La Internacional Comunista
[ Barcelona ]
 
número 1, abril 1932
páginas 5-25

Las tareas que debe resolver la revolución española

(Hacia el IV Congreso del Partido Comunista Español)

1. La situación política general en el país

Los acontecimientos revolucionarios que se han desarrollado recientemente en España, han confirmado plenamente las directivas de la Internacional Comunista, contenidas en la Carta del Bureau occidental del C.E. de la I.C. a todos los miembros del Partido Comunista de España.

«Las perspectivas inmediatas –leemos en esta carta– aportarán no la “paz social”, no un “equilibrio” político estable, sino encarnizadas batallas de clase, nuevas explosiones de tormentas revolucionarias»…

El movimiento revolucionario del proletariado español, después de algunos meses de ritmo de desarrollo relativamente lento, se encuentra otra vez en un momento ascensional.

¿Qué es lo que caracteriza, en realidad, la verdadera situación política de España?

En España asistimos a una constante agravación de las contradicciones y conflictos de clase.

La agravación de la lucha de clases ha hallado su más clara expresión, en una serie de huelgas generales de masas en las ciudades más importantes y en los centros industriales del país (Barcelona, Sevilla, Bilbao, Málaga, Coruña, &c., &c.), en movimientos políticos locales de los obreros agrícolas y campesinos (huelga política de los obreros agrícolas de la provincia de Badajoz, en la que participaron decenas de miles de obreros, toma de la tierra de los latifundistas por los campesinos en La Almarcha, Feria, Zalamea, &c.), en las tentativas espontáneas de los obreros y campesinos de desarmar a la guardia civil y de armarse ellos mismos (desarme de la guardia en Manresa; Coruña, Sagunto, desarme de la guardia civil de Castilblanco por los campesinos, confiscación de municiones en Sallent, asalto del arsenal en Suria, toma de las armas por los mineros de Solsona y Fígols, &c.), en la toma de los establecimientos del Estado y municipales por las masas revolucionarias (Berga, Suria, &c.).

La huelga general de Sevilla, lo mismo que el movimiento huelguístico en Pontevedra, Alicante, Córdoba, todos ellos de carácter combativo, han sido dirigidos enteramente por el Partido Comunista de España. Estos movimientos se han hecho bajo las siguientes consignas: por la satisfacción inmediata de las reivindicaciones de los ferroviarios; por la expulsión inmediata de los grandes terratenientes y la entrega de la [6] tierra, sin ningún trámite ni indemnización, a los campesinos pobres y obreros agrícolas; por la elevación en un 100% de los salarios de los obreros agrícolas; por el 25% de aumento en los salarios de todo el proletariado; por la jornada de siete horas; contra la ley de defensa de la república; contra la prohibición y persecución de que son objeto el Partido Comunista de España, la Federación Anarquista Ibérica y otras organizaciones de obreros y campesinos; por la libertad inmediata de todos los presos políticos de la clase obrera; por la disolución inmediata de la guardia civil; por la disolución y expulsión de las órdenes religiosas; contra el gobierno del hambre, de la miseria y del paro forzoso; por el gobierno revolucionario de los obreros y campesinos –lo que acredita que el P.C. de España aprende rápidamente a enlazar, en la lucha de masas, las reivindicaciones parciales de los obreros con las consignas políticas actuales.

Al mismo tiempo, ya antes del nuevo ascenso del movimiento de masas de fines de enero de 1932, se advertían en el movimiento obrero actos encaminados a crear un frente único revolucionario por abajo, dirigido y organizado por el P.C. de España.

Toda una serie de huelgas (por ejemplo, la oleada huelguística de noviembre en Bilbao, en la que participaron más de 8.000 obreros de tres fábricas que habían sido hasta entonces fortalezas de los sindicatos reformistas) han sido sostenidas con éxito sobre la base de la táctica del frente único hecho por abajo, en la lucha contra los patronos y los jefes de la U.G.T.

En Zaragoza fue impedido un mitin del sindicato ferroviario reformista, porque los auditores no dejaron hablar a uno de los líderes del partido socialista, Trifón Gómez, al que acogieron con gritos de «¡Abajo Prieto!», «¡Viva el frente único!», «¡Viva la huelga!»

El sindicato reformista de impresores ha pedido la disolución de la guardia civil y la abolición de la ley de defensa de la república, aprobada por los ministros socialistas contra los comunistas y los sindicatos revolucionarios.

A la convocatoria lanzada por los sindicatos de San Sebastián, que se encuentran bajo la dirección del P.C. de España, a todos los sindicatos del país para que participen en la conferencia pro-unidad sindical que ha de celebrarse en febrero, han respondido manifestando su conformidad más de 80 organizaciones con 170.000 afiliados, algunos de los cuales pertenecen a la U.G.T. y a la C.N.T.

El Partido Comunista y los sindicatos revolucionarios han dado los primeros pasos hacia la conquista de la mayoría de la clase obrera. La táctica del frente único por abajo para la lucha por las reivindicaciones inmediatas y la unidad sindical, allí donde ha sido aplicada, ha suministrado al partido la posibilidad de extender su influencia, de penetrar entre las masas y de arrastrarlas a la lucha bajo su dirección. La iniciativa de la unidad sindical revolucionaria tomada por el Partido, ha tenido grandes resultados en los sindicatos autónomos y hasta en los afectos a la U.G.T. y la C.N.T., a pesar del franco sabotaje de los jefes, y ha encontrado una entusiasta acogida entre las masas no organizadas.

El Partido y los sindicatos revolucionarios preparan cada vez más [7] activamente las huelgas y estimulan a los obreros al combate (ferroviarios, metalúrgicos, &c.); penetran gradualmente en las empresas y se esfuerzan en arraigarse en fábricas y talleres.

El Partido extiende su organización por las diferentes regiones del país y va adquiriendo una base en escala nacional. El número de sus afiliados aumenta. El diario del Partido, Mundo Obrero, suprimido ya varias veces por las autoridades republicanas, ha pasado a ser un verdadero órgano de las masas obreras y campesinas. La más clara demostración del sostén del periódico comunista por parte de las masas trabajadoras, es la suscripción abierta por Mundo Obrero en diciembre, y en la que se recaudaron en pocos días cerca de 20.000 pesetas. La tirada del diario se eleva a 35.000 ejemplares, superando la tirada del órgano de los socialistas y equiparándose con la del órgano de los anarco-sindicalistas.

Sin embargo, a pesar de los triunfos de la táctica del frente único y del robustecimiento de la influencia del Partido, el movimiento sigue siendo de todos modos en gran parte espontáneo. Las ilusiones y las formas de lucha anarco-sindicalistas están aún muy extendidas entre las masas e impiden todavía en un grado considerable la lucha organizada. El Partido Comunista no dirige suficientemente la consolidación, desde el punto de vista de organización, de los triunfos alcanzados por el proletariado. Es muy característico, y no constituye el único ejemplo, la inactividad de los comités de fabrica elegidos en Sevilla con motivo de una huelga del verano pasado. Y la tarea de organizar al proletariado, de organizar y dirigir la revolución, es la tarea central más importante del momento.

El nivel alcanzado por el movimiento en el país es desigual. Al lado de lugares con un movimiento de vanguardia, donde el Partido Comunista ha alcanzado un influjo decisivo en las masas del proletariado (Sevilla) o donde va camino de ello (Bilbao), y en los cuales la lucha del proletariado se distingue por sus consignas económicas y políticas relativamente claras y da ejemplo de organización y de disciplina (es de señalar, sin entrar en la apreciación de la táctica del Partido en el último movimiento, que la huelga general de Sevilla y otros lugares comenzó el 25 de enero, es decir, el día fijado previamente por el Partido Comunista), hay comarcas de movimiento atrasado (por su nivel de conciencia y organización).

A estas últimas pertenece Cataluña y particularmente el centro proletario más potente, Barcelona, donde los comunistas, a pesar de las condiciones favorables, a pesar de la gran amplitud del movimiento revolucionario espontáneo, no han logrado hasta ahora, a causa de su insuficiente estimación de la significación de la cuestión nacional y de sus errores sectarios en la aplicación del frente único, una influencia directora entre las masas del proletariado y donde, a consecuencia de esto, la dirección del movimiento de masas de la clase obrera es ejercida por la C.N.T. anarco-sindicalista, que se encuentra en estado de disgregación. Sin embargo, la dirección anarco-sindicalista en esta región –decisiva para la suerte del movimiento proletario en España– desorganiza al proletariado, lo aparta tanto de la lucha política contra el gobierno [8] republicano, como de la lucha por sus reivindicaciones económicas parciales, sometiéndole por tanto al influjo de la burguesía, lo extenúa con sus manifestaciones estériles y desorganizadas bajo consignas sin persistencia e imprecisas.

Asimismo, en otro gran centro proletario, Bilbao, donde la influencia del Partido crece, donde en los últimos tiempos el Partido ha sabido dirigir con acierto una serie de huelgas en empresas donde antes eran fuertes los reformistas, el influjo de los socialistas no ha sido aún enteramente eliminado.

Sin embargo, es absolutamente evidente que sin conquistar la mayoría de la clase obrera en las regiones decisivas del país –y a ellas pertenecen indiscutiblemente Barcelona y Bilbao–, es imposible la lucha victoriosa, triunfal por el derrocamiento del régimen burgués-agrario, por el establecimiento de la dictadura democrática del proletariado y los campesinos en forma de Soviets.

El retraso del Partido se manifiesta visiblemente, sobre todo, en que no dirige aún el movimiento huelguístico de masas, que estalla espontáneamente muy a menudo, contra la voluntad de los jefes socialistas y anarco-sindicalistas, en las diversas regiones del país. En realidad ¿quién dirige la ola de huelgas que se extiende casi por toda España? En la mayoría de los casos, no la dirige el Partido, ni nuestras organizaciones sindicales, sino las organizaciones anarco-sindicalistas, que conducen las huelgas a la derrota. Cierto, las huelgas recientes de Sevilla las han dirigido el Partido y nuestros sindicatos. El trabajo del Partido durante la última huelga de Bilbao fue muy serio. El Partido trabaja activamente en la preparación del movimiento huelguista en Madrid. Pero en el resto del país, dirigen las huelgas y las traicionan los jefes de la C.N.T.

Ahora bien, sin dirigir el movimiento y deshacer las maniobras efectuadas por la burguesía y los jefes socialistas y anarco-sindicalistas para romper las huelgas, es imposible dirigir acertadamente la revolución.

Es indudable también que el proletariado español (a causa, en primer término, de la debilidad de su vanguardia política: el Partido Comunista), no ha sabido todavía organizar y llevar a la lucha a los campesinos, cuyo movimiento, aunque se ha intensificado en los últimos meses, permanece aún en la mayoría de las comarcas en un bajo nivel y no abraza sus capas esenciales en las regiones decisivas de España. Las supervivencias socialdemócratas y anarquistas, así como la insuficiente lucha contra los que se inclinan al trotskismo y contra los confusionistas en el propio Partido, explica la escasa actividad del trabajo de este último entre los campesinos. A pesar de que en los últimos tiempos se advierte un viraje en este dominio, incluso los recientes llamamientos del Partido a los campesinos son muy poco concretos y, lo que tiene mayor importancia, no son lo suficientemente aptos para organizar y desarrollar el movimiento agrario revolucionario. Así, por ejemplo, en dichos llamamientos, el Partido no determina su posición frente a las consignas de los campesinos en las regiones donde existe un movimiento de masas, frente a la toma de la tierra de los grandes propietarios, a su reparto, a la toma y reparto de las cosechas de los grandes terratenientes, [9] a la organización de la resistencia contra los latifundistas y la guardia civil, a la defensa armada de las tierras arrebatadas a los grandes propietarios. Y, sin embargo, el eslabón fundamental capaz de fomentar y organizar la revolución agraria, consiste ahora precisamente en esas exigencias de los campesinos y en la tarea de crear comités de campesinos.

La debilidad del trabajo de los comunistas entre los campesinos no podía dejar de reflejarse en el estado del ejército, el cual, a pesar de que el Partido Comunista ha logrado organizar en una serie de ciudades manifestaciones en los cuarteles y de que entre las masas de soldados reina un gran descontento, sigue, en lo esencial, sometido a sus jefes y participa en la lucha de clases al lado de los terratenientes y de la burguesía contra el pueblo. La pasividad del Partido explica en gran parte este retraso del movimiento de soldados con respecto a los acontecimientos revolucionarios. Y, sin embargo, la lucha por el ejército, al lado de la lucha por el armamento de los obreros, es una tarea práctica del momento actual.

El propio Partido dista mucho de haberse transformado en un Partido Comunista bolchevique de masas. Durante mucho tiempo «se hallaba y desgraciadamente se halla aún, presa del sectarismo y de las tradiciones anarquistas» (carta del Bureau occidental del C.E. de la I.C.). Precisamente estas circunstancias internas (así como los errores y tendencias oportunistas de derecha), le impiden su enlace con las masas.

* * *

Todas estas debilidades del movimiento no amenguan en modo alguno, sin embargo, la significación de la lucha creciente del proletariado. Los acontecimientos muestran las gigantescas posibilidades revolucionarias que encierran las masas del heroico proletariado español, muestran qué vigor será capaz de manifestar, bajo la dirección del Partido Comunista, cuando se logre destruir definitivamente su confianza en los jefes anarco-sindicalistas y socialistas, cuando consiga desarraigar de raíz sus ilusiones democráticas y anarco-sindicalistas, aun fuertes, aunque se debiliten cada día más, que corroen su energía e iniciativa, que encarrilan su lucha por una vía falsa que no abre ninguna perspectiva no sólo para el abatimiento revolucionario de la dominación de la burguesía y los terratenientes, sino hasta para la organización de una resistencia con las menores probabilidades de éxito, frente al ataque creciente de la burguesía y los terratenientes contra el nivel de vida del proletariado y las masas trabajadoras, contra sus libertades políticas elementales, contra sus organizaciones revolucionarias (y, en primer lugar, contra el Partido Comunista). Y, sin embargo, este ataque creciente de las clases explotadoras es cada día más enérgico y tenaz.

La constante agravación de la crisis económica y agraria, la baja de la cotización de la peseta, la reducción de la producción industrial, la mengua de la fertilidad de los cultivos agrícolas, la catastrófica disminución de la exportación, todas estas manifestaciones de la crisis económica, van acompañadas de despidos en masa de obreros en las fábricas y explotaciones agrícolas (el número de parados completos en la ciudad [10] y en el campo se aproxima al millón), de un ataque contra los salarios, tanto por una reducción efectiva de los salarios impuesta por los patronos, como por el establecimiento de impuestos sobre los salarios para cubrir los gastos de los seguros sociales (decreto del ministro “obrero” y “socialista” Largo Caballero sobre el seguro de maternidad obligatorio a costa de los obreros), de la destrucción sistemática de los sindicatos revolucionarios por parte de las autoridades republicanas locales, de detenciones en masa de comunistas, en fin, del terror blanco cada día más agudo, ejercido por la guardia civil y los oficiales.

La burguesía española sostiene este ataque utilizando también todo el atraso cultural y de organización del proletariado español, azuzando a sus organizaciones profesionales una contra otra, luchando por todos los procedimientos contra la atracción de las masas obreras hacia la unidad. La burguesía se esfuerza en encender la guerra civil entre los obreros, provocando sistemáticamente colisiones entre sus diversas organizaciones, utilizando el pistolerismo, &c., para impedir el desarrollo de la guerra civil entre el proletariado y la burguesía. Los jefes de los sindicatos reformistas y anarco-sindicalistas intervienen en calidad de vehículos directos de este ataque en el interior de la clase obrera, ora actuando abiertamente como organizadores del esquirolaje y escisionistas del movimiento sindical, ora encubriendo su traición con toda suerte de razonamientos sobre «la imposibilidad de sostener luchas económicas en período de crisis», sobre la «inadmisibilidad de las reivindicaciones excesivas de los obreros que amenazan las conquistas de la revolución», &c., &c.

La burguesía y el gobierno republicano burgués-agrario, no están contentos, sin embargo, con estos servicios de los rompehuelgas y embaucadores socialistas y sindicalistas, y empiezan a emplear cada vez más tenazmente los métodos del ataque franco contra toda suerte de manifestaciones de lucha, entre otras, contra la lucha económica de la clase obrera española. Los meses que han precedido a los últimos acontecimientos testimonian el refuerzo de la reacción política y el robustecimiento simultáneo del revolucionarismo de las masas obreras y campesinas, el comienzo de un ataque feroz de los patronos y del Estado burgués-agrario (con el apoyo del partido socialista y de los líderes anarco-sindicalistas) contra la clase obrera y los campesinos. La ola de fusilamientos en masa de manifestantes pacíficos por la guardia civil, de represiones sangrientas de los campesinos revolucionarios, de asesinatos de obreros revolucionarios desarmados, culpables únicamente de haber tratado de mejorar sus salarios por medio de la huelga, se extiende por todo el país.

Así, a principios de diciembre del año pasado, la guardia civil trató de ahogar en sangre la gran huelga de Gijón (4 obreros muertos y 12 heridos); en Zaragoza, la huelga contra el seguro obligatorio costó un obrero muerto y otro gravemente herido; el 14 de diciembre la guardia civil dispara contra una manifestación pacífica, organizada por los sindicatos de la C.N.T. de Huesca en honor de los héroes locales de la revolución burguesa-democrática, caídos en la lucha contra la monarquía; hiriendo a muchos obreros y matando a uno; el 27 de diciembre, [11] ametrallamiento de una manifestación de obreros agrícolas y campesinos en La Almarcha: 2 muertos y muchos heridos; la misma guardia civil se esfuerza en sofocar por las armas el movimiento de los obreros agrícolas y campesinos de la provincia de Badajoz, en el que participan 80.000 personas; sin embargo, como la guardia civil asesinara a un viejo campesino, las masas revolucionarias respondieron desarmando a la guardia civil. En enero, la represión se intensifica. El 2 es ametrallada por la guardia civil una manifestación pacífica en Zalamea (2 muertos y muchos heridos); en Puertollano, 1; el 3, la guardia civil hace correr un río de sangre en Arnedo, donde ametralla a una manifestación pacífica de huelguistas afiliados a los sindicatos reformistas, 4 mujeres, 1 hombre y 1 niño de tres años muertos; 30 hombres y mujeres heridos, tres de los cuales mueren al día siguiente. El 17 de diciembre se produce en Bilbao una colisión sangrienta entre obreros socialdemócratas y católicos tradicionalistas, provocada por los últimos: 3 obreros y un católico muertos. A raíz de esto se declara en Bilbao la huelga general y se organizan manifestaciones populares de masas.

La burguesía y los terratenientes desencadenan la guerra civil, esforzándose por ahogar en sangre el movimiento revolucionario de los obreros y campesinos, por extenuar al proletariado, por impedir, mediante detenciones en masa, la preparación de sus cuadros directores revolucionarios, en reducir sus organizaciones revolucionarias (y en primer lugar el Partido Comunista) a la ilegalidad.

La lucha revolucionaria creciente del proletariado –huelgas generales en Sevilla, Bilbao, Barcelona y otras localidades– iniciada el 20 de enero de 1932, que acredita la constante agravación de la crisis, obliga a la burguesía y a los terratenientes a movilizar todas sus fuerzas para sofocar en sangre el movimiento revolucionario.

El gobierno burgués-agrario de Azaña-Largo Caballero efectúa detenciones en masa de comunistas (en Barcelona, Sevilla, &c.). Toda la prensa comunista está prohibida. Se envían grandes fuerzas armadas a las regiones donde los combates son más agudos; en Barcelona y Sevilla y las localidades circundantes, el gobierno republicano concentra escuadrones de caballería, baterías de artillería, escuadrillas de aviones, buques de guerra. En Sevilla, la víspera de la huelga general fijada por el Partido Comunista y los sindicatos para el 25, todos los puntos estratégicos de la ciudad estaban ocupados por las tropas; se apostaron ametralladoras en las azoteas; los locales de las organizaciones obreras fueron clausurados. El jefe del gobierno contrarrevolucionario, Azaña, al que las Cortes republicano-socialistas de la burguesía y los terratenientes dieron un voto de confianza y plenos poderes dictatoriales, declara que reprimirá enérgicamente todo alzamiento, el jefe de la expedición punitiva de Barcelona amenaza con castigar brutalmente al pueblo y dice que no tolerará ofensas ni amenazas “no sólo de hecho o de palabra, sino ni con la mirada”. El ejército y la guardia civil toman por asalto las fortificaciones levantadas por el pueblo revolucionario. En Berga, Sallent, Manresa, las colisiones armadas entre los obreros y las tropas gubernamentales duran varios días.

El partido socialista, partido gubernamental, interviene en calidad [12] de fusilero de vanguardia de la contrarrevolución. Dicho partido excita al gobierno, al ejército, a la guardia civil, a que castiguen más brutalmente a los obreros y campesinos, a los comunistas. Su órgano central, El Socialista, considera que el gobierno de verdugos presidido por Azaña, que ametralla a los obreros y campesinos, da pruebas de una «tolerancia que los enemigos de la república toman por impotencia». Toda su agitación va dirigida contra el Partido Comunista, el único partido del proletariado, contra la huelga general política fijada por el Partido Comunista para el 25 de enero y realizada por él en Sevilla.

«Se alzan los elementos rojos más extremos –escribe El Socialista–; estos posesos se aprovechan arteramente de la libertad que no han merecido… Confiamos en que el gobierno republicano cesará en su actitud de tolerancia y en que no permitirá que una provincia tras otra, una ciudad tras otra sean teatro de acontecimientos dolorosos, que amenazan degenerar en guerra civil.»

Los cuadros directivos del anarco-sindicalismo, en medio del desarrollo de la lucha revolucionaria de masas en el país, se han aproximado aún más al partido socialista gubernamental, sosteniéndolo desde fuera, rompiendo las huelgas junto con él e interviniendo junto con el contra la huelga general del 25 de enero.

Así, por ejemplo, los sindicatos anarco-sindicalistas de Asturias, Galicia, Zaragoza, han publicado una declaración pidiendo a los obreros que no participen en la huelga general organizada por el Partido Comunista. Los líderes anarco-sindicalistas han puesto así al descubierto su traición, su papel de auxiliares del gobierno burgués-agrario de Azaña-Caballero, de auxiliares de los verdugos, de la guardia civil republicana, papel que encubren únicamente con frases demagógicas y con su aventurerismo práctico, nocivos para la causa de la clase obrera y beneficiosos para la acción de la burguesía.

* * *

¿A qué obedece este paso franco de las autoridades burguesas-agrarias a la política de aplastamiento y destrucción del movimiento revolucionario de los obreros y campesinos?

A la creciente polarización de las fuerzas de clase en movimiento, a la creciente revolucionarización de las masas trabajadoras que comienzan a perder sus viejas ilusiones, su confianza en los capitalistas y terratenientes, su fe en los jefes socialistas y anarco-sindicalistas; a la creciente insolencia de la burguesía contrarrevolucionaria y de parte de la pequeña burguesía urbana arrastrada por ella. En esto se diferencia la situación política actual, de la que se formó inmediatamente después de los acontecimientos revolucionarios del 14 de abril de 1931.

«La reagrupación de las clases y los partidos que comenzó cuando las jornadas de abril, ha adquirido ya contornos bien precisos. Nos hallamos en frente de una nueva disposición de las fuerzas de clase y de partidos. El papel dirigente está desempeñado, en el campo de la contrarrevolución, por la gran burguesía republicana apoyada por las fuerzas de la contrarrevolución monárquica –los terratenientes, la iglesia, el cuerpo de oficiales, &c.–, que someten a la pequeña burguesía urbana [13] y sus partidos, los partidos burgueses y pequeño burgueses de los nacionalistas catalanes, &c. El campo de la revolución está constituido por el proletariado y los campesinos» (carta del Bureau Occidental del C.E. de la I.C.).

La burguesía, que ocupa el poder formando un bloque con los agrarios desde la caída de la monarquía, no ha resuelto uno solo de los problemas fundamentales de la revolución burguesa democrática. La república burguesa española, bautizada en la Constitución como “República de trabajadores de todas las clases”, ha conservado en forma casi idéntica las castas y privilegios de clase existentes antes del derrumbamiento de la monarquía.

El problema de las nacionalidades y pueblos oprimidos y colonias no ha sido resuelto. La autonomía cultural otorgada a Cataluña no es otra cosa que una transacción entre el gobierno central imperialista español y la gran burguesía regional, hecha con el fin de reforzar la explotación de las masas trabajadoras de las nacionalidades oprimidas y el aplastamiento del movimiento revolucionario.

La separación de la Iglesia y el Estado, adoptada en principio por las Cortes Constituyentes, no ha sido llevada a la práctica, y la Iglesia conserva casi todos sus privilegios. Sólo en los últimos tiempos, y bajo la presión del movimiento revolucionario, el gobierno español ha engañado hábilmente a las masas, promulgando un decreto sobre la expulsión de los jesuitas y la confiscación de los bienes de la Orden. Conviene, sin embargo, tener en cuenta que todos los capitales jesuitas, ya en tiempos de la monarquía, figuraban en los bancos a nombre de personas no profesas en la orden, con lo cual el reciente decreto gubernamental resulta una farsa destinada a engañar a las masas.

¿En qué estado se encuentra hoy la cuestión agraria en España, el problema central de la revolución burguesa-democrática?

Hay una intensa y constante agudización de todas las contradicciones de clase, sobre la base del mantenimiento de todas las antiguas relaciones sociales en el campo. En el campo perduran vestigios semi-feudales. La Constitución no ha abolido una sola de las cargas feudales. El foro, la rabassa morta, el condominio, &c., siguen existiendo. La reforma agraria del gobierno republicano está encaminada, como comprenden claramente todos los obreros agrícolas y campesinos trabajadores, a conservar el poder y las rentas de los terratenientes y caciques en el campo. Estos últimos, al mismo tiempo, cuentan con el paso del insignificante sector de la burguesía agraria (campesinos ricos) al lado de los partidos contrarrevolucionarios de “orden” burgués.

A través de la envoltura brillante, pero ya ajada, de todas las promesas y votos posibles de los politicastros republicanos de izquierda, socialistas, anarco-sindicalistas, va perfilándose la siguiente tendencia fundamental de todas las reformas burguesas: ayudar al terrateniente español a capitalizar sus rentas, por lo menos de parte de sus posesiones, a expensas de una ulterior explotación de las masas campesinas fundamentales (tal es precisamente el fondo de clase de los proyectos de indemnización por las tierras de los grandes propietarios); crear una pequeña capa de “propietarios acomodados” entre los mismos campesinos, [14] una capa de burguesía campesina directamente interesada en mantener la dominación de la burguesía y en buen acuerdo con los grandes terratenientes. Por tal procedimiento se espera conjurar el desarrollo de la revolución agraria.

Es absolutamente indudable que esta reforma agraria así concebida está condenada a una bancarrota indiscutible. El Parlamento ha rechazado ya como extraordinariamente “radical” el proyecto sobre la expropiación de una parte de los bienes de los grandes propietarios y su reparto, mediante indemnización, entre una capa insignificante de la población campesina. El nuevo proyecto de “reforma” prevé ya sólo la expropiación de una parte de las tierras “incultas” o “en barbecho” de los grandes propietarios, y sólo “tomando en consideración la situación financiera del Estado”. Además, los mismos terratenientes deben establecer el precio y la extensión de las tierras que hayan de serles expropiadas.

El decreto sobre el arrendamiento “colectivo” se propone perpetuar y extender el sistema feudal de la caución solidaria de los campesinos ante los terratenientes, mediante el pago integral y a tiempo del arrendamiento, adaptando únicamente este sistema a las nuevas condiciones del crédito burgués. Los decretos sobre el arbitraje obligatorio en el campo y sobre las comisiones mixtas agrícolas, tienen como fin colocar fuera de la ley la mayoría de las huelgas de obreros agrícolas y someter la solución de los conflictos entre obreros agrícolas y campesinos, por una parte, y terratenientes por otra, a la arbitrariedad de los caciques locales, de la guardia civil, de la policía y de los propios terratenientes. Al mismo tiempo, los proyectos de crédito agrícola tienden a conceder parte de estos créditos a los campesinos ricos del agro español y a sobornar a esta capa explotadora del campo.

Es absolutamente claro que todas estas reformas no sólo no atenúan la crisis agraria, no sólo no resuelven el problema agrario, no sólo no alivian las necesidades y padecimientos inverosímiles de las masas, sino que, por el contrario, ahondan las contradicciones de clase, contribuyen al incremento ulterior de la miseria, de la desesperación, pero también de la lucha revolucionaria en el campo.

Es indiscutible la absoluta ineptitud de los socialistas y anarco-sindicalistas para resolver la cuestión agraria. Los jefes socialistas defienden los decretos del gobierno republicano encaminados al enriquecimiento de los latifundistas y de los campesinos acomodados a expensas de la explotación de las masas campesinas fundamentales. Y precisamente al mismo tiempo que el gobierno republicano, por medio de expediciones punitivas y de la guardia civil, sofoca las explosiones de la cólera popular y defiende con las armas la gran propiedad fundiaria contra la toma inmediata de la tierra por los campesinos mismos, los jefes anarcosindicalistas se pronuncian contra la pequeña propiedad privada de la tierra y su usufructo individual por los campesinos, contra la reivindicación revolucionaria de los campesinos concerniente al reparto de las tierras de los grandes propietarios.

«Todo lo que se ha dicho acerca de posible repartos carece de sentido –dice el anarco-sindicalista Vallina, tranquilizando a los latifundistas–; [15] el obrero andaluz, apolítico y revolucionario, sabe que el reparto es la bancarrota.»

Esta hostilidad a la consigna revolucionaria de los campesinos –expropiación sin indemnización de las grandes propiedades en beneficio de los obreros agrícolas y de los campesinos pobres y medianos– unifica al jefe anarco-sindicalista Pestaña con los republicanos de derecha Alcalá Zamora y Maura, que se han pronunciado también por la forma “colectiva” de posesión y usufructo de la tierra. Los anarco-sindicalistas descifraron esta fórmula de Pestaña y Alcalá Zamora, declarando por boca de Vallina que “los campesinos serán sindicados a la fuerza” y que “al terrateniente se le ofrecerá una indemnización pagada en “valores amortizables”. El gobierno republicano ha aplicado esta fórmula en su decreto sobre los arrendamientos “colectivos”, es decir, en el decreto sobre el mantenimiento de la servidumbre feudal y de la caución solidaria feudal.

¿Qué se desprende de lo más arriba dicho?

Que la revolución agraria, como contenido esencial de la revolución burguesa democrática, es hoy, no menos, sino más actual en España;

que el proletariado tiene plena posibilidad de congregar en torno suyo a todas las capas trabajadoras del campo y, en primer lugar y particularmente, a los campesinos pobres;

que todos los partidos burgueses, incluyendo los socialistas y los jefes anarco-sindicalistas, defienden la forma burguesa-latifundista de explotación de las masas campesinas fundamentales, en beneficio de los terratenientes y de la capa insignificante de campesinos ricos que se aburguesan;

que el único partido en España que puede dirigir victoriosamente la revolución agraria en beneficio de los obreros y campesinos, que puede destruir por completo y consecuentemente todos los vestigios del feudalismo y desembarazar el camino para la lucha inmediata por el socialismo, que puede garantizar la rápida transformación de la revolución burguesa democrática en revolución socialista, es el partido del proletariado, el Partido Comunista.

¿Puede, pues, sorprender que en una situación de agudizamiento de la crisis económica, sobre la base de la agravación constante de todas las contradicciones no resueltas de la revolución burguesa democrática, surja un nuevo movimiento potente del proletariado y los campesinos, azotado por bárbaras represiones y por el terror blanco de la contrarrevolución insolente, pero que amenaza derrumbar los cimientos mismos del régimen burgués-latifundista?

* * *

La situación política está preñada de posibilidades de grandes colisiones de clase en el futuro más inmediato. Las masas revolucionarias ansían el combate, y, por la experiencia de la lucha de clases, se convencen cada vez más de la necesidad de una dirección comunista. Las ilusiones democráticas y las tradiciones anarco-sindicalistas de lucha se debilitan, aunque todavía hoy representen un obstáculo considerable para las acciones revolucionarias triunfales de las masas trabajadoras. [16] La influencia del Partido crece, pero el movimiento espontáneo desborda su capacidad de dirigir las más amplias manifestaciones del pueblo revolucionario. El partido socialista y los líderes anarco-sindicalistas, hacen todo lo posible por romper el impulso del pueblo revolucionario y someter el movimiento al influjo de la burguesía contrarrevolucionaria. Las clases directoras desencadenan la guerra civil, tratando de extenuar a la clase obrera y de reducir a la ilegalidad sus organizaciones revolucionarias.

¿Qué necesitan hacer, en primer término, los comunistas, en tales condiciones para organizar la resistencia victoriosa contra la contrarrevolución insolente, para garantizar el paso organizado del proletariado y de las masas laboriosas dirigidas por él al contraataque victorioso, para que el movimiento deje de tener los rasgos de las explosiones anarco-sindicalistas y conduzca al triunfo decisivo de la revolución burguesa demócrata, al establecimiento de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos en forma de Soviets?

Para esto es necesario:

En primer lugar, dirigir el movimiento contra la contrarrevolución efectiva, representada por las fuerzas que defienden el parlamento y el gobierno burgués-latifundista de Azaña-Largo Caballero, es decir, contra el bloque burgués-latifundista, y para ello destruir sistemática y perseverantemente las ilusiones democráticas y sindicalistas de las masas proletarias, ilusiones que frenan el movimiento; organizar un amplio movimiento huelguístico-económico y desarrollar la iniciativa revolucionaria de las masas en la lucha contra los órganos del poder burgués-latifundista. (Desarme de la guardia civil, armamento de los obreros, etcétera, etcétera.)

En segundo término, en el desarrollo de la lucha revolucionaria de masas, conquistar la mayoría de la clase obrera sobre la base de la aplicación justa de la táctica del frente único por abajo y de la consolidación, desde el punto de vista de organización, de los éxitos obtenidos (creación de oposiciones sindicales en la U.G.T. y la C.N.T., formación de comités de fábrica y, cuando existan las condiciones necesarias, de Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados, como órganos de movilización de masas para la lucha inmediata por la toma del poder, y para ello destrucción de las tradiciones y métodos anarco-sindicalistas de desorganización del movimiento de la clase obrera).

En tercer lugar, conquistar aliados para el proletariado en la revolución burguesa-democrática –los campesinos y la pequeña burguesía urbana pobre–, y para ello desencadenar la revolución agraria, extender el movimiento de los campesinos dirigido ya ahora, en los distritos de vanguardia, hacia la ocupación y el reparto de las tierras de los grandes propietarios, hacia la confiscación de las existencias de cereales de los terratenientes, y dirigir la lucha de las masas trabajadoras de las nacionalidades, pueblos oprimidos y colonias, contra la burguesía imperialista española y su Estado.

Es indudable que es condición necesaria para la solución de estos grandes problemas políticos la ulterior bolchevización del Partido Comunista, su transformación en un Partido bolchevique de masas, con [17] una vida política activa y organizado sobre la base del centralismo democrático, la liquidación, tanto en la teoría como en la práctica, de las organizaciones del partido, de las desviaciones sectarias, trotskistas, anarco-sindicalistas y oportunistas de derecha.

2. La lucha contra las ilusiones constitucionales-democráticas y anarco-sindicalistas.

La amplia difusión entre las masas de obreros y campesinos españoles de las ilusiones democráticas y anarco-sindicalistas, es el obstáculo principal y más fuerte para el ulterior desenvolvimiento de los combates revolucionarios victoriosos en España.

¿Qué vía prefiere seguir en la actualidad la burguesía para embaucar a la clase obrera?

El método más eficaz de engaño de los obreros por parte de la burguesía –método que emplean, en primer lugar, los socialistas, pero que tampoco desdeñan de utilizar los jefes anarco-sindicalistas– consiste en intimidar a las masas con la perspectiva de la “reacción”, con la perspectiva de la contrarrevolución monárquica, en comparación con la cual el actual gobierno republicano de “izquierda” de Azaña y compañía es presentado no sólo como un “mal menor”, sino punto menos que como la “democracia de trabajadores de todas las clases” más perfecta que exista en el mundo.

El Partido Comunista está obligado a desenmascarar del modo más paciente y perseverante esta gran maniobra política de la burguesía contrarrevolucionaria española, este impúdico engaño, esta intimidación que tiene como único fin someter al proletariado, en las actuales circunstancias de crisis revolucionaria en desarrollo, al gobierno contrarrevolucionario, antipopular y de verdugos de Azaña-Largo Caballero, que dirige activamente la contrarrevolución burguesa-latifundista, que se alía con todas las viejas fuerzas de la contrarrevolución monárquica y desembaraza así el camino para el restablecimiento de la monarquía borbónica.

«El peligro de la contrarrevolución de derecha» – es decir, la restauración de la monarquía– a propósito del cual grita tanto la prensa social-fascista y anarco-sindicalista, lo crea la propia burguesía española que en alianza con los terratenientes ocupa el poder.

Por un motivo análogo, Lenin escribía en 1917, en el intervalo entre la revolución de marzo y la de noviembre:

«Para la burguesía es útil y necesario para perpetuar su dominación, engañar al pueblo, presentando las cosas como si ella representase “la revolución en general” y a la derecha amenazase la contrarrevolución zarista.»

Y más lejos: «los charlatanes agitan e inflan a propósito el espantajo de la revolución burguesa con el fin de asustar al pueblo, con el fin de proporcionar una emoción política a los filisteos, con el fin de apartar la atención del pueblo de la verdadera contrarrevolución seria.» («Los árboles impiden ver el bosque», t. 21, pág. 83-84.)

El Partido Comunista debe, por tal razón, explicar a las masas trabajadoras, [18] denunciando el engaño burgués de los socialistas y la burguesía, que fuera de la lucha revolucionaria abierta contra la “verdadera contrarrevolución seria”, contra el gobierno de Azaña-Largo Caballero, que ha congregado y organizado en torno suyo todas las fuerzas esenciales e influyentes contrarrevolucionarias de España, es imposible toda lucha victoriosa contra la posibilidad de una restauración monárquica creada por la propia burguesía contrarrevolucionaria que ocupa el poder (en alianza con los latifundistas). Hay que abrir el fuego más decisivo contra la especulación de los socialistas sobre el peligro de una reacción de derecha, a la que se opondría el gobierno democrático de Azaña-Largo Caballero. El Partido Comunista debe desenmascarar sistemáticamente la calumnia de los republicanos burgueses, de los socialistas, &c., hasta Maurín, que trata de presentar la lucha consecuente e implacable del Partido Comunista contra la dictadura burguesa-latifundista, personificada por el Parlamento y el gobierno de Azaña-Largo Caballero, como una “acción conjunta de los comunistas y los monárquicos”.

Algunas organizaciones comunistas locales, cediendo a esta presión “democrática”, contrarrevolucionaria en el fondo, incurren en errores, aplicando el frente único por arriba (como en Bilbao, donde fue organizada una manifestación contra los asesinos católicos, en la cual los comunistas iban al lado de los jefes de las organizaciones locales socialistas y anarco-sindicalistas y hasta de las autoridades civiles locales con los gobernadores a la cabeza). Es necesario luchar resueltamente contra tales errores como contra la más peligrosa manifestación del oportunismo de derecha.

Sólo se puede arrancar a las masas de la influencia de los socialistas (que se refuerzan en algunos lugares a expensas de la C.N.T. en descomposición), denunciando implacablemente su engaño democrático, su especulación contrarrevolucionaria sobre el peligro de una contrarrevolución de derecha. Precisamente el gobierno actual de radicales de “izquierda” y socialistas, es el gobierno de la contrarrevolución burguesa, que se oculta, en las circunstancias especiales de la revolución en marcha, bajo la hoja de parra de la “democracia de trabajadores de todas las clases”. El gobierno organiza el asesinato en masa de los obreros y el ametrallamiento de las manifestaciones obreras y campesinas, aplasta las huelgas obreras, promulga decretos declarando las huelgas fuera de la ley si surgen sin que los obreros las anuncien especialmente a los capitalistas y a los órganos del poder con 8 días de anticipación. El gobierno envía destacamentos punitivos al campo, para el aplastamiento de los campesinos que empiezan a adueñarse por sí mismos de las tierras de los grandes propietarios y a incendiar sus casas señoriales. El gobierno ha infestado los centros obreros de guardia civil monárquica y de fuerzas armadas contrarrevolucionarias. El gobierno prosigue la política imperialista de sojuzgamiento y explotación de las masas populares de Marruecos, orientándose en la política internacional hacia el imperialismo francés, digno continuador del zarismo ruso en el puesto de gendarme de Europa. [19]

3. La revolución debe ser organizada

La justeza de la línea política del Partido (en la apreciación del carácter de la revolución, de sus fuerzas motrices, de la naturaleza del poder, &c.), no garantiza por sí sola los éxitos del Partido en el movimiento de masas.

La revolución debe ser organizada por los comunistas.

Las tradiciones anarquistas y sectarias en el seno del Partido, la actitud de desdén y menosprecio con respecto al trabajo de organización política, el temor sectario a las masas, la desconfianza en la energía e iniciativa creadoras de las grandes masas del proletariado, no deben ser toleradas más en el partido. Hay que declarar una guerra implacable al “remolquismo”, a la espontaneidad anárquica.

El P.C., en fin, debe comprender con la situación política, que se ha modificado después del derrocamiento de la monarquía y de la incorporación de masas de millones a la lucha, exige una modificación correspondiente de los métodos y formas de trabajo del Partido de los métodos y formas de movilización y organización de las masas.

¿Qué es lo que ha cambiado?

Millones de personas se incorporan al movimiento. Millones de personas se despiertan a la vida y a la lucha políticas. El Partido debe instruirles para el combate. Hay que organizarlas: en el Partido, en los sindicatos, en las grandes organizaciones simpatizantes del Partido. Esas personas deben ser dirigidas por una organización precisa, flexible, ramificada, capaz de movilizarlas rápidamente. El Partido debe transformarse en un brevísimo período de tiempo en un Partido de masas. Cada empresa debe pasar a ser una fortaleza del Partido. Si en cada empresa influyente no se forma un comité de fábrica, si en los pueblos no se crean comités de lucha elegidos por los mismos campesinos, comités de campesinos, y estos comités no están ligados del modo más estrecho con el Partido Comunista y no se hallan bajo su dirección, el P.C. seguirá siendo un Estado mayor sin fuerzas de base.

Nuevas fuerzas gigantes se lanzan al movimiento.

«En tales momentos sobre todo, aumenta el significado de la organización…» «No hay que retractarse de la tarea de organizar la revolución.» (Lenin)

Pero organizar la revolución significa, en primer término, organizar un partido bolchevique.

La consideración de que no hay gentes para desarrollar un trabajo comunista es un oportunismo podrido, un repugnante sectarismo, un vestigio del espíritu de grupo. Al contrario, precisamente en tiempos de ascensión revolucionaria, el partido revolucionario posee en las masas reservas inagotables de donde sacar nuevas fuerzas.

En España ahora, lo mismo que en Rusia en 1905, hay una «terrible dilatación del movimiento. Hay aflujos desconocidos, aliados innumerables e infinitos, camaradas, amigos y simpatizantes incontables». (Lenin)

Pero «dad una mayor extensión a las empresas más diversas, a los grupos y círculos más diferentes, recordando que la rectitud de su [20] camino, aun aparte de nuestros consejos, está garantizada por las exigencias inexorables del curso mismo de los acontecimientos revolucionarios…» «Es menester reclutar audaz, amplia y rápidamente a los jóvenes combatientes en las filas de todas nuestras organizaciones de toda suerte.» (Lenin)

Es completamente inadmisible, y además perjudicial para la revolución, la pasividad sectaria en lo que concierne al reclutamiento de nuevos miembros para el P.C. Los diez mil miembros del P.C. de España son una gota de agua en el Océano revolucionario. Existen todas las condiciones objetivas para triplicar, para quintuplicar la organización en un brevísimo lapso de tiempo. Falta únicamente audacia y saber reclutar a los mejores proletarios revolucionarios, a los mejores campesinos pobres revolucionarios. En torno de nuestro Partido se han formado ya amplios cuadros de simpatizantes en las ciudades y en el campo. Es menester abrirles de par en par las puertas. Es preciso efectuar el más perseverante y amplio trabajo explicativo contra las tendencias secretas, anarquistas y oportunistas de derecha en el interior del Partido. Al mismo tiempo, hay que tomar medidas de organización contra los sectarios incorregibles, contra los filisteos torpes que se encubren con frases de “izquierda” sobre el Partido, el cual debiera estar según ellos, formado por un puñado de revolucionarios puros absolutamente conscientes, y que temen el acceso de nuevos proletarios revolucionarios al Partido; hay que tomar contra ellos medidas de organización llegando hasta su apartamiento de los órganos del Partido y a su exclusión en caso de que continúen defendiendo tenazmente su postura política, a pesar de las decisiones del Partido. Es necesario no sólo reclutar audazmente obreros, sino también incorporar valientemente a los nuevos miembros a los puestos responsables del trabajo del Partido, instruyéndoles sistemáticamente, comprobando su trabajo, corrigiendo sus errores sobre la marcha.

Y esto hay que hacerlo rápidamente, porque la revolución no espera.

«Los años de crisis revolucionaria han sido años en que se daban todas las condiciones objetivas… para que el P.C. conquistara la influencia decisiva y posiciones de organización inquebrantables, no sólo entre los obreros de las ciudades, sino también entre el proletariado rural y los campesinos. El P.C. no ha conseguido esto.» (Carta del Bureau Occidental del C.E. de la I.C.)

¿Cuál es la causa esencial, radical, de este retraso del Partido? Son las tendencias sectarias, los métodos anarquistas de trabajo, el espíritu de grupo en el trabajo del Partido.

El IV Congreso del Partido debe imponer un viraje en los métodos de trabajo del Partido, desde la célula a los comités regionales y central. Es necesario acabar decididamente con una situación en que las organizaciones no son dirigidas por los órganos del Partido, elegidos y formados sobre la base del centralismo democrático, ni actúan siguiendo los principios del trabajo colectivo, sino que están dirigidas por grupos de amigos que se formaron en los largos años de existencia clandestina del Partido, que están desligados de las masas, que a menudo mandan, [21] pero que no dirigen. Es menester acabar decididamente con una situación en que los órganos del Partido, en vez de seguir una única línea política, flexible y disciplinada, en vez de estar ligados estrechamente con las masas, con las empresas, y de poseer una autoridad dirigente real entre todos los miembros del Partido, representan hasta ahora en una medida considerable un sistema propio de “grupos de propagandistas sectarios”, de “comunistas” “escogidos” (Carta del Bureau Occidental del C.E. de la I.C.).

Es indiscutible que el espíritu de grupo dominante en el Partido sirve de base tanto para el oportunismo de derecha como para el anarquismo, que coinciden en la sumisión a la espontaneidad.

Y al contrario: «ambas tendencias, los oportunistas y los “revolucionarios”, se abstienen ante la pequeña burguesía dominante, no creen en la posibilidad de liberarse de ella, no comprenden nuestra primera y más imperiosa tarea práctica: crear una organización de revolucionarios capaz de garantizar la energía, constancia y aplicación de la lucha política». (Lenin, t. IV, pág. 441.)

¿Qué hace falta ahora, en vísperas y en el curso mismo del trabajo del IV Congreso, para efectuar el viraje en el trabajo del Partido?

Hace falta, en primer lugar que todas las células discutan la carta del Bureau Occidental del C.E de la I.C. a todos los miembros del P.C. de España. Es necesario, desde el punto de vista de esta carta, controlar el trabajo de cada organización sobre la base de una autocrítica valiente, poner al descubierto los errores sectarios, anarquistas, trotskistas y oportunistas de derecha, sosteniendo una lucha constante e implacable contra todas las desviaciones de la línea del Partido y por la ideología bolchevique monolítica del Partido. Es necesario garantizar no sólo durante la campaña que ha de preceder al congreso, sino en todo el período posterior, la discusión sistemática de todos los problemas políticos en todas las células, intentando dar a todos los miembros una clara conciencia de la línea y de las tareas del Partido, tratando al mismo tiempo de aplicar disciplinadamente las decisiones ya adoptadas. Es preciso a la par, analizar y estudiar la experiencia del trabajo del Partido, la experiencia del desarrollo de cada huelga, de cada manifestación, de los métodos de agitación y organización de masas, &c., pues el espíritu de grupo, la rutina, &c., en las organizaciones del Partido obedecen no sólo a la pasividad anarco-sectaria y oportunista, sino muy a menudo también a la ignorancia de los miembros acerca de cómo debe efectuarse el trabajo, a su desconocimiento de la experiencia del trabajo bolchevique y de la organización de masas. Una de las más importantes consignas del Partido debe ser la de aprender a dirigir de un modo bolchevique las huelgas, las manifestaciones, las acciones de los campesinos, etcétera, etcétera, la de aprender a organizar de un modo bolchevique los sindicatos, la oposición sindical, los comités de fábrica, los comités campesinos, &c.

En segundo término, es necesario, durante la campaña que preceda al congreso y después de la terminación de este último, crear sistemática y perseverantemente una dirección del Partido firme y activa, compuesta en su mayoría de proletarios, que trabaje colectivamente y [22] esté estrechamente ligada con las masas; no ligada con las masas “en general”, sino concretamente: con tales grandes empresas determinadas, con los más importantes distritos agrícolas, &c.).

Es menester crear y fortalecer los órganos del Partido en la escala local, de radio y regional.

Debe apartarse sin vacilación de los órganos directores del Partido a los sectarios incorregibles y a los oportunistas que impiden que el Partido efectúe el viraje sobre la base de las directivas de la I.C.

Todo el trabajo de antes y después del Congreso debe ir acompañado del esclarecimiento de las tareas y de la línea fijadas por el congreso ante el problema de la conquista de grandes masas de obreros sin partido y del más audaz reclutamiento de nuevos miembros, así como de la incorporación de estos últimos a los puestos de trabajo responsable.

* * *

Sólo en tales condiciones el P.C. de España obtendrá triunfos decisivos en lo que concierne a la bolchevización de sus filas, a su transformación en un Partido centralizado bolchevique de masas, en la verdadera vanguardia política del proletariado español.

Indudablemente sólo se puede organizar el Partido sosteniendo al mismo tiempo una lucha por la conquista de la mayoría de la clase obrera, por la dirección de su lucha, por la conquista de aliados del proletariado en la revolución. Organizar la revolución quiere decir, en primer término, saber señalar en cada etapa de la lucha las tareas centrales y esenciales, concentrar en ellas la atención principal del Partido y de las masas trabajadoras dirigidas por él; organizar la revolución quiere decir concentrar como es debido todas las fuerzas para resolver los problemas fundamentales en los lugares decisivos.

La conquista por el Partido de la mayoría de la clase obrera exige, en primer lugar, concentrar la atención en el trabajo en Cataluña. El Partido no puede conquistar la mayoría de la clase obrera española, sin conquistar esa región, donde existen las ramas más importantes y más concentradas de la industria.

Sin embargo, la falsa posición del Partido en lo que concierne a la cuestión nacional le impide conquistar la mayoría de la clase obrera en Cataluña, impide el paso de los campesinos al lado del proletariado, impide aislar a los partidos nacionalistas e impide, por consiguiente, encauzar el movimiento revolucionario de las nacionalidades por la senda general de la lucha contra el gobierno burgués-latifundista español.

El Partido subestima indiscutiblemente la importancia del problema nacional para el desarrollo de la revolución burguesa-democrática. Hasta los anarquistas han rectificado su posición. Solidaridad Obrera, por primera vez desde su fundación (antes era adversaria de la independencia de Cataluña y hasta habló de la necesidad de declarar una huelga para impedirla), preconiza la independencia nacional, afirmando que «los más destacados representantes del anarquismo y de la C.N.T. han predicado siempre la plena autonomía». (Solidaridad Obrera, de 19-12-31.)

Nuestro Partido mantiene aún su viejo punto de vista sectario en [23] la cuestión nacional, y, en vez de efectuar un enérgico trabajo entre las masas obreras y campesinas de Cataluña, en vez de defender abnegadamente el derecho de las nacionalidades a disponer de sí mismas hasta la separación del Estado central y la formación de Estados independientes, nuestro Partido opone a la autonomía burguesa la Constitución soviética, declarando que la independencia de Cataluña sólo será posible en un régimen soviético. Adopta en la cuestión nacional la antigua posición sectaria de los “ultra izquierdas”. Pero ¿puede conquistarse el puesto de director en el movimiento revolucionario de Cataluña y demás nacionalidades si se continúa permaneciendo en posiciones antileninistas en la cuestión nacional, contribuyendo así a robustecer la influencia de la burguesía catalana sobre el proletariado y las masas trabajadoras campesinas?

Naturalmente, es imposible. Una línea justa en la cuestión nacional es la condición indispensable para la conquista por el Partido de la mayoría de la clase obrera española y para el paso de los campesinos al lado de ella.

Indudablemente, la palanca esencial para la lucha por la conquista de la mayoría de la clase obrera es la táctica del frente único por abajo contra el capital y contra los jefes de los sindicatos reformistas y anarcosindicalistas, que desempeñan el papel de lacayos de la burguesía en las filas de la clase obrera. Sólo siguiendo este camino el P.C. obtendrá éxitos considerables.

Sin embargo, el Partido desenmascara muy insuficientemente «la táctica nefasta de los anarquistas y anarco-sindicalistas de la C.N.T., su resistencia a la lucha huelguística, sus directivas prohibiendo a los obreros declarar simultáneamente dos huelgas en la misma ciudad, su teoría de la identidad de la huelga general y de la revolución proletaria, sus métodos de sustitución de la lucha organizada de masas por acciones efectuadas por militantes aislados, por una élite, su teoría de la imposibilidad y de la inutilidad en período de crisis económica de la lucha huelguística por las reivindicaciones parciales, su despreocupación con respecto a los parados». (Carta del Bureau Occidental del C.E. de la I.C.)

Sin embargo, la aplicación justa de la táctica del frente único por abajo supone, como condición indispensable, el desenmascaramiento y la lucha más enérgica contra los cuadros dirigentes traidores de la U.G.T. y la C.N.T., la más rápida liberación del proletariado del influjo de los socialistas y de los líderes anarco-sindicalistas. Al mismo tiempo, el Partido debe desarrollar una lucha consecuente contra las tentativas de escindir la C.N.T., por la unificación inflexible de los obreros en una única organización sindical, y para ello debe tratar de organizar un frente único de combate con los obreros socialistas y anarco-sindicalistas y también con aquellos anarquistas destacados que luchan realmente contra el régimen contrarrevolucionario burgués-latifundista de los republicanos, socialistas y anarquistas, aunque sin hacerles ninguna concesión de principio y criticando sus errores.

Nuestro Partido dista mucho de haberse asimilado esta táctica y a menudo manifiesta una pasividad inadmisible en su trabajo en los [24] sindicatos reformistas y anarco-sindicalistas. En la conferencia de Lérida, donde los jefes de la C.N.T. hicieron el balance de su trabajo durante los últimos meses, se puso de manifiesto que la C.N.T. se encontraba en Cataluña en un estado de plena descomposición. En dos o tres meses había perdido casi el 50% de sus miembros (120.000); el Sindicato Metalúrgico de Barcelona, dirigido por los anarquistas, había visto disminuir sus efectivos de 20.000 afiliados a 8.000. En dicha conferencia se puso de relieve la indigencia política de los jefes anarquistas y anarco-sindicalistas y su ineptitud para fijar fines concretos a los combates obreros de masas. Todo esto debería haber sido puesto al desnudo ante las masas; a la táctica criminal de los jefes anarquistas y anarco-sindicalistas hubiera debido oponerse nuestra táctica revolucionaria de la unidad de combate. Y, sin embargo, los comunistas estuvieron ausentes de esta conferencia, desdeñando por consiguiente la importantísima tarea de organizar la oposición sindical contra los jefes anarco-sindicalistas sobre la base de la unidad de clase.

* * *

El partido no podrá forjar la unidad proletaria ni conquistar la mayoría de la clase obrera, más que en las luchas revolucionarias… Las masas, en período de crisis revolucionaria, aprenden en el combate. Debe el partido y los sindicatos dirigidos por él defender también las reivindicaciones parciales, desarrollar la lucha económica por las necesidades cotidianas de los obreros y colocar estas reivindicaciones en la base del frente único. No sólo deben, sino que sin ello es imposible elevar la vida política de las capas atrasadas de trabajadores. Pero sería el más claro oportunismo limitar el movimiento, en las actuales circunstancias de crisis revolucionaria, únicamente a la lucha por las reivindicaciones parciales. Toda huelga, incluso económica, debe ser considerada en los momentos revolucionarios como una preparación para la lucha por el poder. No en menor medida es necesario ahora un audaz impulso revolucionario que hermane la lucha por las necesidades económicas de los obreros (contra el ataque a los salarios por parte de los patronos, por el seguro de paro a costa del Estado y los patronos, &c.), con reivindicaciones políticas tales que lleven al proletariado en la lucha inmediata contra el gobierno burgués-latifundista a conquistar la hegemonía en la revolución, que lo eleven al papel de organizador y guía de la lucha de los campesinos, de las masas trabajadoras contra el régimen burgués-latifundista. Hay que extirpar resueltamente de la práctica de las organizaciones revolucionarias el pistolerismo anarquista, así como todo aventurerismo y terrorismo pequeño-burgués, al mismo tiempo que se fomenta enérgicamente la lucha de masas del proletariado por la calle, por la organización de manifestaciones revolucionarias por encima de todo, por la formación de comités de fábrica, contra los asesinatos y el terror blanco de la guardia civil, contra las persecuciones y detenciones de huelguistas y de militantes revolucionarios y sindicales, por su inmediata liberación, por el desarme de la guardia civil (en caso de una lucha de masas y de un amplio movimiento), por la formación de piquetes de huelga combativos para luchar contra los esquiroles y la policía, por la preparación disciplinada de la lucha por el poder. [25]

Sin descuidar el apoyo y la extensión de la lucha de los campesinos contra las diferentes cargas feudales (rabassa morta, &c.) e impuestos, antes al contrario, extendiendo y ahondando esta lucha, el P.C. debe al mismo tiempo tomar en consideración la experiencia del movimiento de las regiones avanzadas y excitar a los campesinos y obreros agrícolas, allí donde madure un amplio movimiento de masas, a la toma inmediata de las tierras de los grandes propietarios, de los conventos y del Estado, a la cesión gratuita de la tierra a los obreros agrícolas y campesinos pobres por medio de los comités de campesinos, a la organización de una resistencia armada contra las tentativas de los terratenientes y de la guardia civil de rescatar la tierra repartida y de aplastar con expediciones punitivas el movimiento campesino creciente.

El Partido debe al mismo tiempo tener en cuenta los errores cometidos por él en los meses pasados, cuando estaba muy lejos de utilizar las posibilidades revolucionarias existentes para intentar seriamente, allí donde las circunstancias estaban suficientemente maduras (como acaeció, por ejemplo, durante la huelga de Sevilla del verano de 1931), pasar a la aplicación práctica de la consigna relativa a la creación de los Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados, en tanto que órganos de movilización y organización de las masas para la lucha por el poder. También es necesario explicar claramente que la red de comités de fábrica y comités revolucionarios de obreros agrícolas y campesinos, que realizan prácticamente el frente único de lucha del proletariado urbano con los campesinos, pueden transformarse gradualmente, si el Partido sigue una política justa en circunstancias favorables de desarrollo del movimiento revolucionario, en los Soviets que han de formarse en el curso ulterior de la lucha revolucionaria. Esto no excluye la posibilidad o la imposibilidad del paso a la creación inmediata de Soviets de diputados obreros, campesinos y soldados en caso de que existan las premisas necesarias para ello. Por lo demás, es indudable que el Partido debe contar (dada la desigualdad del desenvolvimiento del movimiento revolucionario) con la posibilidad de organizar Soviets en una perspectiva inmediata, e incluso con la posibilidad de organizar las fuerzas armadas de la revolución, al principio, en una parte del país, lo que exige sin embargo al mismo tiempo una tensión de todas las fuerzas para el desarrollo y la dirección del movimiento de masas de todo el país y la concentración de fuerzas en los centros esenciales, decisivos, o sea, la conquista de la mayoría del proletariado por el Partido.

Para hermanar las consignas parciales del movimiento con las fundamentales, el partido debe sostener una lucha en dos frentes:

«Los economistas y terroristas se inclinan ante los diversos polos de la corriente espontánea: los economistas, ante la espontaneidad del “movimiento puramente obrero”; los terroristas ante la espontaneidad de la más ardiente rebelión de los intelectuales que tienen o no la posibilidad de ligar el trabajo revolucionario con el movimiento obrero.»

El partido debe sostener esta lucha recordando que:

«Tanto los terroristas como los economistas, menosprecian la actividad revolucionaria de las masas.» (Lenin, t. IV. ¿Qué hacer?, páginas 419-422.)

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