Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, abril de 1919 · número 10
año II, vol. II, páginas 335-336

[Edwin Elmore]

Revista de revistas

Se necesita no poca frescura o petulancia para lanzarse a hacer una revista de revistas, como quien dice: aquí estoy yo, el crítico eficiente y sagaz, que todo lo ve, todo lo comprende, lo compulsa y avalora, estando en el secreto de todo. Bien sabemos que entre nosotros son muy pocos los que pueden hacer esto, y a esos la tiranía de otras ocupaciones no les permite hacer en bien nuestro, el papel de punteros que vayan señalándonos las «ignoradas rutas».

Rechacemos, pues, el escrúpulo de nuestra insuficiencia, que si fuéramos a hacer caso de todos los que nos asaltan, nos quedaríamos con los brazos cruzados, como Juana la Lista, la de los cuentos de Calleja; y pongámonos a la obra, a ver lo que sale.

Trataremos de iniciar nuestro trabajo dándole cierta orientación lógica, empezando por definir lo que entendemos por «revista» y por «revista de revistas» y dando a los lectores del Mercurio una impresión de conjunto del campo en que va a actuar nuestra capacidad de selección, nuestro juicio de valor.

Dado el vertiginoso desarrollo de la cultura contemporánea, las revistas han venido a constituir un órgano indispensable, utilísimo, en todo medio donde existan, por incipientes y rudimentarias que sean, labores en las que intervenga la inteligencia, actividades mentales de cualquier índole, vida intelectual, en una palabra; es decir, nada menos que la flor de la civilización. Si las revistas fueron desde la época de su aparición, de una capital importancia en el seno de las sociedades, hoy han adquirido un carácter de indispensabilidad, si se nos permite el vocablo, tal, que puede decirse que la agrupación social que carece de esos órganos de interpretación, representación, reflexión y trasfusión de la mentalidad y del pensamiento colectivo, se halla en un estado de atonía e inercia espirituales que nada bueno pueden augurar en cuanto a su porvenir. Por esto, saludamos la aparición de una revista seria como el Mercurio cual uno de los más seguros síntomas del definitivo resurgimiento de nuestro país, como la señal inequívoca de haber entrado él en la tan traída y llevada «senda del progreso», progreso cuyo sentido y significación son precisamente las revistas las encargadas de explicar, dar a conocer y hasta inventar, a veces, cuando se tiene la suerte de contar entre los redactores con espíritus adelantados, lúcidos, capaces de imprimir rumbos nuevos al grupo de que forman parte, como en el [336] caso de Ortega y Gasset, por ejemplo, en España; y de Chesterton, entre otros que le disputan el cetro, en Inglaterra. Entonces la labor del publicista en el seno de las revistas toma la importancia de un verdadero apostolado, constituye de hecho un sacerdocio, revestido de tanta mayor dignidad y eficacia social cuanto más desvirtuada se halle la naturaleza y el ideal de la prensa, en general, en el medio en que se trate. Y en nuestro caso… &c.

Volvamos a lo nuestro. Si a las revistas les atribuimos semejantes significación y trascendencia, ¡cuáles no serán las que tendrán para nosotros las Revistas de revistas! Parece, de primera intención, cosa baladí la labor de extractar y seleccionar fragmentos de producciones literarias, ya sean de carácter científico, filosófico, histórica o artístico; pero se requiere discernimiento, tino, sobriedad, sindéresis, ¡facultades tan raras...!

En fin, bastante nos hemos extralimitado para permitirnos aún divagar sobre el punto, aunque lo pida. Réstanos sólo decir que la impresión de conjunto que nos ha producido el material de lectura en el cual hemos de expurgar, no es muy satisfactorio que digamos; mejor dicho, es menos rico de lo que esperábamos. Cierto que aún dejan sentir su falta, entre los canjes de nuestra revista, publicaciones de primer orden de algunos de los centros más cultos de nuestro continente, que es a los que con más ahínco dirigiremos nuestra atención. Ciudades de tan fértil ambiente intelectual y de tan interesante significación espiritual como México, Bogotá y Montevideo, para no citar sino tres, apenas si se han hecho presentes a la Redacción del Mercurio. De Buenos Aires y de la Habana tenemos buenas representaciones, así como del mundo hispano parlante de Nueva York (aunque no todo lo completo que sería de desearse). En cuanto a Europa, la anomalía de siempre: París supera a Madrid y a Barcelona; ¡con decir que no tenemos noticias de La Lectura! De Londres, de aquel Londres maravilloso y legendario, tan admirado y tan temido; de aquel Londres cultísimo, que debiéramos conocer lo mejor posible, para así comprender muchas de las cosas de la vida contemporánea que hoy nos son extrañas, de aquella metrópoli del mundo (aunque Teddy (Q. E. P. D.) gritase que no) donde con tanto acierto fundara el malogrado y grande Pérez Triana su Hispania, la Revista por excelencia de todos los pueblos de nuestra lengua; de la ciudad grave y nebulosa donde Addison escribiera pertinaz e incansablemente su Espectador, no tenemos noticia... Pero ya iremos subsanando estas y otras deficiencias, para hacer de nuestra Revista de Revistas algo así como la ventana ideológica –un poco ingenua, un poco soñadora, un poco estrafalaria y caprichosa– de un Doctor Ignorantissimus (de grandes afinidades con nuestro público) que pareciera imaginado por Clarín.

E. E.

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Edwin Elmore
1910-1919
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