Ecclesia. Órgano de la Dirección Central
de la Acción Católica Española. Madrid
año 2, nº 65, páginas 18-19 (978-979)
sábado, 10 de octubre de 1942

Manuel García Morente, Pbro.

Catedrático de la Universidad Central

El elemento religioso en la formación de la nacionalidad española y de la hispanidad

La relación entre dos hechos sucesivos de la historia española –la invasión de los árabes en 711 y la constitución de la nación española como unidad católica en 1492– puede explicarse adoptando uno de estos dos módulos: o se dice que la invasión de los árabes fue la causa que trajo al cabo de los siglos la unidad nacional católica o se dice que la unidad nacional católica fue el fin para el cual tuvo lugar la invasión de los árabes en España. En el primer caso tendremos una interpretación histórica de, tipo mecanicista-determinista. En el segundo caso tendremos una interpretación histórica de tipo teleológico-providencialista. En el primer caso diremos que si España es nación esencialmente católica, ello se debe a la invasión árabe, que impuso al país la necesidad de fundir su ser político con su ser religioso. En el segundo caso diremos que para que la idea de España como nación esencialmente católica se realizase dispuso Dios que los árabes invadieran victoriosos España y crearan una circunstancia que impuso a los españoles la identificación de su realidad política con su realidad religiosa. La segunda de estas dos interpretaciones –la teológica o providencialista– es resueltamente la preferible. Y no sólo la preferible, sino, en realidad, la única aceptable.

Desde la invasión árabe el horizonte de la vida española está dominado por la contraposición entre el cristiano y el moro. Este dispositivo de la Providencia conjuga en identidad fundamental el sentimiento religioso con el sentimiento nacional. Lo propio es, pues, a la vez cristiano y español. La afirmación de lo propio recae simultánea e indivisamente sobre la catolicidad y la hispanidad, como la negación de lo ajeno recae igualmente simultánea e indivisa sobre la religión y la nación del intruso.

Ha podido acontecer, sin duda, que durante los casi ocho siglos de la llamada reconquista se verifiquen hechos de muy diverso carácter, alianzas de cristianos con moros, guerras de cristianos entre sí, préstamos culturales, científicos e institucionales de uno a otro campo. Ocho siglos de vida dan margen para una grandísima variedad de actitudes ocasionales.

Frente a ese otro el español se afirma, pues, a su vez en la indivisible unidad de su religión y de su nacionalidad propias. Dios le ha puesto en el trance de amasar la entidad nacional de su patria con el calor de su sangre y el calor de su fe.

Otras naciones se han hecho de otros materiales. El caballero español encontraba al infiel dentro de casa: bastábale ser buen español para ser buen cristiano, o, inversamente, ser buen cristiano para ser buen español. Aquí tocamos la diferencia esencial que existe entre la religiosidad de la nación española y la de cualquier otro pueblo moderno. En Francia, por ejemplo –que en su fondo sigue siendo cristiana–, la religión no ocupa, no ha ocupado nunca, el puesto central que asume en nuestra Patria española. Las empresas católicas han sido siempre en España nacionales (711-1492). Las empresas nacionales han sido siempre en España católicas (1500-1700). San Fernando pudo ser a un mismo tiempo y bajo una misma razón caballero cristiano y rey español. Lo que hizo lo hizo a la vez como caballero cristiano y como rey. En cambio, San Luis, rey de Francia, hubo de padecer profundamente en su íntima esencia la trágica dualidad entre el rey temporal y el paladín de la fe. Como rey de Francia hubiera debido permanecer en su reino y no arriesgar su persona, su prestigio, sus caudales, sus fuerzas en empresa políticamente tan dudosa como la cruzada de Túnez. Pero como caballero cristiano estaba obligado a combatir al infiel. Lo que en San Fernando [19] no sólo era posible, sino evidente y naturalísimo –la fusión espontánea de la realeza nacional con la caballerosidad cristiana–, fue en San Luis problemática, dudosa y, finalmente, trágica misión. He aquí dos símbolos clarísimos de dos muy distintos modos de nacionalidad. Para el católico francés ha podido ser problema –a veces trágico– el armonizar el fin nacional con el deber religioso. Al hombre hispánico nunca se le plantea, nunca se le puede plantear un dilema semejante.

Los años de la reconquista fueron los siglos de aprendizaje de la hispanidad, los siglos en que la hispanidad sacó a la luz lo que en ella había puesto Dios y expresó en forma de existencia histórica su pura esencia ideal en la mente divina.

Expansión de la hispanidad

La expansión de la hispanidad por el mundo –desde 1492– presenta dos caracteres que en puridad no pueden separarse ni aun discernirse: el carácter popular y el carácter religioso. La emigración de los españoles a América y a las Indias Orientales no fue empresa mandada ni organizada desde arriba por el Estado, sino un espontáneo impulso del pueblo que los Gobiernos se limitaron a proteger. Los establecimientos españoles en América vivieron desde el principio una vida propia; es más, fueron fundados con vida propia: fueron, en realidad, vidas hispánicas que se trasplantaron a suelo americano y allí siguieron viviendo en la plenitud de su totalidad vital.

Pero si el hombre hispánico se trasladó a América, no para esta o aquella finalidad parcial, sino para vivir la totalidad de su vida, entonces es claro que hubo de llevarse consigo todo su ser, toda su índole, en la cual hemos visto ya que la religión desempeña una función sustantiva y define la esencia misma de lo español. Aquellos españoles que se fueron a América, no a comerciar ni a vigilar los mares, sino a vivir, simplemente y absolutamente, a vivir, sentían en su vida, como de su vida, el cristianismo. Para ellos ser, era ser cristianos; para ellos vivir, era vida cristiana; para ellos organizar una existencia colectiva, era organizar un foco de cristiandad. Los conquistadores españoles que iban a América a poblar, iban, pues, a cristianizar el país.

Jamás falta el sacerdote, el religioso, el misionero, en los grupos de españoles que desembarcan en las costas americanas. Los descubridores denominan, invariablemente, los parajes con nombres de santos; dondequiera que se establezcan construyen iglesias, levantan monasterios, y el ejército de los exploradores que se lanza sobre la selva o por la inmensa llanura, no va seguido, ni precedido, sino acompañado siempre por el santo y valeroso misionero, campeón pacífico de Cristo, foco ardiente de luz y de amor para las pobres almas de los indígenas desamparados.

España no puede salir al mundo sino como nación católica. Cuando el mundo comienza a mediados del siglo XVII a prestar oídos a ciertos lemas, harto dispares, de los que dominaban en los siglos anteriores, España no quiere escuchar esas nuevas voces que más hablan del hombre que de Dios, más de la tierra que del Cielo, y aun se atreven, a veces, a subordinar a Dios al hombre y el Cielo a la tierra. España, que es esencialmente cristiana, nada tiene que hacer en un mundo que tributa a la razón y a la naturaleza el culto debido a la divinidad. Entonces España se aísla, se encierra en sí misma y se esfuerza, en lo posible, por salvarse del contagio amenazador. La época de nuestra historia, que suele llamarse moderna y contemporánea, es una muda y trágica protesta española frente a lo que se piensa y se dice y se hace en el resto del mundo. Como todo lo nuestro, esa protesta adquiere a veces proporciones de increíble grandeza, en gesto sublimemente desgarrado y dramático. Porque en los corazones cristianos jamás se extingue la esperanza ni se agota nunca la confianza en Dios.

Pero la humanidad presente, que visiblemente vuelve a Dios un rostro acongojado y contrito, prepara sin duda a la idea hispánica en el mundo y en la historia, nuevas y fecundas ocasiones de acción y de triunfo


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