Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, agosto de 1919 · número 14
año II, vol. III, páginas 142-144

[Mariano Ibérico Rodríguez]

Notas

Federico Nietzsche, Epistolario inédito, traducción castellana de Luis López-Ballesteros y de Torres

El dolor es, en las almas superiores, una austera fuente de optimismo; porque ante la profundidad de los arcanos que el dolor descubre y ahonda, el alma exaltada y ardiente obtiene la orgullosa y suprema compensación de reconfortarse en sí misma y de sentir en las propias entrañas del martirio, la palpitación de una indestructible juventud.

«¿Cuan viejo soy realmente? Lo ignoro; así como lo joven que aún seré.»

De esta suerte la vida de Nietzsche realizó el prodigio de exaltar, sobre las miserias corporales, sobre el aislamiento a que su misma excelsitud la llevaba, sobre la desolación del abandono y de la incomprensiva necedad de los hombres, el valor de afirmarse a sí misma con un gesto perennemente rebelde, con la expresión de una alegría siempre triunfadora pero siempre también, sublimemente trágica. [143]

Este proceso se transparenta en sus cartas, que llenas de poesía y de sencilla familiaridad traducen la creciente liberación de su pensamiento y esa dolorosa ascensión de su vida, transfigurada por la luz de su visión maravillosa, hasta llegar a la cumbre donde su soledad sólo encontró, según propia declaración un compañero digno de ella: Spinoza (carta a Overbeck, Sils María, 30 de julio de 1881).

Pero la raíz sentimental de su carácter era profundamente tierna, piadosa y dulce. Es, seguramente, lo que resulta difícil de descubrir a través de sus obras, donde resuena el ímpetu de una originalidad sin precedente, de una audacia sin límites, de una libertad verdaderamente monstruosa. Fondo sencillo, casi infantil, que apareció constantemente, suavizando la desarmonía de exaltaciones y de melancolías, de esperanzas y de desfallecimientos que vibran en la música asombrosa del alma de Nietzsche.

«Aquellos hombres, escribía, que se han acostumbrado a sentirse solitarios; que considerando con fría mirada los lazos sociales y de camaradería, han visto los inconsistentes hilos que enlazan al hombre con el hombre, hilos tan fuertes que basta un hálito de viento, para hacerlos desaparecer; aquellos que, además, tienen la prudencia de evitar que les convierta en solitarios, la llama del genio, llama de cuyo círculo luminoso todo huye, porque todo, a su luz, parece desprovisto de sentido, vanidoso, seco y con un ritmo de danza macabra; aquellos también, a quienes una determinada idiosincrasia o una rara mezcla de deseo, talentos y anhelos de la voluntad han llevado a la soledad; todos estos saben qué «milagro incomparablemente elevado» es un amigo y si son idólatras tendrán que elevar, ante todo, un altar al «desconocido Dios que creó al amigo» (carta a Erwin Rohde, Naumburg y Leipzig, a principios de enero de 1869).

Posteriormente consignaba esta hermosa reflexión: «Cesa uno de amarse a sí mismo cuando cesa de practicar el amor hacia los demás. Per tanto, no debe uno nunca dejar de practicarlo. Tal es mi propia experiencia.» (Carta a Peter Gast, Marienbad 18 de julio de 1880); y en otra carta al mismo Peter Gast (Marienbad 20 de agosto de 1880) expresaba este pensamiento que ofrece en su desnudez el noble aspecto generoso y humano del filósofo: «Aún ahora, después de una conversación simpática con hombres para mí extraños en absoluto, siento vacilar toda mi filosofía, me parece insensato querer tener razón si ha de ser a cambio de no poder amar a nadie ni despertar ninguna simpatía.»

Su capacidad de amar y de admirar, revelada por su culto a Schopenhauer y por su adhesión fervorosa, de un tiempo, a la persona y a la obra de Ricardo Wagner, vibran en cartas admirables.

Hablando de Ricardo Wagner escribía al barón de Gersdorff el 4 de agosto de 1869: «Nadie le conoce y nadie le puede juzgar, porque todo el mundo se basa en fundamentos distintos a los suyos y nadie se siente a gusto en su atmósfera. Reinan en él un tan absoluto idealismo, una tan profunda y conmovedora humanidad, una serenidad tan elevada, que a su lado me siento como al lado de lo divino.»

El otro gran entusiasmo de su vida por la filosofía de Schopenhauer, de cuyo pensamiento supo extraer un optimismo fundamental, se refleja en todas sus cartas, casi en todas sus frases. Hermoso ejemplo [144] de la virtualidad que todo gran pensamiento tiene, cuando se deposita en una alma profunda.

Sensibilidad exquisita, percepción extraordinariamente dotada para distinguir matices, Nietzsche, se estremecía hondamente ante la música. Nietzsche componía; y es conmovedora la emoción que este inmenso poeta y filósofo ponía en sus producciones musicales, indeciso fluido donde él se sumergía con delicia infinita.

Algo profundamente impresionante es la confianza que abrigaba en su obra y que se acentuó en los últimos años de su vida. Y tenía razón cuando pensaba que era prodigiosa. Creía tal vez que la vida de los hombres iba a cambiar del todo con el advenimiento de su transmutación de todos los valores. Esa vida humana se trasformará radicalmente algún día y las ideas de Nietzsche que visten imágenes radiantes estallarían entonces con la ruda vitalidad de su enorme contenido.

«No he encontrado nunca, hasta ahora, desde mi niñez, nadie que tuviera» en su corazón y en su conciencia la misma «necesidad que yo», decía en una carta a su hermana constatando el sublime aislamiento de su situación. Quizá ahora muchos o algunos hombres sientan esa «necesidad», que elevó hasta la suprema altura de la liberación el pensamiento de Nietzsche.

Libertad: he ahí el resorte íntimo de la actividad mental del profesor de Basilea, y sin embargo, negaba la libertad psicológica. ¿Contradicción?

La contracción es la hostilidad de los conceptos que pretenden explicitar la confusa complejidad de un pensamiento íntimo o de una impresión esencial ante la vida. Pero los conceptos, suelen dejar intacta la virginidad de la adivinación. El comprenderla, el vivirla, el amarla, son obra de la contemplación admirativa, de la adhesión estética y no lógica.

M. I. R.

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Luis López-Ballesteros y de Torres
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