Ecclesia. Órgano de la Dirección Central
de la Acción Católica Española. Madrid
año 2, nº 75, páginas 15-17 (1223-1225)
sábado, 19 de diciembre de 1942

Jesús Iribarren, Pbro.

Manuel García Morente

Iniciamos hoy nuestro retrato de D. Manuel García Morente (que en paz descanse) con la revelación del negativo que significan sus años de alejamiento de la fe. Hemos de agradecer especialmente a D.ª María Josefa García-Morente, viuda de Boncellí e hija del ilustre catedrático convertido, el que haya facilitado nuestra labor con el amable suministro de datos y papeles. En nuestro próximo número completaremos la semblanza del filósofo sacerdote con el relato de sus actividades apostólicas y científicas, que Dios ha cortado en promesa para anticipar el premio a su humilde sinceridad.

«La gracia de Dios, infinitamente misericordioso, ha encendido en nuestro espíritu la antorcha de la fe. La paz, la divina paz de las eternas certidumbres, aquieta y remansa para toda la eternidad las tormentas interiores.» Así confesaba Manuel García Morente en la catedral de Valladolid, el día 7 de abril de 1940, que bajo la tersura fría y correctísima de sus lecciones y de sus ensayos había reñido la más cruel de las guerras civiles, que es la guerra de religión contra sí mismo. ¿Quién ha sido, pues, en realidad, y cuál ha sido la trayectoria de García Morente hasta el sacerdocio?

Oriundo por ambas líneas de dos familias de fuertes terratenientes andaluces, nace en 1886 del matrimonio del reputado oculista Dr. García Corpas con D.ª Casiana Morente. La madre, cristiana y piadosa, fallece cuando el niño cuenta sólo ocho años de edad, y apenas ha tenido tiempo de más que de sembrar en su alma unas oraciones ingenuas, que brotarán espontáneas en labios del profesor convertido. Una hermana proseguirá el oficio tutelar de la madre muerta, pero no tiene fuerza suficiente para retener al prófugo de la fe y ha de contentarse con perseguirle desde lejos con todo el fervor de sus plegarias, que la misericordia de Dios hizo póstumamente eficaces.

El Dr. García Corpas se gloriaba de sus avanzadas ideas liberales, y, «como en España no hay buenos colegios», envió a sus tres hijos a Francia.

Manuel ingresa como alumno interno en el Liceo de Bayona, a los nueve años de edad, mientras sus dos hermanitas van a parar a un colegio de religiosas.

El sacerdote profesor recordará con amargura las pregonadas ventajas de la libertad religiosa en los colegios laicos. A él le costaron, burla burlando, la herencia materna de la fe. Comenzó acudiendo a la capilla católica y hasta hizo la primera comunión, pero muy pronto pudo comprobar que uno de sus compañeros era judío, protestantes otros y ajenos los más a todo culto religioso, de donde sacó en conclusión que todas las religiones son iguales y ninguna verdadera. La incredulidad aflora con ocasión de una fiesta solemne, a los quince años de edad. Su hermana le invita a confesar y comulgar con ella. Manuel se niega. La joven insiste. Y el bachiller se ve constreñido a marcar su actitud definitiva con una frase que señala el comienzo de una cruzada de lágrimas y de oraciones: «No quiero confesarme, por que no creo. Si tú te empeñas, lo haré. Pero ten en cuenta que sería una confesión sacrílega.»

García Morente es un alumno brillante, y terminada en la Sorbona su licenciatura en Letras, revalida los grados en Madrid y obtiene de la Junta para Ampliación de Estudios una pensión para proseguirlos en Alemania.

En Marburg estudia Ortega y Gasset, que es discípulo, como él, de Cohen. Convive con Besteiro y con Pérez de Ayala. Recorre las Universidades de Berlín y Munich, y oye las lecciones de Cassirer y Natorp. Estos son, con sus profesores franceses Boutroux, Levy-Bruhl y Rauh, y los españoles Giner de los Ríos y Cossío, los padres espirituales del futuro profesor de la Universidad Central de Madrid. Adolfo Posada nos reveló en su discurso de contestación al de ingreso de Morente en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, cuáles habían sido sus lecturas principales junto al maestro de la Institución: Carlyle, Nietzsche, Emerson, Guyan...

Años de formación y pérdida de la fe

En 1912 –según el mismo Posada– lo encontramos ya en la capital de España como profesor de filosofía en la Institución Libre de Enseñanza, bajo el consejo animador del propio Giner. Durante el verano acompaña a los niños de la Institución en la colonia veraniega de San Vicente de la Barquera. Y en 1913, a los veinticinco años, gana la cátedra de Ética de la Central, ante un tribunal en que figuran con Gumersindo de Azcárate, Ortega y Gasset, Bonilla San Martín, José de Castro y José de Caso.

Ese mismo año contrae matrimonio, con D.ª Carmen García del Cid, alumna de las religiosas de la Asunción. Nuevo anillo en la cadena invisible de oraciones que liga al profesor incrédulo y lo reducirá al cabo a los pies de Jesucristo. Por entonces no piensa en ello, y su boda, en la que hace ante el párroco de la Concepción profesión de no creyente, acaba con una exclamación muy poco usual entre las enhorabuenas de circunstancia. «Desgraciado», le ha dicho el sacerdote al terminar la ceremonia. García Morente no se ha confesado.

Diez años más tarde acudirá de nuevo a la iglesia con la triste ocasión de los funerales de su esposa. Y no se arrodillará. Porque toda su emoción religiosa ante la liturgia de difuntos ha de acabar en pedir la partitura con la música del «Dies irae».

Profesor y publicista

La producción filosófica escrita y original de García Morente es relativamente escasa si la comparamos con la de otros amigos suyos que han hecho de la pluma el vehículo principal de sus ideas. Una conferencia de Henri Bergson en la Residencia de Estudiantes, el 1 de mayo de 1916, da ocasión a que el profesor de la Central publique su primer libro, titulado La filosofía de Henri Bergson, en cuyas 150 páginas expone los hallazgos esenciales de ese buceador de la conciencia, filósofo de la intuición y descubridor del impulso vital. Luego simultanéa sus traducciones de la Crítica del juicio, Crítica de la razón práctica y Crítica de la razón pura, de Kant, con la obra original expositiva La filosofía de Kant, que dedica «a la memoria de D. Francisco Giner de los Ríos», y destina a los lectores que del conocimiento del pensador alemán han de partir para ulteriores exploraciones por el mar desconocido de la filosofía: porque «no se aprende filosofía: se aprende a filosofar», según el propio dictamen del maestro de Koenigsberg.

En 1923 escribe su primer artículo en el segundo número de la Revista de Occidente, creación de su amigo Ortega, hacia quien se siente atraído por los dobles lazos de la amistad y de la admiración intelectual.

El artículo lleva el título de «Una nueva filosofía de la historia. ¿Europa en decadencia?», y es un breve análisis de la obra de Spengler, que él mismo traduce para el público español.

Luego el trabajo de Morente se concentra principalmente en la traducción de autores extranjeros y en la cátedra, con alguna que otra salida original por el campo de las letras. En la Revista de Occidente encontramos en 1923 una nota sobre «El chiste y su teoría», con la crítica de la interpretación freudiana del chiste-subterfugio; un comentario panegírico a la obra orteguiana «El tema de nuestro tiempo» y «La periodicidad en el curso de la vida», [16] que recoge las teorías de Fliess sobre el ritmo de los números 28 y 23 en la biología.

Acaso nada marque mejor la actitud espiritual, un poco apesadumbrada y escéptica de Morente en ese año, que estas frases de su exégesis spengleriana: «Vivimos hoy la decadencia de Occidente en nuestra vida 'civilizada' de hombres urbanos, descreídos, sin tradición, sin perspectivas en el arte ni en la ciencia, sin estructuras interiores, masas amorfas que, con todo confort y refinamiento, caminan a la disolución, otra vez en los primitivos estadios de una confusa e indigesta humanidad.»

En 1924 empieza las traducciones de la Revista, y más tarde la Editorial Espasa Calpe tiene entre sus principales colaboradores y consejeros a D. Manuel García Morente. Resumamos conjuntamente sus principales versiones. Son estas: Schulten, Tartessos; Worringer, La esencia del estilo gótico; von Uexkull, Cartas biológicas a una dama; Brentano, El origen del conocimiento moral; Leininger, La herencia biológica; Husserl, Investigaciones lógicas (en colaboración con Gaos); Pfänder, Fenomenología de la voluntad; Heimsoeth, Fichte; Katz, El mundo de las sensaciones táctiles; Keyserling, Diario de viaje de un filósofo; y entre otras muchas de la Editorial Espasa, la monumental Historia Universal, de Walter Goetz, en diez grandes tomos.

En 1926 Morente ocupa el decanato en la Facultad de Filosofía y Letras. Años difíciles en que toda su habilidad fracasa ante las divisiones intestinas de los escolares levantiscos, que lo quieren inclinado a su respectivo partido y no se avienen a que sea lisamente el decano de la Facultad. No logra complacer a los monárquicos ni le tienen por suyo los «fuístas», mientras los estudiantes católicos le manifiestan la antipatía, que estiman justa, ante el profesor incrédulo, que no llega a concederles la beligerancia de examinar sus ideas con la misma curiosidad que le excitan las fantasías astrológicas.

Porque en 1928 volvemos a ver la firma de Morente en la revista de Ortega. Es en el artículo titulado «La astrología de los astrólogos», excursión aventurera por los signos del Zodíaco, que acaba con estas palabras: «Sin ser astrólogo, sin creer a pies juntillas en lo que los astrólogos decían y dicen, sin abandonar la sonrisa de una no absoluta credulidad, cabe seguir –durante algunos días– interesado los esfuerzos de unos hombres sinceros que quieren atar nuestra vida a las demás vidas y a la vida del Todo. ¿Por qué no? Y si resulta que no, recordemos que los extravíos del error conducen al camino de la verdad.»

Todavía el autor andará algunos años por los extravíos del error. En él se verifica ya acaso lo que dirá del mundo cuatro años más tarde: «Desde 1600 la humanidad sabe lo que no quiere, pero no ha logrado todavía determinar claramente lo que quiere.»

En 1929 publica el ensayo titulado El espíritu filosófico y la feminidad, en que trata de contestar al interrogante de por qué las mujeres no ocupan lugar de importancia en las ciencias filosóficas y cuál es su verdadero puesto en la cultura.

En 1930, siendo ministro D. Elías Tormo, el profesor de Ética y decano de la Facultad es nombrado subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes.

García Morente es ya un valor reconocido entre los intelectuales españoles. Hay que anotar en el haber de su espíritu la sinceridad, la claridad mental, la exposición maravillosa de cátedra, en que renuncia a la excesiva elegancia en beneficio de la nitidez e incita a la meditación personal. Acaso en los primeros cursos deja traslucir con preferencia su formación neokantiana. Luego se adscribe cada vez con mayor adhesión a la filosofía de los valores, que constituirán en 1932 el tema principal de su discurso de ingreso en la Academia, «Ensayos sobre el progreso», publicados también ese mismo año en tres números consecutivos de la Revista de Occidente.

En sus cursos comenta y lee la ética de Aristóteles, la de Spinoza, la Metafísica de las costumbres de Kant, el Origen del conocimiento moral de Brentano. Gusta de ponderar como tratado general la ética de Nicolai Hartmann, y no esquiva las alusiones a la moral cristiana, bien que haciéndola aparecer únicamente como moral normativa con sus raíces en la religión. En general, su filosofía es unilateral y manca. Donde la filosofía católica comienza, siente los mismos terrores medievales que aterraban al navegante a las orillas del «mare ignotum». Sólo en una alusión encontramos a Jesucristo. «Así como la electricidad fue descubierta por unos cuantos físicos, y hoy todo el mundo la maneja sin extrañeza, así la caridad –en su sentido de amor– fue descubierta por Jesucristo, y ha pasado desde entonces a ser un valor común en nuestras estimaciones generales.» Ni más color ni mayor importancia.

El mismo año de 1932 publica su trabajo «Goethe y el mundo hispánico», discurso que había pronunciado en Weimar en marzo de 1921, con ocasión del centenario de Goethe; y poco después «Las dos fuentes de la moral y de la religión», crítica desilusionada del libro bergsoniano del mismo título.

Llegamos al cenit de la grandeza laica de Morente en el crucero del Mediterráneo de 1934. Llega a Palestina y, presa de una emoción a la vez estética y religiosa, hace en el Santo Sepulcro el sobrio obsequio de unas lágrimas.

Tal vez son la involuntaria confesión de la lucha que le trabaja, salpicadura de un interior oleaje violento y contundente.

Al año, siguiente leemos el «Ensayo sobre la vida privada». «Nuestro vivir de hoy –confiesa Morente, con amargura– es un vivir extravertido, lanzado fuera de sí mismo. Dijérase que nos avergonzamos de estar solos o con pocos o que nos sentimos acobardados ante la perspectiva de habérnoslas con nosotros mismos y ajustarnos nuestras propias cuentas.»

Pero cuando Morente quiere entrar dentro de sí lo hace arrastrando todo el bagaje de sus prejuicios y de sus antipatías. Y como no está solo, únicamente acierta a diseñar una parodia de religión en las líneas atormentadas de su ensayo. La soledad es la forma más perfecta de la vida privada. No la intolerable soledad pasiva, sino la activa. El ensimismamiento equivale en la terminología cristiana al examen de conciencia. El ejercicio propio de la soledad es la confesión. La disconformidad entre la vida vivida y la vida proyectada constituye el pecado, traición que cometemos a nuestro ser auténtico. El fin de la soledad es la salvación. ¿De qué peligros? El animal es naturaleza, el hombre es cultura. La salvación es justamente la superación de la naturaleza en nosotros y fuera de nosotros. El peligro es «ser naturaleza». «La salvación individual consiste precisamente en eso: en cumplir cada cual la línea de su destino auténtico, en ser quien radicalmente es...»

Del dolor a la fe

Dios enseñará al filósofo equivocado lo que es la salvación. Morente, respetuoso con la voluntad de su esposa difunta, dejó que sus dos hijas iniciaran su educación en un colegio de religiosas. Trasladó luego su matrícula al Instituto-Escuela. Pero la raíz de la piedad podrá soportar todas las inclemencias. La mayor de sus hijas casaría con un mártir de nuestra Cruzada. La menor sería religiosa de la Asunción. Nueva cadena de oraciones y de impaciencias celestiales ante el Señor, que es camino, verdad y vida. Estalla la guerra civil de 1936. Los rojos no creen afecto a su causa al aristócrata intelectual, que no podría aplaudir el asesinato y la bajeza. Destituido como decano de la Facultad, logra huir a París. Su hijo político ha sido asesinado. El profesor elegante siente súbitamente la intima ligadura que va a parar de sus filosofías a los charcos de sangre de la horda. Cae desmayado y empieza a ver la luz. El Señor le espera en la soledad –ésta si que soledad fecunda– del cuarto parisino, donde aguarda en vano que vayan a reunírsele sus hijas y sus nietos de Madrid.

Dejemos la palabra al propio convertido en carta particular a uno de sus colegas de cátedra en la Central: «Imagine usted la desesperación y el dolor que se apoderó da mi alma. No es para descrita. Pero en el abandono total en que me encontraba, náufrago mi corazón y mi espíritu, he aquí que un día, después de llorar mucho, en la soledad de mi cuarto, sentí un profundo consuelo que descendía sobre mi: una paz como intemporal y eterna envolvía mi alma y una especie de voz interior, muy suave y cariñosa, me invitaba a confiar en la bondad infinita de Dios. Recordé entonces, una por una, las oraciones de mi infancia, que, sin yo darme cuenta, empezaron a fluir de mis labios. Acudió a mi mente la imagen bendita de Nuestro Señor Jesucristo, llamándome como llamaba y llama siempre a todos los que sufren y lloran para darles el consuelo [17] inefable de su divina palabra y de su amor inextinguible.»

El abate Pierre Jobit, amigo de Morente, le procura el ingreso en la abadía benedictina de Ligugé, cerca de Poitiers, donde el converso intenta coordinar sus ideas y renovar su vida entre la paz del claustro. Pero entonces sobrevienen sus hijas y los acontecimientos se ligan en un curso rápido y natural que arrastra a Manuel García Morente. Acepta el rectorado de la Universidad de Tucumán y llega a la Argentina el 10 de julio de 1937. Siente con hondura un trágico despego hacia la cátedra universitaria. Decide su vocación sacerdotal. Escribe al Obispo de Madrid, de quien recibe un cable acogedor y una carta llena de afecto. Da conferencias en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Santa Fe y Montevideo. ¡Qué bello su libro Idea de la Hispanidad! «Cuando el soplo de lo divino reavive en las almas las ascuas de la caridad, de la esperanza, y de la fe; cuando de nuevo los hombres sientan inaplazable la necesidad de vivir no para ésta, sino para la otra vida, y sean capaces de intuir en esta vida misma los ámbitos de la eternidad...» ¿Quién reconocerá en estos anhelos a Cohen, a Kant, a Bergson, al Morente de la sacristía de la Concepción?

Los Orígenes del nacionalismo español quedan también de esa época como garantía de la labor patriótica de García Morente en América, pues ya no acierta a comprender la Religión sin la Patria ni a la Patria sin la Religión.

El 4 de junio de 1938 embarca para España. Ha de retirarse de la vida pública para atender con intensidad a la formación seminarística que le lleve al santo altar. «Me tarda ya el tener a mano los medios de profundizar en la teología, en la liturgia, en la hagiografía.» Lee a Newmann, a Prat, a Grandmaison y El cristianismo como doctrina de vida y como vida, de su colega Zaragüeta. Aprende el manejo del breviario con los monjes de Poyo, en Pontevedra.

Recibe una invitación a proseguir su tarea editorial. He aquí algunos párrafos de su respuesta, que dan la medida de la actitud espiritual del futuro sacerdote de Jesucristo:

«Por el momento (y más o menos durante un año) no puedo distraer un instante de mi tiempo de los estudios indispensbles en que estoy metido, para llegar cuanto antes, en las mejores condiciones morales e intelectuales, a lo que tantísimo anhelo: la condición de sacerdote y el derecho a gozar de la felicidad de decir la santa misa. Pero luego, cuando, dentro de un año o año y medio, sea sacerdote, ¿podré dedicar mi tiempo a una tarea tan absorbente como la de dirigir la nueva redacción de la Enciclopedia? Mucho me temo que ello no me sea posible. Ni el Sr. Obispo, a quien siempre deberé obediencia y acatamiento, ni yo mismo, con el deseo tan vehemente que tengo de servir a Dios con todas las posibilidades de mi personal situación, podremos por menos de proponer en cada momento a mi actividad fines de urgente necesidad y de gran importancia en la Iglesia y en la vida de la comunidad católica española. No creo sinceramente pecar de inmodesto y vanidoso pensando que las condiciones que en mi persona se juntan me imponen la obligación (y para ello justamente me hago sacerdote) de poner todo lo que tengo, puedo y valgo al servicio de la Iglesia y al de las almas. En estas condiciones, pues, ¿cómo contraer un compromiso de largo empeño y de honda labor muy absorbente? De ninguna manera puedo hipotecar el porvenir de mi trabajo, que, por compromiso solemne contraído con la voluntad de Dios mismo, está desde hace un año ya al servicio de las almas cristianas o que puedan llegar a serlo. Podré, sí, redactar algunos artículos de filosofía para el nuevo texto. De otra cosa no puedo adquirir compromiso, y menos de dirección, de esa dirección que el asunto requiere indispensablemente.

En cuanto al tomito que me piden ustedes con mis conferencias de Buenos Aires sobre Dios, es enormemente prematuro. Aquellas conferencias tuvieron un éxito (que sinceramente me sorprendió) y que no merecían; se trataba tan sólo de un esfuerzo hecho por mí para expresar en los términos de la filosofía actual las convicciones básicas y religiosas que desde meses antes se habían apoderado de mi alma. Pero cuando pronuncié esas conferencias no tenía aún una noción clara de los problemas que, dentro de la doctrina católica, se plantean en torno de esa cuestión. Ahora estoy empezando, a sopesarlos, a escudriñarlos. Sigo creyendo como en mayo de 1938, cuando hablé de Dios en Buenos Aires, que se puede y se debe verter toda la verdad cristiana católica (sin menoscabarla en lo más mínimo) dentro de las formas y el ambiente intelectual de la filosofía contemporánea. Y confío en que, Dios mediante, estaré algún día en condiciones de hacerlo, es decir, de hacer bien lo que en Buenos Aires hice atropellada e insuficientemente. Pero publicar ahora las conferencias esas sería desflorar torpemente un tema que merece todos los respetos y por mi parte la más profunda atención. Todavía no estoy en condiciones de hablar dignamente de Dios y de decir lo que creo que se debe decir de Él en 1940. Cuando llegue la hora tendrán ustedes el libro; no sólo ése, sino todos los que salgan de mi pluma, si es que alguno sale.»

Alumno, sacerdote y profesor

Vida de austeridad, de oración, de estudio infatigable, entre pobreza y fríos. Esa fue la preparación de Morente al santo sacrificio, que celebró por vez primera en Madrid el día 1.º de enero de 1941. Luego ya conocen nuestros lectores su actuación y sus méritos. Vuelta a rehacer en la cátedra el camino equivocado de su primera navegación. La novena de la Concepción en la Iglesia que presenció su incredulidad; las conferencias, cursillos, sermones y confesonario... ¡Todo el amplio horizonte del apostolado sacerdotal!

¡Y qué gozo escuchar que el antiguo subsecretario de Instrucción inicia su charla en la cátedra sagrada con aquellas palabras rituales que dicen «Amados hermanos en Jesucristo»!

(continuará)


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Manuel García Morente
1940-1949
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