Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Hesperiófilo · José Rossi Rubí ]

Rasgo histórico y filosófico sobre los cafés de Lima

Para un verdadero Filósofo no hay objeto de absoluta pequeñez. Las cosas más triviales tienen su mérito, y sus excelencias en el escrutinio de un observador ilustrado. Malpighi en medio de la brillantez de la Corte Romana cree digno de su meditación el mecanismo de las plantas y de los huevos fecundos{1}, Reaumur se desvela para anatomizar una Mosca, un Pólypo, y averiguar la estructura de los nidos del Gorrión, y del Jilguerillo{2}. Duhamêl escribió sobre la construcción de las Cloacas o Letrinas una disertación, que mereció ser publicada en las actas de uno de los mas sabios cuerpos del Mundo{3}. Estas disquisiciones han acarreado a sus Autores una gloria igual a la que sacaron Neuton y Leibnitz de su disputado invento del Cálculo diferencial o infinitamente pequeños. Un hombre de talento y de [109] juicio se complace de ver que todas las producciones de la Naturaleza son un abismo de prodigios, y reconoce en ellas la mano omnipotente que las ha combinado.

Por los mismos principios el Político honra con su atención los establecimientos que parecen mas indiferentes. Entre las grandezas del Imperio Romano, Dionisio de Halicarnaso miró con un cuidado preferente los caminos, los acueductos, y las cloacas{4}: de estas últimas habla Plinio como de una obra máxima{5}. El vulgo (¡a cuantos grandes, graves, y ricos comprehende esta denominación!) que ama ciegamente lo maravilloso y lo raro, no quisiera leer ni oír, si no las relaciones de aquellos acontecimientos ruidosos de batallas de muertes y de ruinas, a las cuales repugna el espíritu de humanidad, que en estos tiempos da el tono al gusto literario, y a los corazones honestos. Convencida de estas verdades nuestra Sociedad Académica, se ha propuesto sujetar a unas breves indagaciones el origen de los Cafées de Lima, y el enlace que tienen con el sistema civil de la República. Estos pequeños monumentos del lujo y de la policía de nuestro Siglo, servirán a los venideros para calcular y hacer la historia de las comodidades de esta Capital, de su modo de pensar, y de los grados por los cuales ha empezado a emular y tal vez a sobrepujar a las de Europa.

Los Cafées no se han establecido en España, si no sobre las ruinas de las Alogerías. La habilla del Cafée, o Cahué como la llaman los Orientales, fue largo tiempo desconocida a nuestros abuelos. Entre los usos extraños que recíprocamente una nación toma prestados o imita de otra, la nuestra adoptó el de esta bebida. Los Grandes que fueron los primeros que la introdujeron, la hicieron entrar muy luego en el predicamento de la moda. El Público debió complacerse mucho de esta novedad, pues caracterizó con su nombre a todas las tiendas que la admitieron, y se lo ha conservado inalterablemente. No hay duda que esta especie de Casas son muy útiles, y de una comodidad grande a los jóvenes y hombres, que carecen en la suya de proporciones para tomar un refresco, cuando la necesidad o el antojo se lo hace preciso. Con todo hasta el año de 1771, no hubo en Lima ningún Cafée público. El uso del Mate{6}, que anteriormente era tan general, requería un reposo y unas cautelas, [110] que no son compatibles con la publicidad de una tienda: así esa bebida era propia para el estrado, y uno de los regalos domésticos, que consecutivamente ha ido perdiendo el crédito.

En el citado año Don Francisco Serio erigió en la calle de Santo Domingo, una como tienda de nueva invención y extraña para el país, esto es, un Cafée. En el siguiente de 72, se estrenó por un Salazar el Cafée de la calle de la Merced, que hoy se llama de Francisquín. El Excelentísimo Señor Don Manuel de Amat Virrey entonces de estos Reinos, no se opuso a estos establecimientos, conociendo que su plantificación y fomento cedía directamente en beneficio de la Sociedad; como quiera que las concurrencias de los Cafées, practicadas con aquella moderación, decencia y honestidad que son características del genio Peruano, unen el hombre al hombre, concilian la uniformidad del carácter, aumentan la circulación y los recursos de subsistencia, contribuyen a la comodidad de los vecinos, y les proporcionan un recreo inocente. También la Ciudad no miró con repugnancia la introducción de esta moda. En efecto el año de 75, el mismo Serio traspasó su Cafée de Santo Domingo (que todavía subsiste) y se trasladó a la esquina de las Animas en que abrió otro nuevo; y en el de 76, se situó en la Calle de Bodegones, erigiendo el que hasta hoy maneja con el mayor crédito y consumo. Por esos tiempos se abrió también otro llamado del lato que a pesar de su bella situación y extremado aseo duro poco por que su dueño mudó de ocupación. Con el discurso del tiempo crecieron las concurrencias en ellos: las ganancias de los Cafeteros se suponían considerables: hubo quien deseó seguir esa misma carrera. En el año de 1772, se abrió el Cafée de la Calle de los Plumeros cerca de San Agustín; y finalmente en el de 1788, se formalizó la erección de otro en la Calle del Rastro.

En todos estos seis Cafées hay mesas de Villar o de Truco (en Bodegones, San Agustín, y Animas hay uno y otro) cuyo juego sería menos crítico si no se admitiesen a él los hijos de familia, y jóvenes que empiezan el curso de sus estudios. En ellos se hacen helados y bebidas de todas clases, el servicio es decente, la quietud inalterable, y numeroso el concurso especialmente las mañanas temprano, y a la hora de siesta.

En el Memorial literario de Madrid, Tom. X, fox. 404 y 405, se hallan recopiladas las providencias dadas por el Señor Don Mariano Colón y Larreátegui, Superintendente General de la Policía de aquella Corte, a fin de aumentar [111] el aseo de los Cafés: las principales son: «1. que en los Cafées donde actualmente no se observa aquella decencia y curiosidad que corresponde, se pongan frisos de lienzo pintados, se blanqueen las paredes, se den de color a las puertas y mostradores. 2. que a cada uno se sirva su plato limpio aunque se junten tres o cuatro personas, pues al sacar los vasos de la salvilla se derrama la bebida sobre la mesa, y a un leve descuido se manchan los vestidos y capas de los concurrentes. 3. que los mozos sirvientes se presenten aseados, sin redecilla ni gorro, y si fuere posible peinados &c. &c.» ¿Que dirían algunos si nosotros pretendiésemos insinuar otro tanto?

¿Pero que dirán aquellos genios descontentadizos y vulgares, de que hablamos en la introducción de este rasgo, observando que tratamos de una cosa que ellos han visto nacer, y están viendo todos los días? ¿Qué dirán los Críticos que desean que el Mercurio sea solo el vehículo de la adulación o un publicador de los sentimientos privados? Digan lo que quieran: no perderemos el tiempo en contestarles. Responderemos desde luego, y de una vez para siempre, que nosotros no escribimos solo para el recinto de esta Capital, ni para el año de 1791. Trabajamos (dure lo que durase este Papel Periódico) para la noticia de todo el mundo, y para la posteridad. En estos términos puede que llegue algún día, en este o en el otro Hemisferio, en que más se aprecié la noticia de los Cafées de Lima, que las relaciones tantas veces impresas, y repetidas de sus guerras, de su conquista, y de su fundación.

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{1} En su Tratado en 2. Tomos, de Plantarum anáthome impreso en Londres en un Vol. in fol. el año de 1679: En el de formatione Pulli in ovo &c.

{2} Véase su Historia natural de los Insectos. 6. Vol. in 4º y sus observaciones, y memorias impresas en las Colecciones de la Academia de las Ciencias de París, el año de 1756.

{3} Historia, y Memorias de la Academia de las Ciencias año de 1748, pág. 8.

{4} Aniquit. Román. Lib. 3.

{5} Lib. 26, Cap. 15.

{6} Se compone de agua caliente con la yerva del Paraguay, y azúcar.