Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 74-81

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

La clase obrera

Para fundamentar más esta conclusión hay que examinar el estado actual de las fuerzas sociales y políticas. En la correlación de las fuerzas sociales y políticas tiene especial importancia el estado de la clase obrera. En estos 25 años su aumento numérico ha sido considerable en la industria y en los servicios. Ha crecido su peso específico en la economía del país, en la producción. Ha crecido considerablemente en las concentraciones proletarias tradicionales y han aparecido otras nuevas. Hay un aumento notable de empresas con más de 500 obreros. Todos estos son factores objetivos, que facilitan la actual política de la clase obrera, la realización de su papel dirigente de las masas democráticas. Pero todo este desarrollo tiene otro aspecto: que la gran mayoría de la clase obrera actual se ha formado como tal clase obrera bajo el franquismo y una parte considerable de esa gran mayoría proviene del proletariado agrícola, de los campesinos pobres e incluso medios, de capas medias urbanas.

En 1948 constatábamos que: «El Partido, las fuerzas de vanguardia en general, habían sido diezmadas por la guerra, el terror, la cárcel o la emigración. A las filas del proletariado se habían incorporado una nueva generación obrera y grandes masas provenientes del campo.» (Historia del P.C. de España, pág. 237).

Pero desde entonces a hoy ese proceso de renovación de la composición de la clase obrera ha adquirido dimensiones mucho mayores. En primer lugar porque el desarrollo industrial capitalista del país ha adquirido después ritmos más rápidos. En segundo lugar por el tiempo transcurrido y la consiguiente incorporación a la producción de nuevas generaciones. En tercer lugar, porque la emigración de los últimos años a los países europeos ha incluido a núcleos veteranos, a decenas de miles de obreros, cuya conciencia de clase había alcanzado ya un cierto desarrollo y que, al menos bastantes, han sido reemplazados por núcleos procedentes del campo o de otras capas más atrasadas de los trabajadores. Para ese extenso sector de la clase obrera actual que hace unos años formaba parte de las capas más pobres del campo, el paso a la industria ha significado en general un mejoramiento de su situación material: trabajo todo el año, ingresos mayores de los que tenía como obrero agrícola o campesino pobre, seguros sociales, aun con todos los aspectos denunclables que éstos tienen. Pese a que el problema de la vivienda ha sido y sigue siendo grave para estas masas venidas del campo, aunque en los últimos años hay una parte que ha podido solucionarlo, en el conjunto de la situación material de esas capas ha habido una mejoría importante si se compara con su punto de partida. Las capas mejor pagadas pueden incluso satisfacer parte de las nuevas necesidades derivadas del desarrollo técnico: artículos de confort doméstico, radio e incluso televisión.

El Plan de Estabilización significó un golpe, un retroceso, en ese desarrollo, pero el auge económico iniciado posteriormente, unido a la emigración a los países europeos, ha restablecido esa evolución a un nivel más alto. Evidentemente que ese nivel material alcanzado por la clase obrera está aún lejos del nivel europeo, que el conocimiento de este nivel, facilitado por la emigración, actúa de acicate importante en la aspiración general de vivir mejor. Pero al analizar las consecuencias de este factor en el comportamiento social y político de la clase obrera hay que tener muy en cuenta el punto de partida. La opresión política, el descrédito del régimen franquista, el ejemplo de las luchas reivindicativas y políticas de los destacamentos más avanzados de la clase obrera, las acciones políticas de otros sectores sociales, la irradiación del campo socialista y de los cambios revolucionarios producidos en el mundo, influyen en el sentido de desarrollar la conciencia de clase y la politización de esa gran masa nueva de la clase obrera actual.

Pero esas influencias positivas son contrarrestadas por otros factores muy importantes. El mejoramiento material antes indicado crea, por un lado, la aspiración a mejorar más aún, pero por otro lado, el haberse logrado crea también la actitud de no ponerlo en peligro con los riesgos que la participación en la lucha implica, particularmente cuando esta lucha rompe los marcos legales. El haberse logrado dentro del sistema actual crea ilusiones, que toda la acción ideológica del sistema mismo se encarga de reforzar, de que pueden seguirse obteniendo aunque no haya cambios profundos, revolucionarios. El ejemplo del nivel europeo, logrado en el marco capitalista, también actúa en este sentido, al mismo tiempo que en el otro antes indicado. La opresión política por un lado induce a la lucha contra ella, pero por otro la falta de libertades políticas, de sindicatos da clase, &c., es un gran obstáculo al progreso de la conciencia de clase, de la experiencia política y de organización de las grandes masas particularmente si en éstas ha habido esos grandes cambios de composición antes señalados.

No puede dejarse de lado tampoco que, junto con toda la gran influencia positiva, estimulante, a que tienen los progresos del socialismo, el conocimiento de los fenómenos negativos del periodo de Stalin, intensamente divulgados a su manera por el aparato propagandístico del régimen, ha tenido repercusiones [77] diversas en las masas trabajadoras, en los sectores más atrasados o más influidos todavía por la ideología burguesa, la religión, &c., como un elemento de duda, de confusión. En otros sectores más formados políticamente, en el sentido de plantearse la necesidad de ir hacia el socialismo por un camino que evite esos fenómenos, que asegure la libertad y la democracia para los trabajadores mismos, lo cual se liga mas o menos confusamente a la perspectiva de una evolución. Una y otra repercusiones crean cierta base de maniobra para fuerzas políticas de tipo católico, progresistas, socialistas reformistas, &c.

De ahí, entra paréntesis, la importancia práctica, grande, que tiene que nuestro Partido esclarezca de la forma más completa y científica posible, esos fenómenos. Esta es una tarea que ha sido, es y será muy necesaria.

Hay que tener muy en cuenta, además, que el sentimiento más general, más común hoy a grandes masas, engendrado por la larga opresión política del franquismo, es la aspiración de libertad, de democracia. Todos estos factores contradictorios operan muy particularmente en las nuevas generaciones obreras nacidas bajo el franquismo para las cuales la guerra civil y las tradiciones revolucionarias anteriores son historia. Hablamos de la masa de esta juventud, no de los grupos más avanzados que vienen al Partido o a la Juventud Comunista. Esta historia hay que enseñársela, cosa que en las condiciones actuales sólo puede hacerse con grandes limitaciones, pero aun aprendiéndola no deja de ser historia. Esta juventud no ha sido ganada por el franquismo; es, en general, antifranquista y sus sectores de vanguardia participan activamente en la lucha, son los destacamentos más combativos de ésta. Pero una gran parte de la juventud trabajadora actual no tiene todavía mas que vagas y confusas inquietudes políticas. En ella hay premisas favorables para que en el futuro podamos atraer y organizar a una parte. También otras fuerzas políticas, al menos durante una etapa, pueden atraer a otros sectores. Pero, sobre todo, para que esa posibilidad se transforme en realidad hará falta que esa juventud pase por toda una experiencia propia en condiciones de libertad y democracia.

Todo este conjunto de factores está en la base del desarrollo muy desigual de la maduración de la conciencia política y la disposición a la lucha de la clase obrera en la España actual. Mientras que en las concentraciones proletarias, donde más se ha conservado la solera tradicional, ese desarrollo ha sido más rápido y la nueva masa venida del campo, las nuevas generaciones, han podido evolucionar más rápidamente, en otras concentraciones proletarias, en núcleos dispersos creados casi de nueva planta, la evolución ha sido mucho más lenta. El ejemplo tal vez más típico es Madrid, pero hay Zaragoza, Valladolid, Sevilla, Vigo, Valencia, &c., donde se dan fenómenos parecidos a los de Madrid. En todos ellos hay, naturalmente, núcleos de vanguardia, pero estoy hablando de la gran masa. El propio desarrollo del Partido, las dificultades que encontramos para realizar en la práctica la orientación del VI Congreso hacia un Partido de masas, no pueden explicarse sin el peso enorme de todo ese conjunto de factores que contrarrestan los estímulos e influencias actuantes en la dirección del desarrollo de la conciencia política, organización, &c.

Esto es particularmente visible hoy, cuando el peso de la represión se ha atenuado considerablemente, cuando hay posibilidades objetivas mucho mayores que antes para el crecimiento del Partido. Las dificultades que este crecimiento encuentra, el mayor o menor estancamiento que hay en una serie de lugares no pueden explicarse solamente por defectos de nuestras organizaciones, escasez de cuadros, falta de preparación de éstos, &c.

Se explican ante todo por ese proceso objetivo, contradictorio, y sólo pueden entenderse tomando plena conciencia de los elementos negativos que en ese proceso existen. Los mismo, defectos de organización, las características de los cuadros, son reflejo, en gran medida, de ese proceso, de las características de la clase obrera de hoy. Hay muchos elementos para pensar que nuestro Partido es ya la fuerza más influyente en la clase obrera, lo cual no quiere decir que tenga ya bajo su influencia a la mayoría de la clase obrera.

En condiciones de libertades políticas puede transformarse rápidamente en el partido de masas mayoritario entre la clase obrera. Pero en el proceso antes analizado hay las premisas también para que otras fuerzas políticas: católicas, socialistas, nacionalistas, adquieran una influencia de cierta importancia en la clase obrera. Ya hoy esas influencias desempeñan un papel importante, que a veces se ejerce, bajo la presión de los sectores más combativos, de una manera positiva para la lucha, sobre todo en los últimos tiempos, sin dejar, al mismo tiempo, de ser un elemento de freno que procura que la lucha no rebase ciertos limites.

Puede adquirir, como digo, cierta importancia la influencia de esos sectores, sobre todo si en el proceso hacia un régimen democrático hay una fase en que esas fuerzas logran una mayor o menor legalidad y el Partido aún no la tiene. [78]

 

Nota crítica

La argumentación de F. C. en este punto, a pesar de que recorre meandros complicados, está enfilada a un objetivo: intentar demostrar que la clase obrera tiene un bajo nivel de conciencia y no está en condiciones de ser la fuerza dirigente en la etapa actual.

Dice que grandes masas del campo se han incorporado al proletariado industrial. Es verdad. Pero lo que disimula es que esas masas provenientes del campo no son ya, como fueron en épocas anteriores, trabajadores particularmente atrasados que servían de base a los sindicatos amarillos y a las maniobras de la patronal. Son trabajadores combativos, como lo demuestran los ejemplos de Asturias, de Vizcaya, de Guipúzcoa, de Cataluña, de Madrid... Trabajadores llenos de espíritu rebelde, y que adquieren rápidamente una conciencia proletaria. Presentarles como una rémora, como un freno, es falsear los hechos y es denigrar a ese sector tan importante del proletariado español.

F. C. presenta una imagen pintada de color de rosa de la brutal explotación a la que están sometidos los trabajadores españoles. Habla de que han obtenido un «mejoramiento material» y que pueden temer «ponerlo en peligro» participando en las luchas. ¿Cómo se puede argumentar así cuando desde las estadísticas oficiales hasta los jerarcas de la Iglesia todo el mundo reconoce que el nivel de vida de los obreros es escandalosamente bajo?

Pero además, las mejoras que, a pesar de todo, han arrancado los obreros ¿a qué se deben?, ¿a la lucha o al «temor de participar» en la lucha? F. C. dice que el haber logrado mejoras «dentro del sistema actual» crea ilusiones entre los obreros de que se podrán seguir obteniendo mejoras sin «cambios profundos»... Si eso fuese así, a medida que los obreros conquistan ciertas mejoras, se elevaría la influencia de los Sindicatos Verticales. Tendríamos hoy unos Sindicatos Verticales vigorosos, en los que los obreros pondrían sus ilusiones, su confianza. Pero sucede exactamente lo contrario. El mismo Solís confiesa la crisis del sindicalismo vertical. La realidad es que los obreros no obtienen mejoras, como dice F. C., «dentro del sistema actual», sino rompiendo con ese sistema, realizando huelgas, manifestaciones, protestas, utilizando, sí, las posibilidades legales, pero como un medio para unirse, para organizarse, para crear sus Comisiones, arrinconar a los Sindicatos Verticales e imponer, con su lucha, con su fuerza, que les tengan que hacer algunas concesiones.

F. C. insinúa también que la emigración a otros países europeos es otro factor que disminuye la conciencia de clase del proletariado español. Pero ¿cuál es la realidad? Esos cientos de miles de trabajadores, que salen de España llenos de odio contra el régimen franquista, culpable de que tengan que irse de su patria y separarse de sus familias ¿qué se encuentran en los otros países capitalistas? Salarios más elevados que en España, es verdad, pero al mismo tiempo sufren en su carne otros aspectos de la explotación capitalista; son víctimas de discriminaciones y actitudes vejatorias, de intentos de humillarles y de convertirles en hombres de segunda categoría. Esa realidad les empuja a odiar de un modo más profundo, más consciente, al capitalismo; a abrazar la causa del socialismo; a aproximarse al Partido Comunista. Ahí está la experiencia impresionante de las manifestaciones y huelgas realizadas por obreros españoles en diversos países europeos que llenan de admiración a los obreros revolucionarios de esos países.

Otro factor que –en opinión de F. C.– rebaja la conciencia de los obreros españoles, que fortalece las tendencias reaccionarias entre los más atrasados, y las tendencias reformistas «en otros sectores más formados políticamente», son los efectos del XX Congreso del PCUS, la denuncia de [79] los métodos nefastos del culto de la personalidad. En esta cuestión, partiendo de un pesimismo oportunista que le deja indefenso ante los ataques antisoviéticos de la propaganda burguesa, F. C. acaba coincidiendo con las tesis dogmáticas defendidas por el Partido Comunista Chino. Lo único que ve F. C. son las especulaciones de enemigos y adversarios en torno a esta cuestión. Pero lo que ignora es lo fundamental, lo decisivo: que el XX Congreso del PCUS, la valentía política demostrada por el PCUS al denunciar los tremendos errores de Stalin, los esfuerzos realizados para repararlos, para restablecer los métodos leninistas, todo este gran proceso renovador ha ayudado a elevar considerablemente, entre el proletariado y las grandes masas populares de España, el prestigio de la URSS, la influencia y el poder de atracción de las ideas del socialismo. Ha contribuido a fortalecer el Partido, a vigorizar la conciencia de clase del proletariado.

En esta referencia al XX Congreso del PCUS, F. C. emplea una fórmula que no es casual, porque su espíritu impregna el resto de su trabajo, y por ello es preciso detenerse en ella. Dice que sectores obreros «más formados políticamente» se plantean «la necesidad de ir hacia el socialismo por un camino que evite esos fenómenos (los del culto), que asegure la libertad y la democracia para los trabajadores mismos, lo cual se liga más o menos confusamente a la perspectiva de una evolución».

¡De una EVOLUCIÓN! O sea, que la conclusión a sacar de los errores del culto sería que hay que renunciar a la revolución. Ni más ni menos. Es decir, que los reformistas tienen razón: que para ir al socialismo con libertad y democracia, hay que ir, no mediante una revolución, sino mediante una evolución. F. C. aquí (no asumiendo directamente tal actitud de modo explícito, es verdad, pero atribuyéndosela a sectores obreros «más formados políticamente») expone la idea de ir al socialismo mediante una evolución. Esto es negar el leninismo en su esencia misma. La idea de evolución no tiene nada que ver con la idea de vía pacífica al socialismo. La revolución socialista puede ser violenta o pacífica; más o menos violenta, más o menos pacífica. Pero sin revolución, no hay paso al socialismo. La evolución es la negación de la revolución (tanto de la violenta como de la pacífica); es la idea de que el capitalismo, por un proceso gradual y evolutivo, se convierta en socialismo sin ruptura, sin salto cualitativo, sin revolución. La idea de evolución es la médula del reformismo, del oportunismo. Y esta idea figura, no sólo en este párrafo que comentamos, sino, con unas u otras formas, en diversos lugares del documento de F. C.

Al referirse a la juventud obrera, F. C. quiere convencernos de que por ahora no se puede esperar gran cosa de ella, si bien reconoce que «es, en general, antifranquista»... pero este mismo hecho merece ser valorado de manera muy diferente a como lo hace F. C. El que la juventud de hoy sea antifranquista –una juventud que cuando ha aprendido a leer ha tenido que hacerlo en libros fascistas, a la que se ha intentado inculcar la ideología fascista desde que ha abierto los ojos, utilizando para ello las formas más brutales, más oscurantistas y cerriles– es una victoria histórica del movimiento democrático y revolucionario. En una parte de esa juventud rebrotan hoy con vigor las mejores tradiciones revolucionarias y combativas del proletariado español. Y cuando F. C. agrega, en tono despectivo, que «una gran parte de la juventud trabajadora actual no tiene todavía más que vagas y confusas inquietudes políticas», demuestra que se ha olvidado de verdades elementales: en vísperas incluso de las mayores conmociones revolucionarias, lo normal, lo inevitable, es que «una gran parte» de los jóvenes trabajadores tenga precisamente inquietudes políticas «vagas y confusas». Cuando se unifican, en la primavera de 1936, las Juventudes Socialistas y las Juventudes Comunistas son unas decenas de miles, o sea, una pequeña minoría; la [80] gran mayoría de la juventud obrera odiaba al fascismo, pero no teñía ideas políticas claras y precisas. Sin embargo, frente a la sublevación franquista, la juventud trabajadora, en su gran masa, empuñó las armas y escribió de 1936 a 1939 una de las más gloriosas epopeyas revolucionarias de los tiempos modernos, creando de la nada un ejército, renovando el Estado, demostrando en el combate y en todos los ámbitos de la vida nacional unas dotes impresionantes de iniciativa, de organización, de creación política. Y no tanto porque recuerde ese pasado, sino porque ve de qué son capaces ya hoy los jóvenes en la lucha, el Partido Comunista rechaza la actitud escéptica de F. C. y afirma su confianza en la juventud obrera española.

Otro «descubrimiento» de F. C. es que la maduración de la conciencia de la clase obrera es muy desigual. Pero tal desigualdad hace mucho tiempo que el Partido la conoce y la tiene en cuenta. La consigna de «seguir el ejemplo de Asturias» parte precisamente de esa desigualdad; de que Asturias indica el ejemplo de combatividad más alto, el camino por el que deben marchar los destacamentos proletarios de las otras regiones del país. Pero además, cierta desigualdad en el grado de conciencia de la clase obrera ha existido siempre. Recuérdense las mayores batallas de clase de nuestra historia: las huelgas de 1917 a 1920; la etapa anterior al advenimiento de la República; 1934, cuando los mineros asturianos toman las armas y, en cambio, en Cataluña, no se lucha; en 1936, frente a la sublevación franquista... Siempre hubo diferencias entre las luchas desplegadas en unas u otras zonas del país. Y lo mismo ocurre en los otros países: en la Revolución de Octubre, en Rusia, todos los obreros del país no estaban a un mismo nivel; el proletariado de Leningrado fue por así decir el piloto que encabezó el conjunto de la acción revolucionaria.

Al hablar de desigualdad F. C. lo hace para subrayar con tintas negras la situación en numerosas zonas industriales, cuyo ejemplo «más típico –dice– es Madrid», y en las que hay una especie de estancamiento, una evolución «mucho más lenta». En esto la realidad le ha jugado una mala pasada. Mientras él presentaba Madrid como ejemplo típico de retraso, como argumento de la presunta incapacidad de la clase obrera de dirigir el proceso de democratización del país, se realizaba en la capital la manifestación de masas de los trabajadores ante la Casa Sindical, en el Paseo del Prado. Se iniciaba así un viraje, un salto cualitativo en el desarrollo del movimiento obrero madrileño, que ha tenido sus expresiones ulteriores en las manifestaciones de los metalúrgicos del mes de septiembre, en el nivel más combativo de las acciones realizadas en las fábricas, en el surgimiento y actividad de las Comisiones Obreras, elegidas por los trabajadores, que las empresas mismas se ven obligadas a reconocer, que discuten «de tú a tú» con los jerarcas. Este ejemplo de Madrid demuestra precisamente que la desigualdad en el grado de conciencia no es un fenómeno estático sino un momento en el proceso de ascenso del movimiento obrero, a través del cual los núcleos y las zonas más avanzados –como dice el Partido– ayudan, estimulan, impulsan a la lucha a todos los demás.

Del propio desarrollo del Partido en esta etapa F. C. intenta sacar argumentos para alimentar su tesis sobre el retraso y la baja conciencia política de los obreros. Ahí están –según él– los «elementos negativos», y no en la represión fascista que ya prácticamente hoy no contaría. ¡Con qué facilidad descarta F. C. la represión que se abate sobre los comunistas! Pero esa represión es una trágica realidad. Después incluso del discurso de F. C., el Partido ha sufrido duros golpes con la detención del camarada Sandoval y de otros camaradas en Madrid. Hemos sufrido detenciones en Zaragoza, Valencia, Cataluña y otros lugares. El mismo carácter de masas que adquiere hoy, en muchos aspectos, el trabajo del Partido, si bien en [81] un sentido le protege, en otros aspectos crea nuevos peligros ante los que el Partido debe aprender a aplicar nuevos métodos de trabajo clandestino. Y eso no es fácil. Lo cierto es que la clandestinidad, la represión, siguen siendo un factor fundamental que dificulta, frena, limita la actividad del Partido. Contra él se centran todos los golpes del aparato represivo del régimen. Y si en esas condiciones –como reconoce F. C.– somos ya la fuerza más influyente en la clase obrera, ello es una señal de los grandes resultados obtenidos con la línea de masas aprobada en el VI Congreso del Partido. El Partido se fortalece, aumenta sus efectivos, su influencia, penetra en nuevas zonas. Esa extensión de nuestra fuerza es reconocida incluso por nuestros enemigos. Y el cariño emocionante con que nuestro Partido es rodeado por cientos de miles de trabajadores que no militan en sus filas, el surgimiento de poderosas organizaciones –bajo el fascismo– en lugares donde jamás habían existido en épocas anteriores, la influencia preponderante hoy de los comunistas en regiones donde antes los socialistas, o los anarquistas, tenían un peso determinante, esos son los elementos reales y no elementos «negativos», sino testimonios vivos de la elevada conciencia de clase del proletariado español.

 

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