Filosofía en español 
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[ Eustachio Phylómathes · José Rossi Rubí ]

Educación

Carta escrita a la Sociedad sobre el abuso de que los hijos tuteen a sus padres

Señores amantes del país.

«Ya que esa Sociedad de Filósofos se ha propuesto el objeto nunca bien encomiado de servir al Público, tenga la bondad de oír mis desazones, y transmitirlas al conocimiento y meditación de todos mis compatriotas.

Ha seis años que me casé en esta Capital con Teopiste, joven hermosa y buena, pero poseída de los prejuicios de sus semejantes. El Cielo me ha concedido tres hijas y un hijo. Su vista y su compañía formaban toda mi felicidad: era su educación el objeto de todos mis cuidados. A principios del año pasado tuve que hacer un viaje al Cuzco: el estado de mis relaciones, y el de mi pequeña fortuna exigieron este sacrificio. Siete meses me mantuve dividido de mi esposa y de mis hijos. Es menester ser buen marido, y buen padre para saber lo que valen estos nombres preciosos. ¡Dios sabe lo que sufrió mi corazón en una ausencia tan dilatada!

Finalmente pude dejar aquellos países. En el camino de regreso, creí morir de gozo, cuando desde las eminencias que rodean a esta Ciudad, empecé a divisar las torres de sus Templos. Llegué a mi casa: los abrazos de mi familia, y las lágrimas de una ternura verdadera fueron los parabienes que recíprocamente nos dimos. La confusión de este alborozado cumplimiento me impidió el parar la atención en las expresiones inocentes de mis hijos. [37]

Calmado el primer tumulto de los afectos, oí que todas estas criaturas me trataban de Tu. Admiréme, y pregunté a Teopiste ¿de donde nacía esta novedad tan opuesta a los principios de crianza, que yo había dejado entablados antes de mi viaje? Respondióme esta fríamente: Que mis hijos habían estado en casa de Democracia su madre durante mi ausencia; y que allí les habían enseñado lo que es común en todas las clases de los ciudadanos. Creció mi admiración: pregunté a algunos amigos si era positiva esta costumbre en Lima, y tuve el desconsuelo de quedar cerciorado de que la mayor parte de las madres, tías y abuelas, no solo sigue esta baja práctica de hacerse tutear de los hijitos que las rodean, sino también la patrocina y la sostiene.

No tengo voces suficientes para expresar la admiración, o diré mejor, la indignación que me causó esta noticia. Los días en que mi suegra o mis cuñadas vienen a ver a las niñas, son para mí días de infierno. Ayer tuve que sufrir un lance de esta naturaleza. Entró en casa una prima mía en ocasión que estaba allí de visita Democracia y sus adherentes: mi hija menor, Clarisa, corrió a abrazarla gritándola: tía, dame un caramelito, dame una cosita, dame… Ya no pude disimular más: llamé a la muchachita, y la dije en tono algo severo, ¿si se había olvidado del modo de pedir que yo la había enseñado? Pero apenas acababa de proferir esta última palabra, cuando Democracia hecha un fiero basilisco me arrebató de las manos a la niñita, diciéndome en tono de maldición: bien se conoce que Vmd. no quiere a sus hijos, y que más bien es tirano de ellos que padre: Vmd. que quiere enseñar a otros la buena crianza, debe saber primero, que es mucho atrevimiento el querer corregir una costumbre general: y que aunque no lo fuera, es mi voluntad, y basta para que sus hijos tuteen a quien les dé la gana.

Figúrese cualquiera cuanto me irritarían estas reconvenciones: con todo por no alborotar la vecindad, tomé el partido de callar y retirarme. Vengo ahora a desahogar con Vms. mi pena. Sírvanse Vms. de preguntar en mi nombre a todas las Madamas que piensan en esto como Democracia: ¿Qué idea tienen del respeto filial, y de la superioridad paterna? Si nuestro idioma tiene los tratamientos confidenciales con separación de los de reverencia, ¿por qué les hemos de confundir? ¿Por qué hemos de acostumbrar a los [38] hijos a que hablen a su madre en el mismo tono que a su esclava, y a que no distingan a su padre de su calesero? Finalmente, ¿por qué miran como efecto de amor en los padres una condescendencia que es tan contraria a la subordinación, y aun a la buena política de las gentes?

Señores tengo el corazón todavía muy alterado; y así Vms. me perdonarán la poca consecuencia de mi estilo. Prometo escribir a Vms. a menudo, no tanto por desahogarme, cuanto para que sirvan de provecho al Público los defectos de educación, que se han deslizado en mi familia, cuya reforma ocupa en el día todos los cuidados de su afectísimo servidor y amigo

Eustachio Phylómathes.»

La Sociedad desea que este buen Padre verifique la promesa de continuar su correspondencia sobre materias de educación, mucho más si sigue tratándolas con la moderación que se echa de ver en esta carta: el Público no quedará defraudado de las sabias máximas, que por este medio se nos comuniquen.