Las Dominicales del Libre Pensamiento
Madrid, domingo 9 de diciembre de 1883
 
año I, número 42
página 1

Ramón Chíes

Caracteres del Libre-Pensamiento

Artículo primero

Vive el hombre según piensa; al punto de que si nos fuera dado hacer visible el pensamiento humano, notaríamos la perfectísima co-relación que existe entre los pensamientos y los actos de cada individuo. La más vulgar observación demuestra que en cada persona van mudando con la edad las costumbres, a compás del cambio que sus pensamientos sufren. Un pensamiento espontáneamente nacido en el alma, o recibido de extraña experiencia, produce a veces en caracteres enérgicos tales cambios, que un hombre parece y es en realidad otro hombre de lo que era antes de pensar de cierto modo.

Una fuerza tan misteriosa como irresistible nos obliga a pensar constantemente, y a buscar en el fondo de nuestro espíritu materia a nuestro pensamiento. Perpetuos enamorados de la verdad, la perseguimos sin descanso, advirtiendo diariamente con amargura cuán errados estuvimos el tiempo de que juzgamos cierto algo que meditaciones serias y detenidas nos han patentizado por falso andando el tiempo. En poco estos errores disponen el espíritu al escepticismo y a la indolencia: la generalidad de los hombres, por fortuna, toman alientos en estas lecciones de la experiencia y se lanzan a nuevos y mayores empeños de investigación.

Los pueblos, como los individuos, tienen su pensamiento, están sujetos a error; rectifican sus conceptos de vida o de doctrina, porque las colectividades sociales se ven arrastradas, con más violencia aún que los individuos, al perfecto ejercicio de su facultad de pensar. Será vago, indeterminado el pensamiento de las colectividades; podrán en su formación advertirse irregularidades, en su ejercicio contradicciones; pero esta frase el pensamiento nacional encierra un profundo concepto, en que resplandece una verdad inconcusa.

Las naciones dignas de tal nombre no realizan su vida al azar, a tontas y a locas, por sugestiones de tal o cuál pensador o aventurero que las adoctrina o seduce. Las actividades pensantes de los individuos producen una resultante suprema en cada época, resultante maravillosa y en cierto modo inconsciente en cada elemento que la constituye, que puede y debe llamarse el pensamiento nacional. Todos, desde el humilde campesino hasta el soberbio señorón, contribuimos con nuestra nota al sublime concierto: todos, desde el zafio pastor sin más horizonte que las breñas en que apacienta sus cabras, hasta el sabio matemático que pesa los astros más lejanos llevamos, cuál más cuál menos, directa o indirectamente, nuestro caudal de agua a ese vasto océano del pensamiento nacional.

Hay períodos, de indeterminada duración, en que las naciones parecen descansar de su trabajo intelectual, viviendo holgada y pacíficamente un ideal, un pensamiento completo de vida, que regulando todos los actos, parece acomodarse a todas las necesidades. Estos períodos son peligrosos, si combinada la acción a la pereza, ésta ataca al pensamiento, y éste se adormece en la comodidad de la holganza satisfecha: un envejecimiento prematuro y rápido es el inevitable resultado que se halla por bajo del falso brillo de épocas de esta naturaleza.

Ningún pueblo del mundo presenta ejemplo más elocuente de lo que decimos que nuestra España. Tras fatigosas luchas del brazo y de la inteligencia, acopló su vida entera a un ideal, a un pensamiento; la nación en masa fue católica y monárquica. Desde el rey hasta el último ciudadano, el sabio y el ignorante, el rico y el pobre, el pacífico y el arrebatado, todos sin excepción, cerradas las puertas del alma a toda duda, el oído a toda clase de sugestiones, tenían el mismo, idéntico pensamiento sobre la vida terrena y el destino final humano. ¡Pasmosa maravilla la de un pueblo grande y numeroso, en que todos sus individuos parecen tallados en una sola pieza de la misma roca! El teatro clásico que retrata aquellos hombres, los pintores clásicos que trazaron aquellas costumbres, admiran porque supieron traducir las infinitas manifestaciones parciales de aquel pensamiento único de todos, que en todos producía los mismos vicios y las mismas virtudes. España aparece entonces como una arpa maravillosa, por arte mágica templada de tal modo, que toda mano que en ella se posara y la agitase, sólo podía arrancarle, siempre y en todas ocasiones, la misma melodía.

Si la vida humana social fuese una carrera para alcanzar una meta, y una vez a ella llegado un pueblo, fuera su destino descansar cómodamente, rodeada la cabeza con laureles del triunfo, en la ociosidad de los dioses del Olimpo griego, habría que confesar que la España de nuestros abuelos había llegado a la suprema felicidad en el orden del pensamiento, puesto que creyendo firmemente en la monarquía y el catolicismo, tenía la arrogancia de juzgarse la poseedora de la verdad eterna e inmutable, hasta el punto de considerar digno sólo de muerte a quien pretendiera contradecir sus ideales.

Mas ¡ay! que la meta social humana es una engañosa sombra que estamos destinados a perseguir eternamente: creemos tocarla hoy, y se nos manifiesta mañana muy distante: mañana se nos figura tenerla fuertemente asida en nuestros brazos, y al otro día ¡oh fatalidad! alguien sonriendo nos la enseña lejos, muy lejos de nosotros. La perfección no es una carrera, no: es una serie interminable de avances de las generaciones humanas en un camino sin fin, en el que el recorrido de un siglo es la herencia que éste lega al que le sucede.

¡Ay de las generaciones perezosas de pueblos que nada avanzaron! Tras de vivir de prestado, que es una ignominia, nada produjeron, lo que es la mayor de las miserias. Se devoraron sus propias entrañas para vivir, y, cuando un furioso empuje del mundo en que estúpidamente se aislaron, mundo que siguió agitándose, pensando, produciendo, las obligó a despertar de su letargo, se hallaron huecas, ni fuerzas, sin energías, y, teniendo sin embargo que avanzar, marcharon vergonzosamente a la rastra de los que no erraron al investigar nuevos órdenes de vida en el pensamiento.

¿Era España otra cosa, a fines del pasado siglo que uno de estos pueblos huecos, que por entender torpemente el destino humano, creyéndole vinculado al catolicismo y a la monarquía, había por dos centurias devorado sus propias entrañas? Arrastrado por la Revolución francesa, hubo de ponerse en marcha otra vez. Ochenta años de movimiento van dando vigor a sus músculos, consistencia a sus huesos, tersura a sus carnes, y su cerebro, despertando del letárgico sueño, adquiere en gran parte la nativa perspicacia, está a punto de terminar, su elaboración en que aprovecha hábilmente la ajena experiencia, la fórmula suprema de sus futuros ideales, fórmula cuya síntesis es lo que nosotros llamamos el librepensamiento, comprensiva de dos términos que opone a los términos de la formula caduca y agotada. Al término Monarquía, el poder en uno solo, opone la República, el poder en todos. Al término catolicismo, verdad revelada o impuesta, opone Libre Examen, verdad libremente indagada y consentida.

Los caracteres de lo que moribundo camina angustiadamente al cercano sepulcro, la monarquía y el catolicismo, resaltan con negros contornos en nuestra Historia, y de todos son bien conocidos. Convendría tal vez ir diseñando los caracteres del nuevo pensamiento nacional de República y Libre Examen, próximo, muy próximo a encarnar, y a ello dedicaremos, respondiendo con mejor voluntad que acierto a repetidas indicaciones amistosas, sucesivos artículos.

Ramón Chíes.

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