Filosofía en español 
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Antonio Martínez Tomás

Desvelado el misterio de los españoles en Rusia

(Crónica por correo aéreo de nuestro redactor)

Un personaje barojiano

Un libro publicado hace unos días en Italia responde, inesperadamente, a una de las más angustiadas interrogaciones que desde hace diez años veníamos formulándonos íntimamente algunos españoles. Era esta: ¿Qué ha sido de los millares de niños que los comunistas arrancaron de sus hogares al acabar la guerra civil para llevárselos a Rusia? Aun a riesgo de sentir desplomarse muchas de nuestras convicciones, nos hubiera gustado saber que aquellos millares de niños y muchachos gozaban de un destino venturoso, de igual modo que nos complace saber que muchos emigrados han conseguido rehacer su vida en Méjico, en el Brasil o en la Argentina. Pero los niños que fueron conducidos a Rusia, como los tres o cuatro mil exaltados que siguieron entonces el mismo camino, no han tenido esta suerte. El libro «Yo, comunista en Rusia», de Andrés Familiari (Ettore Vanni), nos cuenta la verdad sobre la vida infortunada de aquellos pobres compatriotas nuestros.

Andrés Familiari era hace catorce años uno de tantos jóvenes deslumbrados por el falso mesianismo comunista. Italiano de nacionalidad, llegó a España fugitivo del fascismo, casi en vísperas de la guerra civil, después de haber recorrido otros países. Exaltado y romántico, era como uno de esos personajes revolucionarios que Baroja describe en la «Ciudad de la niebla» y en «Aurora roja», llenos de impulsos generosos y de ideas fantásticas, que suelen ser, para los países que los sufren, una calamidad, pero mucho más calamidad para ellos mismos, por lo menos mientras dura su período de exaltación. Al acabar en España la guerra civil, marchó a Rusia lleno de esperanzas, acompañando a los fugitivos españoles, de cuya desgracia se sentía solidario.

Miseria, corrupción terror policíaco…

Familiari ha vivido en Rusia ocho años, siempre en compañía de nuestros compatriotas, a los que se sentía ligado por un doble vínculo: el afecto entrañable y el destino político. Casado en España con una joven e inteligente «camarada», se sentía como un español más. Primero hizo de maestro de los pequeños españoles en la colonia número 14, que se abrió para algo más de un centenar de ellos en Kuibiscek, en una zona gélida e inhóspita, vecina a los Urales; más tarde en la colonia número 6, en Eupatoria, en Crimea, donde el clima era más benigno, transferida durante la guerra a Orlovskoe, cerca del Volga. Durante los años cruciales de la guerra trabajó como obrero en una fábrica de Korki, y como campesino en un «sovkós» o comunidad agrícola, realizando rudos trabajos para los cuales no estaban habituadas sus manos de intelectual. Finalmente, pasó a laborar en Radio Moscú, sección italiana. En todos estos sitios Familiari vió siempre el mismo cuadro deprimente: miseria, corrupción, terror policíaco, impasible frialdad frente al dolor ajeno. En 1947 consiguió abandonar la U.R.S.S. y regresar a Italia, pero ya aquí, en lugar de aspirar como D'Onofrio, Pastore o el mismo Togliatti, a ser diputado, senador o ministro, ha preferido consagrarse a contar la verdad de lo que vió.

La lucha desesperada por la vida

Los muchachos y los emigrados españoles aparecen en una gran parte de su libro como el coro en la tragedia antigua. Son como unos seres alucinantes movidos por la fatalidad. De vez en cuando Familiari nos da crudamente noticias de su éxodo. En la colonia infantil de Kuisbiscek, sobre un total de poco más de cien, cuarenta y tres contrajeron enfermedades graves, especialmente tuberculosis. En las otras trece colonias sucedió poco más o menos lo mismo. Cuando algunas de estas colonias tuvieron que ser trasladadas de lugar por haberse aproximado a ellas la guerra, el traslado se hizo ya a destiempo y con medios insuficientes, bajos los bombardeos. Numerosos niños españoles murieron por culpa de la pereza y de la falta de previsión de la incompetente burocracia soviética. Los niños que se aproximaban a los catorce años fueron entonces enviados a los grupos o concentraciones llamados «Reserva de mano de obra», y comenzaron a trabajar en jornadas extenuadoras, casi aniquilantes.

Los muchachos españoles eran inquietos, de una viva imaginación y de un temperamento indisciplinado, inconciliable con el gregarismo soviético, lo que les atraía frecuentes puniciones. En algunas páginas es emocionante ver a estos muchachos meridionales en su desesperada lucha por la vida. Robaban leña para calentarse, cambiaban y traficaban en todo lo que les caía bajo su mano, saltaban por las ventanas para realizar sus correrías y les ponían motes a los jefes. Era como si la necesidad hiciera renacer en ellos la vieja picaresca del «Lazarillo» y de Gil Blas. Pero infortunadamente, lo pagaron caro. La amoralidad del ambiente perdió a muchos de ellos. Familiari lo dice con crudeza: «Muchos han degenerado en delincuentes, mientras un cierto número de muchachas ha resbalado hacia la vida equívoca. Pero unos y otras viven su desgracia al modo ruso; es decir, al modo torturado y dislacerante de los personajes gorkianos, pues la humanidad corrompida que han alumbrado los Soviets no es mejor que la infrahumanidad de la Rusia zarista.» Los que tenían más de dieciséis años prefirieron marchar como soldados antes de seguir en la retaguardia, bajo el hambre y el terror policíaco.

Y al par que los muchachos, los tres o cuatro mil emigrados comunistas refugiados en Rusia han pasado por las mismas congojas. Es conmovedora la queja de aquel desgraciado minero asturiano que, viviendo en Gorki miserablemente, tras una extenuadora jornada de doce horas de trabajo y más de cuarenta minutos de camino, confiesa que ya no puede más, que siente como nunca el cansancio de vivir, mientras palpita en su corazón la nostalgia de la Asturias lejana, nutricia y maternal…