Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, enero 1965
número 40
páginas 49-66

Documento-plataforma fraccional de Fernando Claudín
acompañado de las «notas críticas» de la redacción
de «Nuestra bandera»

La situación económica actual

El éxito del Plan de Estabilización, éxito, claro está, de los objetivos que se proponía: crear una base de partida adecuada para un crecimiento capitalista más rápido, es un elemento esencial para comprender todo el desarrollo actual y sus perspectivas próximas. El auge económico sin precedentes de 1961 a 1963 es el primer resultado. Los índices fundamentales para juzgar en última instancia del crecimiento económico de conjunto de un país, son los índices de la renta nacional por habitante y el producto nacional bruto.

En cuanto a la renta nacional por habitante, de 1961 a 1963, ha pasado de 100 –tomamos 100 = 1961– a 108,2 en 1962 y a 114,7 en 1963, en pesetas constantes.

En cuanto al producto nacional bruto, ha pasado de 100 en 1961. tomándolo como base, a 103,5 en 1962, a 111,7 en 1963.

Al mismo tiempo ha tenido lugar un aumento importante del consumo privado y público, en el que entra de forma importante el aumento [50] de los salarios industriales y agrícolas un aumento importante del ahorro interior un aumento importante de las aportaciones de capital extranjero, que han pasado de 162 millones de dólares en 1962 a 257 millones de dólares en 1963.

Los excedentes acumulados durante los años 1960-61 con las aportaciones de capital extranjero han hecho posible las importantes inversiones de 1962 y 1963. En 1963 las inversiones productivas han alcanzado la cifra récord, sin precedente en la economía española, de 55 mil millones de pesetas, que no incluye el conjunto de la capitalización, no incluye la autofinanciación de las empresas y de determinadas actividades del sector público que se financian en circuito especial, al margen del mercado de capitales. Es decir, la inversión real productiva es mayor que esa cifra de 55.000 millones.

A finales de 1963 las reservas en moneda extranjera superaban los mil millones de dólares. Y el índice tal vez más revelador del crecimiento es el de la renta industrial real que en 1963 fue del 8,2 %, lo que sitúa a la industria española en los primeros lugares del ritmo del crecimiento mundial.

El importante desarrollo capitalista que ha experimentado España en el último cuarto de siglo y ese notable ritmo de crecimiento industrial en los últimos 10-12 años, es un proceso lleno de contrastes, desequilibrios, agudas contradicciones, y todo él a base de la explotación de las masas. No hay otro camino de desarrollo capitalista, incluso en los países en que ese desarrollo ha comenzado y ha avanzado en las condiciones más óptimas, como ha sido el caso de los Estados Unidos. Pero más aún cuando se abre paso por la vía prusiana. Tal ha sido también el caso de Italia, para poner el ejemplo que ofrece más semejanza.

Uno de los obstáculos principales es la estrechez del mercado interior, derivada del lento desarrollo capitalista de la agricultura, trabado por la presencia del latifundio y del minifundio, del monopolio de la propiedad privada de la tierra, que hace mucho más costosa la capitalización de la agricultura.

Incluso en los países donde se ha hecho una reforma agraria radical (estamos hablando de este siglo, particularmente de los últimos treinta o cuarenta años, cuando el enorme desarrollo de la industria ha dejado muy atrás, incluso en los países capitalistas avanzados el desarrollo de la agricultura), incluso en los países socialistas, la experiencia demuestra que las primeras fases de una industrialización acelerada van acompañadas de una profundización de la desproporción entre la agricultura y la industria, que esta industrialización se hace en gran parte, en su primera fase, a costa de la agricultura.

Pero la experiencia de los países capitalistas que han recorrido este camino prusiano antes que España, demuestra, confirmando lo que Lenin demostró teóricamente a finales de siglo, la posibilidad de una industrialización que, después de una larga etapa de relativa lentitud, entra en una fase, la que los economistas llaman de despegue, de alto ritmo de crecimiento, que disminuye después a medida que se alcanza un alto nivel de industrialización. A juzgar por todos los indicios –me referiré más concretamente a ello– España ha entrado en esa fase de «despegue». La característica de este camino es que es más penoso, más doloroso, para las masas populares, sobre todo antes de entrar en esta fase de despegue.

Pero la característica también de este camino, cuando se recorre en la segunda mitad del siglo veinte, es que es mucho más rápido porque está influenciado por la actual revolución técnico-científica, por el enorme poder de la industria, lo cual hace que la agricultura, aun marchando a la zaga, aun frenada en su transformación capitalista por las trabas antes indicadas, realiza esta evolución, pese a todo, más rápidamente que en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del actual.

Este es el proceso actual de la agricultura española. El latifundismo y el minifundismo siguen ahí, en pie. Pero una cierta parte de la gran propiedad terrateniente ha pasado a formas de explotación capitalista de la tierra y en algunos casos con una utilización relativamente importante de la mecanización y otras técnicas modernas. Aunque en extensión sea relativamente pequeña aún, en comparación con el latifundismo absentista irracionalmente cultivado, su significación económica es importante y cada día mayor.

La proporción de campesinos ricos y su peso específico en la producción agraria ha aumentado en grado importante. Ha crecido también considerablemente la utilización por ellos de maquinaria y abonos. La cifra actual de 100.000 tractores en nuestra agricultura es un índice significativo. Se están extendiendo las formas de cooperación capitalista entre esos campesinos ricos. El enorme éxodo campesino hacia la ciudad, hacia la industria, es uno de los índices más importantes de la magnitud de ese proceso de transformación capitalista de la agricultura. Y al mismo tiempo, la forma capitalista de despejar el campo en el sentido más literal para la aceleración ulterior de este proceso.

La gran extensión del sistema de créditos y de otras formas de intervención del capitalismo financiero en el campo, integra cada vez más la agricultura en el mecanismo general del sistema del capitalismo monopolista de Estado, y es un poderoso factor externo que acelera su transformación capitalista. [51]

Medir la profundidad de este proceso a través de la evolución de la producción global agrícola sería engañarse. Porque precisamente una transformación de este tipo, en la fase del desarrollo industrial acelerado del país, implica un período más o menos largo de débil ascenso de la producción agrícola. Es el período en el que el aumento de la producción y de la productividad en las explotaciones capitalistas, cada vez más numerosas y complejas, es neutralizado por la decadencia y la ruina de las explotaciones latifundistas atrasadas, o de las explotaciones minifundistas, que son las víctimas de este proceso, unas a la larga y otras a la corta.

Por otra parte, la necesidad de acumulación para el crecimiento industrial rápido, el interés de clase del capital financiero industrial, dominante, que dirige toda la economía, carga sobre la agricultura, y sobre todo a medida que la lucha de la clase obrera pone límites a la intensificación de su explotación, un peso mayor de la industrialización. El arma fundamental para ello es la política de precios agrícolas, también la política de créditos, inversiones, &c.

Pero esta política agrícola del capital monopolista no sólo es un freno, sino también un acicate al proceso de transformación capitalista de la agricultura; es un freno para su desarrollo cuantitativo, pero es un acicate para su desarrollo cualitativo, obliga a que éste marche por el camino de una productividad cada vez mayor, de una utilización más intensa de la maquinaria, abonos, &c. Crea así las premisas para una aceleración ulterior del ritmo y del crecimiento cuantitativo.

Otra serie de aspectos de la política agraria del capital monopolista: concentración parcelaria, fomento de diversas formas de cooperación capitalista, colonización, &c. están imprimiendo a esa evolución capitalista de la agricultura un ritmo cada vez más acelerado.

En una de sus intervenciones, el camarada Ignacio dijo que no cree que con la aceleración de la concentración parcelaria se modifique la productividad en el campo y se aumente la producción. La productividad –agregó– no ha aumentado globalmente. Globalmente es verdad. Pero aquí tengo un estudio sobre la concentración parcelaria, publicado en YA del 28-12-62, donde se explica cómo en las zonas de Castilla los aumentos de la producción agrícola, en las zonas donde se ha hecho la concentración parcelaria, varían entre el 2 y 13 por ciento. Los incrementos del producto neto agrario oscilan entre 150 y 620 pts. por Ha. En él se dice que en todas las zonas concentradas se ha notado un aumento relativo a la productividad del trabajo. Puede afirmarse que el producto neto agrícola suele aumentar como consecuencia de la concentración parcelaria del 15 al 30 % en las zonas cerealistas; del 22 al 78 % en las de tipo agropecuario.

Todo este proceso de transformación capitalista de la agricultura hubiera creado graves tensiones sociales y políticas si no se hubiera realizado en el marco de un desarrollo industrial capaz de absorber a la población agrícola, que iba siendo desplazada de la producción en el campo. Pero esto ha sido posible hasta 1959 en los marcos mismos del desarrollo industrial español. Y después, no sólo gracias a este aumento, sino con el complemento de la solución por la industria europea.

Cuando se insiste constantemente sobre la estrechez del mercado interior para argumentar la dificultad, cuando no la imposibilidad, del desarrollo industrial de España, del crecimiento del capitalismo, se corre el peligro de transformar una verdad en un tópico que impide ver el proceso real. La realidad es que esa estrechez se ensancha constantemente. ¿Cómo hubiera sido posible el aumento considerable de la producción industrial en todo este período sin la ampliación constante del mercado?

En primer lugar, la producción de bienes de producción crea ella misma su propio mercado, que goza de una relativa autonomía de la capacidad de consumo de las masas en cada fase del ciclo económico.

En segundo lugar, el desarrollo industrial, al aumentar numéricamente la clase obrera, casi el doble en todo este período, crea mercado para los artículos industriales de amplio consumo y para la agricultura.

La cifra de casi ocho millones de asalariados de todo tipo, que se da en las estadísticas, demuestra la gran ampliación del mercado interior que se ha realizado.

En tercer lugar, el desarrollo de los servicios, del comercio, &c. –los servicios especialmente han experimentado un gran desarrollo– crea mercado.

En cuarto lugar, el desarrollo de la agricultura capitalista a costa de las economías naturales, crea mercado. No sólo mercado para los productos de amplio consumo, sino para la industria de maquinaria agrícola, química, &c.

En quinto lugar, el desarrollo considerable de las capas medias, profesiones liberales, administrativas, técnicas, &c., que trae aparejado el desarrollo capitalista-monopolista, crea mercado.

En sexto lugar, la emigración masiva de mano de obra a los países capitalistas europeos, permaneciendo sus familias en España, crea mercado. [52]

En séptimo lugar, la lucha del proletariado industrial y agrícola por el aumento de los salarios y por otras mejoras materiales, es uno de los más potentes factores de ampliación del mercado, como también de acicate de la elevación de la productividad mediante la introducción de nueva técnica, de nuevas formas de organización del trabajo. En general este factor es uno de los más importantes para comprender la aceleración del ritmo de desarrollo capitalista e industrial de España en los últimos 10-12 años; como ha sido también uno de los factores fundamentales del llamado milagro italiano.

El aumento masivo del turismo es otra de las formas importantes de ampliación del mercado interior, al mismo tiempo que de entrada de divisas. Y podríamos enumerar otras formas de ampliación del mercado interior.

Precisamente porque este mercado se ha ampliado considerablemente y contiene grandes posibilidades potenciales es por lo que ha ido aumentando el interés del capital monopolista europeo y americano por él, en la medida en que se ha ido agudizando el problema de los mercados para los países capitalistas desarrollados.

La apertura del mercado interior a las mercancías europeas y americanas, aumenta la competencia para la industria nacional. Y desde este ángulo es un obstáculo objetivo para el crecimiento de ésta. Pero, al mismo tiempo, esa competencia obliga a la industria nacional a racionalizarse, a aumentar su productividad. Y esa misma apertura a las importaciones le da la posibilidad de hacerlo, adquiriendo bienes de equipo, nueva técnica, que es lo que está haciendo.

Uno de los aspectos más significativos del gran aumento que han tenido las importaciones en estos dos últimos años es el porcentaje considerable que en ellas tienen los bienes de equipo.

La ley del desarrollo desigual del capitalismo tiene una de sus raíces fundamentales precisamente en que cuando los países menos desarrollados, dentro de un cierto nivel, llegan a la etapa en que la acumulación interior y las aportaciones exteriores les permiten hacer inversiones de envergadura, pueden aprovecharse, sin haber gastado un céntimo en su creación, de la última palabra de la técnica surgida en los países más desarrollados, o a los cuales les es más difícil instalarla en ellos mismos por estar ya instalada una técnica anterior.

Naturalmente, este proceso exige la disponibilidad de los medios de pago necesarios. Aquí se tropieza con el problema de los mercados exteriores, con la dificultad de ampliarlos. Pero como es sabido, los ingresos del turismo, más las remesas de los emigrantes, permiten equilibrar la balanza de pagos en el período actual. Salvo que en Europa se produzca una crisis de envergadura, esta solución, frágil en sí misma, seguirá actuando. Por otra parte, si llega a producirse una situación de déficit, los créditos exteriores permitirían solventarla. Lo dictaría el interés mismo de los países exportadores. Los ejemplos de este tipo son numerosos en los países capitalistas. Nos referimos aquí al interés económico, pero no es menos importante, sino incluso más, el interés político que llevaría al capitalismo internacional a ayudar al capitalismo español, en caso de esa eventualidad.

El problema decisivo del desarrollo económico en esta etapa no es el mercado exterior, sino el mercado interior. Es a través del desarrollo competitivo de este mercado, que exigirá una creciente productividad, y competitividad, en la industria española, como podrán surgir en ésta o desarrollarse las que ya están en camino, empresas y ramas capaces de conquistar mercados exteriores. A este propósito es muy interesante la opinión de Funes Robert que citó Costa en su intervención, combatiendo precisamente todas esas opiniones y teorías sobre el estrangulamiento que puede significar la limitación de los mercados exteriores con el desarrollo actual.

En este artículo de Funes Robert se dice «la exportación física de mercancías, la única que se estudia en los manuales anticuados de economía, es un medio para desarrollarse en cuanto sin poder de compra exterior no es dado crecer económicamente. También lo es en cuanto a ampliar mercados que permitan ampliar las cadencias de producción y disminuir los costes unitarios. Cuando la exportación física es el único medio de adquirir poder de compra exterior, la política de exportación en abstracto y a ultranza está justificada. Exportando cualquier cosa, a cualquier precio y a riesgo incluso de imponer privaciones al consumidor nacional, conseguimos algo vital que justifica esfuerzos y sacrificios y capacidad importadora.»

«También tiene sentido tal política en aquellos países que por su alto desarrollo tienen problemas de superproducción. Pero España es algo singular, pues merced a su posición geográfica, que sitúa al alcance del turismo el desarrollo y bienestar grande y definitivo de sus vecinos, que causa el consumo en masa ajeno de nuestras fronteras y el menor desarrollo respecto a Europa, que hace insignificante la salida de españoles al exterior e inexistentes los excedentes exportables, tenemos resuelto el problema de las divisas y carecemos de agobio de superproducción.»

«Pudiera ser –dice más adelante– que aun dando por cierto lo anterior, la exportación sigue siendo para el país un medio de desarrollo por [53] cuanto con el margen de la obtención de divisas se gana desarrollo al ganar mercados. Ello sería cierto si la fórmula invertir para exportar, no fuera, como lo es, de poco sentido práctico, pues no se conoce en el mundo empresa alguna que haya nacido o se haya ampliado en gran manera para conquistar exclusiva o principalmente mercados lejanos inseguros.

La política de exportación de todas las empresas y países es y será política de exportación de excedentes. Queda reducida, pues, entre nosotros la exportación a reflejo y efecto del desarrollo y no como causa del mismo. Busquemos en consecuencia el desarrollo, y la exportación será la añadidura.»

No es necesario extenderse sobre la influencia que podría tener en la aceleración del actual desarrollo, y sobre todo en dar una base más sólida, la apertura hacia los mercados socialistas. No solamente sería un nuevo estímulo para la producción industrial y agraria, sino que permitiría mejorar la estructura del comercio exterior con los países capitalistas y fortalecería la posición del capitalismo español en la competencia con aquéllos.

Otro factor que aceleraría todo el proceso en marcha serían nuevos pasos en el camino de la asociación con los países del mercado común. Y digo nuevos porque en la práctica ya se han dado una serie de ellos, muy importantes. Las recientes declaraciones de Spaak permiten suponer que, bajo una u otra forma, las negociacíones solicitadas por el gobierno español van a entablarse próximamente. La última noticia es un nuevo aplazamiento de un mes, pero Spaak ha sido encargado ya de elaborar un proyecto de respuesta para el 13 de abril. Aquí hay, claro, un aspecto de presión política al que me referiré más adelante.

En el curso del análisis anterior aludo varias veces a la ley del desarrollo desigual del capitalismo que estudió Lenin. En el mecanismo que da lugar a esta ley intervienen, de forma principal: la posibilidad de obtener una norma de beneficio mayor en los países menos desarrollados, debido a que con menos capital se puede explotar a mayor cantidad de asalariados la abundancia de mano de obra más barata la posibilidad de aprovechar en la creación de nuevas industrias los descubrimientos y adelantos técnicos ya experimentados, ahorrándose el elevado coste de investigaciones prácticas en la sustitución de la vieja técnica por la nueva.

La historia de los países capitalistas muestra que, por lo general, si un país capitalista de desarrollo medio, en el que, en virtud de su atraso relativo, se dan las dos primeras premisas, alcanza un grado de acumulación interna y de aportación exterior que le permite realizar inversiones de un volumen que llegue a un 15-20 % de la renta nacional, en ese país se produce un rápido aumento del ritmo de crecimiento industrial. Se produce lo que los economistas llaman el «despegue». En España esa cota ha sido alcanzada en los últimos años. En 1961, el porcentaje de inversiones en relación con el producto nacional bruto, índice aún más significativo que en relación con la renta nacional, fue ya del 19 %, ocupando en este orden el sexto lugar en Europa, por delante de Francia, Bélgica e Inglaterra; por detrás de Italia, que era de un 23 %. En 1962 ha sido ya del 19,4 %: en 1963, del 20,1 %.

Después de un largo período de lenta acumulación, en el primer tercio del siglo actual el promedio de crecimiento anual fue de un 2,2 % prácticamente hasta la guerra civil. De 1951 a 1958, el crecimiento fue del 5,25 anual. Tomando como base 1953-54 igual a 100, la producción y la renta nacional han crecido de 1940 a 1962: la producción agrícola ha pasado de 77,8 129,6; la minera, de 62,8 a 128,2; la industrial, de 60,5 a 202,7; la renta nacional global, de 68,7 a 144 (en pesetas constantes); la renta nacional por habitante, de 76,1 a 133.

La acumulación necesaria para este crecimiento fue lograda en los primeros años de superexplotación y de fabulosos beneficios y después, en el período del Plan de Estabilización, se ha acumulado de nuevo para la nueva ola de inversiones del 61-62-63. La necesidad de la reconstrucción provocada por la guerra civil jugó en una primera fase un papel similar al que en otros países europeos jugó la reconstrucción necesaria después de la segunda guerra mundial. Pero en España con retraso, por las dificultades antes mencionadas.

El desarrollo del sistema del capital monopolista de Estado desempeñó un papel fundamental en todo el proceso. La ayuda exterior, primero americana y luego otra, lo facilitó. El hecho es que en el ritmo de desarrollo Industrial se ha producido un rápido aumento que va por delante del de otros países capitalistas desarrollados, como muestra el siguiente cuadro. (He tomado el cuadro de uno de los más recientes estudios soviéticos, aparecido en la Revista del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias, sobre cómo se expresa este desarrollo desigual del capitalismo, desde 1946 a 1960, y he agregado los índices referentes a España). De 1940 a 1950 el crecimiento de la producción industrial en el mundo capitalista en total, general, ha sido de un 38 %. En Estados Unidos de un 25 %; en Europa Occidental de un 64 % y en España de un 10,1 por 100 (de 1946 a 1950). De 1950 a 1955, en el mundo capitalista ha sido de un 33 %; en Estados Unidos de un 24 % (ha seguido disminuyendo el ritmo); en Europa Occidental ha sido ya de un 40 menos que antes, y en España de un 51,7 %. [54]

De 1955 a 1960, en el mundo capitalista ha sido de un 22 %; en Estados Unidos de un 12 % nada más en Europa Occidental de un 30 %; en España de un 46,6 %, a pesar de que éstos incluyen los años del Plan de Estabilización. Y de 1960 a 1963 no tengo los datos relativos al mundo capitalista, Estados Unidos y Europa Occidental, pero en España, refiriéndose sólo a tres años, ha sido ya de un 39,7 %.

 

Nota crítica

F. C. aborda el análisis de la situación actual a partir del Plan de Estabilización.

Para todos es evidente que España vive hoy una fase de auge económico relativamente intenso dados los ritmos conocidos hasta el presente.

Junto a ello se presentan una serie de factores objetivos cuya importancia no cabe desconocer: crecimiento vertiginoso del turismo, que ha venido temporalmente a poner remedio a nuestra crónica escasez de divisas; emigración en masa a los países europeos; afluencia de capitales extranjeros, factores cuya conjunción provoca otros fenómenos concomitantes en la situación y en el desarrollo económico.

El deber de los comunistas es profundizar el análisis marxista de la situación creada; descubrir sus rasgos específicos, las nuevas contradicciones que engendra y, sobre la base de este análisis, completar, actualizar, desarrollar la política del Partido.

Eso es lo que viene haciendo nuestro Partido. La Declaración del Comité Ejecutivo, de junio último, es ya un paso; los números monográficos de Nuestra Bandera que se anuncian, constituirán otros. Todo el Partido, con todas sus fuerzas, está llamado a participar en esta tarea.

Pese al contenido radicalmente erróneo, no marxista, del análisis económico de F. C., si éste se hubiese limitado a exponer y defender sus posiciones en los organismos regulares del Partido; si, aun manteniéndolas, hubiese aceptado, como todo militante, su disciplina, nada hubiese cambiado en su situación: F. C. seguiría siendo miembro del Comité Ejecutivo. Desgraciadamente, no ha sido ése el camino por él emprendido.

Pero, volvamos a su texto.

Si queremos llegar al fondo, a la raíz de los errores de F. C. debernos fijar especialmente la atención en el párrafo en el que sintetiza su opinión sobre el desarrollo, que comienza apoyándose en la «posibilidad» «que teóricamente demostró Lenin a finales de siglo» y termina alineándose sobre las concepciones del «despegue» tal como han sido formuladas por Rostow {W. W. Rostow, Profesor de Historia Económica del Instituto Tecnológico de Massachussetts (EE. UU.). Consejero, para los Problemas de la Defensa del Presidente Kennedy. Embajador de EE. UU. ante la «Alianza para el Progreso» de Latinoamérica.

Muchos de los argumentos, de las formulaciones por él empleadas en esta parte de su intervención –aquellas que más eco pueden encontrar en el lector–, son de Lenin; en numerosos casos, transcripción literal del texto de sus libros: «Para caracterizar el romanticismo económico», escrito en la primavera de 1897, y «El desarrollo capitalista en Rusia», escrito entre 1896 y 1898. Tales son, por ejemplo, la constatación de que el desarrollo capitalista se realiza, siempre y en todas partes, a costa de la agricultura; la de que la producción crea su propio mercado; el mecanismo de la ampliación del mercado interior pese a las limitaciones de las estructuras arcaicas; la preeminencia del mercado interior sobre el exterior; o la afirmación de que [55] es en un proceso de competencia y concentración interna como surgirán las empresas capaces de conquistar mercados exteriores.

Ahora bien, lo esencial es situar históricamente estos textos de Lenin, dentro de todo el desarrollo creador del marxismo que ha representado el leninismo.

En estas obras teóricas, Lenin está polemizando con Sismondi y con los populistas (que resucitaban las concepciones de éste en la última década del siglo pasado) que pretendían oponerse al ineluctable desarrollo del capitalismo, hacer girar hacia atrás la rueda de la historia, defendiendo la pequeña producción y declarando «artificioso» el desarrollo del capitalismo en Rusia.

Lenin expone en esa obra las leyes objetivas del capitalismo tal como fueron descubiertas y formuladas por Marx en «El Capital»: las leyes del capitalismo en su etapa ascendente, el capitalismo pre-monopolista.

Y lo que resulta peregrino es que F. C., que ha venido insistiendo, a lo largo de toda su intervención, sobre la importancia del capital monopolista, y del capitalismo monopolista de Estado, al examinar la situación de la España actual, nos describa minuciosamente todo el mecanismo en el marco del cual, durante un largo período histórico, efectuó su desarrollo el capitalismo ascendente, el capitalismo pre-monopolista.

Pero ése es, como hemos visto, el camino que, a su debido tiempo, no ha seguido España. Todos esos factores «dinámicos» del capitalismo ascendente chocan hoy, con particular fuerza, con las estructuras y las superestructuras existentes: unas, heredadas de siglos, como los latifundios; otras, como las taras del desarrollo industrial y las posiciones monopolistas, engendradas en el curso de nuestro desarrollo histórico-social específico.

El resultado –como con tanta fuerza destaca siempre nuestro Partido– es que las contradicciones en nuestro país son particularmente agudas y que el capital monopolista no dispone ya de siglos, ni siquiera de decenios, para absorberlas o conllevarlas. Pero, todo esto no cuenta para F. C. De ahí su posición libresca, mecanicista, dogmática; de ahí, el carácter no marxista de su análisis.

Gracias a que Lenin no convirtió en dogmas las enseñanzas de Marx gracias a que, apoyándose en ellas, fue capaz de descubrir nuevos fenómenos engendrados por el desarrollo del capitalismo, el marxismo revolucionario ha estado en condiciones de realizar la primera revolución socialista y de convertir hoy el socialismo en un sistema mundial.

Frente a los revisionistas, que sostenían que el proletariado tenía que aguardar «su hora», limitarse a plantear reivindicaciones y reformas parciales en tanto la agudización de la contradicción fundamental del capitalismo –la contradicción entre el carácter social de las fuerzas productivas y el carácter privado de la apropiación–, no pusiera al orden del día la revolución socialista, Lenin sostuvo la posibilidad de aprovechar las contradicciones que surgen en el proceso de desarrollo capitalista para interferir ese propio proceso; de apoyarse en las fuerzas sociales que esas contradicciones ponen en movimiento, para disputar y arrebatar el poder político a las clases dirigentes.

Así surgieron las tesis leninistas sobre la revolución democrática y sobre La posibilidad de que la revolución socialista triunfara primero, no en el [56] país que hubiese alcanzado un mayor desarrollo capitalista como pensaba Marx, sino en el país que resultara ser el eslabón más débil de la cadena imperialista. Es toda la diferencia entre el marxismo revolucionario y el revisionismo.

En sus planteamientos de finales de siglo, Lenin polemiza con los que –ante las contradicciones del desarrollo capitalista– pretenden negar viabilidad al capitalismo y volver hacia atrás. En toda su obra de dirigente revolucionario, Lenin enseña cómo aprovechar esas contradicciones para marchar hacia adelante, para dar pasos hacia el socialismo.

Es muy sintomática la forma en que, en toda su intervención, F. C. aborda el problema de las contradicciones. Aparentemente, lo hace de una manera muy dialéctica: las contradicciones son, al mismo tiempo, motor y freno. Ahora bien, sólo el aspecto motor cuenta para él; el freno desaparece completamente. Por añadidura –lo que tiene mucha más importancia–, las fuerzas sociales dañadas por el desarrollo de las contradicciones, que, necesariamente, han de ser puestas en movimiento por su agudización, no merecen la menor atención en su análisis.

Pongamos algunos ejemplos:

¿El desarrollo capitalista por la vía prusiana, arruina y arroja del campo a cientos de miles de campesinos? Cierto, pero «el enorme éxodo campesino» es «la forma capitalista de despejar el campo en el sentido más literal para la aceleración ulterior de este proceso.»

¿La penetración del capitalismo monopolista en el campo constituye una nueva carga que viene a sumarse a la ya de por sí tan pesada de las viejas estructuras semifeudales; ha contribuido a descapitalizar el campo, sustituyendo con créditos bancarios el antiguo capital que los campesinos han perdido en los años de inflación? Para F. C. sólo cuenta que esta penetración «es un poderoso factor externo que acelera su transformación capitalista.»

¿El capital financiero carga sobre la agricultura, cada vez en mayor medida, el peso de la industrialización a través de los precios agrícolas? Sí, responde F. C., pero «esta política agrícola del capital monopolista... es también un acicate al proceso de transformación capitalista de la agricultura.»

¿La apertura del mercado interior a las mercancías extranjeras constituye un obstáculo objetivo para el crecimiento de la industria nacional? Sí, pero «esa competencia obliga a la industria nacional a racionalizarse, a aumentar su productividad.»

Todo el complejo problema de las consecuencias que acarreará al país la asociación con el Mercado Común, queda reducido en el análisis de F. C. a «otro factor que acelerará todo el proceso en marcha.»

Nunca, ni una sola vez, aparecen en el análisis de F. C. los obstáculos objetivos que las estructuras existentes oponen al juego de esos factores «dinámicos»; y, lo que es más grave para un marxista revolucionario, ni la menor alusión a las posibilidades, también objetivas, que esa vía reaccionaria de desarrollo crea para la formación de una coalición de fuerzas antimonopolistas; ni la menor atención a la cuestión, capital para un Partido marxista-leninista, de aprovechar las fuerzas sociales que esas contradicciones ponen en movimiento para disputar la hegemonía política al capital monopolista. [57]

La realidad es que F. C. no tiene confianza en las fuerzas revolucionarias de nuestro país –como se verá más adelante cuando aborda la cuestión de la correlación de fuerzas sociales y políticas de España–, y este pesimismo le lleva a disminuir la importancia de los obstáculos objetivos al desarrollo rápido y a sobrevalorar las fuerzas del capital monopolista, para concluir augurando para éste una etapa de dominación «cuyo límite es difícil prever.»

Este estado de ánimo explica el deslizamiento de F. C. desde las posiciones marxistas de «El Capital», a las posiciones subjetivistas de Rostow, uno de los más conspicuos ideólogos del neocapitalismo, con su concepción mecanicista y abstracta del desarrollo, en completa independencia del régimen social y político existente en cada país.

Y esta coincidencia no es meramente terminológica, sino de fondo.

El meollo de la teoría de Rostow, expuesta en su libro «Las etapas del desarrollo económico», está condensado en esta definición:

«El proceso del desarrollo económico puede ser centrado en un intervalo de tiempo de dos o tres décadas en las que la economía y la sociedad se transforman de tal forma que el desarrollo económico es a continuación más o menos automático. Es lo que se llama el despegue».

Para que se pueda apreciar el arbitrismo de toda la teoría rostowiana del desarrollo, es útil copiar el siguiente cuadro:

Algunas fechas aproximadas de despegues
{W. W. Rostow: «El 'despegue' hacia un crecimiento autosostenido»,
Revista de Economía Política, Septiembre-Diciembre de 1959, pág. 1278.}

País
Gran Bretaña
Francia
Bélgica
Estados Unidos
Alemania
Suecia
Japón
Rusia
Canadá
Argentina
Turquía
India
China
Iniciación
1783-1802
1830-1860
1833-1860
1843-1860
1850-1873
1868-1890
1878-1900
1890-1914
1896-1914
1935-
1937-
1952-
1952-

Y para calibrar la utilidad –desde el punto de vista de un análisis marxista serio– de todos estos esquemas abstractos, basta la «profundidad» de esta frase:

«Es lícito considerar a Méjico y los Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia, Francia y el Japón, como economías crecientes, aunque se encuentren en puntos muy diferentes a lo largo de las curvas de su crecimiento nacional» {Id. id. Pág. 1280.}.

Es curioso, sin embargo, que –a nuestro conocimiento– Rostow nunca se haya atrevido a encasillar a España en sus esquemas del desarrollo. Destaca la prudencia de sus juicios durante su visita al país, en octubre pasado (a pesar de haber sido invitado por la Comisaría del Plan de Desarrollo) y es significativo que, en una entrevista con un redactor de «Hermandad» {«Hermandad», órgano de las Hermandades de Labradores y Ganaderos, de 17-X-64.}, a la pregunta: «¿Cree usted que los problemas agrícolas españoles pueden resolverse en un plazo corto, de cinco a diez años?», respondiera: [58]

«No puedo hacer vaticinios sobre problemas que no conozco bien. Me considero suficientemente buen economista para callarme en algunos casos.»

Expresando, a continuación, «que no deseaba hablar más de la agricultura española».

*

Una vez desentrañado el fondo revisionista de la posición de F. C., abordemos brevemente –en la medida en que lo permiten estas notas críticas–, algunos aspectos concretos de su intervención:

F. C. dedica una gran atención al desarrollo capitalista de la agricultura. Es un problema de gran importancia, desde todos los ángulos.

Nadie niega este desarrollo y, menos que nadie, nuestro Partido. En el Informe sobre «La evolución de la cuestión agraria bajo el franquismo» (1957), se dice:

«El desarrollo capitalista de la agricultura es un desarrollo objetivo, inevitable, desde el momento en que el sistema de producción capitalista se convierte en predominante.»

De lo que se trata es de estudiarlo atentamente, medirlo con la mayor excactitud posible, poner al descubierto sus contradicciones internas y apoyarse en ellas para movilizar a las masas del campo.

La exposición de F. C, está a cien leguas de esa actitud. Él se limita a pontificar extensamente y en abstracto sobre este fenómeno.

El desarrollo capitalista no sólo existe sino que se ha acelerado en los últimos tiempos. Sin embargo, las condiciones en que tiene que producirse son de tal entidad, que su ritmo sigue siendo extremadamente lento, precisamente en relación con el nivel histórico que –según Claudín– estaría llamado a facilitarlo.

Mientras nosotros avanzamos penosamente por la vía del desarrollo capitalista prusiano, los países en cuyo área geográfica vivimos, en los cuales tenemos que colocar nuestros productos o que son nuestros directos competidores, están embarcados en un intenso proceso de capitalización de la agricultura, como la Europa del Mercado Común e Israel, o han emprendido la vía socialista, como Argelia.

F. C. tenla a su disposición los elementos para calibrar estos fenómenos. No lo ha hecho porque no estaba interesado en hacerlo.

El profesor Tamames ha establecido un cuadro para medir el nivel de capitalización de la agricultura española en comparación con el de la C. E.E. (Mercado Común) y algunos otros países mediterráneos. He aquí sus resultados {Ramón Tamames: «Informe sobre los Problemas de la Agricultura Española», Encuentro Internacional de Nápoles sobre el «Desarrollo Económico y Social de los Países Mediterráneos, 29-X/1-XI-1962.}: [59]

Nivel de capitalización del campo español en comparación
con el de la C. E. E y algunos países mediterráneos en 1960

Países Índice de consumo de abonos por hectárea Índice de mecanización (Has. por tractor)
Conjunto de los seis países del Mercado Común
Holanda
Alemania (R. F.)
Luxemburgo
Bélgica
Francia
Italia
Grecia
ESPAÑA
Turquía
100

413
197
179
280
77
46
37
29
1
100

202
259
214
120
75
40
15
7
4

Fuente: F.A.O.

Comentando este cuadro, el profesor Tamames escribe:

«Por el examen de los dos índices citados se aprecia inmediatamente el bajo nivel de capitalización de la agricultura española que, en el consumo de abonos, no alcanza más que el 29 % del nivel correspondiente a la C. E.E. y que, en cuanto a la mecanización, sólo llega al 7 % del nivel correspondiente a la C. E.E. en su conjunto. La comparación con algunos países mediterráneos es igualmente desfavorable: España se sitúa a un tercio por debajo de Italia en lo que se refiere al consumo de abonos y a más de la mitad por debajo de Grecia en cuanto a la mecanización. No son, pues, los factores climatológicos u orográficos los que determinan el nivel actual de la capitalización del campo en España; este nivel está determinado, sobre todo, por las insuficiencias estructurales (pequeñas y grandes propiedades) y la falta de medios financieros.»

Otra apreciación, no menos reveladora, la encontramos en las propias páginas del Plan de Desarrollo Económico y Social {1 «Plan de Desarrollo Económico y Social 1964-1967» – Presidencia del Gobierno. Edición del Boletín Oficial del Estado, pág. 167.}:

Inversión anual bruta en la Agricultura

  Dólares por Ha. cultivada Dólares por persona activa
Países
Israel
Alemania (R. F.)
Suiza
Holanda
Francia
Irlanda
ESPAÑA
1956
243
65
69
57
28
7
6
1958
260
82
69
55
34
10
7
1956
831
325

281
189

25
1958
951
449

276
246
180
29

Fuente: F.A.O. ECA/61/12 (9)

Es decir, en la inversión anual bruta, llamada a corregir el retraso en la capitalización del campo, nuestro nivel no sólo es extremadamente bajo, sino que crece a un ritmo también más lento. La consecuencia es, no que avanzamos, sino que seguimos retrasándonos relativamente. Por ejemplo, entre 1953 y 1963, el número de tractores en España ha pasado de 25.000 a [60] 114.000 (corregimos aquí, a su favor, la cifra dada por F. C.) pero en el mismo período, en Francia se ha pasado de 153.000 a 1.015.526; es decir, en España se ha multiplicado por 4,5 y en Francia por 6,6. Pese a la densidad de mecanización mucho más elevada en Francia, en los últimos diez años nuestro ritmo ha sido inferior; hecho extraordinariamente grave cuando se trata de comparar un país en vías de desarrollo con un país ya desarrollado.

Uno de los elementos más importantes del desarrollo de la agricultura en nuestro país son los regadíos. El valor de la producción de la hectárea de regadío es 7,5 veces superior al de la de secano y la ocupación de mano de obra aumenta de seis a once veces al pasar al regadío {«Transformación en Regadío, Anexo al Plan de Desarrollo», Madrid 1964.}

Pues bien, veamos cuál es la intensidad de explotación del regadío en España.

Superficie y valor de los cultivos de regadío
{Informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento
(«El desarrollo económico de España»). Madrid 1962, pág. 382.}
Año agrícola 1959/60

  Hectáreas Porcentaje Valor de la producción
total (En %)
Cultivos de tipo inferior
Cultivos de tipo medio
Cultivos de tipo superior
Totales
851.000
532.000
287.000
1.670.000
51
32
17
100
25
33
42
100

Es decir, sólo la sexta parte de los regadíos en explotación está dedicada a cultivos de tipo superior, en tanto que el 51 % sigue aún dedicado a cultivos del tipo menos rentable.

Este es el resultado de tres causas fundamentales: la gran concentración de la propiedad que prevalece, también, en los cultivos de regadío; la falta de recursos para una capitalización suficiente; y la falta de mercados. Tres problemas capitales que F. C. olvida olímpicamente.

Esto, sin tomar en cuenta que se calcula en unas 400.000 el número de hectáreas ya dominadas por canales y que no han sido puestas en riego y que el ritmo efectivo de puesta en riego en las obras del Instituto Nacional de Colonización se ha reducido considerablemente en los últimos cinco años, no alcanzando en 1963 –después del terrible bache producido en este sector por el Plan de Estabilización–, más que a 23.152 hectáreas contra 41.198 hectáreas en 1957 {Resumen de actividades del Instituto Nacional de Colonización - Secretaría Técnica del Ministerio de Agricultura.}

Una conclusión global es evidente para todo observador imparcial. El desarrollo capitalista prusiano realizado durante los últimos 25 años, no ha resuelto ni ha mejorado la situación en las zonas tradicionalmente dominadas por el gran latifundio, en tanto que ha hecho entrar en crisis a las zonas que hasta 1936 eran viables, sobre todo a las dos Castillas. No ha sido lo bastante intenso para salvar un escollo, mientras que lo ha sido en exceso para crearse otros. [61]

En su consecuencia, la inestabilidad económica y social del campo es hoy mucho más grande que hace treinta años y las posibilidades objetivas de la alianza de los obreros y los campesinos, mucho más amplias.

Pero es más, cuando en los últimos años –como reconoce F. C.– la oligarquía financiera ha hecho más pesado aún el fardo que viene arrojando sobre la agricultura, con su política de precios y con las importaciones, ha entrado, a su vez, en crisis el sector privilegiado de la agricultura, aquel que había conocido un mayor desarrollo capitalista.

Esa es la situación en que hoy nos encontramos. Los informes oficiales, las revistas económicas, la prensa diaria, las Asambleas de Hermandades, están repletas de informaciones y juicios sobre la intensidad de esta crisis. La limitación del espacio nos impide recoger aquí estos testimonios.

Pero sí queremos –dentro de esta limitación–, aportar algunos que rebasan el marco económico y que abordan sus consecuencias sociales y políticas.

El Obispo de Málaga, Angel Herrera, en su última homilía {Referencia publicada en el periódico «YA» del 10 de septiembre de 1964.} se refiere «al peligro que representa nuestra constitución social y económica. Especialmente nuestras estructuras del campo». Recuerda su visita a Cuba en 1953 y sus esfuerzos allí para poner en guardia contra un peligro semejante, para añadir:

«El fruto había sido nulo. Los poseedores de los bienes se negaban incluso a oír la palabra de la Iglesia para introducir a tiempo las debidas modificaciones en sus estructuras sociales.
Las consecuencias de la cerrazón de aquellos hacendados están a la vista.»

Y, comentando esta homilía, «YA» escribe el 27 de septiembre, en un editorial titulado «Una constitución social peligrosa»:

«En España, la distribución de la renta nacional es gravemente defectuosa no sólo entre las distintas clases sociales sino también entre las distintas zonas geográficas. Lo es más concretamente aún en Andalucía, donde –contra lo que debiera ser– una propiedad señorial excluye al trabajador de la tierra de la participación en el producto de la misma con arreglo a un criterio de empresa moderna y cristiana y se opone tenazmente a reformas que no pueden limitarse al campo de la ley, sino que es indispensable que lleguen al de la vida misma si han de ser fecundas.
«Razones de justicia, de exigencia moral, reclaman que ese estado de cosas desaparezca. Pero a todos interesa, y en primer término a los mismos propietarios, que desaparezca evolutivamente, en paz y con respeto de lo que siempre debe ser respetado, si no queremos que un día se hunda todo entre convulsiones sociales y sin discriminación ni límites entre lo lícito y lo que no lo es. Se trata, por lo tanto, no sólo de principios doctrinales, sino de razones de oportunidad y de ritmo. Hacer las cosas y hacerlas a tiempo.
Triste es que no siempre las razones de justicia sean suficientes. Quizá lo sea más –por todo lo que ello revela– que en ocasiones tampoco basten las razones del inteligente egoísmo.» (Los subrayados son nuestros). [62]

El 14 de noviembre, en el propio periódico, bajo la firma de «Sibelius», se insiste sobre estas cuestiones:

«Ilustres prelados españoles, que representan a una de las regiones de nuestro país donde más necesarias son las reformas de estructura, han intervenido recientemente en el debate sobre el esquema de la Iglesia y el mundo moderno en el Concilio Vaticano II. Las palabras de nuestros obispos, ajustadas y terminantes, plantean de nuevo el problema de las injusticias distributivas a consecuencia de la permanencia de unas estructuras sociales arcaicas.
Un sistema productivo que reclama, con razón, las ventajas de la producción en gran escala y de una elevada densidad de capital se encuentra con las limitaciones de un mercado restringido a causa del bajo poder de compra de la mayoría de la población, resultante de una estructura social atávica. El capitalismo liberal pudo salvar esta contradicción interna durante el período de su máximo apogeo (1880-1914) gracias al imperialismo económico y político de las grandes potencias industriales y a las crisis recurrentes, padecidas con estoicismo por las masas populares.
La distribución de la riqueza y de la renta no mejora con el desarrollo económico «per se» si no se acometen paralelamente las necesarias y urgentes reformas estructurales e institucionales. Estas reformas se refieren a la situación agraria, al sistema bancario y fiscal, al acceso a la cultura y a los puestos de responsabilidad, tanto en la empresa privada como en la Administración pública, al cumplimiento de las leyes por todos los ciudadanos, cualquiera que sea su «status» social y su ideología...
La distribución de la renta es la consecuencia de las estructuras económica, social, política y cultural existentes en el país.
El mero crecimiento económico no puede remediar semejante estado de cosas, ni cabe adoptar una actitud conformista basada en el mal menor».

¡Cuánto más realistas y objetivas son estas opiniones que las expresadas en su plataforma-programa por F. C.!

F. C. plantea con mucha fuerza: «Medir la profundidad de este proceso a través de la evolución de la producción global agrícola sería engañarse. Porque precisamente una transformación de este tipo... implica un período más o menos largo de débil ascenso de la producción agrícola».

Cierto, pero de lo que se trata es de la «elasticidad» con que F. C. contempla ese período más o menos largo.

Hoy por hoy, los datos disponibles permiten establecer el siguiente cómputo de la producción agrícola:

Entre 1913 y la media del quinquenio 1931/35 (unos veinte años), el aumento de la producción fue de un 37,9 por 100 y el aumento de la producción por habitante, de un 15,9 por 100 {Según los índices de la Renta Nacional de España del Consejo de Economía Nacional.}

Entre 1935 y el año agrícola 1962/63 (veintiocho años) el aumento de la [63] producción ha sido de un 22,9 por 100. Como la población ha aumentado desde entonces en un 29 por 100, la producción por habitante queda todavía un 4,78 por 100 por debajo de la de entonces {Calculado sobre el Índice del Consejo de Economía Nacional (base: 1953/54 = 100), prorrogado hacia atrás (1935) por el Banco de Bilbao, 1961.}

(Esta realidad es la que exponía Ignacio Gallego en su intervención, deformada en la referencia que de ella hace F. C.).

Es verdad que en el último período, el ritmo de incremento de la producción se ha acelerado. Veamos en qué medida:

Aumento de la Producción Agrícola total en 10 años
{Anuario de la Producción 1963. Organización de las Naciones Unidas
para la Agricultura y la Alimentación (F.A.O.); pág. 30.}
1952/53 a 1962/63

Países
Grecia
Turquía
Portugal
ESPAÑA
% de incremento
68
28
27
26

Es decir, nuestro ritmo de aumento en el último decenio ha sido el más bajo dentro del conjunto de los países más atrasados de Europa.

*

En su intervención, F. C. maneja abundantemente las estadísticas franquistas, no ya sin ningún espíritu crítico (son las únicas disponibles, aunque su valor sea muy escaso, según opinión unánime de todos los economistas), sino, lo que es más grave, sin ningún espíritu de análisis e, incluso, utilizándolas para presentar como óptimo el estado del paciente.

Así, las estadísticas con base 1940 no tienen el menor valor, puesto que –como hemos visto–, hasta bien entrada la década del 50 no se recupera el nivel de producción alcanzado en 1929. En cuanto al «auge económico sin precedentes de 1961-1963», ningún marxista puede recurrir a tales artificios. La línea de desarrollo en un período de auge viniendo después de la profunda depresión ocasionada por el Plan de Estabilización, hay que trazarla a partir del punto más alto del cielo anterior. Es decir, en España a partir de 1958.

Como ya hemos dicho al comienzo de esta Nota, el Partido se propone abordar, con la participación de todos sus militantes, el estudio a fondo del auge económico actual cuya onda impulsiva principal –el turismo–, tiene su epicentro fuera de nuestras fronteras.

Aquí vamos a limitarnos a intentar introducir un poco de claridad y de mesura en el desbordamiento estadístico de F. C.

F. C. habla del importante desarrollo económico de España en los últimos 10-12 años. Lo primero que olvida es que el incremento de los ritmos de desarrollo económico, por las causas que ya hemos señalado anteriormente, es un fenómeno de alcance universal: [64]

Producto Nacional Bruto en 1960
{Anuario Estadístico de la O.N.U. Índices calculados por «Información Comercial Española»,
órgano del Ministerio de Comercio - Octubre de 1962, pág. 101. (Turquía no figura en el cuadro).}
Incrementos en % (Base: 1954 = 100)

Países
Yugoeslavia
U.R.S.S.
Bulgaria
Rumanía
Checoslovaquia
Polonia
Alemania (R. F.)
Hungría
Grecia
Austria
Italia
Holanda
Suiza
Francia
Finlandia
Luxemburgo
Portugal
Dinamarca
Suecia
Noruega
Inglaterra
Bélgica
ESPAÑA
Irlanda
% de incremento
179
174
167
167
156
151
150
146
143
143
142
133
131
130
129
126
125
125
122
120
116
116
114
104

Pese al importante desarrollo económico de los últimos años, como sucede que los otros también se mueven y más de prisa, resulta que, relativamente, estamos más atrasados que antes.

Veamos «el auge económico sin precedentes» del último período.

En España se publican hasta cinco índices oficiales de la producción industrial {Véase a este respecto el Editorial del nº 3 (septiembre-octubre 1964) de «Realidad».}; tomando el que utiliza la Comisaría del Plan de Desarrollo, el crecimiento anual acumulativo de la producción industrial, entre 1958 y 1963, ha sido del 6,8 por 100.

Ahora bien, la producción industrial en los países del Mercado Común ha crecido, entre 1950 y 1961, es decir, durante un período más largo y sostenido, a un ritmo anual acumulativo del 7,7 por 100. De entre ellos, el ritmo en Alemania Federal ha sido del 9,3 por 100 y, en Italia, del 8,9 por 100 {«Datos del Monthly Bulletin of Statistics», de la O.N.U.}

En los países del campo socialista, que representan ya más del 38 por 100 de la producción mundial, el ritmo de incremento anual en el período 1958-1962, ha sido del 13 por 100 {«Desarrollo económico de los Países Socialistas» (Resumen estadístico). Suplemento de la «Revista Internacional». Praga, noviembre de 1963.}.

Durante el mismo período, en Asia del Este y del Sudeste, que comprende un grupo de 17 países {Comprende: Afganistán, Birmania, Brunei, Formosa, Ceilán, Corea del Sur, Singapur y la Federación do Malaya, Hong-Kong, India, Indonesia, Irán, Japón, Pakistán, Filipinas, Sarawak, Tailandia y Viet-Nam del Sur. - Anuario Estadístico de la O.N.U., 1963. pág. 63.}, el incremento anual ha sido del 12,5 por 100.

En Latinoamérica, del 5,73 por 100 {Anuario Estadístico de la O.N.U., 1963, pág. 63.}

Si, dentro de Latinoamérica, tomamos Méjico: su incremento anual acumulativo durante un largo período de 20 años (1940-1960), ha sido del 7,20 por 100 {Informes del Banco de Méjico, S.A. - Citado en «Tendencias de la Economía Mexicana», por Ramón Ramírez, Profesor de la Escuela Nacional de Economía, de la Universidad de México; pág. 22.} [65]

Es decir, si echamos un vistazo al panorama internacional, veremos que no hay motivos para mostrar un asombro de papanatas ante el «crecimiento» «que sitúa a la industria española en los primeros lugares del ritmo del crecimiento mundial», como afirma F. C.

Nuestros ritmos actuales, si tenemos en cuenta que se alcanzan en un período de auge, enmarcado por toda una serie de factores particularmente favorables, no tienen nada de extraordinarios; son más bien reveladores de los obstáculos estructurales que siguen oponiéndose a un auténtico y rápido desarrollo económico de España.

A este respecto es bien significativo lo que revela el estudio «Situación general de la Coyuntura Industrial», elaborado por el Ministerio de Industria {«Economía Industrial», nº 10, octubre de 1964, pág. 22.):

«Puede estimarse que el ritmo de crecimiento de la producción industrial en el primer semestre de 1964 fue del orden del 4 % sobre el mismo período del año anterior. El hecho de que el primer semestre de 1963, sobre el mismo período de 1962, proporcione una cifra cercana al 8 %, es un dato suficiente para afirmar la existencia de una evidente desaceleración». (Los subrayados son nuestros).

¡Y tan evidente! Como que representaría la reducción a la mitad del ritmo del año anterior y nos haría caer por debajo de la media del conjunto del mundo capitalista, que es de un 4,9 por 100.

F. C. destaca con fuerza «el porcentaje considerable» de «bienes de equipo» en la importación de los últimos años.

Efectivamente, se importan más bienes de equipo como se importa más de todo. ¿Cómo podría ser de otra manera cuando, después de 25 años, se dispone, por primera vez, de las abundantes divisas que proporciona el turismo?

Pero lo que sí tiene importancia, y muy grande, para un análisis marxista, es que la superación temporal de nuestro estrangulamiento en la disposición de divisas no haya producido ningún cambio en la estructura de nuestras importaciones.

En 1955/56, de cada 100 pesetas de importación, 27,15 eran bienes de equipo; en 1962/63, de cada 100 pesetas, lo han sido 27,70. Es decir, ¡hemos mejorado, exactamente, en 55 céntimos! {Boletín Estadístico Mensual del Banco de España. – Cuadro: «Importación de bienes de inversión».}

Esto es bien significativo en cuanto a la naturaleza del auge económico actual y en cuanto al alcance de la industrialización que se está realizando. En Méjico, en 1956, de cada 100 pesos importados, 46,70 lo eran en bienes de equipo; en 1961, lo han sido ya 48,10 pesos {«Tendencias de la Economía Mexicana», obra ya citada, pág. 41. - Fuente primaria «Anuarios del Comercio Exterior de México».}

Esto es, en Méjico casi la mitad del total de las importaciones son bienes de equipo; su peso, dentro de la importación total, es un 73 % más elevado que el de España y su ritmo de incremento, más alto. [66]

F. C., haciendo suya, no sólo la terminología, sino la concepción misma del desarrollo según Rostow, afirma que cuando la «acumulación interna» y la «aportación exterior» «permiten realizar inversiones de un volumen que llegue a un 15-20 % de la renta nacional», se produce «el despegue». «En España –afirma– esa cota ha sido alcanzada en los últimos años.»

Situemos aquí también, en su debido marco, las contundentes afirmaciones de F. C.:

Formación Interior Bruta de Capital
con relación al Producto Nacional Bruto

{Fuente: «Algunos factores del crecimiento económico de Europa
en la década del 50», ya citado, Capítulo II, pág. 17.}
Media del período 1949/1958

Países
Noruega
Islandia
Finlandia
Canadá
Holanda
Alemania (R. F)
Suiza
Luxemburgo
Austria
Italia
Suecia
Francia
Irlanda
EE. UU.
Dinamarca
Bélgica
Grecia
Inglaterra
ESPAÑA
Portugal
Turquía
%
31,3
30,9
29,4
25,8
24,3
24,2
23,7
23,4
23,2
22,0
21,3
20,1
18,7
18,3
17,6
17,3
16,5
16,3
16,3
16,0
15,0

Como vemos, también desde este ángulo España se encuentra en el grupo de los países de menor desarrollo de Europa. Y, si es cierto que en 1963, gracias, en gran parte, a la afluencia de capitales extranjeros, la tasa de inversión en nuestro país llegó al 20,1 %, en Grecia, por las mismas razones, alcanzaba en 1960 el 29,6 % {«La evolución industrial prensible en España». Conferencia de Gregorio López Bravo, Ministro de Industria. «Economía Industrial», julio 1964, pág. 6}.

Según este esquema, no sólo España, sino también Grecia, Portugal y Turquía han atravesado ya el quicio mirífico de la tasa de inversión que señala Rostow para penetrar en el «sanctum sanctorum» de los países desarrollados. ¿Para qué plantearse objetivos revolucionarios? El «despegue automático», el «desarrollo autosostenido», asépticamente aislado de las condiciones sociales y políticas, está asegurado.

Resulta entristecedor que F. C. haya llegado tan lejos. [67]

 

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