Las Dominicales del Libre Pensamiento
Madrid, domingo 16 de diciembre de 1883
 
año I, número 43
página 1

Ramón Chíes

Caracteres del Libre-Pensamiento

Artículo segundo

Ningún concepto total de vida se ha presentado en el mundo como una afirmación categórica y rotunda de un modo de ser social completo, sustituible en determinado momento al por siglos imperante. Antes de ser una afirmación, todo nuevo ideal es negación, primero tímida, luego más acentuada, por último, enérgica y valiente de aquellas manifestaciones del ideal anterior, que la práctica ha puesto más de relieve ser absurdas y estar más en contradicción con los intereses sociales.

Imposible negar que pensadores de alto vuelo, enemistados con la realidad social en que se han hallado colocados, palpando a cada instante sus imperfecciones, se han alzado a concepciones atrevidísimas de nuevos órdenes sociales en que, según su particular manera de entender la naturaleza humana, han procurado desenvolverla y encauzarla por las vías de la felicidad, que colocaban en la práctica sincera de su peculiar sistema. Muchos de estos hombres superiores pudiéramos citar; pero, sin negar que sus obras hayan dejado de influir en el desarrollo del pensamiento social, suministrándole valiosísimas notas de observación crítica, mostrándole nuevos y resplandecientes horizontes, es fuerza confesar que jamás el progreso social en sus evoluciones ha copiado el plan preconcebido, el sistema cerrado de ninguno de estos pensadores, por profundos, por inspirados que hayan sido.

¿Quién, en efecto, más inspirado que el fundador del cristianismo, suponiendo que el Evangelio responda a un nuevo plan de vida social expuesto por Jesús de Nazaret? Pues el mundo cristiano, lejos de vivir socialmente el Evangelio, a pesar de los diez y nueve siglos que hace gala de practicarle, es, ha sido y será, mientras lleve tal nombre, la irrisión, la befa, la perpetua contradicción del Evangelio.

¿Quién más profundo que Platón? Pues su República es una utopia, como tantos otros planes de vida trazados por el genio en épocas posteriores, con excelente buena voluntad, pero sin acierto.

Chocante fenómeno éste, de que ni la inspiración ni la ciencia hayan podido jamás darle a la sociedad la ley de su desarrollo, ni sorprender siquiera la fórmula precisa y acabada en que ha de verterse la actividad humana en uno de esos períodos concretos, que pudiéramos llamar los términos de la evolución. Tanto más chocante si notamos que el genio ha presentido y demostrado las leyes que rigen el movimiento de los mundos, y penetrado la íntima composición de los cuerpos que parecían más rebeldes al análisis.

Fenómeno, sin embargo, es éste que podremos fácilmente explicarnos, si observamos que la complejidad de las relaciones humanas es tal, que sin impropiedad pudiéramos llamarlas infinitas, y han escapado y escapan a un examen total por un solo individuo, examen indispensable para poder apreciar la ley a que obedecen, y por añadidura rectificable de tiempo en tiempo, pues por su acción mutua las relaciones humanas se modifican. Entran en ellas, además, dos elementos, el pasional y el libre, que, amontonando dificultades, hacen totalmente imposible que la limitada inteligencia del hombre, su siempre limitada observación, su ilustración nunca completa, trace el plan de vida en que se ha de desenvolver la actividad social.

Concluyamos que no es respondiendo enérgicamente y de repente a afirmaciones de un gran filósofo, más o menos acertado, como la sociedad cambia sus ideales. No: cambia rectificándose a sí misma, lenta y suavemente, por más que observemos en determinados pueblos estallar al improviso terribles revoluciones; pues si éstas se examinan a fondo, y despojándolas de los accidentes de una breve lucha más o menos formidable, veremos claramente que ni los ideales a que el acto revolucionario obedece, han surgido de pronto en el pensamiento nacional, ni tampoco se consolidan y pasan a ser reglas de vida social hasta después de mucho tiempo, y tras parciales retrocesos y nuevos avances.

Fuerza es indicar de pasada que este juicio exacto acerca del alcance y fin de las revoluciones, antes que condenar, es glorificar estas enérgicas manifestaciones del pensamiento de un pueblo, que son indispensables en ciertos casos a la evolución, siempre que el término que se trata de sustituir no contenga fáciles modos de hacer el tránsito al siguiente, suaves y poco resistentes. Más adelante tendremos ocasión de comprobar este aserto, sin apartarnos de nuestro actual propósito.

En la práctica de un ideal, aparece con el tiempo la exageración de los principios esenciales que le fundamentan, tal vez en cosas de poca monta, donde menos los que le concibieron pudieron sospecharlo. En estas vulgaridades, por ser tales al alcance de la comprensión de todos, es donde comienza la crítica, y con la crítica la negación. Un pensador, quizá sin comprender que va a destruir una institución que en conjunto le enamora, analiza la vulgaridad, muestra su sinrazón, y pide una reforma sencillísima, cuya necesidad sienten muchos, que por esto se ponen de su lado y le apoyan en sus pretensiones, y que hasta encuentran justificada los mismos de quienes se reclama.

Mas éstos, al examinar la petición que aparece sencillísima, como lo es toda negación de un absurdo manifiesto, notan con sobresalto que aquel absurdo que se niega es el hijo legítimo de la institución que están llamados a sostener, y cuyos intereses son sus intereses. El terror se apodera de ellos al ver que tras la piedra que no tendrían inconveniente en arrancar, irían otra y otra, y con ellas el muro y el edificio entero, y el terror les inspira denuestos, persecuciones y violencias contra el crítico atrevido que se alzó negando lo manifiestamente absurdo. Los que al crítico hicieron coro, aunque éste perezca o se humille, en secreto continúan negando: la violencia, en vez de convencerles, excita su pensamiento, en el que de análisis en análisis van haciendo pasar toda la institución, y notando, como notaron antes los llamados a sostenerla, y con no menos asombro que ellos, la sinrazón de otras muchas prácticas relacionadas con la que se niega, llegan a penetrar los más avisados en el fondo del ideal respetado, hallándole tan falso y contradictorio de las necesidades sociales como aquella insignificante práctica, primeramente negada, sin escándalo de nadie.

Según la facilidad o dificultad que halla el pensador para comunicar sus observaciones, así es rápido y fácil, o lento y penoso el trabajo social de crítica, que se resume en una serie de negaciones parciales, tímidas primero, de prácticas insignificantes, más enérgicas y más generales con el trascurso del tiempo, hasta que se funden en una negación total y absoluta, que es compartida por la masa social.

No sólo existen las instituciones sociales porque se piensan, sino también porque se sienten. Por iguales gradaciones que el pensamiento va apartándose de una institución, se aparta de ella el sentimiento. Lo que se amó en un principio, va pasando en disminución por todas las gradaciones del afecto, hasta hacerse aborrecible. Y es de notar el carácter eminentemente negativo de la crítica, más aún en este orden pasional, que en el intelectual de que nos hemos ocupado. No va perdiendo la sociedad el amor a una institución por amar a otra, no. Se le pierde porque no encuentra en ella satisfacción a sus necesidades.

Y hé aquí el primer carácter con que nos aparece la nueva fórmula nacional del libre-pensamiento: el de una negación, que fue primero tímida, después viva, hoy enérgica e irresistible de la Monarquía y del Catolicismo: negaciones cuyas gradaciones examinaremos despacio, para ir viendo cómo, de cosas que tanto amó y tuvo por tan verdaderas, hoy nuestro pueblo está apartado con toda el alma y con todo el corazón.

Ramón Chíes.

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