Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 96-98

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

Los católicos

El OPUS, como tal secta, también sale profundamente quebrantado políticamente. Pero toda una serie de sus miembros que hoy están jugando a los liberalizadores, y otros que se mantienen en reserva, pueden jugar un papel importante a través de diferentes fuerzas políticas, y sobre todo de la democracia cristiana. Pero al mismo tiempo que se ha ido produciendo el proceso de descomposición de esos y otros grupos políticos que han encarnado la dictadura, ha ido avanzando el proceso de composición, de preparación política e ideológica, de organización de las nuevas fuerzas políticas, llamadas a ejercer el poder del capital monopolista en las nuevas condiciones. La principal de estas fuerzas es la que genéricamente denominamos democracia cristiana, sean cuales sean la denominación y estructura que adopte. En España, como en otros países europeos donde la ideología católica desempeña un papel fundamental en la sociedad, la democracia cristiana va a ser el instrumento político fundamental del poder del capital monopolista en las condiciones en que éste tiene que ejercer el poder en formas mas o menos democráticas. Es el instrumento susceptible de proporcionar a ese poder una base de masas suficiente.

En España la preparación de ese instrumento ha empezado con mucha antelación a que el franquismo entrara realmente en la fase final. Las encíclicas de Juan XXIII y el Concilio han reforzado considerablemente y acelerado la preparación ideológica y política de esa fuerza. En la prensa cotidiana, en revistas, en libros, en conferencias, en cursillos de todo tipo se ha realizado en los últimos años una intensa labor en esa dirección. Paralelamente se ha ido realizando una acción política concreta de oposición cada vez más abierta al franquismo, desde la actividad de las organizaciones obreras católicas, de otras organizaciones de Acción Católica, pasando por la utilización de las posibilidades legales dentro de los sindicatos, &c., –para ellos mucho mayores que nosotros, en las hermandades, en el movimiento cooperativo, en el movimiento estudiantil e intelectual y toda otra serie de organizaciones sindicales, profesionales, económicas– hasta la acción de los grupos específicamente políticos en torno a Martín Artajo y Herrera, Ruiz Jiménez, Gil Robles, Giménez Fernández, Laín, Aranguren, &c. Toda esta actividad ideológica y política ha permitido ir formando un nuevo equipo político que ha adquirido cierto prestigio oposicionista y que, según las circunstancias, puede presentarse ante las masas con plataformas más o menos democráticas.

La base social de esta democracia cristiana, instrumento del capitalismo monopolista español, va a estar formada, lo está ya, pero crecerá a medida que la apertura liberal se desarrolle, precisamente porque las nuevas figuras representativas de esa democracia cristiana irán adoptando posiciones más democráticas. Está formada la base social, digo, por amplios sectores de la burguesía media y pequeña, de las capas medias urbanas, de los campesinos ricos, medios e incluso sectores de los pobres, por algunos sectores obreros, por importantes núcleos intelectuales, estudiantiles, &c. Las contradicciones sociales entre estas clases y capas se reflejarán, como es lógico, se reflejan ya, en la existencia de diferentes alas: derecha, centro-izquierda, e incluso en la existencia de más de un partido de este tipo, aunque el capital monopolista y la Iglesia como institución van a hacer, están haciendo, los mayores esfuerzos para aglutinar en un solo partido toda esa diversidad de corrientes y para ello cuentan con poderosos medios de presión y con factores objetivos importantes, como son: la fuerza coactiva de la Iglesia, del Vaticano, los medios de presión económica del capital monopolista, una ideología básica, el interés superior de hacer frente a las fuerzas revolucionarias, de asegurar el paso a nuevas formas políticas y la consolidación de éstas. En todo caso, aunque subsista, por ejemplo, un pequeño partido, como la izquierda democrática cristiana u otros grupitos, habrá el gran partido católico, que será la fuerza política fundamental.

Aunque se presenten como partidos independientes, en la práctica pueden colaborar estrechamente con esta democracia cristiana el Partido Nacionalista Vasco o un sector importante de él, que es parte integrante de la democracia cristiana internacional y ha asistido a los congresos de ésta y que será en las nuevas condiciones el instrumento político de grupos del gran capital vasco. Lo mismo los sectores de derecha de la gran burguesía catalana que hoy aparece ya en el movimiento católico y nacionalista. La debilidad actual de los grupos [97] políticos que podrían representar de manera más especifica los intereses de la burguesía antimonopolista, unida al temor que existe en estas capas a un cambio revolucionario, facilitará durante toda una etapa la atracción de esos grupos a la órbita de la democracia cristiana, aunque sea en la forma de oposición constructiva.

 

Nota crítica

En otra nota nos referimos a la opinión equivocada y esquemática de F. C. según la cual en España tendrá que haber necesariamente un gran partido católico, la democracia cristiana, el cual estará al servicio de la oligarquía y será el instrumento con el que ésta seguirá ejerciendo el Poder político, una vez desaparecida la dictadura del general Franco. No vamos pues a entrar en el fondo de esta cuestión. Queremos, sí, poner de relieve cómo, llevado por su obsesión de presentar todas las facetas de la situación política de la forma más favorable a la oligarquía, F. C. incurre en juicios tajantes, dogmáticos, que desconocen rasgos esenciales de la realidad española.

Tomemos la idea central que formula F. C.: «Desde la actividad de las organizaciones obreras católicas... hasta la acción de los grupos específicamente políticos en torno a Martín Artajo y Herrera, Ruiz Jiménez, Gil Robles, Giménez Fernández, Laín, Aranguren, &c. Toda esta actividad ideológica y política ha permitido ir formando un nuevo equipo político...» Y agrega unas líneas más abajo: «La base social de esta democracia cristiana, instrumento del capitalismo monopolista...»

Es difícil imaginar un dictamen más somero, más groseramente extremista, más sectario que el emitido por F. C. en estas líneas. Toda la extraordinaria complejidad que presenta en la época actual el movimiento católico español, todas las corrientes que se acusan en su seno, precisamente en estos momentos en que se siente ya la proximidad de la democracia; ese movimiento obrero católico nuevo que no tiene nada que ver con el de antaño, que brota en lucha contra el franquismo, que colabora con los comunistas, en el que figuran curas que, como el de Mieres, se presentan ante los Tribunales a defender a los comunistas; por otro lado, la diversidad de posiciones políticas e ideológicas, desde las que aceptan la cooperación con fuerzas revolucionarias, marxistas, hasta las que se resisten a romper las ataduras con el franquismo, como la de un Herrera o un Martín Artajo, a todas F. C. las mete en un mismo saco (han ido formando –dice– «un nuevo equipo político»). Y para todas dicta la misma sentencia, la misma condena: «instrumento del capitalismo monopolista...».

En el momento en que, por parte del Partido Comunista de España, y por la generalidad de los Partidos Comunistas, se realizan esfuerzos serios, creadores por abordar de forma nueva el problema de las relaciones con los católicos, por encontrar los caminos que permitan a ciertos sectores católicos marchar con nosotros, incluso en la edificación del socialismo, el esquematismo cerril de que hace gala F. C. le recuerda a uno los tiempos pasados, cuando era frecuente en el movimiento comunista la actitud sectaria de condenar sin discriminación, como «agentes de la burguesía», a todos los que no estaban de acuerdo con nosotros.

Al hablar del movimiento católico actual y del futuro partido demócrata cristiano español, F. C. lo hace como si se tratase simplemente del renacer de la vieja CEDA que desempeñó un papel tan reaccionario, tan nefasto, en los años 1934-1936; pero ignora todo lo nuevo que existe hoy entre influyentes sectores católicos españoles.

Esta misma visión estrecha y sectaria de F. C. se refleja cuando, saliendo del marco español, opina sobre los problemas del movimiento católico en el [98] plano internacional; cuando considera, por ejemplo, las Encíclicas de Juan XXIII y el Concilio como un reforzamiento considerable de la preparación de ese movimiento demócrata cristiano llamado a ser el instrumento de la oligarquía financiera.

En otra parte de su documento-plataforma que veremos más adelante, hablando del esfuerzo de Juan XXIII, de Pablo VI, del Concilio, dice: «que ha significado un progreso muy importante en la elaboración de la doctrina, de la ideología y de la política de la Iglesia, que significa una adaptación de la ideología y la política de la Iglesia a las necesidades precisamente de la dominación del capitalismo en esta etapa de capitalismo monopolista estatal.»

Juzgar el «aggiornamento» iniciado por Juan XXIII exclusivamente como una adaptación para servir mejor al capital monopolista, ¿cabe hoy mayor estrechez de pensamiento? Ignorar que de ese «aggiornamento» están recibiendo estímulo sectores católicos españoles que no sirven hoy, y que no tenemos derecho a pensar que servirán mañana, los intereses del capital monopolista ¿cabe mayor sectarismo? Claro que este sectarismo de F. C. es muy peculiar. Es un sectarismo puesto al servicio de sus objetivos oportunistas: exagerar la fuerza política del capital monopolista, arrojando en sus brazos a fuerzas que pueden luchar hombro con hombro con nosotros por la democracia; y mañana, por el socialismo.

Llevado por esa ligereza con la que allana –sobre el papel– todas las dificultades que tendría el capital monopolista para seguir dominando el país, F. C. despacha en unas líneas las contradicciones que el problema nacional crea dentro del movimiento católico. Dice: «Aunque se presenten como partidos independientes, en la práctica pueden colaborar estrechamente con esta democracia cristiana el Partido Nacionalista Vasco o un sector importante de él... Lo mismo los sectores de derecha de la gran burguesía catalana». No es cuestión de «presentarse como»: el Partido Nacionalista Vasco es un partido independiente. Sus contradicciones con el grueso de las fuerzas católicas del resto de España han sido tan fuertes que en 1936 le llevaron a luchar, con las armas, al lado de socialistas, comunistas, republicanos, anarquistas, contra el franquismo. El Frente Popular es el que otorgó a Euzkadi su autonomía, su personalidad nacional, su Gobierno propio. Desde entonces se han producido cambios importantes, es verdad. Pero el problema nacional se plantea hoy con redoblado vigor, en Cataluña, en Euzkadi, y en cierto grado en Galicia. Ello crea contradicciones muy serias en el seno de las fuerzas católicas; lo que ya está sucediendo hoy anuncia que, en condiciones de libertades políticas, asistiremos al surgimiento o reaparición de partidos nacionales vascos y catalanes que, si quieren resolver el problema de las autonomías, tendrán que inclinarse a una colaboración con las fuerzas democráticas, con la clase obrera; y para los cuales, en cambio, la colaboración con las fuerzas reaccionarias españolas será muy difícil, si no es a costa de perder gran parte de su influencia de masas.

A pesar de que F. C. no quiera verlo, el problema nacional es una realidad, es uno de los problemas de la revolución democrática. Y la lucha por resolverlo unirá a las fuerzas democráticas, contribuirá a forjar la coalición antimonopolista.

 

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