Modesto Fernández González

Más industriales y menos doctores

I

Nadie ignora que en España existe una evidente desproporción entre los que se consagran al estudio de las artes y profesiones liberales y los que se dedican a las ciencias exactas, base de los adelantamientos de la industria, del comercio y de la navegación. Y este mal viene de antiguo. La Jurisprudencia, la Medicina y la Teología han encontrado en los tiempos pasados, y recogen en los tiempos presentes, gran número de admiradores con o sin beneficio de aquellos ramos del saber.

¿Por qué la juventud contemporánea busca en las ciencias morales y políticas su presente y su porvenir? ¿Por qué nuestros escolares prefieren las carreras profesionales a los estudios de aplicación? ¿Por qué las Universidades españolas se ven tan concurridas por alumnos de todas clases, fortunas, edades e inteligencias, y las escuelas especiales esperan en vano el contingente de cuantos necesitan aprender y trabajar?

Parécenos que la explicación es fácil e inteligible. En las Universidades e Institutos, cuyos establecimientos cuentan, sin duda alguna, con profesores doctísimos, se obtienen censuras y se ganan años académicos con menos fatiga que en las escuelas especiales. La misma abundancia de escolares hace imposible fijarse en las condiciones intelectuales del alumno, en su asidua aplicación y en los merecimientos que reúna para el ejercicio de una facultad.

En algunas asignaturas el número de estudiantes se cuenta por centenares; en otras se reúnen en el aula no pocos de diversas facultades, y en todas el profesor tiene que limitarse a la explicación, sin que le quede tiempo para preguntar a sus discípulos, y aun pudiera añadirse, sin que le sea fácil conocerlos a todos.

El que estas líneas escribe ha frecuentado la Universidad Central algunos años, y debe manifestar, sin temor a ser desmentido, que en determinadas asignaturas sólo fue interpelado respecto a su saber y suficiencia el día del examen, y en ese día por brevísimos instantes. ¿Es posible que sólo por la audición de seis u ocho minutos se venga en conocimiento del aprovechamiento del alumno? ¿Es posible que el profesor pueda decidir, sin remordimiento de conciencia, respecto al valor de sus discípulos? Nuestros lectores contestarán.

II

La Dirección de Instrucción pública, siguiendo el loable ejemplo que hace tiempo nos ofrece el extranjero, acaba de publicar la estadística de los alumnos matriculados en los establecimientos docentes del Reino, durante el año académico de 1876-77. De ese curioso trabajo resulta que existen:

En la Facultad de Derecho4.744alumnos.
En la de Filosofía y Letras855»
En la de Farmacia1.401»
En la de Ciencias804»
En la de Medicina5.024»
En la Escuela del Notariado520»

o sea un total de 13.348 alumnos en las diez Universidades.

A simple vista se observa que las facultades de Derecho y Medicina reúnen por sí solas el mayor número de alumnos, pues entre una y otra presentan un contingente de 9.768.

Se dirá, y con razón: ¿está tan necesitada la España moderna de abogados y médicos, que exija para la defensa do los pleitos o para la curación de las dolencias corporales 9.768 profesores más de los que ya existen en la actualidad? ¿No pudiera creerse por alguien que gran parte de esos hombres de ciencia irá a engrosar las filas de nuestros partidos políticos, o sentará sus reales entre tantos aficionados a la holganza que viven, y se desarrollan, y prosperan en nuestro país? ¿No sabemos todos, o no sufrimos todos las tristes consecuencias de ostentar un título académico, viendo por esas calles de Dios médicos sin enfermos, boticarios sin recetas, abogados sin pleitos y licenciados en Filosofía y Letras sin tener dónde enseñar, y sobre todo sin público que les escuche?

Y esa exuberancia de títulos y de doctores, que producen las generaciones modernas, contrasta con el corto número de jóvenes que se consagran al estudio en las escuelas especiales. Verdad es que la de Comercio, Artes y Oficios de Madrid tiene 3.647 alumnos, y la de Música y Declamación ofrece 1.328; pero en cambio la de Arquitectura presenta 47; la de Ingenieros de Minas, 53; la de Caminos, 42; la de Montes, 21; la de Industriales (Barcelona), 114, y es de suponer que la de Agrónomos, porque no lo dice el Estado, llegue a 40, si es que llega a ese número. Las escuelas de Náutica, que tanto nos interesan a los españoles por lo dilatado de nuestras costas y por la importancia de nuestras codiciadas provincias ultramarinas, cuenta con escasos alumnos, pues la de Baleares sólo tiene 73; la de Barcelona, 70; la de Masnou, 56; la de Rivadeo, 55, y la de Santa Cruz de Tenerife, 45.

Cuando tales resultados se observan, nada tiene de extraño que las escuelas normales, verdadero plantel de maestros, se hallen poco concurridas; 2.493 aspirantes al magisterio de primera enseñanza nos parece número sobrado exiguo para las necesidades de la educación popular. Algo más favorecidos por la juventud se encuentran los Institutos, pues en los 62 establecimientos oficiales que existen de esa clase en las 49 provincias del Reino, reciben la enseñanza 29.788 escolares. Y por cierto que en los Institutos debiera ampliarse el estudio de las asignaturas de Ciencias y restringirse algún tanto las de Letras, procurando amoldar el orden de los estudios a la inteligencia infantil de los alumnos, porque la verdad es que se les exige demasiado y con demasiada extensión para prepararlos a otro linaje de conocimientos. Apesadumbra el ánimo la serie de asignaturas y de libros de texto que son necesarios para el grado de bachiller en Artes. Fuera más práctico limitarse a una educación menos enciclopédica a cambio del desarrollo gradual de la inteligencia.

El alumno de segunda enseñanza necesita aprender cierta clase de conocimientos generales, sobre todo aquellos de utilidad práctica e inmediata, pero debe dejar para otros tiempos, según los hábitos, la vocación ylos recursos del escolar, el estudio más o menos profundo, más o menos técnico, de los variados y siempre útiles ramos del saber.

III

El curioso estado ofrecido por la Dirección de Instrucción pública no comprende los alumnos de las academias y escuelas militares, ni el número de los que asisten a los Seminarios. Es decir, que los que se dedican a las carreras militar y eclesiástica no figuran, sin duda por depender de otros centros ministeriales, en el resumen previsoramente formado y oportunamente reproducido en la Gaceta.

Respecto a la Milicia, fácil es conocerlos y apreciarlos; no así respecto al clero, cuyos datos académicos no guardan la unidad necesaria, pues los Seminarios dependen exclusivamente de los respectivos diocesanos, aun los cuatro centrales que existen en España. De todas suertes, parécenos bastante aproximada la cifra de 1.000 alumnos en las escuelas militares y de 5.000 en los Seminarios.

Añadiendo, pues, 6.000 a los 59.305 que aparecen matriculados en las diversas enseñanzas del Estado, resulta en conjunto un total de 65.305 alumnos.

Examinada la cifra con relación al número de habitantes que tiene nuestro país, resulta este favorecido; mas si se aprecia en detalles, o sea con relación a la naturaleza de los estudios, aparece que las bellas artes y las profesiones liberales absorben por sí solas el movimiento intelectual de la juventud contemporánea.

¿Quiere esto decir que los españoles son refractarios a las ciencias exactas, físicas y naturales? ¿Puede suponerse que nuestros compatriotas se resistan a los trabajos de la Industria y del Comercio?

Indudablemente no, pero el hecho es que la vida del presupuesto y los títulos académicos atraen con irresistible impulso a gran parte de nuestras inteligencias y a lo más florido de la juventud. Mientras los destinos públicos sirvan de aprendizaje a todos los ciudadanos, y los títulos académicos no indiquen suficiencia, sino que la supongan, piadosamente pensando, el comercio y la industria nacional sufrirán achaques, flaquezas y quebrantos. En el momento que se persista en el propósito de imposibilitar el ingreso en el presupuesto y de que se obligue al escolar a sufrir ejercicios largos y severos antes de obtener la aprobación, la vagancia académica y burocrática tendrá que ir al taller, a la fábrica, al mostrador, al bufete, a las obras públicas, al ejército o a la armada, para el alimento diario que debe producirlo su propio trabajo.

Se dirá que el autor de estas líneas ostenta o puede ostentar un título académico; por lo mismo sostiene la conveniencia de dar distinta dirección a los estudios si se quiere que este país deje de ser tan impresionable y de que sus habitantes sean menos oradores.

Ha llegado el momento de influir en las familias por medio de la Prensa para que éstas mediten respecto a la educación y al porvenir de la juventud.

IV

Durante el curso académico de 1876 a 1877 se matricularon en las

Universidades13.722alumnos.
Institutos29.788»
Escuelas normales de maestros2.493»
ídem de maestras1.347»
ídem especiales11.955»
Total   59.305»

Este resultado, lejos de lisonjearnos, contrista nuestro ánimo.

Hubiéramos deseado que el resumen de la Estadística académica ofreciera los siguientes guarismos:

Universidades4.000alumnos.
Institutos30.000»
Escuelas normales de maestros
  y maestras
5.000»
Escuelas especiales20.350»
Total   59.350»

Ínterin no vayan menguando las matrículas universitarias, y se eleven por espontánea vocación las listas de las Escuelas de Artes, Oficios, Comercio, Náutica y Ciencias, tendremos una milicia togada, superior a las necesidades nacionales. La abundancia es causa de baratura, y este precepto económico, aplicado a las profesiones, lleva consigo en un término más o menos lejano el rebajamiento del carácter y el atraso de los estudios.

Modesto Fernández y González