Nuestra Bandera, revista teórica y política
del partido comunista de españa
· Madrid, abril 1961
número 30
páginas 13-18

Prieto y la declaración de los 81

La Declaración de los 81 Partidos Comunistas y Obreros, de diciembre de 1960, ha encontrado una acogida favorable en la opinión democrática española. No sólo los comunistas sino, en general, todos los elementos progresistas, a medida que la conocen, se sienten identificados con ella. Aparte algunas elucubraciones adversas de la prensa franquista, basadas en la especulación con rumores e informaciones falaciosas publicadas en una parte de la prensa internacional, no ha aparecido en los medios españoles ninguna crítica seria contra la Declaración de los 81. Porque no se puede considerar como crítica seria la contenida en el artículo de Indalecio Prieto titulado «El manifiesto de los 81».

En éste, Prieto se refiere –¡cómo no!– a la famosa información supuestamente transmitida desde Polonia por Jean Wetz, corresponsal de «Le Monde», atribuyendo a Dolores Ibárruri palabras que ésta nunca pronunció ni en la Conferencia de Moscú, ni en parte alguna. Esas palabras han sido escritas o pronunciadas muchas veces por Prieto y otros personajes de su cuerda, para denostar al Partido Comunista. Son estas gentes las que han consumido, como Prieto dice, «litros de tinta» para acusar a los comunistas de «no haber sido leales con sus aliados durante la guerra contra el fascismo».

Nuestra camarada Dolores Ibárruri, ni «aparente directora», ni «caudillo oficial» de nuestro Partido –como la califica [14] Prieto, con «ironía» demasiado gruesa– sino su Presidente efectivo y personalidad profundamente respetada en el movimiento comunista internacional, no podía hablar en estas términos de la conducta de nuestro Partido durante la guerra española. Basta leer el compendio de «Historia del Partido Comunista de España» escrito y publicado bajo su dirección para convencerse de ello. En esta obra se expresa una apreciación que es exactamente la contraria:

«Para el Partido Comunista no hubo más que una preocupación a lo largo de toda la guerra: orientar y encauzar las actividades de las masas a la defensa de la República, al logro de la victoria, manteniendo la unidad del Frente Popular, sin la cual era difícil la continuación de la resistencia. El Partido realizó un esfuerzo constante por consolidar y extender la unidad de la clase obrera como cimiento de la unidad popular y nacional.
La política del Partido estuvo siempre dirigida a hacer que participaran en el Poder todos los partidos y organizaciones antifascistas del país.
Cuando, con ignorancia del carácter verdadero de la guerra y de la situación española, los anarquistas y algunos socialistas querían eliminar del Poder a los republicanos burgueses, el Partido Comunista los defendió, lo mismo que defendió a los campesinos españoles de quienes los atropellaban en nombre del «comunismo libertario». Cuando hubo quien se oponía al ingreso en el Gobierno de una representación de la C.N.T., fue el Partido el que solicitó ese ingreso y el que trabajó hasta conseguirlo. Cuando, repetidas veces, algunos dirigentes anarquistas se dirigieron a la dirección del Partido Comunista, con propuestas contrarias a las buenas relaciones con el Partido Socialista, nuestra Partido las rechazó. Ningún otro Partido luchó como el Partido Comunista por que el Gobierno fuese la representación de todo el pueblo español. No fue el Partido, ciertamente, responsable de las insuficiencias de la unidad durante la guerra ni de la ruptura de aquélla al final de la contienda».

En la medida en que estas cuestiones fueron aludidas en su discurso ante la Conferencia de los 81, ése fue el criterio sustentado por Dolores Ibárruri y no el que Jean Wetz le atribuye en su falsificación. De otra parte Prieto, aun fingiendo creer a efectos polémicos lo que el corresponsal de «Le Monde» escribe, sabe de sobra que nuestra Presidente no podía pronunciar tales palabras. Lo que sucede es que para combatir a los comunistas no hay arma mala, y que no son sólo Américo Thomas y Franco quienes «viven del miedo de Occidente al comunismo» sino una caterva de plumíferos y de mangantes entre los que Prieto, si no se califica como «profesional», es cuando menos un notable «amateur». [15]

Pero no son éstos los yerros principales de la Declaración de los 81 según el papa negro del PSOE. Lo que sulfura a D. Indalecio es que «en el reciente Congreso de Moscú predominó el espíritu antidemocrático», «¿... quién mandató a sus componentes para proceder como procedieron?» La Conferencia de los 81 es puesta en contraste por él con lo que sucede en «los partidos socialistas, liberales y conservadores» que «se reúnen a plena luz para trazar sus programas y elegir sus mandatarios, quienes deben atenerse a lo acordado». Es decir, aparentemente no se trata de un desacuerdo con la Declaración en sí, sino con nuestro supuesto «antidemocratismo».

Prieto ignora, o finge ignorar, que en la Conferencia –y no Congreso– de Moscú estaban los representantes de los Comités Centrales de 81 Partidos; que éstos representantes eran mandatarios e intérpretes de la opinión de sus Comités Centrales, quienes en los Partidos Comunistas son la más alta instancia cuando no está reunido el Congreso; que los Comités Centrales discutieron antes de la Conferencia los problemas que se iban a debatir en ella, tomaron acuerdos para que sus delegados los defendieran, y que tras la Conferencia los Comités Centrales y todas las organizaciones de los Partidos Comunistas han vuelto a discutir la Declaración.

Quizá lo que más asombra y molesta a Prieto es la unanimidad del movimiento comunista mundial, confundiendo «democracia» y «escisión». Sin embargo, conociendo que la política de coexistencia es la política de los comunistas ya desde los tiempos de Lenin, su iniciador; sabiendo que los congresos comunistas de todos los Partidos han aprobado una y cien veces esta política, no debía asombrarle tanto que los representantes reunidos en la Conferencia de Moscú hayan aprobado una Declaración que es ante todo la reiteración de dicha política. Al comportarse así los representantes de los 81 Partidos no han hecho más que cumplir, corno demócratas fieles, los acuerdos de sus representados.

Prieto establece deliberadamente una confusión entre lo «democrático» y lo «público». Los debates de un Partido pueden ser plenamente democráticos, sin ser públicos. Ninguna dirección de Partido celebra sus reuniones a puertas abiertas, por lo general, y la Conferencia de los 81 era una reunión de dirigentes. Hace unos meses se reunieron en Salzburgo los dirigentes de los Partidos Socialdemócratas. ¿Sabe Prieto lo que allí trataron sus correligionarios, se ha enterado siquiera de esa reunión? Nosotros, y en general el público, no sabernos nada de lo que fueron esas discusiones archisecretas, cuyos resultados no fueron precisados en ninguna Declaración pública. ¿Mandató Prieto, y los socialistas españoles, a alguien para que les representara en ella? ¿Celebró el Partido, Socialista Español antes o después de la reunión de Salzburgo, algún Congreso para decidir la posición de sus [16] representantes, o por lo menos para conocer, a posteriori, ésta? Qué gran verdad ésa de que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio...

Del «democratismo» de los Partidos Socialistas –no hablemos siquiera del de los conservadores y liberales– ¡por favor! más vale callar. Empezar por poner un poco de orden en su propia casa, y en su propia conducta, es lo que mejor le iría a Prieto. El «democratismo» de los Partidos Socialistas suele consistir en tomar unos acuerdos en sus Congresos, para hacer en la práctica todo lo contrario de lo acordado. Es ésta una conocida característica de la socialdemocracia, de la que no se libran ni el P.S.O.E. ni D. Indalecio.

Un ejemplo concreto fue el VII Congreso del P.S.O.E. Los delegados del interior traían una moción opuesta a la política de la Comisión Ejecutiva. Pues bien, esa moción ni siquiera fue conocida por los congresistas; quedó enterrada en una sesión secreta del Comité Director y su enterrador fue precisamente Indalecio Prieto. ¡Bonita «democracia» la que consiste en ocultar y enterrar las opiniones del sector del Partido que por su situación más derechos tiene a que se escuche y respete su opinión! No contento con esto Prieto hizo más: en la soledad de su hotel redactó el «mensaje» que había de quedar como la principal resolución política de dicho Congreso. Sin consultar con ninguna ponencia, ni siquiera con la Comisión Ejecutiva, ya fuera del Congreso, en el mitin de clausura y ante la estupefacción silenciosa –porque ¿quién se atreve a contradecir al «demócrata» D. Indalecio?– de la Ejecutiva, de la presidencia del acto y de los congresistas, hizo leer el tal mensaje a su secretario particular, y el documento que nadie había aprobado entró en la historia como la línea política del P.S.O.E. Estupendo ejemplo de democratismo ¿no es cierto?

También sería edificante como ejemplo de «democratismo», que Prieto explicara en qué circunstancias, alrededor de un excelente menú, impuso la expulsión de la Ejecutiva del Partido Socialista de Enrique de Francisco, y de otros antiguos caballeristas y consintió la continuación en sus cargos a quienes por temor a perder el «pot au feu» cotidiano, rompiendo con su pasado, le prestaron una especie de juramento de fidelidad...

Volviendo a las cuestiones serias, se puede afirmar que una de las características de la Conferencia de los 81 ha sido, justamente, el amplio democratismo que ha presidido su preparación y desarrollo; así como el democratismo que inspira el contenido de su Declaración. No es casual que no haya ninguna crítica seria, ni de Prieto ni de ninguno de los comentadores españoles a dicho documento. [17]

Antes de la Conferencia misma una Comisión de representantes de 26 Partidos, designados por todos los demás, trabajó durante un mes en la preparación del proyecto de Declaración. Durante ese mes hubo centenares de intervenciones discutiendo cada problema, cada frase; se dio curso a la crítica más libre. Después, la Conferencia duró otro tanto. Y pese al trabajo previo de elaboración colectiva, en las reuniones plenarias se presentaron y discutieron ¡más de 300 nuevas enmiendas! Jamás documento político ha sido tan discutido como. la Declaración de los 81. Y ello en un plano de completa igualdad; todos los oradores expusieron en cada momento sus opiniones, cualesquiera que fuesen, sin ninguna limitación de tiempo, sin que nadie osara interrumpirles. Algunos periódicos se han referido a supuestas interrupciones del camarada Jruschov; ¡puras invenciones! Ni el camarada Jruschov, ni nadie, interrumpió jamás a un orador.

Prieto no está satisfecho del estilo de la Declaración, lo juzga «largo, machacón, pedestre y pedantesco». Quienes tenemos la obligación de leer sus artículos semanales, no podemos evitar una sonrisa irónica... Bueno está la bueno. Hay que decir que la preocupación de la Conferencia no ha sido producir una pieza maestra de la literatura, sino una exposición clara de principios. Como en todo documento de este carácter hay reiteraciones inevitables, que lo hacen más claro si no más bello. Y hay, sobre todo, una gran diversidad de problemas, a cada cual más importante, lo que explica su amplitud. Por otra parte es verdad que la Declaración es el producto de una redacción colectiva; infinidad de manos han intervenido en ella. Esto quizá afecte al estilo literario; pero es sumamente útil para su claridad. Y esto mismo muestra la forma democrática en que ha sido elaborado. Ciertos puristas –en este caso no entendemos por qué Prieto– pueden sentirse chocados; pero estamos seguros de que los centenares de millones de trabajadores que la han leído, en múltiples idiomas, la comprenden perfectamente. Y éste era el objetivo perseguido.

En cuanto al contenido de la Declaración, su democratismo es evidente. Toda ella está dirigida, precisamente, a impulsar la lucha por la democracia, por la liberación nacional y social de los pueblos, por la paz. Que el contenido principal es éste, lo reconoce involuntariamente el líder socialista, que aconseja a los socialistas hacer suya la política del movimiento comunista, arrebatar a éste sus consignas. «El comunismo –dice– es fruto de muchas torpezas. La más insensata de todas, que engendraría algo verdaderamente irremediable, sería dejar en sus manos la bandera de la paz.»

En la Declaración se examinan diversas situaciones, diversos problemas, de forma muy concreta y con soluciones precisas. No hay en ella contradicciones. El respeto a la libre determinación de cada pueblo no está, ni mucho menos, en contradicción con la crítica que como marxistas-leninistas hacemos al oportunismo yugoeslavo o a la capitulación socialdemócrata, o al dogmatismo [18] en general. Nosotros pensamos que la Revolución en cada país, la política de cada pueblo, es cosa que toca resolver a éste libremente. Pero como marxistas-leninistas tenemos una opinión sobre las diversas corrientes políticas e ideológicas, y la expresamos. Tenemos una concepción sobre las leyes fundamentales de la Revolución y la expresamos. Y en cada país trabajamos por ganar para ella a la mayoría del pueblo. Pero como dice la Declaración no creemos en «la exportación de la Revolución» del mismo modo que estamos dispuestos a luchar contra la exportación de la contrarrevolución.

En realidad, Prieto no expone ningún argumento contra el fondo de la «Declaración». Esto es lo que resulta más claro de su artículo. Lo honesto hubiera sido reconocerlo. Pero Prieto no reconocerá, al parecer nunca, la justeza de una posición del Partido Comunista. Son muchos los años de anticomunismo los que lleva a cuestas; cantidades enormes de prejuicios. Y junto a ellos un desinterés evidente por el porvenir de España. Prieto da la impresión de que el futuro próximo no le interesa porque a su edad difícilmente podrá desempeñar un papel y parece como si encontrara placer en destruir toda posibilidad de que sus correligionarios más jóvenes lo desempeñen, entregándose a una labor destructiva y sin perspectivas. Por fortuna no todos los socialistas, particularmente en España, piensan como Prieto.

 


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