Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, abril de 1919 · número 10
año II, vol. II, páginas 316-317

[Mariano Ibérico Rodríguez]

Notas varias

José Vasconcelos, El monismo estético. México, 1918.

Sumamente interesante y plausible es la nueva corriente filosófica suscitada en la América española y que proclama, como justa reacción contra el positivismo, la preeminencia de los valores del espíritu y, por lo tanto, la legitimidad de una especulación libre, espontánea, penetrada de intuición y dirigida a buscar el alma inexpresable y profunda de la realidad. Es una tendencia, a la vez, mística y estética. Porque pretende ahondar en las cosas a fin de vivirlas en la intimidad característica, incorporándolas, al propio tiempo, al gran ritmo universal y contemplándolas entonces –animadas e ingrávidas– en la armoniosa ondulación de una gracia inefable.

Dentro de la tendencia aludida trabaja con brillo singular el pensador mejicano don José Vasconcelos, cuya riqueza espiritual se traduce en la múltiple labor del político, del profesional y, sobre todo, del pedagogo y del filósofo. Ha intervenido en la política mejicana como amigo y partidario de Madero, siendo muy contrario de Huerta en la revolución posterior. Alejado hoy de las facciones políticas, vive desterrado en los Estados Unidos. Ha dirigido la Escuela Normal Superior que ilustrara en otros tiempos don Gabino Barreda, contra cuyo positivismo comtiano reaccionan decididamente las ideas de Vasconcelos. De su labor filosófica conocemos, aparte del libro, materia principal de esta nota, el admirable estudio sobre el sistema de Pitágoras, del que hace una interpretación estética, llena de intuiciones del más alto valor filosófico. Las consideraciones relativas al ritmo –que es algo así como la última palpitación en el fluir de las cosas– son de una profundidad extraordinaria.

En «El Monismo Estético» el señor Vasconcelos, esboza una penetrante doctrina estética. Según él, en el acervo de las energías universales hay dos grandes direcciones. Una en que se integran todas las actividades de orden mecánico; otra, en que alientan las expansiones indeterminables de la libertad y del espíritu. En esta dirección se orientan los supremos impulsos de la vida: Moral, Mística y Estética. Pero este último tiene una excepcional significación de profundidad y de amplitud, porque él sintetiza todos los otros, y al poner un alma en el mundo, reúne todos los movimientos de la materia y del espíritu en una unidad fundamental. [317] Así es como habla el señor Vasconcelos de un monismo estético.

En consecuencia, la filosofía, cuya aspiración es penetrar lo más hondamente posible en la realidad, adoptará la actitud del arte y, lejos de pretender reducir el principio de las cosas a una fría idea abstracta, irá a vibrar en el ritmo profundo de la vida, y a traducirlo con la fidelidad del amor y de la emoción. Pero entonces el Tratado clásico deberá ser abandonado como forma de expresión. El Tratado obra maestra de la inteligencia, construcción lógica y simétrica, es inaparente para sugerir la corriente irreversible, alógica de la realidad. Precisa, pues, recurrir a otra forma que se vincule más íntimamente al proceso intuitivo. Esa forma, que el ensayo libre y suelto prepara, es la Sinfonía, nuevo género literario, que algunas obras geniales han realizado ya.

La Sinfonía literaria es una aspiración a expresar por medio de la palabra y con la misma fluidez que la música, con la misma libertad y belleza, la inagotable riqueza de las cosas. La música de los sonidos corresponde a una música más honda e íntima que se confunde con el ritmo misterioso y divino del mundo.

Siendo la concepción de Vasconcelos, la de un monismo, es natural que abarque el problema esencial de la Mística, tan íntimamente vinculado a la cuestión estética. La Religión y el Arte expresan el anhelo de una vida transfigurada y redimida, elevada a la plena existencia, en el seno del infinito creador y supremo. «Volvemos ahora a la Mística, escribe Vasconcelos, porque la Mística es ciencia de síntesis y siempre ha perseguido la síntesis; pero ahora, ilustrada por la experiencia de los siglos, ya no buscará la unidad por la inteligencia, pues eso sólo proporciona abstracciones; no la buscará tampoco en la fría contemplación del universo, pues allí, entre los fenómenos, no hay sino esa ansia de ley superior revelada en el rastro de belleza que brilla en las cosas; no la buscará tampoco en la voluntad que ama lo limitado, ni en el bien, que sólo es remedio del mal; sólo hallará la mística unidad en la plena fortaleza eterna del existir estético. Nuestra conciencia no acierta a romperse para insertarse entera en este divino poder; pero, acrecentada a su influjo, orienta los esfuerzos hacia la sublime infinidad».

«El Monismo Estético» es, en suma, una serie de brillantes ensayos que una intuición fundamental anima. La intuición del ritmo intraducible, de la realidad impalpable que vive más allá de toda ideología, muy cerca y muy lejos, tan en nosotros que se confunde con nuestra esencia espiritual, tan fuera de nosotros, que muchos pasamos sin oír jamás el hondo temblor de la música.

M. Y. R.

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