La España Moderna
Madrid, septiembre 1913
 
año 25, número 297
páginas 5-27

[ Eduardo Ovejero Maury ]

El “Criticón” de Baltasar Gracián
 

Desde hace algún tiempo se observa en los editores un movimiento de reacción hacia los clásicos de nuestra literatura, reacción que, indudablemente, debe corresponder a otra en los gustos del público. Muchas son las casas editoriales, no sólo propias, sino extranjeras, que se dedican a publicar nuevas ediciones de antiguos escritores de nuestro siglo de oro. Ya inició esta empresa el malogrado Bernardo Rodríguez Serra, dando a la luz pública libros tan apreciables como La lozana andaluza, de Francisco Delicado; El héroe y el discreto, y El oráculo, del mismo Gracián, cuyo Criticón nos presenta hoy la casa Renacimiento, en edición que sabe hermanar el buen gusto con la economía.

En este reverdecer periódico de nuestros viejos laureles, entra por mucho las exigencias bibliográficas de cada generación. A más de que la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra está anticuada por muchos conceptos, es harto enojoso leer un libro aparejado a estilo de hace cincuenta años, como lo sería recibir en nuestra casa a una persona vestida a la moda del año cuarenta. Los libros, como todo lo demás, entran por los ojos, y el aderezo exterior, en ellos como en los hombres, decide a veces de su éxito y de su porvenir. Sé de un autor cuyas obras le disgustan enormemente cuando las lee manuscritas en su propia letra, que es muy mala, y no le [6] satisfacen hasta que las ve impresas en tipo claro y elegante; entonces le parecen mejores.

Vengan, pues, ediciones modernas de nuestros clásicos, que así parecerán más nuestros. Porque es achaque general el juzgar de las cosas por su apariencia, y decidir de nuestras antipatías y simpatías atendiendo antes al fondo que a la forma.

No obstante, bueno será dejar sentado que esta invasión de obras antiguas no obedece al acaso ni al puro capricho de los editores. Hace tiempo, y nótese esta circunstancia, bajo las apariencias de novísimos derroteros y de emancipadoras tendencias, se opera un movimiento de vuelta a las fuentes de nuestra literatura.

Como los extremos se tocan, a fuerza de blasonar de modernos e independientes y de romper con la tradición por todos lados, volvemos a ser antiguos y tradicionales. Dicho sea esto en honor de nuestros dos siglos XVI y XVII, que de tal modo y por tan encontrados caminos vienen a ponerse delante del mismísimo siglo XX, que se declara sumiso y devoto seguidor suyo.

No es que el nuestro carezca de enjundia y orientación propia, todo lo contrario. Somos más lo que somos, buscando lo que fuimos. Hay en esto algo de la curiosidad al sentirnos viejos, por saber lo que hacíamos cuando mozos. Pero hay también, que en los laberínticos derroteros del gusto viene a darse, a veces, después de mucho caminar, tan cerca del punto inicial, que parece que no nos hemos movido. ¿No volvemos los envidiosos ojos, después de haber andado tantos siglos, a la Grecia inmortal, considerándola como polo de naciones, maestra de la humanidad y ejemplo de todo? Pues así volvemos ahora a nuestro dorado siglo, a aquella edad de hidalgos y de pícaros, de opiniones exaltadas y de honores vidriosos, de lances plebeyos y de empresas honradas, manifestando especial predilección por la literatura picaresca, maestra en el vivir y encinta de enseñanzas morales como ninguna. Porque es de advertir que aquella gente tan traída y llevada por la fortuna, tan maltrecha [7] e injuriada por la vida bajo su capa desvergonzada y maleante, no era otra cosa que un hato de desvalidos de la suerte que luchaban por acomodarse a las adversas condiciones de la sociedad en que vivían. La picardía de los pícaros revelaba todo un estado social, era engendrada forzosamente por la picardía de los poderosos, de la gente honrada, de los alcaldes y regidores, de los escribanos y de los justicias, y hasta de los príncipes y de los reyes, que no tenían escrúpulo en el oprimir ni límite en el cohechar. «El forastero, el pobre, el miserable, el sin abrigo, favor ni amparo de ese asen primero» –dice Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache.

La vida picaresca es lo que ahora llamaríamos un fenómeno de adaptación. En la malicia de los pícaros no tenía tanta parte un natural torcido como la injusticia y el despotismo ambiente en que se movían. La mentira y el engaño y el embeleco eran recurso corriente y moliente, y a ellos había que acudir en ciertas capas sociales en las que la verdad, peligrosa siempre, era mortal de necesidad.

Y volvemos a nuestro tesoro, no ya por lo mucho que nos habíamos apartado de él, sino porque queremos juzgar lo de entonces con nuestro criterio de ahora. De tales revisiones está la Historia llena. A cada legua de camino nos paramos a examinar el paisaje, que ha cambiado, más que por la variación de las cosas, por el nuevo punto de vista.

El juicio de las obras no se completa sino en el tiempo. Cada edad tiene su manera de aquilatar, y en la rotación de los siglos, a cada vuelta del gusto, el sol de la verdad nos da una cara. «La Revelación –decía un gran ingenio con quien tuve la fortuna de hablar en cierta ocasión– se nos va dando paulatinamente.» Y es cierto, porque cada generación tiene su verdad o, más bien, su parte de verdad. Cotejando ésta con las anteriores, como en juego de paciencia, la humanidad va construyendo lentamente el edificio del saber. Menguada es la parte de cada obrero, y no tiene sentido sino acumulada e incorporada al conjunto. [8]

Baltasar Gracián ofrece una fisonomía singular en el carácter general de su tiempo. Aun siendo innegable el aire de familia que le une a todos sus contemporáneos, puede jactarse de no haberse dejado arrastrar por los excesos de la imitación y de la moda. Bien estudiado, le hallamos a igual discreta distancia del misticismo que de la picardía. El primero era harto nebuloso y soñador para un cerebro que vivía de realidades psicológicas, que buscaba lo concreto de nuestro espíritu, y la segunda, plato demasiado fuerte para un paladar delicado como el suyo. Puestos los ojos en la vida, la descifraba como un juego de paciencia, y a fuerza de exactitud en el medir, de perspicacia en el mirar y de consecuencia en el deducir, no le quedaba espacio para concepciones teológicas ni afirmaciones dogmáticas. Habla, sí, de la virtud, pero como pudo hablar de ella el filósofo pagano. Su concepción aristotélica de la virtud le hace huir constantemente de los extremos, y su psicología es un continuo estira y afloja entre contrarios, un eterno buscar el término medio, una mensuración de conceptos. Con ellos está dicho que se aleja propiamente de todo misticismo y asceticismo que, como concepciones heroicas de la virtud, pronto dan en el exceso y en el desequilibrio. «Son las pasiones –dice en El Oráculo, los humores del ánimo, y cualquier exceso en ellas causa indisposición en la cordura». «No hay más dicha ni más desdicha que prudencia e imprudencia.» «Todo lo demasiado es vicioso.» «Gran asunto de la cordura, nunca desbaratarse.» «Nunca apresurarse ni apasionarse.» «La detención prudente sazona los aciertos y madura los secretos.» «Saberse atemperar. No se ha de mostrar igualmente entendido con todos; ni se han de emplear más fuerzas de las que son menester.» «No rendirse a su vulgar humor. Hombre grande el que nunca se sujeta a peregrinas impresiones. Es lección de advertencia la reflexión sobre sí; en conocer su disposición actual y prevenirse; y aun ladearse al otro extremo para hallar entre el natural y el arte el fiel de la sindéresis.»

¡Qué lejos este prudente equilibrio de los arrebatos del [9] espíritu místico, que no se satisface sino con monstruosas abnegaciones y aberraciones suicidas!

De verdadero arte de vivir pueden reputarse las reglas que en su Oráculo da acerca de la vida y del modo de conducirse en ella. Producto de una sabia experiencia y de una sutil observación, engarza sus máximas en un estilo por tal manera lacónico y lapidario, que parece como si quisiera hacerlas más manuales y portátiles, acomodándolas así para un empleo rápido y oportuno.

El fin que revelan estas reglas es, más que trascendental y teológico, mundano y práctico. No se trata ahora de ganar el cielo sino de vivir mejor entre los hombres, con la más diestra economía de adversidades y desdichas. Es, pues, un fin profano y mundanal el que mueve la pluma del escritor, de cuya condición sacerdotal no nos acordamos sino cuando vemos su figura ensotanada en la primera página del libro.

En efecto; las máximas de Gracián nada tienen de místicas, y estoy por decir que ni de cristianas.

Si la concepción religiosa del mundo estriba esencialmente en ver y estimar todas las cosas a través del concepto de lo absoluto y en sentirlas con el sentimiento de lo inmanente, Gracián estaba muy lejos de pensar y sentir de este modo. Baste, para no insistir en este punto, comparar alguna sentencia del Kempis con otras del jesuita aragonés. Dice el primero: «No eres más bueno porque te alaben, ni más vil porque te desprecien; lo que eres, eso eres.» Y el segundo: «…tanto valdrá uno cuanto quisieren los demás»… «Que hasta el saber es nada si los demás no saben que tú sabes.» «Consiste el crédito en el recato, más que en el hecho, que si no es casto sea cauto.» «Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen. Saber y saberlo mostrar, es saber dos veces: lo que no se ve es como si no fuera.»

Hecho es éste de la contradicción de escritores eclesiásticos con el verdadero dogmatismo religioso, para cuya calificación y comprensión no concibo mejor acierto que trasladar íntegras [10] las palabras de Arturo Farinelli en su estudio crítico sobre Baltasar Gracián, publicado primero en la Revista crítica de Historia y Literatura españolas, portuguesas e hispanoamericanas, y luego en la edición Serra de El héroe y el discreto. Dice así:

«El atrevimiento de los pensamientos de Gracián y su sagacidad escudriñadora, que muchas veces le pone en contradicción con la Iglesia, con los dogmas del catolicismo absoluto, no extrañan en los siglos XVI y XVII, por cuanto del regazo de la Iglesia misma salían los hombres de juicio más libre y sutil, de atrevidas ideas; no sólo los heterodoxos españoles, entre quienes hay pensadores verdaderamente geniales y profundos, sino también otros que la Iglesia amparaba y bendecía, y que, por su reflexión, por la práctica extremada en las cosas del mundo, se levantan muy alto sobre los prejuicios religiosos de la época, y son precursores de la sabiduría de posteriores siglos. Bajo la capa del clérigo búscase al clérigo en vano. La práctica religiosa estaba muchas veces en contradicción con la teoría expresada en los escritos.»

Sobre el pesimismo de Gracián mucho se ha dicho, y el favor que le otorgó Schopenhauer ha contribuido a catalogarle con esta significación; cuando, a mi entender, sólo con violencia de la verdad, podríamos definirle como pesimista sistemático.

En Gracián, como en todo escritor, un análisis acucioso ha de separar forzosamente, a un lado, lo propio suyo, el elemento original, que estará más en la expresión general de un temperamento, de un modo de ver, que en tal o cual pensamiento; y a otro, lo que en el trabajo natural de formación de estilo aprehendió del caudal común de ideas, dichos o sentencias, de tópicos, obligados e impuestos por el contagio de la convivencia literaria.

En este sentido, ciertas expresiones útiles al satírico o moralista de oficio, como la de que en el mundo es recompensado el vicio y desconocida la virtud, la verdad muda, la mentira [11] trilingüe, la vanidad de todas las cosas, &c., ni son exclusivamente propias de Gracián, pues con harta frecuencia las encontramos en Quevedo, Calderón y otros, y más parece que el escritor aragonés las allegó como pasto de su estilo, queriendo dar un engarce nuevo a joyas que corrían muy traídas y llevadas en el comercio de las letras; ni, por otra parte, sirven para caracterizarle como un llorón de oficio a la manera de Heráclito, de Leopardi, de Byron o de Schopenhauer.

El que, sin haber leído otra obra de Gracián, abre el Criticón, no pensará habérselas con ningún descontento del mundo en que vive, al leer la narración de Andrenio, prosado himno a las magnificencias del universo, espectáculo de prodigios que bastaría a suspender y maravillar el ánimo más templado, si la costumbre no apagase el asombro. «Fáltanos la admiración comúnmente a nosotros, porque falta la novedad, y con ésta la advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del alma cerrados, y cuando los abrimos al conocimiento y a la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no dejan lugar a la admiración.» Genial intuición, en que se hermanan el filósofo y el poeta sobre el embotamiento en que el hábito nos sumerge, impidiéndonos saborear el deleite que las cosas diarias, la menor de ellas supremo prodigio, producirían en nosotros si las mirásemos con ojos de pensador y de poeta. «A la manera que, el que paseando por un deliciosísimo jardín, pasó divertido por sus calles sin reparar en lo artificioso de sus plantas ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás, cuando lo advierte y comienza a gozar otra vez poco a poco y de una en cada planta y cada flor, así nos acontece a nosotros, que vamos paseando desde el nacer al morir, sin reparar en la hermosura y perfección de este universo.»

Primero es el sol, espejo divino, gran monarca de la luz, que, con soberana majestad, va señoreándose de todo el hemisferio, que está en medio de los celestes orbes como en su centro, corazón del lucimiento y manantial perenne de luz. Todo lo baña, alegra e ilustra, fecunda e influye. Que le hace [12] recordar el dicho del filósofo de que había nacido para ver el sol. Luego son las estrellas coronando el cielo de luminarias. La noche serena, a quien hay que celebrar por sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que se piensa en ella. Símbolo del saber fue en la discreta Atenas la nocturna lechuza. No es tanto la noche para que duerman los ignorantes, cuanto para que velen los sabios. Y es la luna presidenta de la noche, substituta del sol, con quien se reparte el mando. Si él hace el día, ella la noche; si el sol cumple los años, ella los meses; calienta el sol, y seca de día la tierra; la luna, de noche, la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna rige los mares; de suerte, que son las dos balanzas del tiempo.

Celebra luego y admira la fecundidad de la tierra, centro de hermosas variedades, con la ventaja de que al mirar al cielo sólo empleaba la vista; mas aquí todos los sentidos no le bastan. Coge una rosa, contempla su belleza, percibe su fragancia, alarga la otra mano a una fruta, empleando, además, el gusto: ventaja que llevan los frutos a las flores.

Y así celebra igualmente la diversa multitud de criaturas que presentan tanta pluralidad con tan rara diversidad, que ni una hoja de una planta ni una pluma de pájaro se equivoca con las de otra especie. No todos los frutos se sazonan juntos, sino que se van dando a la vez según la variedad de los tiempos y necesidad de los vivientes. De suerte que, acabado un fruto entra otro, entreteniendo todo el año con abundancia y regalo. Encomia a las aves solas, a quien se ha concedido el privilegio de cantar entre los demás animales. Quizá como vecinas al cielo, se les pega el entonar las alabanzas divinas.

Repara Critilo que entre todas, así aves como fieras, siempre es más galán y más vistoso el macho que la hembra, apoyando lo mismo en el hombre, por más que lo desmienta la femenil inclinación y lo disimule la cortesía, anticipación que tomó en cuenta el célebre misógino de Dantzig para desarrollarla con el éxito de su gran popularidad.

Y por fin admira el mar, el agua, el fuego, los ríos, los [13] montes y la subordinación de tanta y tan varia multitud de criaturas en tan admirable concierto, que sin embarazarse unas a otras, antes bien, se dan lugar y se ayudan entre sí; llegando por este camino al reconocimiento de un Criador tan manifiesto en sus criaturas y tan escondido en sí, que aunque todos sus divinos atributos se ostentan, su sabiduría en la traza, su omnipotencia en la ejecución, su providencia en el gobierno, su hermosura en la perfección, su inmensidad en la asistencia, su bondad en la comunicación, y así de todos los demás; que así como ninguno estuvo ocioso entonces, ninguno se esconde ahora: con todo eso, está tan oculto este gran Dios, que es conocido y no visto, escondido y manifiesto, tan lejos y tan cerca.

Obsérvese cuánta mesura guarda este arrebato de lirismo teológico, y cómo se eleva el autor a las alturas de la metafísica sin perder el pie de la observación positiva y de la argumentación racional. No es su Dios un Dios claro y evidente, sino que se recata detrás de ciertas sombras, y como prueba de su existencia, no nos podemos resistir a publicar la que él propone, muy digna de medirse y aun de eclipsar a las que de antiguo baraja la filosofía:

«Es muy connatural en el hombre –dice– la inclinación a su Dios como a su principio y su fin, ya amándole, ya conociéndole. No se ha hallado nación{1}, por bárbara que fuera, que no haya reconocido la Divinidad; grande y eficaz argumento de su divina esencia y presencia. Porque en la Naturaleza no hay cosa de balde ni inclinación que se frustre; si el imán busca al Norte, sin duda que le hay donde se quiere; si la planta al sol, el pez al agua, la piedra al centro y el hombre a Dios, Dios hay, que es su norte, centro y sol, a quien busque, en quien pare y a quien goce.»

¿Cuánto mayor alcance y probabilidad no tiene esta argumentación, encerrada dentro de la experiencia positiva, [14] atenta a las leyes generales del universo, que no aquella otra especulativa y metafísica que se quiebra; de puro sutil, rechazada por el mismo Santo Tomás y que por entonces ofrecía a la admiración de los franceses Descartes, remozando, si bien no mejorando, la de San Anselmo?{2}

Decimos, pues, que quien estas loas ha compuesto de la Naturaleza y del mundo, no es pesimista declarado. Aun después de conocidas todas las diatribas contra los hombres y sus engaños, contra la vida y sus trampas, diatribas que no eran distintas ni más numerosas que las que corrían en boca de todos los grandes decidores de agudezas de su tiempo, no encontramos ese amargo saborete de disgusto que dejan los libros de los grandes pesimistas, pues la agilidad de pensamiento y la universalidad de concepción de Gracián le hace acudir tan pronto a lo bueno como a lo malo, al héroe como al discreto, reconociendo dos artes de vivir. El mundo, con su variedad infinita de lances y de casos, no puede menos de atraer e interesar al que todo es sutileza para comprenderle, y sólo ha de parecer vulgar y despreciable al que le mira cansado, enfermo [15] o de mala gana. La raíz del pesimismo está en la sensibilidad, que no en el intelecto, cuando aquélla dañada y éste obscurecido. Quien todo lo ve y penetra, a todo halla explicación, que es como decir justificación.

Hay entendimientos tan puros, tan clarificados, que sólo ven las cosas intelectualizadas, y no se mueven sino por la lógica, y a ella atienden y no a los afectos. Sutiles como linces, son balanzas de precisión del ingenio. Juzgan sin pasión y nunca se sujetan a vulgares impresiones. Son hombres cerebros, nacidos sólo para discurrir, en quienes el resto del cuerpo parece refractario a toda destemplanza de humores. Siempre se les encuentra en el fiel, y esto sorprende. En ellos, el discurrir y el ingeniar es tan connatural como el roer en los ratones o el rumiar en los bueyes, bien que no la rumia filosófica de que habló Nietzsche, que supone una regurgitación de conceptos, sino ese penetrar inmediato, ese rápido chispear, ese poder instantáneo para seguir al que habla y anticiparse a su discurso, y prevenir las intenciones y descubrir las tretas de malicia y las locuras disfrazadas. En una palabra, los discretos.

Pues uno de éstos era Gracián. Compárese la extensión de los dos tratados El héroe y El discreto, y se verá que el segundo excede al primero en triple dimensión. Más tuvo que decir de éste que de aquél. Y aun cuando pinta al héroe, descubre sus artes, y así le apostrofa: «¡Oh varón cándido de la fama! Tú que aspiras a la grandeza, alerta al primor. Todos te conozcan, ninguno te abarque que con esta treta, lo moderado parecerá mucho, y lo mucho infinito, y lo infinito más.» «Atienda, pues, el varón excelente a violentar sus pasiones, cuando menos a solaparlas con tal destreza, que ninguna contratreta acierte a descifrar su voluntad.» Su tratado lo es de tretas para el aprendiz de heroicidad.

Mas si el héroe es el corazón arrebatado que no pone medida en la hora del sacrificio; si su ser lo constituyen la sinceridad y el desprendimiento, el desdén de toda cautela y el [16] menosprecio de toda prudencia, ¿a qué tanta treta y tanto primor, tanta medida y tanto artificio, tanta ocultación y tanto comedimiento? Y es que Gracián aplaudía en el héroe, más el ingenio que el genio, más la destreza que la fuerza, antes el concepto que el valor, mejor el juicio que el ímpetu. «Más triunfos le consiguió a Hércules su discreción que su valor. Más plausible le hicieron las brillantes cadenillas de su boca que la formidable clava de su mano: con ésta remedia monstruos, con aquélla aprisionaba entendidos, condenándoles a la dulce suspensión de su elocuencia, y al fin más se le rindieron al tebano discreto que al valiente.»

Juzgo necesarias estas referencias a sus demás obras, porque el Criticón no es todo Gracián, ni quizá lo más gracianesco, aun cuando se lea con más gusto por ser su obra más artística y literaria. Quien quiera conocer al autor, no se contente con ella, y acuda a El oráculo, a El discreto y a El héroe, que, tanto por la forma como por el fondo, son lo más característico. A veces, la obra más bella de un escritor no es la que mejor le define. La más abundante en semillas no suele ser la más acomodada al gusto general, como aquí sucede. Cuide la crítica no dejarse extraviar por el prejuicio de lo bello, aunque parezca paradoja. Ha de ser más bien una historia natural de los ingenios, que los catalogue por órdenes y familias. Lo bello pronto degenera en convencional si no se renueva. En todos los siglos, la crítica no vio la belleza nueva, por estar a ciegas con la belleza pasada. He aquí el secreto de todas las decadencias. La imitación es el nacimiento de arte, pero es también su muerte.

Disgusto, aborrecimiento, náusea del mundo, dice Farinelli que produjo en Gracián el continuo ponderar y escudriñar en los destinos de nuestra limitadísima naturaleza humana. Mas yo no veo sino gusto creciente en la lectura del libro del mundo, hondo conocimiento de la vida y estimación equilibrada de sus pros y sus contras, y a la postre, reglas para vivir, mientras que el pesimismo sólo las da para morir; [17] sólo sabe echarse en el surco del Nirvana, arrojándose aturdido y alucinado por los despeñaderos de la desesperación. Esa náusea del mundo, ese disgusto, ese tedio no permiten el obstinado estudio del mecanismo moral del hombre, que, como paciente anatómico, hace Gracián, desmontando cada una de sus piezas, ponderándolas y aquilatándolas. Y, lo que es más, dando alientos para la vida, puesto que a la malicia del mundo opone la milicia de las buenas voluntades, la cruzada de los varones esforzados. Bien es cierto, que más adelante, dice Farinelli, contradiciéndose manifiestamente, que «contrariamente a Schopenhauer, Gracián no tiene sistema filosófico determinado, escuela ninguna; no quiere más que demostrar, en sus esparcidas observaciones, en sus máximas y reglas de vivir, su gran experiencia, su milagrosa práctica de la vida, su prudencia, capacidad y sabiduría.»

Un crítico inglés admite la posibilidad de que la primera crisi del Criticón sugiriese a Daniel de Foe la idea de Robinson Crusoe; pero, sin ir tan lejos, ¿no asombra la rara semejanza de toda aquella fábula con el dramático episodio de Segismundo en La vida es sueño, otro símbolo del hombre primitivo a quien la vida de la naturaleza va revelándose en toda su grandeza admirable, y sugiriéndole consideraciones poéticas y filosóficas de la índole de las que oímos en boca de Andrenio, cuyo nombre, por cierto, no nos parece derivado o imitado del Aurelio de Fernán Pérez de Oliva, ni del enamorado Ardenio de Ledesma, como quiere Farinelli en la nota a la pág. 233, sino que, tanto éste como el de Critilo, me parecen haber sido formados por el autor simbólica o alegóricamente de las raíces griegas ανήρ –hombre, es decir, hombre inculto, primitivo, en oposición a Critilo de χρίσις –crítica, juicio, o sea el hombre suficientemente cultivado para juzgar o discernir, como también de aquí el nombre de crisi que da a los varios capítulos en que divide su obra, y en último término, el de Criticón, que la abarca toda designando su carácter. Opinión que confirman también los demás nombres que aparecen [18] en el diálogo, como el de Sofisbella, Felisinda, Falsirena, &c.

Costumbre era ésta de poner nombres griegos a los interlocutores de tratados filosóficos y morales, seguida durante mucho tiempo antes, y que se demuestra con sólo recordar los diálogos entre Philon y Sophia de León el Hebreo, a principios del siglo XVI.

Cuando Critilo cuenta sus desdichas, confiesa que lo que le acarreó de males la riqueza, le restituyó en bienes la pobreza, pues en ella halló sabiduría, que hasta entonces no había conocido; desengaño, experiencia, salud de cuerpo y alma. Con lo que prueba que muchos de los que el hombre cree males, son bienes disfrazados, y que no todo es mal en el mundo. Y es que el mundo hay que mirarle, no por donde le suelen mirar todos, sino, al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece. Sobre esto insiste Gracián repitiendo a menudo la advertencia: «Como el mundo anda al revés, el que le mira por aquí le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al contrario de lo que muestran.» Regla utilísima que no lleva camino de perder su eficacia. Mientras llega la era de la verdad, si es que llega, no sólo es acertado pensar de las cosas y de las personas lo contrario de lo que grita su apariencia, porque la simulación es arma general en la lucha por la vida, sino encubrir las propias intenciones confesando lo contrario; lo que recuerda aquella ingeniosa definición de la frase: «el signo que sirve para ocultar el pensamiento», que Talleyrand, dignamente entroncado con los Gracián y los Rochefoucauld, formuló donosamente.

Obra de filosofía artística denomina D. Julio Cejador al Criticón, en el hermoso prólogo con que nos introduce en su lectura, y a fe que es singular acierto la dicha frase, puesto que tanto tiene de filosofía como de arte este libro, que sin duda su autor dedicó a mayor número de lectores que los demás suyos en que más atiende al discurso que al gracejo, al pensar que al reír. Pero aun así dista leguas enteras del «culteranismo y gongorismo que carcomían y tronzaban el recio y frondoso [19] árbol de la literatura», por su honda crítica moral, fundada en la observación exacta y perspicaz y no en el juego de palabras, en la ingeniosidad del pensamiento y en la fantasmagoría del retruécano; defectos a que, sin estar de ellos completamente limpio nuestro autor, es ajeno en la casi totalidad de su obra.

Fecunda e ilustre tarea es determinar las fuentes que alimentaron el caudal filosófico y moral del gran jesuita, así como el influjo que pudo ejercer en la cultura literaria de su tiempo y de tiempos posteriores, enriqueciendo con su tesoro propio el de otros grandes ingenios de Francia, Alemania, Inglaterra e Italia. La erudición acomete esta ardua empresa, en la que tiene ocasión de lucir su suficiencia. Mas sin negar que el autor del Oráculo haya bebido en muy distintas fuentes, con lo cual no hubiera hecho sino lo que todos hicieron desde que hubo plumas en el mundo, creo que es regatear su personalidad y menoscabar su originalísimo ingenio, pintarle tomando de aquí y de allá, mas por satisfacer vanidades de copiosidad erudita. En todo siglo hay cierto número de ideas que están como flotando en el ambiente, y que todo el que entonces vive las ingiere y asimila aun a pesar suyo. Pero esto, que es común a todos, es tara que hay que restar, más bien que sumar, en el análisis de lo que constituye la personalidad de un escritor. De lo contrario, se obscurece aquello mismo que se pretende iluminar y se esconde lo que se quiere sacar a luz. Aun cuando un autor se acreciente y enriquezca con las ideas de los que antes que él escribieron y pensaron, en la selección que de ellas hace, y en la forma como las entiende y confiesa, se muestra a sí mismo, a veces, más que en lo que él pudiera obrar y pensar por su propia cuenta. Eterno trabajo de selección, el pensamiento colectivo vive de transmitirse unos a otros lo que adquirieron vaciándolo cada cual en su propio molde, configurándolo cada uno en su propia estructura.

¿Quién duda que la ciclópea labor del Renacimiento influyó en España poderosamente, pues las naciones no están aisladas? España llamaba a su suelo, como gran señora del mundo [20] a los artistas extranjeros: a los pintores, para que retrataran a sus soberanos; a los arquitectos, para que construyesen sus templos, y a los escultores, para que cincelasen las suntuosas tumbas de sus príncipes. Mas en las obras de unos y otros ponía ella misma mucho de su parte: sus figuras, su cielo, sus campos, sus tradiciones, su gusto propio y la grandiosidad de sus monumentos. Pues más aún en lo puramente literario, en donde sin desdeñar las preciosas importaciones, los inapreciables hallazgos de los humanistas, sostuvo su propio genio y su originalidad más que ningún otro pueblo, constituyendo una literatura gigantesca de la que quizás no haya ejemplo superior en la Historia, sino en el pueblo griego, mientras las otras naciones, Francia, Italia misma desvirtuaban y aniquilaban su carácter original bajo la balumba de autores resucitados, y ante el prestigio de las formas greco-latinas que conquistaban rápidamente la supremacía ahogando las propias y espontáneas energías y a veces, hasta corrompiendo las costumbres.

«Los progresos de las luces en el siglo XV –dice Sismondi{3}– no eran efecto del progreso de la nación italiana en la vida de la civilización; las obras de Guarini, de Valla, de Fidelfi, de Poggi y de Ficini, no eran el producto de la reflexión, de la meditación y de la imaginación de los italianos, sino del obstinado estudio de una antigüedad que no tenía relación con el tiempo presente, de la adopción de ideas, de razonamientos, de imágenes y de leyes poéticas que habían sido concebidas por otras naciones, para otras lenguas y para otras costumbres; de la absoluta preferencia que se daba a la memoria sobre todas las demás facultades de la mente humana; y en fin, de la sujeción servil del gusto individual a los modelos y a la autoridad literaria. Acaso este destierro absoluto de impresiones naturales y verdaderas, de pensamientos originales, del gusto particular de cada individuo en una nación, hizo mayor [21] daño a las letras en Italia y en toda Europa, que provecho los modelos griegos y romanos con toda su sublime belleza. Pero, sobre todo, en la política del siglo veremos cuan servil se nos muestra el carácter que, por culpa de aquella manía de erudición, contrajo el pensamiento. Nuestro oficio de historiadores nos conduce a investigar cuáles fueron las virtudes públicas de los escritores del siglo XV, y vemos que carecían de toda elevación de ánimo, de nobleza, de amor a la patria, de sentimientos políticos.»

Y a continuación refiere que la entrada en Florencia del emperador Federico III, puso a contribución los ingenios de aquellos pretendidos oradores y políticos. Carlos Marsupini, que había sucedido a Leonardo Bruno de Arezo en el puesto de secretario de la república, recibió el encargo de arengar al emperador. El discurso fue en lengua latina y le compuso en dos días; su erudición sagrada y profana, así como su estilo, causaron la admiración de los oyentes. Pero ni el consejo, ni el mismo orador habían pensado en el fin político de aquella ceremoniosa arenga. El emperador hizo que respondiese a Marsupini su secretario Enea Silvio Piocolomini, luego Papa con el nombre de Pío II. Este, más político que filólogo, y amaestrado en las disquisiciones del concilio de Basilea a no hablar a humo de paja, hizo en su contestación algunas preguntas que exigían una réplica; pero Marsupini, que no estaba preparado, no supo decir una palabra, y tuvo que responder Gianozzo Manetti para sacar del apuro a Marsupini.

Tales eruditos, hablando siempre de elocuencia, esterilizaron su siglo en la oratoria misma que hubiera debido salvar la república. Instrumentos de la tiranía, no se exigía de ellos que sus ceremoniosos discursos fuesen expresión de un interior convencimiento; por lo que justificaban sin escrúpulo toda clase de actos con bellas frases ciceronianas. Eran, no magistrados públicos, sino retóricos sin alma, que no se cuidaban de la rectitud de sus juicios ni de la verdad de sus pensamientos, sino de su estilo, gloriándose a veces de sostener lo mismo el [22] pro que el contra para mostrar sus talentos de oradores y de sofistas.

Más afortunada España en este punto, no sepultó su genio nacional bajo la inmensa balumba de infolios clásicos. Supo conservarse independiente, hasta tal punto que se ha discutido si entre nosotros hubo o no Renacimiento. Y no es que ignorase o incomprendiese lo que en las artes plásticas llamaban los Mecenas españoles la obra del romano, tan admirada y estimada por los poderosos, que arrancaban a Italia sus mármoles y sus artistas para construir sus edificios, templos y tumbas en los que esculpieron su nombre los Aprile, los Grazzini, los Torrigiani. Y en literatura, harto demuestran nuestras grandes obras literarias, desde el Quijote hasta la más insignificante, la expectación que despertaba Italia, en cuyo mismo suelo bebieron el humanismo nuestros capitanes, conquistando su tierra sin dejarse conquistar enteramente por su gusto.

Como no es tampoco que España dejase de contribuir con su propio esfuerzo a la magna obra de restitución del perdido haber clásico. Puesto que en el siglo XII, en que verdaderamente se inicia un primer Renacimiento{4}, Toledo y su célebre arzobispo D. Raimundo, constituyó una escuela de letras clásicas en que se empezaron a traducir las grandes obras maestras de la antigüedad, con aplicación y perseverancia pasmosas.

Así, pues, España no se queda rezagada, sino que se anticipa. [23] Y parece luego como si cumplida su misión de cultura se dedicara a cultivar su propio terruño, a trueque de ser llamada nación bárbara, como lo fue por los franceses por no tomar parte en aquel galimatías clásico de los Corneille, de los Boileau y demás greco-latinizantes, de cuya nefasta influencia, si pudimos librarnos hasta el siglo XVII, no así en el XVIII, en el que penetró helándolo y esterilizándolo todo.

Si Feijoo se quejaba del olvido en que habían caído nuestros ingenios, ¿cuánto más motivo no hubiera para avergonzarse de la persecución que sufrió Calderón de la Barca durante el reinado de Carlos II, en que se llegaron a prohibir las representaciones de sus autos sacramentales, «en nombre de la religión y del buen gusto».

Pero volvamos a nuestro asunto.

Hemos dicho que Gracián sigue a Aristóteles, a quien llama el más grande filósofo del mundo, tanto en la estimación de lo que sea la virtud, la cual dice consistir en un prudente término medio, como en la definición filosófica de Dios, a quien, usando también de la terminología del Estagirita, denomina «primer móvil divino a quien viene a reducirse por sus gradas toda la universal dependencia del universo», Pero tales definiciones y conceptos son incidentales y muy escasos en el libro, que en su totalidad está consagrado a la sátira moral, como anuncian los títulos de las crisis: «La entrada del mundo», «Estado del siglo», «La fuente de los engaños», «Moral anatomía del hombre», &c. En este último sirve de punto de partida la célebre sentencia: «Conócete a ti mismo», cuya consideración le lleva a afirmar que ninguna de todas las cosas criadas yerra su fin, sino el hombre.

El analizar cada una de las partes del cuerpo, es pretexto para un rasgo de humorismo, como el de que «si los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que verdaderamente están muy en su lugar para negarse cuando no quieren ser vistos o cuando no gustan de ver muchas cosas, ¿por qué los oídos no han de tener también otra compuerta, [24] y esa muy sólida, muy doble y ajustada, para no oír la mitad de lo que se habla?»

Cierra la segunda parte de uno de los capítulos más atinados y escrupulosos en la calificación del bien y del mal comunes. Lleva por título «Cargos y descargos de la fortuna», y es una de sus más hermosas alegorías morales. El hombre y la mujer acuden a Dios: el uno le pide la sabiduría y la otra la belleza, que les es concedido. Mas, picada la fortuna porque no acudieron a ella, les es contraria, declarándose contra el saber y la belleza. Desde este día, aseguran que los sabios y entendidos quedaron desgraciados: todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces se dijo: «Ventura de fea. Poco vale el saber, el tener los amigos y cuanto hay, sino tiene un hombre dicha, y poco le importa ser un sol a la que no tiene estrellas.»

Páginas enteras llenas de tan sangrante y dolorosa realidad, constituyen otros tantos cargos contra la fortuna, pero al final ésta pide las balanzas y se justifica diciendo:

«Venid acá, necios inconsiderados; si todo lo diera a los sabios, ¿qué hicierais vosotros? ¿Habíais de quedar destituidos de todo? ¿Qué había de hacer una mujer si fuera necia, fea y desdichada? ¿Desesperarse? ¿Y quién se pudiera averiguar con una hermosa, sí fuera venturosa y entendida? Y si no, hagamos una cosa. Traigan acá todas mis dádivas, vengan las lindas: si tan desgraciadas son, truequen con las feas. Vengan los discretos: si tan descontentos viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener.

Fue luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas y cetros, riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fue tal el contrapeso de cuidados a las honras, de dolores a los gustos, de descrédito a los vicios, de achaques a los deleites, de pensiones a las dignidades, de ocupaciones a los cargos, de desvelos a las riquezas, de trabajos a la salud, de crudezas al regalo, [25] de riesgo a la valentía, de desdoro a la hermosura, de pobreza a las letras, que cada uno decía:

¡Démonos por buenos!

Leyendo estas líneas acude a la memoria Emerson, en uno de cuyos estudios, Compensación, pone de relieve este equilibrio de la naturaleza, la cual nivela los males con los bienes como por efecto de una ley de igualdad y de composición natural. Cada cosa lleva aneja su contraria, por lo que no encontramos en la tierra bien ni mal absolutos. Los grandes pesimistas no vieron esta verdad o no quisieron verla. Pintaron el mundo como el reinado del mal, y el dolor como único patrimonio de nuestra naturaleza, esperando el único alivio a nuestra atormentada existencia, los unos del cielo, los otros de la nada. Así Schopenhauer hubo de incurrir en la alucinada y errónea afirmación de que sólo el dolor es positivo, no siendo el placer sino la ausencia del dolor.

Concluyente en este punto es la advertencia que Júpiter hace a la Fortuna, en el Arte para ser dichoso, de «El discreto », harto de oír las quejas que diariamente alzan contra ella los mortales:

«¿Qué es esto?, oh Fortuna, dijo Júpiter, que cada día han de subir a mí las quejas de tu proceder? Bien veo cuan dificultoso es el asunto de contentar, cuanto más a muchos, y a todos, imposible; también me consta que a los más les va mal porque les va bien, y en lugar de agradecer lo mucho que les sobra, se quejan de cualquier poco que les falte; es abuso entre los hombres, nunca poner los ojos en el saco de las desdichas de los otros, sino en el de las felicidades, y, al contrario, en sí mismos; miran el lucimiento del oro de una corona, pero no el peso o el pesar.»

A lo cual ella responde:

«Supremo Júpiter, una palabra sola quiero que sea mi descargo, y es esta: si él es un asno, ¿de quién se queja?

Respuesta que fue muy reída, y que sugirió a Jove las palabras que siguen: [26]

«Infeliz bruto, nunca vos fuérades tan desgraciado, si fuérades más avisado. Andad y procurad ser, de hoy en adelante, despierto como el león, prudente como el elefante, astuto como la vulpeja y cauto como el lobo. Disponed bien los medios, y conseguiréis vuestros intentos; y desengáñense todos los mortales (dijo alzando la voz), que no hay más dicha ni más desdicha que prudencia o imprudencia.»

Es Gracián el más original moralista que cuenta nuestra literatura de todas las edades. Mientras hoy leemos con esfuerzo las obras de afectados y pomposos escritores que hicieron de la ética asunto de enojosas predicaciones y de austeridades inhumanas, él entendió la moral no tanto como la imitación obligada de un tipo ejemplar sino como el estudio de la variadísima máquina psicológica y la definición de las leyes que la rigen. Él en España y La Rochefoucauld en Francia, son verdaderos precursores en cuanto emancipan la moral de mil prejuicios acumulados por las falsas concepciones religiosas y metafísicas, y estudian los verdaderos resortes que mueven nuestra conducta y determinan nuestros actos y afectos. El último trozo copiado pone bien de manifiesto dicho determinismo: en el mundo no hay dicha ni desdicha; es decir, no hay fortuna ni desgracia, no hay hado; nuestra prudencia y nuestra imprudencia, nuestra ignorancia y nuestras pasiones mal dirigidas, son lo que determinan nuestro destino en el mundo, la suma de dolores más o menos grandes que hayamos de sufrir en el curso de nuestra vida. En nuestras manos está la suerte.

Si todo lo supiéramos, todo lo podríamos; la ignorancia engendra nuestra infelicidad y nuestra dependencia.

Todo ello no lo aprendió en los libros, sino en la experiencia cotidiana, en ese gran libro del mundo donde quería él que se leyera y del cual los nuestros no son sino parciales copias e infelices traducciones. Compuso con la observación un gran tratado del dificilísimo arte de la vida considerando como corona de la discreción el saber filosofar, sacando de todo como [27] solícita abeja, o la miel del gustoso provecho o la cera para la luz del desengaño.

Y no tengo inconveniente en suscribir las últimas palabras con que termina D. Julio Cejador su hermosísimo prólogo:

«Baltasar Gracián es el más grande pensador de la raza hispana y uno de los más grandes pensadores de la humanidad. Leed el Criticón y lo veréis.» Pero añadiré por mi cuenta: no olvidéis sus demás obras, pues el Criticón podrá ser su obra más bella, pero no la más profunda.

Eduardo Ovejero y Maury

——

{1} Hoy la experiencia confirma lo contrario.

{2} No es de presumir, sin embargo, que desconociera las obras de Descartes, o que no simpatizase con alguno de sus procedimientos discursivos, pues leemos en la pág. 12 (edición Renacimiento): «¿Qué es esto? –decía.– ¿Soy, o no soy? Pero, pues vivo, pues conozco y advierto, ser tengo.» Que no es, como el lector apreciará, sino la equivalencia, en bella locución castellana, del Cogito, ergo sum. El Discurso del método había visto la luz en 1637; y como la primera parte del Criticón no se publicara hasta 1650, de sobra había espacio para que el célebre principio del pensador francés llegase a conocimiento de Gracián, bien por lección directa, bien en alas de la fama. Más difícil es determinar si la frase que aparece en la pág. 37: «¡Dichoso tú!, que te criaste entre las fieras, y ¡ay de mí!, que entre los hombres, pues cada uno es un lobo para el otro, si ya no es peor el ser hombre», está tomada de los escritos filosóficos de Hobbes, cuyo Leviatán apareció en Francia en 1651, es decir, un año después de la publicación del Criticón, o de su inventor, Plauto; aunque la concordancia de fechas da mucho en qué pensar, pues bien pudiera suceder que la de 1650 para el Criticón no fuese exacta.

{3} Historia de las repúblicas italianas.

{4} En la monumental obra del Sr. D. Adolfo Bonilla y San Martín, titulada Historia de la Filosofía española, tomo II, puede verse una detallada descripción de los trabajos realizados por la escuela de Toledo y de los hombres que los dirigieron, entre los que descuellan Domingo Gundisalvo y Juan Hispalense, cuyas obras, especialmente las del primero, influyeron notablemente en la cultura filosófica de la Edad Media. Merced a dichos trabajos –dice el citado autor,– no sólo los libros de Aristóteles, sino los de los principales filósofos musulmanes y judíos, fueron divulgados por el Occidente, influyendo de modo considerable en el escolasticismo del siglo de oro.»

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Eduardo Ovejero
1910-1919
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