Las Dominicales del Libre Pensamiento
Madrid, domingo 4 de febrero de 1883
 
año I, número 1
página 1

Dos palabras al lector

En períodos como el presente, en que se ve y se toca cuan poco valen las palabras y las promesas, es inocencia escribir prospectos. Preferimos ofrecer a nuestros lectores, como muestra, un número de los que, contando con su adhesión y simpatía han de formar la sucesiva serie de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

Nos limitaremos, pues, a decir en cabeza de este primer número, no lo que vamos a hacer, sino el sentimiento que nos mueve, y esto en brevísimas palabras.

La Monarquía está, ante el Derecho, muerta; la Religión del simbolismo está muerta; el espíritu del tercer estado, o clase media, que vino a gobernar tras la gloriosa Revolución francesa, está depravado y corrompido por el influjo de las riquezas. Queremos mostrar noble y francamente al público las llagas de esas instituciones decrépitas, no buscando el apoyo en las bayonetas, que sostienen esos restos de un mundo que se desmorona a nuestra vista, sino en la noble y severa razón. Venimos a decir a la Monarquía y a la Iglesia: «¡Paso al espíritu del siglo!» Venimos a decir a la clase media: «¡Paso al cuarto estado, que te sostiene y nos sostiene a todos!», venimos a demostrarles que no tienen razón de ser, que sus horas están contadas. Venimos, a la vez, a decir al cuarto estado, que es nuestro hermano querido: «Serás tan infame como nuestros enemigos si te inspiras en la ley de represalias; serás un torpe, si entiendes que puedes gobernarte bajo la dirección del albañil, del carpintero, del cajista de imprenta, que ejercen una profesión, sin duda, tan noble como la del magistrado y del ministro, pero que les constituye incapaces para gobernar el Estado, como lo serían para cincelar una estatua: cada arte, y la del político es una de las más difíciles, exige su aptitud y su práctica, y esos que en los antros alimentan tus peores pasiones y pueden ser en su día una perturbación para que impere el derecho, son, o ignorantes, o fanáticos, o malvados.»

Clases conservadoras, Monarquía e Iglesia: si tenéis instinto, debéis considerarnos como hermanos, cuando venimos armados con la «Libertad del Pensamiento», con la espada de la Razón, a ayudar pacíficamente a lanzaros del lugar que ocupáis. Elegid, entre ser arrolladas, por las pasiones que se oyen rugir en la sombra, alimentadas por vuestro egoísmo y vuestra torpeza, o en deslizaros suavemente, como ya lo hicisteis cuando os forzamos a proclamar la República.

Si tenéis entendimiento; si el egoísmo no os ciega hasta lo inverosímil, debéis echarnos los brazos como co partícipes en la obra del desenvolvimiento social.

En cuanto a ti, cuarto estado, hijo del trabajo, sostén material de la República, ten por seguro que si ves un ribete conservador en los dos primeros redactores de este periódico, es porque tienen la firme convicción de que así sirven del modo más eficaz a tu causa; que forma el ideal que alientan en la médula de sus huesos.

¡Paso, paso, conservadores! Dejadnos gritar con la rama de oliva en la mano: ¡Viva la República!

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