Las Dominicales del Libre Pensamiento
Madrid, domingo 11 de febrero de 1883
 
año I, número 2
página 1

Ramón Chíes

Remember

Hoy hace diez años, día por día, que España realizó el acto más grande y de más trascendentales consecuencias de nuestra historia moderna. Hoy hace diez años se proclamó la República; esto es, se inauguró el único régimen político en que la dignidad del hombre y la prosperidad del Estado pueden hallar cumplida realización. Acabó la fatigosa serie de reinados en que una personalidad lo era todo, y todo lo absorbía, para comenzar una era de justicia, en que el pueblo, velando constante y diligentemente por sus intereses, podía y debía labrar su ventura; que bien demostrado tiene la historia es irrisión esperarla de mano ajena, mercenaria y egoísta.

No es del caso examinar cómo aquella República, tan pacíficamente proclamada, que tan nobles y generosas esperanzas hizo concebir, fue vilmente atropellada y muerta en noche oscura por un soldado más oscuro todavía. Mucho ciertamente hay que aprender en este sorprendente fenómeno: quédese el escudriñarlo para ocasión propicia.

Recordemos hoy su nacimiento, y pongamos en claro las causas y fuerzas que la dieron vida; que a los que por su resurrección suspiramos, esto, más que nada, por ahora nos interesa.

La República de 1873 fue la hija legítima, la consecuencia obligada, el indefectible término de la revolución de 1868. Hubiera brotado de su seno desde el primer día, si con anterioridad, en un período libre, hubiera podido propagarse. No fue así, y divididos los revolucionarios, pudieron los monárquicos, como más influyentes y dueños del poder desde el principio, imponerse a la masa popular, que, lógica y sin compromisos, se hizo en general republicana. Esta imposición creó la enteca y deleznable monarquía de don Amadeo de Saboya.

Acusar a ésta fuera, notoria injusticia. Hizo cuanto pudo por arraigarse en suelo extraño, en que manos imprudentes habíanla implantado. Fiel al principio de libertad que la había engendrado, con los partidos liberales de la revolución gobernó; mas en ellos, donde debiera hallar vida, encontró la muerte.

Porque uno, el que acaudillaban los reaccionarios de siempre, tratando de arrastrarla a coacciones incompatibles con la soberanía nacional de que emanaba, lanzóla en brazos del radicalismo, más enamorada de la libertad de lo que puede consentir el principio autoritario y el prestigio personal, fundamentos de toda monarquía, cualesquiera que sean su nombre y sus orígenes.

Imposible la monarquía popular, su representante, con un acto de caballerosidad inaudito, provocó, abdicando el poder soberano, una de las más tremendas crisis, en que se ha hallado nuestra patria.

Abrigaban, por fortuna, suficiente patriotismo los pechos de sus representantes en Cortes: y en la noche memorable del 11 de Febrero de 1873, dando al olvido denominaciones, acallando odios, amordazando rencores, sobreponiéndose a miserables rencillas, ejecutaron un acto que inmortalizó sus nombres, votando la República; es decir, integrando en el pueblo la totalidad del poder soberano, por su naturaleza indivisible, y consagrando los humanos derechos en la única forma de gobierno que puede garantirlos por completo.

Detengámonos un instante a contemplar aquella sublime génesis política.

Dos partidos poderosos y enemigos, el radical y el republicano federal, batallaban terriblemente, el uno por sostener la monarquía en las vías del progreso, el otro por ganar para la Nación la integridad de su soberanía. Separados por la forma de gobierno, toda sincera inteligencia entre ellos para afianzar la libertad, que ambos amaban, era completamente imposible. Los republicanos habíamos apelado a la insurrección, y los radicales nos habían reprimido, tal vez con demasiada energía; como tal vez nosotros habíamos obrado con más brío y entusiasmo, que acierto y oportunidad. La gran insurrección de 1869, y otras menos importantes, habían creado un antagonismo incierto, que parecía irreductible. Y sin embargo, en un momento supremo de la noche que recordamos, radicales y federales, vencedores y vencidos, acordándose de que todos eran hombres de progreso, y que la Patria, que tantos sacrificios viene haciendo hace sesenta años por la libertad, exigía de ellos altísima determinación en favor de lo que tantos desvelos la cuesta, fundiéndose en un abrazo fraternal, alzaron sobre los brazos unidos de los que habíanlos empleado en destrozarse, aquella fugaz República, cuya restauración es nuestro ideal, y nuestro deber a la par, porque en ella se cifra la gloria, el honor y la prosperidad del país.

Eterno niño fuera el hombre a quien no aleccionase la experiencia, y pueblo incapaz de realizar ninguna gran misión en el humano trabajo el que no aprendiera en la historia a regir y encauzar sus actividades. Y la palpitante historia de aquella república, ¿qué nos enseña? Que sólo pudo nacer al calor de un gran entusiasmo, al arrimo de una sublime concordia de partidos, hombres, caracteres y genialidades, por un momento sobrepuestos a las miserias y pequeñeces en que de ordinario se agitan y corrompen nuestras agrupaciones políticas. Que sólo la coalición de los radicales y federales para salvar la patria de la anarquía en que la orfandad del poder supremo la hubiera precipitado, fue el soplo divino que animó aquella excelsa creación republicana. Que únicamente un inmenso calor puede fundir materiales tan diversos como son indispensables a la obra gigantesca de implantar el derecho democrático en una sociedad corrompida y viciada por los seculares despotismos del trono y del altar, concertados en su obra nefanda de opresión.

Ahora bien: para que nosotros ¡oh republicanos! y tú ¡oh amado pueblo español!, seamos dignos de titularnos políticos, y tú de responder a tu gran destino en la civilización; es preciso que aprendamos en esta saliente y palpitante enseñanza de la historia de nuestros días. Persuadámonos todos de que sólo las mismas causas engendran en el mundo material, como en el mundo del espíritu, idénticos efectos; y pues sabemos por experiencia (aparte de que la reflexión dicta el propio consejo) que sólo la coalición de radicales y federales, y sólo un gran entusiasmo patriótico, crearon la república de 1873, coaliguémonos cuantos sinceramente amamos la república, excitemos por la emulación de los partidos republicanos un gran entusiasmo nacional, y nos será dado volver a contemplar nuestra hermosa España iluminada por el vivificante sol de la República.

Cesen esas insensatas rivalidades, esos odios irracionales que, al dividirnos, sostienen a nuestros enemigos. Cerremos el oído a las predicaciones de los que por fanatismo o vanidad siembran en nuestras almas recelos hacia el porvenir de tal o cuál fracción republicana, cuando todas se hallan en el abismo del dolor y se ven escarnecidas con igual saña por sus triunfantes enemigos. No contestemos siquiera a los que ponen obstáculos a la coalición: llamémoslos repetidamente, pero no dejemos por eso de marchar; cuanto más atrás se queden, más apartados estarán del pueblo republicano.

Ni aun el pretexto de la pureza del dogma privativo de los distintos partidos pueden alegar, pues en la coalición que hemos sostenido y sostenemos, los republicanos, organizados en sus respectivas fracciones para lo que les sea peculiar, ninguna abdicación de doctrina han de hacer, ni dignamente se les pudiera exigir.

Adelante, pues, republicanos. Que el recuerdo de nuestro triunfo del 11 de Febrero de 1873 fortifique nuestro amor y nuestra fe en la República, y nos persuada de que sólo la coalición que entonces la dio vida puede en el porvenir hacerla de nuevo surgir para ventura de la Patria.

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