con las formas extralegales de lucha. Un ejemplo gráfico es la Comisión metalúrgica de Madrid, formada inicialmente sobre la base de los jurados y enlaces, es decir sobre las estructuras de carácter electivo de los sindicatos verticales, para rebasar después, en la acción, las funciones legales de dichas estructuras, y colocar su actividad, en muchos aspectos, sobre un plano extralegal.

No existe ninguna incompatibilidad entre el desarrollo del movimiento de las Comisiones Obreras, con las características a que nos hemos referido, y la utilización por éste de cualquier posibilidad que exista, por mínima que sea, de apoyarse en las estructuras de los sindicatos verticales para facilitar su propia acción. Condenando radicalmente los Sindicatos fascistas, preparando su reemplazamiento en un futuro ya no lejano, las Comisiones Obreras no desdeñan utilizar ninguna posibilidad existente dentro de aquéllos, para fortalecer y hacer más efectiva su acción.

V

La extensión a todo el país, el fortalecimiento y consolidación de las Comisiones Obreras es hoy una tarea principal. Hay quien se sitúa ante ella como ante la célebre cuestión «¿qué es primero, el huevo o la gallina?» ¿Por dónde empezar, por las Comisiones de empresa o por las Comisiones locales de industria o interindustrias? En el nivel actual del movimiento éste es un falso dilema. La experiencia ha enseñado que la creación de Comisiones locales o provinciales, sobre la base de un número todavía reducido de Comisiones de empresa, ha sido el camino decisivo para extender la creación de Comisiones a las empresas donde hasta entonces no existían. Tampoco es justo paralizarse cuando no hay hombres que hayan sido elegidos legalmente, en el marco de las estructuras verticales, dispuestos a tomar la iniciativa de crear las Comisiones. Si en la metalurgia de Madrid –y en otros sitios– se ha partido de la acción de trabajadores elegidos en esas condiciones, en cambio en Vizcaya la Comisión provincial surgió como consecuencia de la abstención en las elecciones de enlaces y jurados sindicales, de la no existencia de verdaderos representantes obreros legales. Es decir, lo importante es que los hombres que asuman la iniciativa de la acción, con cargo legal o sin él, posean prestigio y autoridad entre los trabajadores.

Evidentemente, el desarrollo y consolidación del movimiento de las Comisiones Obreras pasa por el fortalecimiento de las Comisiones de empresa. Este fortalecimiento supone el reconocimiento profundo de los objetivos y los programas reivindicativos en la misma empresa; la identificación y ligazón de éstos con los generales de los trabajadores de una industria, localidad o provincia y, en un plano más elevado, con los de todo el país; en el desarrollo del espíritu de solidaridad [177] proletaria; en la comprensión creciente tanto de los objetivos económicos como de los políticos del nuevo movimiento obrero. Por otro lado el fortalecimiento de las Comisiones de empresa debe estar ligado a su vida democrática, cada vez más abierta; a la lucha por el derecho de celebrar asambleas de empresa; a la formalización cada vez más seria de la elección de los delegados que componen las Comisiones; a la revocación democrática de aquellos que dan pruebas de no estar a la altura de su deber.

Pero al mismo tiempo es indispensable el activo funcionamiento de las Comisiones locales o provinciales, de industria o interindustrias; la transposición de los mismos métodos de asambleas y elección y revocación a ese plano. La lucha por asegurar la celebración de asambleas de las Comisiones Obreras por industria o interindustria, como ya se celebran hoy en una serie de lugares; la participación activa de las Comisiones de empresa en estas asambleas, a la elaboración de programas y decisiones, la elección de las Comisiones de nivel superior y el control de su gestión; todo este conjunto de métodos es lo que puede garantizar mejor que nada la participación efectiva de las masas en la acción y en la lucha.

Actualmente está surgiendo la necesidad del contacto entre las Comisiones de unas y otras provincias, para coordinar la actividad en toda una industria o en un plano más general. Hay que buscar las formas de hacerlo en la práctica, tomar iniciativas de uno u otro tipo para ello, no desdeñar incluso apoyarse en ciertas estructuras de los sindicatos verticales, aunque rebasándolas y no limitándose al estrecho marco verticalista, que por otra parte va rompiéndose y que debemos contribuir a romper resueltamente. En ciertas industrias, como la minería, metalurgia y Banca maduran las condiciones para una coordinación nacional. También esta necesidad se va poniendo de manifiesto en la industria de la Construcción. Hay servicios, como los ferrocarriles, en que si no se logra una cierta coordinación nacional será más difícil hacer triunfar ciertas reivindicaciones urgentes, inaplazables, dadas las condiciones de vida de los ferroviarios.

Sin duda la perspectiva del movimiento de las Comisiones Obreras, a medida que se desenvuelva y consolide, que rompa más decisivamente las trabas de la estructura franquista, será el surgimiento de Comisiones nacionales de industria, e incluso de una Comisión central interindustrias, verdadera Cámara del Trabajo. Aunque esto no vaya a hacerse de la noche a la mañana, ahí está la orientación natural del nuevo movimiento obrero. Y los miembros más conscientes de él, los que más reflexionan y se ocupan de su contenido y de sus perspectivas, se esfuerzan por impulsar esa orientación, cuya realización culminaría esta forma original de democracia obrera.

VI

En esa perspectiva se dibuja más claramente el papel del nuevo movimiento obrero.

El problema de la participación democrática de las masas obreras en el control o en la dirección de la economía y de la política, se plantea hoy, en dependencia de las tareas históricas concretas, con uno u otro objetivo, tanto en los países capitalistas como en los socialistas. [178]

En los países capitalistas el movimiento obrero revolucionario plantea este problema desde el ángulo de la creación de posiciones de influencia, sobre la base de las empresas y de los organismos económicos de planificación del Estado, posiciones a partir de las cuales la clase obrera pueda pesar sobre la organización de la producción, las condiciones de trabajo, la distribución de la renta, conquistando un derecho de control sobre la administración de las empresas capitalistas y tratando de ejercer una influencia en la orientación del desarrollo económico. Por este camino, combinándolo con la lucha política por el poder, las masas trabajadoras tratan de poner en pie, ya desde ahora, instrumentos eficaces de lucha por la transformación social.

La importancia de estas corrientes es tal, que incluso los defensores del paternalismo neocapitalista, tratan de desviarlas con sus balidos sobre la «cogestión» o sobre el «interesamiento» de los obreros en la empresa, queriendo asentar sobre ellas la colaboración de clases, el sometimiento de los trabajadores al capitalismo.

Mientras que en los países socialistas la tendencia a un democratismo cada vez más amplio y concreto presenta el problema sobre otro nivel: el de asegurar a las masas trabajadoras una intervención directa no sólo a través de los órganos del poder político, sino también en los órganos de gestión económica, en todos los planos, de abajo arriba, a fin de que cada trabajador sea partícipe, en la escala más amplia, en todos los aspectos de la creación y de la dirección de la nueva sociedad.

Toda esta problemática actual indica las posibilidades enormes que contiene en sí el movimiento de las Comisiones obreras.

Por un lado, su desenvolvimiento es un factor que puede resultar –y sin duda, resultará– decisivo para la solución del problema de las futuras estructuras sindicales en España. En definitiva este problema corresponde resolverlo a la clase obrera, sin interferencias extrañas. Si los trabajadores han conseguido, al cabo de una dura y larga lucha, poner en crisis las estructuras sindicales fascistas, anularlas en gran medida; si han logrado rehacer su unidad a través de formas originales y combativas, es decir, elevar el movimiento a un nivel superior ¿van a consentir, tras ese resultado, desandar lo andado y retornar al fraccionamiento sindical, al sistema de las organizaciones sindicales de partido, o de tendencia ideológica, a la lucha intestina, que reduce su influencia y su poder y les desarma ante su adversario de clase?

Evidentemente, ciertos grupos políticos pretenden llegar a ese estado de cosas; ello explica la aparición de tantas siglas –UGT, CNT, AS, ASE, ASO, USO, FST, SOCC, &c., &c.– que hoy reclaman, en nombre de la «tradición» unos, y otros en el de un extraño concepto de la «libertad», la minifundización del movimiento obrero. Esta minifundización del movimiento obrero frente a la concentración y a la centralización monopolistas crecientes, colocaría en grave situación de inferioridad a los trabajadores para defender sus intereses.

A través del nuevo movimiento obrero, los trabajadores comprenden que es posible llegar a imponer un solo sindicato unitario, de clase, independiente del gobierno y de los partidos, que se rija democráticamente conforme a la voluntad de los trabajadores.

Por otra parte, las Comisiones pueden consolidarse también como órganos democráticos de control obrero, en la gestión de las empresas, en el período inmediato a la liquidación del [179] franquismo. En determinadas condiciones la estructura democrática del movimiento de las Comisiones Obreras podría ocupar su lugar, institucionalizarse, como una pieza de la nueva democracia en España; su contenido político-económico le hace apto para este género de funciones.

No se trata de lanzarse ahora a una especulación prematura; pero es evidente que el desarrollo de formas originales en el nuevo movimiento obrero puede resultar en España la vía para resolver algunos de los más importantes problemas de la participación dirigente, democrática, de las masas obreras, en la orientación política y económica del país.

VII

El grado de desenvolvimiento importante logrado ya por el movimiento de las Comisiones Obreras no debe inducir a nadie a pensar que ya todo es fácil y que este movimiento se extenderá y consolidará sin tener que salvar todavía graves y difíciles obstáculos, momentos críticos, amenazas serias a su propia existencia.

La obstinación de las jerarquías verticalistas y del poder franquista, la persecución policíaca, la represión, constituyen todavía un serio enemigo que crea y puede crear, en tanto subsista, dificultades muy grandes al desarrollo del nuevo movimiento obrero. Justamente, en relación con este peligro, surge en algunas provincias la conciencia de la necesidad de doblar las actuales Comisiones Obreras, de composición pública y abierta, con otros órganos de reemplazo, relativamente clandestinos –relativamente, a causa del carácter de masa del movimiento–, más cubiertos y resguardados, que en caso de necesidad, puedan tomar el relevo de las Comisiones dirigentes y proseguir la labor orientadora de lucha de éstas. Estos órganos no intervendrían, naturalmente, más que para evitar que en un momento de represión el movimiento quede descabezado. Se trata de una preocupación justificada y de una experiencia necesaria no sólo para aquellos que la han previsto ya, sino para todo el movimiento.

Pero hay, además, otros obstáculos y dificultades: por ejemplo las represalias patronales, posibles en ciertos casos y más fáciles de contrarrestar cuanto más activa sea la participación en el movimiento de todos los trabajadores de la empresa y mayor su determinación a la lucha.

Hay también las dificultades provenientes de ciertos grupos que se amparan en una u otra sigla sindical, que piensan equivocadamente poder reforzar su influencia entre la clase obrera, combatiendo o entorpeciendo la labor de las Comisiones Obreras, cuando deberían –incluso por su propio interés– hacer lo contrario, es decir, apoyarla. A veces estos grupos oponen su reformismo y su pasividad al dinamismo y combatividad de las Comisiones; en nombre de la «tradición» se resisten a las nuevas formas del movimiento y de la lucha obrera.

En las condiciones presentes la convergencia de esos tres factores: represión gubernamental, represalias capitalistas y reformismo y pasividad –aunque éste sea de pequeños grupos– pueden en un momento dado impedir, dificultar o deslucir una acción, incluso si ésta tiene la simpatía y el apoyo de la mayor parte de los trabajadores. Destruir es hoy más fácil que construir; frenar más fácil que acelerar. Por ello hay que tener en cuenta [180] todos estos obstáculos reales para irlos superando con inteligencia, valor y constancia; sabiendo que ésta es una gran lucha y que cada éxito exigirá esfuerzos tenaces, e incluso ciertos sacrificios.

No hay que subestimar tampoco los intentos de corrupción de las jerarquías verticales y de los patronos, que ambos tratan de combinar a veces con la intimidación. Esos intentos pueden consistir unas veces en convertir en funcionarios verticales a militantes prestigiosos de las Comisiones Obreras, con lo que matarían dos pájaros de un tiro: prestigiar el verticalismo y desacreditar y desmoralizar la oposición obrera. Un militante obrero no puede aceptar en ningún caso –en las condiciones de hoy– ningún puesto sindical que no sea de elección democrática de los trabajadores. Hay que oponer una negativa radical a las propuestas para transformarse, en funcionarios verticales. Se conocen otras formas de corrupción, a base de dádivas aparentemente inofensivas, como el ofrecimiento de apartamientos, vacaciones en las casas sindicales, &c.

Por su parte los patronos poseen también métodos de corrupción, entre ellos los más corrientes el ofrecimiento de empleos elevados, de salarlos mayores, para destruir el prestigio adquirido en la lucha por los militantes obreros y poder desmoralizar a los trabajadores diciéndoles: «¿Veis? Todos son iguales, no buscan más que su provecho...»

Los militantes obreros, pese a ser muchos de ellos jóvenes, aprenden en la lucha y en la experiencia a rechazar estos burdos intentos de corrupción, a denunciarlos con indignación.

El nuevo movimiento obrero debe hacer frente a múltiples dificultades. Debe mantenerse alerta frente a ellas, sabiendo que su desarrollo es una lucha, en la que hay que batirse en diversos frentes, y en la que la ética y la honestidad proletarias son el escudo mejor para el militante.

VIII

El ejemplo de organización de las Comisiones Obreras, ¿es valedero sólo para los trabajadores o es útil, también para otros sectores antifranquistas de la población? ¿Puede pensarse en una extensión de la forma de las Comisiones fuera del marco de la clase obrera?

Diversas experiencias muestran que, aunque las Comisiones no sean la única forma de agrupamiento y unidad de masas, aplicable a todos los sectores de la población, constituyen una experiencia valedera, quizá la más eficaz también para otros sectores no obreros.

El movimiento estudiantil libre, que en los meses de enero y febrero ha hecho progresos extraordinarios, coincide, en sus objetivos y en sus formas con el nuevo movimiento obrero. El proceso de su formación, utilizando las posibilidades legales, y rebasándolas hasta colocarse en un plano extralegal supone una misma táctica. Las asambleas libres y las Cámaras de Facultad han dado nacimiento a verdaderas Comisiones de estudiantes, cualquiera que sea su denominación –el nombre no es lo substantivo–, que son la cabeza de ese movimiento.

En otros sectores de la población, a medida que se desarrollan acciones de lucha surgen también las Comisiones. Así, en relación con la lucha contra la carestía de la vida aparecen en las [181] barriadas Comisiones de mujeres; ligadas a la lucha contra la subida de alquileres, por diversas medidas de urbanización e higiene, escuelas, &c., se crean Comisiones de vecinos. En el campo, en relación con la necesidad de obtener precios remuneradores, de ejercer un control de masa sobre servicios como el del trigo para evitar las arbitrariedades e irregularidades; de lograr la democratización de los sindicatos de regantes; de oponerse a los dictados de las autoridades y los grandes terratenientes en diversos aspectos, las Comisiones de campesinos aparecen también. Su continuidad y permanencia depende de la voluntad de lucha de las masas, de su conciencia; a medida que ésta se eleve, las Comisiones se implantarán y consolidarán en el campo, probablemente, como formas permanentes.

Parecen aconsejables también formas de agrupamiento y de defensa común de sus intereses para los pequeños y medios comerciantes e industriales, para los profesionales...

En este orden la clase obrera está mostrando a todos los sectores lesionados por la dictadura no sólo un ejemplo de lucha, sino un ejemplo de organización que, de cundir, podría tener gran importancia para hoy y para mañana.

IX

Hemos hablado del carácter independiente, sin partido, del movimiento de las Comisiones obreras. Ello no significa que los partidos y grupos políticos democráticos no tengan nada que ver en ese desenvolvimiento, y deban permanecer ajenos, y menos, indiferentes a él. Lo cierto es que hoy todos ellos se definen, se preocupan por él, de uno u otro modo, directa o indirectamente.

Ciertos grupos políticos «tradicionales» –entre ellos los socialistas– miran con reservas, cuando no con hostilidad, al nuevo movimiento obrero. La causa hay que verla en la orientación de esos grupos, favorable a un retorno a las formas tradicionales de anteguerra del movimiento sindical, que implicaría la división sindical, la sumisión de los diversos sindicatos a tales o cuales partidos. Tal orientación desembocaría en que cada partido posea su reserva sindical. Es claro que está inspirada no en los intereses de clase de los trabajadores, sino en las preocupaciones electoralistas y de hegemonía de dichos Partidos y grupos. Sin embargo, los trabajadores no pueden subordinar su interés de clase a ningún interés electoralista, de grupo o de capilla. La liquidación de los sindicatos verticales no puede ser un retorno al pasado, sino un salto adelante, hacia la gran central sindical unitaria capaz de hacer frente a la explotación del capital monopolista moderno, concentrado y centralizado de manera extraordinaria.

Esos grupos tradicionales ven también con reservas el movimiento de las Comisiones Obreras porque lo consideran una creación del Partido Comunista. Mientras ellos se empecinaban inútilmente, durante años, en organizar sindicatos clandestinos UGT y CNT; mientras más tarde continúan poniendo en pie, sin fundamento, la Alianza sindical o sus diversas variantes –ASE, ASO, &c.–, llegando al extremo ridículo de atribuirse en su propaganda –sobre todo la dirigida al extranjero– las acciones y movimientos organizados y dirigidos por las Comisiones [182] Obreras, el Partido Comunista se ha pronunciado en favor de las Comisiones Obreras, como formas de unidad y de lucha de los trabajadores; ha insistido en la necesidad de combinar inteligentemente la utilización de las posibilidades legales con las formas extralegales de lucha. Y esto desde hace muchos años, cuando no era fácil orientarse y prever el futuro.

Pero ello no significa que el nuevo movimiento obrero y sus formas originales sean una creación del Partido Comunista; son una creación de los trabajadores mismos. Todo el mérito del Partido Comunista consiste en haber sabido captar, analizando la experiencia de las acciones de los trabajadores en un momento más atrasado, cuáles eran las formas que correspondían mejor a las condiciones actuales; en haber elaborado y generalizado esa experiencia, devolviéndosela a los trabajadores, y ayudándoles a asimilarla.

El Partido Comunista estaba en condiciones de hacer esto porque ha aplicado el método marxista-leninista de análisis a la realidad; porque no estaba obcecado por la pretensión absurda de crear su propio sindicato particular, o su reserva electoral como les sucede a otros, sino por desarrollar la lucha, la conciencia de clase, la unidad y la organización de los trabajadores. La influencia que los comunistas tengamos, como tal Partido, en ese movimiento no es lo que nos preocupa más; lo que nos preocupa es que los trabajadores puedan defender eficazmente sus intereses, puedan desempeñar su papel en la lucha por la democracia y el Socialismo, por su causa propia en definitiva. Es en ese terreno en el que deberían colocarse los otros grupos, es en ese terreno en el que pueden entenderse todos los trabajadores.

El Partido Comunista seguirá prestando su apoyo resuelto al nuevo movimiento obrero; los comunistas se esforzarán en su seno por dar ejemplo de compañerismo, conciencia, combatividad y espíritu unitario. Para nosotros el interés del Partido no es el interés de un grupo con fines políticos particulares por encima del interés propio de las masas trabajadoras; el interés del Partido es el interés de la clase, el interés de las masas. Lo que es bueno para la clase en su conjunto es bueno para el Partido. Partiendo de este principio, que todos deberíamos compartir, es posible intensificar la colaboración con los católicos; es posible normalizar la relación con socialistas y otros grupos, para continuar extendiendo y consolidando el movimiento de las Comisiones Obreras.