Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, octubre-noviembre 1919 · nº 16-17
año II, vol. III, página 457-461

[Edwin Elmore]

Notas

Paralelismo y sincronismo económico,
político y espiritual de la evolución argentina

(Conferencia sustentada en la Sociedad de Ingenieros, por el Ministro
Plenipotenciario de la República Argentina en el Perú, señor Dr. Antonio Sagarna.)

Como esta no ha de ser una crónica, sino una nota, necesariamente breve y sucinta, no nos referimos aquí, mayormente, al éxito intelectual y social, –muy notable y muy merecido– alcanzado por el señor Sagarna, uno de los mejores amigos de Mercurio Peruano, con su conferencia. Señalamos simplemente el hecho, y nos concretamos a hacer una ligera reseña de las apuntaciones, con patriótica vehemencia, hechas por el ilustre personero argentino.

Como lo indica el epígrafe adoptado, el estudio de la evolución argentina, hecho a grandes rasgos por el señor Sagarna, se orienta hacia la cuestión ya bastante debatida, acerca de la primacía o secundariedad de los factores económicos o meramente materiales en el desarrollo de las naciones. Ya triunfante, para todo aquel que tenga una idea, por vaga que sea, del verdadero sentido del progreso moderno, la tesis espiritualista, es decir, la que proclama la preeminencia de los factores morales y de los elementos intelectuales y espirituales como propulsores del adelanto integral de los pueblos; y ante la incomprensividad, más generalizada de lo que parece, con que suele mirarse en el Continente el portentoso surgimiento de la democracia platense, el señor Sagarna se apresura a dar realce y hacer valer aquellas partes de la grandeza histórica y actual de su patria, que no quieren ver, o que ven disminuidas, todos aquellos que tardan más de lo disculpable en comprender esta sencillísima verdad: el esplendor y la magnificencia de todos los aspectos de la vida argentina son producto de una serie de virtudes básicas de ese pueblo, que, desde sus orígenes, le hicieron eminentemente apto para un desarrollo integral y armónico; virtudes, por otra parte, independientes de otros aportes naturales que han contribuido a hacer más intenso el progreso argentino, como la inmigración al país de capitales y hombres de distintas partes del mundo. [458]

Lejos de ser aceptable el concepto formado acerca de la Argentina en el sentido de ser un país colecticio y cosmopolita, de instituciones y valores sociales improvisados, y de orientaciones ideales sin arraigo tradicional; puede decirse que, desde este punto de vista, la patria de Sarmiento satisface más ampliamente, en el día de hoy, el concepto de nación ideal, que la misma gran federación del Norte. Hay en nuestros juicios comparativos acerca de las naciones un constante motivo de error: el prejuicio de nuestra incipiencia e inferioridad. Olvidamos tener presente lo ventajoso que es para la adaptabilidad de los pueblos al progreso su calidad de nuevos; y parecemos, por el contrario, no darnos cuenta de cómo en los pueblos en otro tiempo más adelantados las posiciones y los intereses creados, y varios fenómenos sociales que no podríamos puntualizar aquí van determinando el surgimiento de fuerzas retardatarias que impiden o limitan el libre desarrollo de las nuevas ideas y formas sociales y políticas de brote más moderno y espontáneo, y que responden a las necesidades impuestas por aspiraciones cada vez más altas y todas tendientes a la dignificación de la sociedad en general y del individuo en particular. –Si normamos nuestro pensamiento respecto a estas cuestiones con el aforismo de Tocqueville, el gran apologista de la democracia americana, que dice: «Es preciso una ciencia política nueva, para un mundo enteramente nuevo», comprendemos que nuestras democracias del Sur, si han de representar algo que signifique verdadero relieve histórico y cultural, están llamadas a desempeñar un rol reformador, innovador, revolucionario, en el desarrollo de la civilización, y que, mirándolo bien, Sud-América es, y no debe dejar de serlo por la transfusión de intereses y sistemas, un nuevo mundo progresivo, frente a la América del Norte. De esto que observamos es indicio bastante elocuente el surgimiento de nuestras nuevas constituciones, entre las cuales las de México y el Uruguay, son de lo más avaluado del mundo en cuanto a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad de que, a pesar de todos los fracasos, no abdica ni abdicará jamás el espíritu humano.

La República Argentina, que, desde su nacimiento como estado independiente y soberano, ha contado con hombres representativos de estas aspiraciones y tendencias, pues ya en la Colonia, como lo expresara el señor Sagarna, el espíritu progresista liberal y humanitario palpitaba en el alma colectiva de esas regiones; la República Argentina, decimos, si no ya, pronto se ha de hallar a la cabeza de este movimiento, aún difuso y mal definido, que esbozamos. A pesar de todo lo que en las modalidades de esa agrupación social haría pensar lo contrario; a pesar de la organización constante de ingentes fuerzas de filiación capitalista y conservadora, a pesar de los esplendores de su burguesía, y acaso por la misma ponderación que este control impone a las energías renovadoras; la nación argentina, en su conjunto, constituye en nuestros días el cauce de mayor importancia y consideración abierto a las corrientes sociales de nuestra época. Si hay en la gran república del Plata altos representantes del espíritu conservador y estacionario que, inspirándose en un viejo escepticismo político, califican de utópicas y fantásticas las reformas, innovaciones y reorganizaciones que planean los eternos profetas de lo porvenir, que preconizan los precursores y [459] los apóstoles, y que plantean como vivos problemas de la realidad inmediata los incansables luchadores idealistas; si en su gran cosmópolis se han ido reuniendo intereses creados que lucharán a brazo partido contra todo intento de realización de los ideales liberales y radicales, defendiendo tenazmente las posiciones adquiridas, los privilegios y las jerarquías de toda índole; también es cierto que, tradicionalmente, el ambiente argentino ha sido propicio a la organización, desarrollo y expansión de los partidos sociales guiados por principios de sano revolucionarismo, que en todos los ramos del saber y de la experiencia política, ha contado con precursores y propulsores de primera categoría.

Abrigamos la esperanza de no equivocarnos al pensar que el señor Sagarna es uno de los convencidos de que el rol social y político que debe desempeñar su patria en América, está orientado conforme a lo que dejamos indicado. El habrá podido observar claros síntomas de esas inclinaciones o rumbos colectivos; y su conferencia, aunque no tocara directamente los aludidos problemas, demuestra la presencia de un temperamento que con esas inclinaciones y esos rumbos se conforma, conociendo su excelencia. El Dr. Sagarna pertenece a la pléyade de hombres públicos argentinos que cultivan con amor y cuidadoso celo una noble concepción de los destinos de su patria, tiene clara conciencia de lo que valen las que ha llamado «conquistas civilizadoras» de su país{1}, y dice: «Sentimos, en efecto que todo nos ha deparado el destino manifiesto», para ser grandes, originales y eficaces en el concierto universal. «Peregrinos de la vida»: –cita él, conceptos que, dice, el pueblo de Mayo inscribió en el frontis de su hogar recién abierto– bajo mi techo y en mi regazo caben todos los ensueños y todas las esperanzas, porque soy yo mismo un Mensajero y un Bayardo del ensueño.» Tal es, en realidad, cómo concebimos, los que le conocemos, al pueblo nobilísimo que Zorrilla de San Martín honrara con el apelativo justísimo de «corredentor». La aspiración de los grandes argentinos ha sido siempre el hacer de su tierra «Oasis y Edén para todas las ansias de una humanidad renovada, dignificada y redimida». Nunca nos cansaremos de exaltar la magnífica, casi sublime, actitud de ese gran repúblico que se llamó Saenz Peña, al oponer, en Washington, a las habilidades cartaginesas de los preconizadores de un egoísta, oscuro y mercantilista Zollverein Americano, el lema inmortal y generoso que todo americano de corazón tiene grabado en el pensamiento y que prueba la verdad de esa disposición.

El Dr. Sagarna, publicista de espíritu luchador que en diferentes escritos ha puesto de manifiesto su acendrada fe en la alta misión de nuestra América en el concierto de las naciones, y que ha defendido briosamente la dignidad de todas y cada una de nuestras nacionalidades{2}; es, lógicamente, un fervoroso propugnador de las virtudes de su patria. Y es indudable que, para los que no la reconocieran como tal [460] desde antes de haber escuchado la conferencia que comentamos, ésta debe haber sido una lección muy eficaz y saludable. –Metódicamente desarrollada, e informada, como hemos dicho, en las doctrinas más liberales del pensamiento político contemporáneo, esa conferencia puso en evidencia el enorme error de los que creen que la nación argentina es algo así como una conglomerado amorfo de intereses materiales, y su capital una moderna Cartago. Muy lejos de eso, y todo lo contrario: el secreto del engrandecimiento argentino estriba, como nosotros lo insinuábamos en otras ocasiones{3}, en el hecho de no haber carecido jamás de un núcleo activo de hombres de espíritu generoso e idealista que se preocupara, desinteresada e inteligentemente, de los trascendentales intereses públicos, dando a la nación normas y finalidades elevadas. El Dr. Sagarna, rectificando algunos errores comunes sobre las causas de la decadencia española, señaló el empalme intelectual y doctrinal de los representantes del espíritu progresivo en las nuevas generaciones de las Colonias hacia el siglo XVIII, con los progresistas peninsulares; citó y ameritó la obra de algunos economistas españoles que podrían ser considerados como precursores, aun con respecto a Adam Smith y otros extranjeros, (Bernardo de Ulloa, 1740; Jerónimo de Ustariz, 1724; Bernardo Ward, 1760, &c.); habló de la actividad y principios científicos de las Sociedades Económicas fundadas en España durante el reinado de Carlos III; se refirió a la obra de Jovellanos, Campomanes, Floridablanca, Macanay, &c.; y llegando a ocuparse de las preocupaciones económicas de los revolucionarios de principios del siglo XIX, exaltó las figuras de Belgrano, Moreno y Rivadavia, principalmente la de este último, en quien elogia la amplitud de visión, y a quien reconoce facultades y talentos, nada comunes, de organizador y legislador. Tanto al tratar de los anteriores como al ocuparse de los que llama organizadores: Alberdi, Sarmiento, Echeverría, cuida el señor Sagarna de hacer ver el constante paralelismo en el desarrollo económico, político y espiritual de la evolución argentina, afirmando así, en nuestra mente el concepto antes referido de que, para ese armónico florecimiento, la condición primordial e indispensable es la existencia de un alma nacional, aunque sea en germen, de un alto espíritu normativo y estimulador de los deseos y los actos individuales y colectivos. Después, ya en plena época republicana, habló de la acción cultural y organizadora de Urquiza, el destructor de los poderes arbitrarios mantenidos por Rosas, el que derrocó la tiranía mediante una labor tenaz educadora y constructiva, creadora de nuevos y sanos valores y de legítimos y fecundos intereses.

No –dice el señor Sagarna, después de revisar así, a grandes rasgos, la magna obra de edificación consciente y entusiasta de los próceres argentinos–, nuestra moderna prepotencia, el estado floreciente de nuestro comercio, agricultura e industrias, no es el resultado del azar, [461] ni siquiera de circunstancias favorables a la acción de agentes naturales y fortuitos, ajenos a la voluntad de los ciudadanos; no, nuestra grandeza –reclama– es una gloria muy nuestra, y nuestro esplendor y bienestar no son meramente materiales por lo mismo que son el resultado del esfuerzo consciente, inteligente, tesonero y heroico de nuestros grandes hombres. Y en comprobación de lo que dice, muestra en cuadros sinópticos, el desarrollo cultural del pueblo argentino, hace ver las crecientes necesidades espirituales, intelectuales y artísticas de sus gentes, así como el notable desarrollo y educación del gusto en estos órdenes. Y su exposición es realmente consoladora y edificante para los que pudieran engañarse; viniendo a reforzar, si cabe, el optimismo y la fe con que otros vemos levantarse sobre el horizonte austral al magnificente y esplendoroso sol de Mayo.

E. E.

——

{1} Véase Mi credo patriótico, Buenos Aires, 1912.

{2} «Conciliación de una disputa trascendental» (sobre la doctrina de no intervención) y «La acción de América en las nuevas orientaciones del Derecho Internacional».

{3} Nuestros artículos «Peligro de un alejamiento entre la República Argentina y los demás países hispano-americanos», El Comercio, Julio 21 de 1914 y «Rol Social y político de la República Argentina en América», Cultura Obrera, mayo 2 de 1919.

Imprima esta pagina Informa de esta pagina por correo

www.filosofia.org
Proyecto Filosofía en español
© 2011 www.filosofia.org
Edwin Elmore
1910-1919
Hemeroteca