Ecclesia. Órgano de la Dirección Central
de la Acción Católica Española. Madrid
año 2, nº 76, páginas 17-19 (1249-1251)
sábado, 26 de diciembre de 1942

Jesús Iribarren, Pbro.

Manuel García Morente

El converso

II
[ ver I en Ecclesia, nº 75, páginas 15-17 ]

La vuelta a la fe, fruto de conversión ajena a un proceso evolutivo. Una vez convertido se aplica con esfuerzo y estudio incansables a la sustitución de sus ideas erróneas. La vocación sacerdotal surge en el «caballero cristiano» de la «necesidad de unir indisolublemente su vida personal con Dios». El definitivo pensamiento filosófico del sacerdote, que se inicia con su afán renovador de volear la verdad católica en los moldes nuevos, queda truncado por su muerte. Nos deja la clasificación de las filosofías en abiertas y herméticas; éstas –Kant– falsas y carcomidas por el prejuicio y la distinción entre lo clásico respecto a lo diferente y a las jerarquías que la realidad ofrece, y lo romántico, confuso, que borra las diferencias jerárquicas suprimiendo incluso el valor clave, de Dios.

Al ver subir las gradas del altar a un profesor universitario en quien la edad ha suplido generosamente la clerical tonsura, cabe inquirir cuándo comenzó la ascensión, y si la vuelta a Dios ha sido un giro natural del viaje o un Damasco fulminante. Preguntemos en términos más sencillos si en Morente se ha de hablar de evolución o de conversión. A lo primero inclinarían remotamente unas frases suyas cuando contesta en carta del 3 de agosto de 1938 a la acogida sacerdotal y cariñosa de cierto amigo bueno: «Realmente los caminos de Dios son inescrutables, y su Providencia se vale de los más insospechados rodeos –y del dolor mismo; quizás del dolor sobre todo– para hacer florecer la simiente de la fe, nunca muerta y seca en un alma humana normal. Bien dice usted que la fe no había llegado nunca a desaparecer del todo de mi alma, y es maravilla que espontáneamente, sin esfuerzo, ni aun propósito explícito ninguno, las dulces oraciones de mi niñez fluyeran en mis labios en los momentos necesarios.»

Pero en estas palabras ha de verse más bien una concesión verbal a insinuaciones hechas con intención claramente conciliadora, bien a pesar de la mutua convicción de que el abismo se había salvado con un salto angustioso y largo de la voluntad en los brazos de Dios. La evolución se manifiesta en un tejer y destejer ideas, en un inquieto proceso de contradicciones que no aparecen para nada en los escritos del profesor que, como «alma humana normal», siente en lo íntimo de la conciencia la vibración de la fibra religiosa, pero la cela cuidadosamente en veinticuatro años de labor editorial con un silencio en el que el convertido verá más de soberbia que de recato. Desde las dulces oraciones de la niñez hasta las dulces lágrimas del cuarto de París nos afanamos en vano por encontrar poco más que la sugestión helada de un imperativo categórico.

La fe y la verdad

Contra soberbia, humildad. Y el sacerdote humilde que fue D. Manuel García Morente no tuvo rebozo en confesar en muy diversas ocasiones y varias a sus propios alumnos de Universidad que había resistido a Dios hasta que Dios le hizo la merced de que se desplomara la cortina. Tanto mejor para su posterior generosidad, que no podía valorarse como cesión rutinaria a los prejuicios educacionales y al ambiente recoleto. Su caso es sintomático. «Ante el problema de Dios –escribía en 1941– los filósofos modernos suelen sentir extraordinario pavor y tiemblan literalmente cuando en el horizonte de sus meditaciones surge majestuosa, pero indeseada para ellos, la imponente noción del ser por sí, acaso porque en esta coyuntura la filosofía moderna no tiene la conciencia muy limpia.»

Tenemos a la vista el ejemplar de una obra de Morente, donde se dice que «para ser idealista hay que querer serlo, y, naturalmente, para querer serlo ha habido previamente que sentir la necesidad de serlo». Al margen el autor ha escrito con menuda letra de lápiz: «Y además la soberbia, y además la desconfianza.»

Pero esto queda ya lejos en su trayectoria vital. La entrega de Morente es filial y absoluta. Deja esponjarse el corazón en los afectos de más exquisita ternura al Señor que a nadie rechaza, y por reacción lógica de su temperamento siente la inquietud por la suerte espiritual de amigos que le son cordial e intelectualmente caros.

Los sabe infelices: lo son, en efecto. «Sólo el hombre que sabe creyendo y cree sabiendo, sólo el hombre a quien le es dado contemplar la unidad perfecta de la razón y de la fe conoce lo que es la verdadera vida, aquí y allá, la vida perenne, la vida eterna, más profunda que el ser», escribe con el pensamiento puesto en quienes saben sin creer.

Rectificación de las ideas erróneas

El alma llena de fe de Morente siente ahora, sin embargo, vacilar los pies en la arena de unas ideas a las que falta la solidez de la verdad, y se entrega con ardor a sustituirlas en una labor de intenso esfuerzo personal y de estudio incansable. No hemos de hacer alusión a unas Lecciones preliminares de filosofía, editadas con las notas taquigráficas de su curso en Tucumán, porque no nos sirven para abrir las puertas de su pensar religioso. García Morente se muestra el claro profesor de la Central madrileña, expositor ordenado y comentador sutil, pero se contenta con dedicar a Dios unas líneas al tratar del realismo aristotélico del medieval y de las corrientes actuales de la filosofía. Ya hemos visto también el concepto que le merecían unas conferencias que dedicó expresamente a este tema.

Más tarde procuró suplir esta laguna con un curso de teodicea profesada en la Universidad Central, del que acaso queden apuntes o referencias escritas.

En cambio, en América se empiezan a precisar con nitidez doctrinas de cristianismo social, a las que presta toda su emotividad y que desarrollará en múltiples conferencias, una vez sacerdote y en España. Tal vez hace un poco de autobiografía –directa e inversa– en los rasgos vigorosos de su «caballero cristiano». «El caballero cristiano –dice en Buenos Aires– siente en el fondo de su alma asco y desdén por toda esta adoración de la vida. El caballero cristiano ofrenda su vida a algo muy superior, a algo que justamente empieza cuando la vida acaba y cuando la muerte abre las doradas puertas del infinito y de la eternidad. La vida del caballero cristiano no vale la pena de que se la acicale, vista y perfume. No vale nada: o vale sólo en tanto en cuanto que se pone al servicio del valor eterno.» ¿Es por eso por lo que el caballero cristiano que responde ahora al nombre de Manuel García Morente ha sustituido su ropa interior de seda fina –concesión al paganismo larvado de antaño– por un atuendo austero y gravemente señoril?

La vocación sacerdotal

Pero esto le parece poco. Y como el caballero cristiano «necesita unir indisolublemente su vida personal con Dios», el profesor piensa si deberá ser algo más que el profesor. «Haré lo que la vocación de Dios me mande: bien retirarme a un monasterio, bien dedicarme a la cura de almas en algún pueblecito», [18] escribe en julio del 38. Confidencialmente confiesa haber sentido como un interrogante la sotana del jesuita. Pero Dios señala claramente el camino en la voluntad de superiores a los que el converso ofrendará en adelante el tesoro inestimable de su más sincera sumisión.

Su decisión de ordenarse de sacerdote la ha revelado a su familia, a bordo del barco que le devuelve a España. Es el domingo de la Santísima Trinidad. Poco después se recoge a un convento de mercedarios, donde Dios le colma de sus consuelos entre el cúmulo de inquietudes materiales y morales que naturalmente le preocupan. «Mi hora y lugar predilectos son al caer la noche, en la iglesia, yo solo en un rincón. La iglesia es muy grande, muy hermosa –un templo del siglo XVII bastante sobrio de líneas–, y en el silencio imponente y en la casi completa obscuridad estoy a veces tan perdido en ensueño y en devoción, que me parece que las cosas en torno se enajenan y se alejan de mí infinitamente y que estoy como suspenso en un vacío inmenso. Generalmente mi meditación versa sobre la figura de Nuestro Señor, que me represento minuciosamente en una u otra de las grandes escenas de su Vida y Pasión.» No se presenta claro el horizonte humano en lo más humano de él. Pero el humilde seminarista sonríe pensando que el Sr. Obispo es muy amable con él y le concederá una beca en el Seminario. Nada más le hace falta. «Yo tengo el inmenso consuelo de haber sido por Dios gratificado con la dicha de su divina gracia, que me hace feliz sin límites y me concede por fin un sentido claro e inequívoco para la vida y una orientación concreta, con la que siento en mi alma la indestructible paz de quien nada tiene y confía plenamente en Dios.»

Seminarista humilde

Vida de seminarista: retroceso edificante de la cátedra al banquillo; cesión del control de la personalidad en las manos de un superior en quien se contempla a Dios, menesteres humildes del que ha de barrer el aposento y arreglar el modesto lecho; comida pobre y extremado frío. ¿Pero no había meditado las grandes escenas de la Vida y Pasión de Dios? García Morente recibe autorización para alimentarse de modo adecuado a su salud precaria y renuncia, con un pequeño gran heroísmo, al privilegio que lo levanta sobre los otros alumnos; y el iniciador del Instituto Filosófico Sanz del Río, el creador de la Facultad de Filosofía de la Ciudad Universitaria, honra de España, suple con el calor de su entusiasmo lo que falta en comodidad a un estudio marcado con siete bajo cero.

La tristeza de la Iglesia, que ve de tarde en tarde cómo bajan amargamente del altar, hinchados de vana ciencia que no edifica, unos pocos clérigos descontentadizos y exigentes, tiene su contrapeso de alegría en el gozo ingenuo con que otros suben la pendiente del monte santo, dejando al pie la carga de sistemas, teorías y ensayos que les mantuvieron alejados de Dios. «Entraré al altar de Dios: al Dios que alegra mi juventud», puede suspirar con sus latines nuevos el seminarista de Madrid. El está en una juventud renovada del espíritu. Con juvenil decisión da el paso simbólico y decisivo del subdiaconado, presa de una emoción indecible, cuyo recuerdo le persigue más tarde, como pondera a los alumnos de la Escuela Naval de San Fernando.

También florece la primavera en su inteligencia. El contacto directo con la filosofía y la teología católicas le hace ver lo inconsistente de sus valoraciones anteriores, deformadas por lecturas no siempre imparciales ni serenas. Morente no hace estudios formularios ni justifica escolaridades indispensables. Estudia minuciosamente, compulsa, avanza, rectifica, intuye, ora. Tal vez llegará la ocasión de analizar en detalle su trayectoria guiado por el hito de sus anotaciones marginales y de sus cuadernos de apuntes. Entre tanto hemos de confesar que experimentamos alguna pena al ver que el profesor de la Central va descubriendo a los cincuenta y cuatro años, con gozo de explorador intrépido, las riberas familiares que los niños frecuentan en las páginas rizadas de su catecismo. ¿Educación neutra? Pudiera pensarse en un diabólico Josué que ha retrasado medio siglo la aurora de la verdad en religión.

Nuevo pensamiento filosófico

No se puede precisar el pensamiento definitivo de García Morente como filósofo católico. Porque aunque le hemos oído confesar sus afanes renovadores y su intento de volcar la verdad católica en los moldes nuevos, la muerte ha cortado la gestación de sus propósitos. Sabemos, sin embargo, su reacción ante la filosofía precedente. En 1940 pronuncia en la Universidad de Valladolid un discurso que titula «La razón y la fe en Santo Tomás de Aquino». El saber de la fe y de la razón «no pueden contradecirse, porque los principios del razonamiento han sido puestos en nosotros por Dios, que es el mismo autor de la revelación recibida por la fe». «La filosofía no puede sino ganar en el contacto y hermandad con la teología. De antemano sabrá el filósofo creyente que ciertas tesis filosóficas necesariamente tienen que ser falsas, todas aquellas que resulten incompatibles con los dogmas de la fe.» Hace luego la división de las filosofías en filosofías cerradas y filosofías abiertas, según que respetuosas o no con el objeto estén «siempre dispuestas a someterse a lo que la realidad mande». Y al hacer la aplicación de la teoría a la realidad nos coloca a Kant –¡oh cuidadas ediciones morentinas!– en el grupo de las filosofías herméticas, reconcomidas por el prejuicio y en definitiva falsa.

Lo clásico y lo romántico

Un año más tarde, en la fiesta del Doctor Angélico de 1941, vuelve a tocar en la misma Universidad de Valladolid el tema de «El clasicismo de Santo Tomás». «El clásico posee una mirada aguda y penetrante para lo típico, lo diferencial, lo propio.» «En la crítica literaria suele definirse lo clásico como la voluntad resuelta de mantener y marcar las diferencias entre los distintos géneros literarios; en cambio, el romanticismo mezcla los géneros, funde y confunde en una mezcla indigesta lo cómico con lo trágico, lo recio con lo frívolo, lo grave con lo ridículo, lo grande con lo pequeño, afirmando que en la realidad de la vida todo eso está unido, junto, fundido y confundido.» La segunda nota del clasicismo es «la intuición de las jerarquías, dominantes en las diversas formas de realidad. Aquí el romanticismo propende también a borrar las diferencias de valor jerárquico» y reduce a uno de tantos valores, cuando no lo suprime, el valor clave de Dios. En tercer lugar, «el clásico es pensador humilde. El romántico, en cambio, es pensador soberbio, que cree que el mundo es su hechura, hechura de su pensamiento mismo, producto de las leyes íntimas del pensar humano, mundo racional sometido al yo pensante, que es como el administrador supremo de la razón». E igualmente al descender del esquematismo de la teoría al panorama vivo de la historia, Morente coloca a la cabeza de los filósofos clásicos a Santo Tomás y relega a la condición de romántico –filósofo objetivamente disminuido y contrahecho– al autor de la crítica de la razón pura.

Vida sacerdotal y de apostolado

No queremos alargar esta nota que, en definitiva, no puede ser un estudio exhaustivo incompatible con las prisas, el espacio y el intento. Bástenos esbozar la figura del sacerdote. Naturalmente venerable por la edad y por el físico, ansioso de pagar en bien hecho el bien recibido, presto a la sumisión y pronto al don de su palabra y de su pluma, hace su oficio humilde de capellán en el colegio de la Asunción, donde su hija ha profesado. Rehace sin prisas la filosofía de su cátedra de la Central. Planea la traducción y el comentario de la Suma de Santo Tomás, para la que deja setenta grandes cuartillas, flecha rota por la muerte apenas se enderezaba en el arco. Sueña unos Ejercicios espirituales del tipo ignaciano adaptados a la mentalidad y estilo de los intelectuales, y cuando alguien sugiere la oportunidad de fundar en Madrid una Casa de Ejercicios, le brinda su más caluroso entusiasmo. Habla dondequiera que le requieren; el discurso del ciclo de homenaje al Papa hace con el de apertura de curso de la Central y con sus conferencias de América el tríptico que retrata al Morente apostólico y entregado a la feliz conjunción del patriotismo con la fe.

En septiembre de 1942 hace Ejercicios espirituales en la Casa de jesuitas de Chamartín, con general edificación de quienes le observan. En los primeros días de noviembre da en Burgos una conferencia de las organizadas con ocasión del centenario de San Juan de la Cruz, El día 19 sufre una operación quirúrgica de aparente intrascendencia. Su hija María Josefa, viuda de Bonelli, vela el sopor inconsciente del enfermo querido. El éter ha levantado las trabas de todos los convencionalismos y deja cabalgar con libertad el corazón y la inteligencia del recién operado. La subconsciencia se desborda, y en lo más íntimo de la subconsciencia, porque han penetrado hasta ella en la conversión, brotan la piedad y el amor. «Dios mío, os amo.» «Dios mío, por mis pecados, porque he sido un gran pecador.»

En la cama escribe un prólogo bellísimo a cierta inédita Vida de Jesús que le han ofrecido.

Pronto se levantará del lecho para renovar sus actividades. Pronto... se levantará del lecho para iniciar su gran actividad de amar a Dios en la gloria.

Porque García Morente planeaba grandes empresas de apostolado. Pero Dios le llama para sí. ¿Y habrá quizá mayor obra de apostolado que el aviso a los distraídos que significan los dobles severos de una muerte repentina?


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2004 www.filosofia.org
Ecclesia
Manuel García Morente
1940-1949
Hemeroteca