El Noroeste. Diario democrático independiente
Gijón, sábado 25 de julio de 1925
 
año XXIX, número 10.287
página 3

Nuestro huésped ilustre

El homenaje de anoche al Señor Vasconcelos
 

La excursión de ayer

El señor Vasconcelos empleó el día de ayer en recorrer la parte oriental de Asturias, visitando Villaviciosa, Colunga, La Isla (donde almorzó), Arriondas, Ribadesella e Infiesto, donde visitó la Piscifactoría, regresando a Gijón al oscurecer.

 
El banquete-homenaje

A las diez de la noche se celebró en el nuevo y ya popular Restaurant «Faustina», el banquete-homenaje organizado por un grupo de admiradores.

En su elogio, baste decir que las alabanzas de los comensales evidencian el antiguo crédito de que siempre gozó el restaurant del Roxu, hoy altamente mejorado en sus nuevos y amplísimos salones.

Asistió cerca de un centenar de comensales, y la comida transcurrió entre amenísimas conversaciones, en las que destacó la fina y aguda charla del señor Vasconcelos.

Al final del ágape, hizo uso de la palabra, en nombre de la comisión organizadora del acto, don José María Rodríguez, dueño del Café «Lion D'Or», gran amigo del exministro mexicano, quien en breves y sentidas frases ofreció el homenaje, afirmando que sólo tenía la significación de un cariñoso recuerdo de cuantos siguieron de cerca y a su lado su labor pro-cultura y de verdadero hispanoamericanismo.

Fue muy aplaudido.

Seguidamente, pronunció un brevísimo discurso el joven abogado gijonés don Mariano Merediz, quien significó la admiración con que los estudiantes españoles siguen la labor desarrollada al frente del ministerio de Instrucción Pública de México por el señor Vasconcelos, verdadero paladín de la libertad.

Sus últimas palabras son acogidas con una salva de aplausos, que dura largo rato.

A continuación, hace uso de la palabra el exdiputado por Gijón don Teodomiro Menéndez, quien en briosos párrafos elogia la personalidad del señor Vasconcelos, describiéndole la verdadera significación intelectual de la región asturiana.

Termina saludando al señor Vasconcelos y pidiéndole tenga en cuenta, al volver a su país, que un puñado de españoles sigue dispuesto a perseverar en sus sacrosantos ideales. (Grandes aplausos.)

Al levantarse el exdiputado y político radical don Álvaro de Albornoz, se escucha una formidable ovación, que dura largo rato.

Imposible seguir el verbo cálido de nuestro distinguido colaborador. Su conciso discurso constituyó una afirmación de liberalismo y verdadera democracia.

Flageló a los propagandistas de un falso hispanoamericanismo, que nada significa y representa, y rogó al señor Vasconcelos que detuviese su atención en los presentes momentos.

Sentimos que agobios de espacio y tiempo nos impidan recoger los hermosos párrafos del señor Albornoz, cerrados por los asistentes con nutridos y entusiásticos aplausos.

Por último, se levanta el señor Vasconcelos, que es saludado con una cariñosa ovación.

Empieza diciendo que al emprender su viaje a España asistió a un banquete de despedida, donde oyó la siguiente frase, que recordará siempre: «Vasconcelos va a su España».

Es cierto –dice–, vine a mi España. También es cierto que yo entiendo este concepto en su verdadera amplitud. Hoy, el mundo es demasiado grande para ser dependiente de un régimen o de una familia. Los intereses de los pueblos van adquiriendo otra significación diferente a la que hasta ahora tuvieron. Incluso de Asia nos viene el ejemplo.

Nada se puede esperar de un pueblo mientras éste no sepa conquistar su libertad.

En España, he visto que existe en todas partes un grupo de personas abnegadas, cultas y nobles, capacitadas para dirigir el país, y dispuestas siempre a cualquier sacrificio. En España no existen plumas de alquiler.

Es necesario que dos lazos nos unan: los intereses económicos y las afirmaciones espirituales. Es motivo de orgullo el saber que en España late este santo ideal, común a todos los verdaderos demócratas: la libertad.

Nosotros, los americanos que amamos verdaderamente a España, queremos ver en ella siempre una madre decorosamente digna, en quien podamos depositar nuestro cariño y nuestras ilusiones.

Una gran ovación acogió las últimas palabras del ilustre hombre público, que fue felicitadísimo, desfilando todos los comensales a estrechar su mano.

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José Vasconcelos
Vasconcelos en Gijón
1920-1929
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