Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 92-93

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

Intelectuales y democracia

Dos grupos muy diferenciados dentro de esas capas medias son los intelectuales y los estudiantes. No es necesario subrayar la importancia de su acción política en los años últimos, en la fase actual y en la que se abrirá con la liquidación del franquismo.

La atracción del socialismo en una importante zona de esta intelectualidad adulta y joven es uno de los factores más considerables en la actual evolución política de España. Pero esta orientación al socialismo, al marxismo, va acompañada, en la gran mayoría, de una actitud muy crítica hacia las deformaciones que la construcción del socialismo ha tenido en los países donde hasta hoy ha triunfado. Particularmente en el terreno de la democracia, de la libertad y de la cultura. La posibilidad de fortalecer esa tendencia socialista y marxista, de atraer a esas fuerzas al Partido o al lado del Partido, dependerá en medida considerable de que el Partido logre inspirarles confianza en cuanto al carácter democrático de su concepción del socialismo, y para ellas esta confianza está muy ligada al carácter democrático del Partido mismo.

 

Nota crítica

Este breve pasaje merece un comentario por separado; lo primero que sorprende en estas líneas es una ruptura brusca del razonamiento que se venía siguiendo. Hasta aquí, se hablaba de la situación económico-social, de las corrientes ideológicas o políticas de las diversas clases y capas de la sociedad.

Pero aquí, ya no se trata de los estudiantes e intelectuales como grupo social: hay un viraje y la atención se centra en la actitud de los intelectuales y estudiantes comunistas, o simpatizantes, con respecto al Partido.

Lo segundo que sorprende es la forma que F. C. emplea para presentar esa actitud que él atribuye a los intelectuales. Una forma, que, sin llegar a ser una amenaza, constituye desde luego una presión formulada del modo siguiente: la adhesión de esos intelectuales al Partido está condicionada a que éste sepa «inspirarles confianza», para lo cual tiene que patentizar ante ellos su «carácter democrático».

Hay en este planteamiento una actitud discriminatoria, casi insultante. ¿Por qué cree F. C. que la democracia del Partido preocupa a los intelectuales y no a los obreros?

Tenemos esbozada en estas líneas, en embrión, lo que ha sido luego una táctica intentada por F. C. en el desarrollo de su actividad fraccional: utilizar a núcleos de intelectuales como una especie de «grupo de presión» dentro del Partido, al objeto de imponer en su seno «más democracia» entendiendo por «más democracia» el derecho para F. C. de propagar sus ideas oportunistas, de celebrar reuniones fraccionales, de realizar una labor que, si encontrase eco, llevaría a la disgregación del Partido, de un Partido sometido a los duros golpes de la represión fascista. [93]

Los intelectuales comunistas, en su masa, han rechazado esa maniobra.

Pero esta idea de utilizar a los intelectuales como un «grupo de presión democratizador» en el seno del Partido atestigua, una vez más, el fondo oportunista de toda la posición de F. C. Porque de haber prosperado esa táctica, de haber llegado a ejercerse esa presión intelectual, hubiese tenido un contenido de clase pequeñoburgués.

Servirse de lo que aún queda –y ello es inevitable– de ideología, de costumbres y de gustos pequeñoburgueses entre los núcleos de intelectuales comunistas, tal es, en resumen, el plan táctico de F. C.

Es evidente que a no pocos intelectuales que vienen al Partido les cuesta asimilar lo que es el centralismo democrático, la disciplina, los métodos clandestinos, el secreto «de Partido»... No pueden desaparecer en un día las cargas de individualismo pequeñoburgués, las tendencias a sentirse superiores a los obreros «menos cultos», la propensión a caer en extremismos de uno u otro signo y otros rasgos de mentalidad pequeñoburguesa. El Partido comprende estas dificultades y ayuda a los intelectuales, con paciencia, con flexibilidad, a integrarse plenamente en las filas del Partido, a hacerse más comunistas, a identificarse con la clase obrera, a asimilar la ideología marxista.

Por otra parte, en estos momentos en que la demanda de libertad y democracia está en el centro de las aspiraciones del pueblo español, la idea de «ampliar la democracia» en el Partido puede seducir a algunos intelectuales. Pero es preciso ver las cosas como son. Las normas democráticas del Partido están sometidas actualmente, a consecuencia de la represión, de la clandestinidad, a una serie de limitaciones. Hoy por hoy, ello es inevitable. Para que se pueda desplegar en toda su amplitud la democracia del Partido, el único camino es luchar para conseguir el restablecimiento de la democracia en España.

 

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