Filosofía en español 
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J. Izcaray

El triunfo del hombre

III. La libertad intelectual

También este concepto nos lo envuelven en espesa humareda los cantores y propagandistas de esta parte del mundo llamada libre por sus propios carceleros. Los que solo conciben –y toleran– al intelectual como agente sumiso o pasiva víctima de su dominación capitalista se esfuerzan por presentarlo como algo por encima de las clases, libre en una sociedad que no lo es. Intentemos aclarar un poco esto en primer lugar.

El marxismo sostiene y la vida demuestra que las diversas superestructuras ideológicas dependen en última instancia de las condiciones económicas, de las relaciones de producción. Claro está que si el factor económico es el básico, no es el único. A su vez las superestructuras actúan sobre la sociedad, sobre las luchas históricas, e incluso entre sí, las unas sobre las otras. Y este principio es igualmente aplicable a las superestructuras estéticas –literatura, artes– aunque en ellas las influencias del factor económico y las nociones de clase se manifiesten en forma mucho más compleja, indirecta y complicada que en ninguna otra.

No hay, pues, creación intelectual, no hay arte, por encima de las clases, nacido y cultivado en tierra de nadie. «Toda ideología, comprendido el arte y lo que se llama bellas letras decía –Plejanov– expresa las tendencias y los estados de alma de una sociedad determinada o en el caso de una sociedad dividida en clases, los de una ciase social determinada». Aunque los representantes de esa ideología y los creadores de ese arte no tengan a veces exacta conciencia de ello, que eso es otra cuestión.

En este terreno dialéctico, real, situamos los marxistas los problemas de la libertad intelectual.

En sus tiempos ascendentes, revolucionarios, la burguesía luchaba por la libertad: de pensamiento, de prensa, de opinión, frente a las castas feudales. La ideología racionalista, las ideas de la burguesía, eran las ideas que difundían o en las que se inspiraban con una variante u otra los mejores pensadores y artistas de la época. La burguesía estaba interesada en que hubiera libertad intelectual. En este marco, en el que correspondía a sus intereses. Los ideólogos y escritores que comenzaron a expresar en sus obras intereses y aspiraciones del proletariado y especialmente los fundadores del socialismo científico eran perseguidos, desterrados, acosados. La vida de Marx es una dramática demostración de ello. Y si en algunos países –no en todos, en España, apenas– pudieron publicarse durante determinados períodos del siglo XIX obras revolucionarias tal cosa se debe a múltiples razones. A la constante lucha de los pueblos por la libertad, en primer término. Por otra parte la burguesía se sentía fuerte. En sus manos estaban –y están– la inmensa mayoría de las editoriales, de los periódicos. Hoy, además, el cine y la radio. Esas obras que se editaban entre grandes dificultades, la burguesía creía que podía contrarrestarlas con el aluvión de filosofía y literatura propias, y llegaban a escaso número de lectores.

Aun en los tiempos en que ha mantenido vigentes las libertades democráticas, la burguesía les ha dicho a los intelectuales con un guiño: sois libres de pensar y de crear lo que os venga en gana. Pero soy yo quien tiene el dinero para pagar vuestras obras (si me placen) y los medios para difundirlas. Esa es la libertad intelectual en la sociedad burguesa.

Era, mejor dicho, porque hoy no es ni eso. En los países capitalistas llamados democráticos gobernantes y señores del dinero oponen cada vez mayores obstáculos a la labor de los intelectuales progresivos, ideólogos y profesores, escritores y artistas. Para cuanto huela a progresivo están cerradas a cal y canto editoriales y periódicos, teatros y estudios de radio y de cine. Para esos intelectuales enseñar, editar o estrenar es un pavoroso problema muchas veces insalvable. Y a los obstáculos se añaden las persecuciones.

Tomemos al país que se ha erigido en líder de esa peregrina libertad: Estados Unidos. He aquí algunas, en verdad muy contadas perlas: los mejores escritores cinematográficos de Hollywood han sido expulsados de los estudios y encarcelados. Howard Fast, uno de los más recios valores de la literatura progresiva norteamericana, ha sufrido prisión también. Ya en 1950 más de 3.000 maestros norteamericanos habían sido arrojados de sus escuelas. Los estudiantes de ideas progresivas que disfrutaban de becas han sido desposeídos de ellas. Como Hitler y Franco, las siniestras comisiones de investigación cubren sus vergüenzas con el tápalotodo del anticomunismo. Pero en los continuos expurgos que se llevan a cabo en centros oficiales, universidades y laboratorios las víctimas no son sólo comunistas o simpatizantes comunistas sino también hombres de concepciones muy alejadas de las nuestras. No es único el caso del conocido profesor Francis O. Mattiessen que, acosado por los inquisidores del Congreso y víctima de una fuerte depresión nerviosa, se quitó la vida. Mattiessen era católico. Centenares de revistas liberales han sido eliminadas por procedimientos gangsteriles. La coacción, la amenaza, la persecución se extienden como la lava. Ayer se le negó el pasaporte a Paul Robenson; hoy le ha sido negado al dramaturgo Arthur Miller a quien nadie en sus cabales podrá acusar de tendencia comunista.

Los magnates yanquis conceden a los intelectuales libertad y medios de difusión para predicar el regreso al misticismo, la guerra y el fracaso fatal del hombre; para presentar todo lo patológico como normal y defender el derecho de sus señores a la destrucción y al crimen cósmicos. El sol de la burguesía se ha puesto ya en la cuarta parte de la Tierra. Y una clase que declina, una clase que sobrepasada por el desarrollo histórico sólo puede mantener su dominación por la fuerza y el engaño, teme a la verdad como al fuego (de ahí su oposición al realismo) y odia a la libertad como a su peor enemigo (de ahí la mordaza que aprieta más y más en todas partes). El intelectual que se aviene a seguirla vertedero abajo, degenera inevitablemente en su obra y en su vida. No es casual que los Faulkner y los Hemingway no hayan dicho esta boca es mía ante las tropelías fascistas de Mac Carthy. ¿Que no es cosa suya? Yo creo que sí. Mac Carthy expulsa de las bibliotecas hasta al mismísimo Mark Twain y ya ha empezado a quemar libros…

Algo sobre el intelectual en la sociedad socialista

En esto como en todo los imperialistas yanquis y sus Quislings y falderos gritan: iA ese! ¡A ese! Y mientras en el mundo capitalista asesinan metódica y apresuradamente lo que había de libertad intelectual aseguran a todo el que quiere oírles que somos los comunistas los enemigos de esa libertad y que donde no existe es precisamente en la Unión Soviética y en los países donde la clase obrera tiene el poder. Veamos algo de esto.

Para empezar, en la Unión Soviética la enseñanza y los medios de difusión y publicación no están en manos de un puñado de grandes capitalistas sino en manos del pueblo y de sus intelectuales y artistas, parte integrante de ese pueblo. No hay analfabetos, la cultura general se eleva sin cesar y todo el mundo tiene posibilidad material de procurarse los goces que proporcionan la literatura y el arte. Como hemos visto en el primero, de estos capítulos la tirada anual de libros que se efectúa en la URSS no es concebible en ningún país capitalista ni aun guardando las proporciones debidas en, lo que se refiere al volumen de la población. Ninguna sociedad anterior ha valorado y recompensado –¡ni de lejos!– el trabajo intelectual como la sociedad socialista. Ninguna ha rodeado a los intelectuales de la solicitud y el amor con que ella les rodea. En ninguna tuvieron –y también aquí todo parangón resulta imposible– los medios materiales de expresión y las infinitas posibilidades de todo orden que tienen en la sociedad socialista. Pero, esto, con ser tan importante, no es más que una parte de la cuestión.

El marxismo-leninismo da al intelectual, al escritor, al artista, el conocimiento de las leyes que rigen la vida de la naturaleza y el desarrollo de la sociedad, una interpretación justa de la Historia que le explica en su fundamento básico la evolución de las ideas y del arte. El marxismo-leninismo pone en manos del escritor, del artista, una lente poderosa para profundizar en la vida humana, en la psicología de la sociedad y del hombre. Le libera de los mitos –¡ah, los mitos griegos y los del cristianismo y los burgueses!– que deforman la Historia, empequeñecen al ser humano y han mediatizado hasta aquí la filosofía y el arte aunque en éste los encontremos muchas veces envueltos en la espléndida belleza que en ellos puso la potencia creadora del hombre. Así, el creador Intelectual adquiere por primera vez conocimiento y conciencia plenos y es por primera vez completamente libre para elegir. La creación intelectual, la creación literaria o artística se convierte así en un acto plenamente libre y consciente.

En la sociedad socialista el intelectual no crea sus obras de acuerdo con las Ideas y los gustos de una clase que explota a otra. Crea en medio de una sociedad sin explotadores ni explotados, crea para todo el pueblo, para el hombre.

Como el resto de sus conciudadanos el Intelectual sólo es completamente libre cuando se, libera de la servidumbre de las clases explotadoras.

El sabio soviético sabe qué sus descubrimientos no beneficiarán exclusivamente a unos cuantos sino a todos. El escritor, el artista, aprenden del pueblo y educan al pueblo. El intelectual contribuye con su talento no a perpetuar la esclavitud y la miseria sino a construir la nueva vida del comunismo, a hacer avanzar inconteniblemente una sociedad donde el hombre es rey y se eleva sin cesar. Desde que el mundo es mundo jamás intelectuales de sociedad alguna tuvieron misión tan alta.

Sabido es que cuando la vida social se transforma las concepciones y gustos estéticos se modifican a su vez. La sociedad socialista y la lucha por el socialismo exigen un nuevo realismo: el realismo socialista, representación verídica de la vida en su desarrollo revolucionario unida a la educación ideológica de las masas en el espíritu del socialismo. Los detractores sistemáticos del mundo que nace y con ellos intelectuales de buena fe pero que no han querido o no han podido documentarse sobre la cuestión, aluden al realismo socialista como si éste excluyera o coartara la libertad de creación.

Sin intentar adentrarnos aquí en el tema, amplísimo en verdad, digamos que el realismo socialista no es una ortodoxia, un conjunto de dogmas. Es un método. Y en ese magno edificio, en construcción, de una nueva estética, los escritores y artistas soviéticos y los que en otros países se inspiran en dicho método ponen cada día una nueva piedra con su audacia y diversidad creadoras, con sus observaciones y críticas. El realismo socialista presupone infinita variedad en formas y estilos. La vida demuestra que sólo en el socialismo la libertad de creación es completa. Los hechos prueban –y de algunos muy importantes y recientes dan testimonio estas páginas– que en ningún país capitalista, ni aun en el más democrático, existe ni puede existir la ejemplar libertad de crítica que existe en la URSS y en las democracias populares.

Pero, ¿es que en estas o en la URSS de ayer –en la actual esos problemas han sido superados– el intelectual que recién salido de la dominación capitalista conserva ideas burguesas sobre la ciencia o sobre el arte es por esta circunstancia rechazado o anulado? La historia de la URSS y de las democracias populares desmiente rotundamente este embuste reaccionario. Tras la revolución de octubre Lenin decía: «Nosotros queremos construir el socialismo sin esperas, con los materiales que nos ha dejado el capitalismo… y no con hombres preparados en un invernadero… Hay que adquirir toda la ciencia, la técnica, todos los conocimientos… Esta ciencia, esta técnica, este arte están en las manos y en los cerebros de los especialistas».

A esos intelectuales se les ayuda solícitamente a incorporarse a la nueva vida en medio de una atención constante a sus inquietudes espirituales y a sus necesidades materiales. En una resolución adoptada con relación a la literatura por el XII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (1925), se puede leer: «El Partido debe tolerar las formas ideológicas transitorias y ayudar pacientemente a que esas formas, inevitablemente numerosas, se gasten en el proceso de una colaboración cada vez más estrecha y amistosa con las fuerzas culturales del comunismo».

Los comunistas no imponemos a nadie nuestras concepciones en ningún aspecto. Mucho menos en cuestiones tan complejas, de características tan especiales, como son todas las que atañen a la literatura y al arte. La creación de una cultura socialista ni se improvisa ni se decreta. La sociedad socialista edifica su universo intelectual y artístico sobre los cimientos de los principios del marxismo-leninismo, transformando la realidad social y las conciencias, recogiendo también la mejor herencia cultural del pasado, creando y avanzando en la radiante libertad de que está animada.

¿Y en España?…

Mas si el florecimiento de una nueva y espléndida era intelectual y artística sólo es posible en el socialismo, la salvaguardia y la expansión de las libertades democráticas allí donde aunque recortadas subsisten y su restauración donde han sido por el hierro eliminadas dará un poderoso y vivificador impulso a la cultura y el arte. Por eso los comunistas de los países oprimidos aun por el capital al defender las libertades democráticas defendemos resuelta y consecuentemente la libertad intelectual.

Todo esto es, naturalmente, aplicable a España. En esa dirección trabajamos los comunistas españoles sin escatimar esfuerzos por unir en la empresa a todos los intelectuales patriotas, pues rescatar las libertades democráticas –y en entre ellas figura la libertad de opinión y de expresión– es lo que corresponde a la situación actual de nuestro país y el anhelo de nuestro pueblo y de la inmensa mayoría de les intelectuales españoles.

¡Qué fuerte es en estos el ansia de libertad! Es un clamor. Un clamor de inteligencias que se ahogan asfixiadas por la mordaza fascista y por el fanatismo y la intransigencia clericales. Se enseña lo que la Iglesia decide; se publica y se estrena sólo aquello que por su contenido es susceptible de pasar por las dos censuras: la oficial y la eclesiástica. El sable y el hisopo señalan implacables la dirección que ha de seguir la creación intelectual.

Y el forcejeo contra las ligaduras se hace más y más ostensible, más y más violento. Un día se escribe que los intelectuales –no hablamos aquí, naturalmente, de los de casa y boca– «tratan de salvar su libertad de creación, su personalidad, el hombre que son». Otro un profesor y escritor católico tan conocido como Julián Marías plantea el problema de la libertad intelectual, hecho estimable por su parte aunque no podamos estar conformes con algunas de sus opiniones.

Coincidimos con él cuando dice que la vida Intelectual en nuestra época «sin libertad es imposible». Porque ningún intelectual, ningún artista –añadimos nosotros–, puede edificar en piedra durable con carcomidos materiales del pasado, con ideas mandadas retirar hace mucho tiempo como son las que por la violencia impone el franquismo. Porque ningún intelectual ni ningún artista pueden ni siquiera intentar abordar sincera y públicamente –sobre todo en filosofía y literatura– los problemas de su tiempo bajo un régimen que pretende sepultarlos todos a culatazos.

Ya hemos dicho por qué razones fundamentales, históricas, luchamos hoy los comunistas españoles por las libertades democráticas. Pero es que además la libertad de pensamiento y de opinión impulsa la siembra y fructificación de nuestras ideas, ideas de libertad por excelencia. Marías reconoce cuán ampliamente se extienden entre las nuevas generaciones intelectuales. «¿Por qué se introducen clandestinamente y no pueden ser abiertamente discutidas», como él dice? Eso, y el terror a que hemos de hacer frente para darlas a conocer, si no puede impedir su difusión la frena considerablemente. Por esto se nos persigue a sangre y fuego aunque esta sea verdad de Pero Grullo. Por nuestra parte deseamos ardientemente poder discutir con todos los intelectuales patriotas nuestras ideoloqías respectivas en un clima de libertad y convivencia. Y sin jactancia, con los pies bien hincados en la realidad, podemos decir que en ese libre centraste de ideologías serán muchos, muchísimos más, los talentos ganados para la nuestra. Ante Julián Marías y ante cuantos puedan pensar como él penemos al tiempo por testigo.

«Tenemos ante nosotros –añadía Marías en dicho artículo– la magnifica empresa de crear la libertad intelectual. Iba a escribir «restaurar» pero me he corregido: porque no se trata de volver atrás, de restablecer la libertad que existió, por ejemplo, en el siglo pasado; en primer lugar porque nunca se vuelve atrás; en segundo término porque aquella libertad no era suficientemente enérgica y vivaz y por eso pereció; nosotros necesitamos recrearla, es decir, crear otra, superior a la antigua y a las presiones que han acabado con ella».

¡Absolutamente de acuerdo! Mas es la evidencia misma que tal libertad sólo puede alentar en un régimen profundamente democrático. La libertad intelectual es inseparable de las libertades del pueblo. Retrocede o asciende siguiendo la suerte de estas últimas. Y allí donde el pueblo carece de libertades la libertad intelectual no existe. Basta echar una ojeada al mapa político del mundo para comprobar estas cosas. Basta, en realidad, con mirar a España…

Los intelectuales españoles conquistarán su libertad de expresión y de creación junto pueblo. Crecerán y ascenderán con él. Esta verdad ha penetrado ya en no pocas torres de marfil derrumbándolas, y ha ganado muchas conciencias. Y avanza España adelante. Porque cada vez son más los convencidos de que el servicio al pueblo, a lo progresivo, no empequeñece al intelectual como interesadamente se le ha querido hacer creer, sino que le engrandece; no coarta su libertad de creación sino que la eleva y le da su pleno significado.