Las Dominicales del Libre Pensamiento
Madrid, domingo 3 de febrero de 1884
 
año II, número 50
página 1

Ante el cuadro de Goya titulado Los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío el 3 de Mayo de 1808

Ante el cuadro de Goya

titulado «Los fusilamientos en la Montaña del Príncipe Pío el 3 de Mayo de 1808.»

¡Una vez más me postro ante tí, poder divino del Arte! ¡Tú das cuerpo a la verdad y haces irradiar su brillo celeste a través de las formas! Como puñal toledano que penetrara en el pecho, y ahondando en él, extranjera, vertiendo sangre el corazón; así, Goya inmortal, tu genio penetrante, ahonda en los asuntos, y en colores brillantes, con vida, calor y movimiento, los ofreces a los ojos asombrados.

¡Qué firmeza, qué nervio, qué valentía, qué severa grandeza hay en tu pincel! Nadie, nadie que tenga ojos para ver puede dudar que más allá de tu mordacidad, de tu sangrienta ironía aragonesa, haya algo en tu fondo de aquella estirpe de los Cides, que con audaz fiereza exigían, tomando la voz del pueblo, juramento a sus Reyes.

Así es España, como la has representado en el cuadro que tengo delante.

Un déspota ensoberbecido se apodera de ella por traición. Sabe, está cierto de que el pueblo le odia, y desvanecido y bárbaro, provoca al pueblo, le rodea de artillería, le ametralla en las calles, le acuchilla, le asesina. –Que eres un infame, le dice el pueblo; que mi voluntad rechaza el ser tu súbdito. –Calla, miserable; en este mundo no hay más que fuerza brutal, contesta; y sigue matando, y corre por las calles la sangre de ancianos, mujeres y niños. Y cuando no hay a quien matar por las calles, se abren a culatazos las puertas, para cazar dentro de sus casas a los hombres como fieras, y en grupos llevarlos a fusilar a la Montaña del Príncipe Pío.

El matadero de los españoles en la Montaña el 3 de Mayo; he aquí el cuadro que tengo delante.

Los que están a la derecha, son los verdugos. Miradlos: forman una masa geométrica, hilera de mochilas, correajes, espaldazas, levitones, fusiles que sobresalen. No son hombres, son máquinas: todo su ser está en el ojo que apunta; todo su movimiento en el dedo que tira del gatillo. Nada más brutal, nada más tétrico y repugnante. Están en sombra bajo un cielo de nubarrones sucios.

Los de la izquierda son las víctimas destacándose en luz. Allí están levantando los brazos al cielo, en mangas de camisa, enseñando el pecho desnudo, abierto a las balas. No piden piedad, sino venganza; tienen las manos crispadas; la sangre amenaza saltar de sus venas; aprietan los puños con coraje hasta clavarse las uñas en la carne; movimientos convulsivos agitan sus miembros; gritos de rabia se sienten salir de sus labios; su rostro descompuesto, sus cabellos erizados, causan espanto y horror.

La obra ideal está clara y briosamente expuesta; a un lado, en sombra, el tirano, el que usurpa la soberanía, que, siendo el matador, es la muerte; al otro, el pueblo español, soberano real y evidente, que al morir está rodeado de todas las señales de la vida.

¿Qué ha sido del tirano? Miseria, ruina, desolación sobre su frente y sobre su descendencia; la maldición eterna arrojada por Dios sobre los que violan sus leyes, está ya cumplida. ¡Soberbios que ponéis vuestra voz personal sobre la voz del pueblo, que es la de Dios, según ha proclamado el genio en China, en India, en Roma, en la Europa moderna: temblad!

Y el hecho se ha repetido más tarde. Como el labrador de la fábula a la serpiente, también el pueblo español dio albergue en su seno a otro tirano.

Y el pueblo volvió a rebelarse contra ese nuevo tirano. Acudió primero a la razón, a la súplica, a las lágrimas; llegó a prometer a una reina, de infausta memoria, alfombrar de flores su camino si oía sus votos. El desden o el desprecio fue la respuesta. Y allí, en los rincones oscuros de un Palacio, se resolvían siempre las crisis a favor de los opresores del pueblo. Aquellos pocos y disciplinados se repartían el país como botín, falseaban su opinión y condenaban al calabozo, al destierro, a la muerte, al que protestaba.

—Que te he entregado esta Patria, gritaba el pueblo, después de conquistarla palmo a palmo a costa de mi sangre para ser hombre libre; que te he dado mis hijos para que sirvan en el ejército; que he hecho con mis manos la casa que habitas; que he labrado la tierra que produce el trigo y amasado el pan que empleas para tu alimento; que el vestido y calzado que llevas lo he fabricado con mis manos; que he dado señales de ser laborioso, justo, bueno, y si en instrucción me aventajas, no te cedo la palma en honradez; concédeme el derecho de ciudadanía, que pueda votar en favor de quien me defienda; no aumentes mi desgracia al ser pobre, arrebatándome un derecho que es mío.

—¡Calla, imbécil! se le contestaba, tu destino es servirme, sudar, pagar, morir en la guerra; el mío es mandar.

Y si un día la cólera popular estallaba y las escenas del Dos de Mayo se repetían en Madrid, otra vez se repetían también las lúgubres descargas que aterran al pueblo, pero que no llegaban a intimidar su corazón heroico.

Inútil resistencia.

¿Cuál fue el término de esta nueva tiranía? Dígalo Alcolea. Sí: España será pobre, atrasada, ignorante, porque no se han cuidado de ilustrarla; pero no puede ser una miserable ramera de la tiranía: la libertad y la independencia forman la sustancia de su alma.

Bien has hecho, genial Goya, en destacar en tu cuadro la figura de ese descamisado que levanta las manos al cielo y lanza un grito de desesperada protesta.

Ese grito que yo oigo, a no dudar, salir en este instante de sus labios, lo has eternizado por ministerio de tu genio; seguirá saliendo siempre, flotará sin cesar por los horizontes de esta varonil patria, resonando fatídicamente en los oídos de los tiranos, y alentando al pueblo en la epopeya que viene realizando para asegurar su libertad.

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