El Debate
Madrid, miércoles 7 de marzo de 1923
 
año XIII, número 4.256
página 1

Bruno Ibeas

Comentarios

El einsteinianismo y la venida de Einstein

La venida de Einstein ha abierto entre nosotros las esclusas de todos los superlativos encomiásticos. Dudo que, viniendo a España, hubiesen despertado Newton y Copérnico tanto entusiasmo en los artículos de nuestra Prensa y en los discursos de nuestros académicos. No hay que decir que Einstein se merece elogios por trabajador y por talentudo; pero en el elogiar cabe ponderación, equilibrio, y de esto, a decir verdad, no hemos dado pruebas ahora. Como en el juicio de muchas otras cosas, nos ha faltado el sentido de la proporción, que diría Salaverría.

Nos ha faltado en el juicio de sus doctrinas, que es el que más importa y el que motiva estos comentarios. Para muchos, desde el punto de vista científico, ellas representan lo que el descubrimiento de Colón, desde el punto de vista geográfico y social. ¿Por qué? Porque han removido todas las bases de nuestro conocimiento experimental de las cosas? Pero, ¿es que el químico al preparar sus reacciones, y el físico al hacer sus experiencias, y el naturalista al recoger hechos, y el arquitecto o el ingeniero al construir obras, piensan para nada y tienen para nada que pensar en las teorías de Einstein? Pues si para nada tienen que haber en cuenta estas teorías, ni tendrán que haberlas así, probablemente, en lo futuro, es que las teorías del caso son de alta especulación, como dijo el señor Carracido en la sesión académica de anteayer. Y entonces las teorías de Einstein constituirán un gran esfuerzo para explicar la realidad; pero no tendrán más valía que la de ser una interpretación más o menos fundada de la realidad, una hipótesis que el tiempo comprobará o no.

Desde el punto de vista filosófico, las doctrinas en cuestión aún son menos acreedoras a ese elogio y a ese valor absoluto que se les presta. Articulistas ha habido que, por virtud de ellas, han juzgado reducida a polvo toda la investigación filosófica hecha hasta hoy. Así; hay que ser absolutistas aun pasando plaza de relativistas. Hasta en el cerebro potente del señor De Benito ha arraigado la especie algún tanto, como muestra en el artículo publicado ayer en estas mismas columnas. Y yo pregunto: ¿en qué puede fundarse tal manera de discurrir? ¿Qué es lo que varía, qué es lo que destruye la hipótesis einsteiniana en el campo de la investigación filosófica? ¿La noción de espacio? No lo puede decir más que el que suponga que en Filosofía se concibe el espacio como un cajón, en el que están recluidos los cuerpos. ¿La noción de tiempo? Nadie lo afirmará, si sabe cuál es la que de él tiene la filosofía corriente. Fuera de media docena de filósofos, entre los que pueden citarse a Newton, Clarke y Malebranche, que valían bastante como pensadores, raro será el que ha dado carácter absoluto al espacio y al tiempo. Todos los han concebido como orden de coexistencias y orden de sucesiones respectivamente, es decir, como algo relativo por esencia. Todos, menos los subjetivistas, que negaron y niegan toda realidad a ambas nociones, sin recurrir para ello a fórmulas algebraicas. El espacio y el tiempo son entes de razón, que tienen por base la noción del ser real, según nos lo presentan los sentidos. Los sentidos, señores einsteinianos, y no las deducciones formularias del análisis matemático, porque los que así concebimos el espacio y el tiempo somos positivos y no idealistas. Para combatir, por consiguiente, con algo de fundamento racional esas nociones hay que hacer ostensible que las ideas de simultaneidad y sucesión no tienen base alguna lógica en las cosas. Y al objeto sirve de poco el principio de que todo es movimiento y está en movimiento en el mundo, principio que conocíamos, por lo menos, desde que Descartes afirmó que fuera de nuestro pensamiento, no hay en el inundo punto fijo de referencia, porque, aun sabiendo que todo varía constantemente de lugar en nuestro torno, y que en nuestra conciencia se suplantan las impresiones sin cesar, podemos percibir y percibimos movimientos paralelos o ligados, de manera que dejen las cosas en homóloga posición aparente, y podemos percibir, y percibimos, lo vario impresional en la persistencia del yo, y esto nos basta para establecer la trascendencia de nuestros conceptos de simultaneidad y sucesión. Todas las intrincadas lucubraciones de Lobatchewski, Riemann y Minkowski sobre la no euclinidad del espacio y sobre la identificación de éste con el tiempo, que Einstein hace suyas y aprovecha y desenvuelve, no lograrán nunca echar por tierra la especificidad de nuestras percepciones, que es el fundamento de la anterior deducción y de todo nuestro conocimiento, como no han logrado hasta ahora hacernos percibir cuatro dimensiones donde los sentidos nos muestran tres o menos. A no ser que se de por buena la Criteriología de ciertos señores einsteinianos, podría citar más de uno, para quienes los sentidos externos y el sentido común nada significan ni valen, como testimonios de verdad. Porque entonces pueden admitirse las novelerías de Normand, uno de los maestros más socorridos y autorizados de nuestros einsteinianistas, entre ellas la risible del envejecimiento fisiológico, y la aún más ridícula de la reversibilidad de los hechos históricos, en virtud de la que Alfonso XIII puede no resultar posterior, sino ¡anterior a Alfonso XII o a Felipe II, inclusive!…

No es de extrañar, al cabo, esta manera de juzgar las teorías einsteinianas, desde el punto de vista filosófico, cuando tan mal andamos de Dialéctica, que unas veces se dice que aquéllas destruyen por completo el edificio de la investigación filosófica y otras que son de ésta independientes. Si la destruyen, ¿cómo es posible que lo hagan sin estar con ellas de algún modo en relación? Y si son independientes, ¿a qué clase de conocimiento pertenecen? Porque hasta ahora hemos creído que los conocimientos guardan tan íntimo enlace como las diversas partes de la realidad que fotografían y diseccionan y que no hay más que un conocimiento, el exacto (como no hay más que una realidad), al que se llega por diversos métodos o caminos. Sobre que discutir y analizar la naturaleza, el origen y el valor de los principios, las nociones y las leyes de la Física (es en substancia la obra de Einstein), ¿qué otra cosa es que estudiar la Física filosóficamente, producir una filosofía de la Física?

Creo, vuelvo a decir, que se ha dado más alcance del debido al valor de las teorías y de la personalidad científica de Einstein. Hasta para loar y admirar se necesita guardar ritmo, porque, de otro modo, actos tan nobles de nuestra actividad pasan a ser plebeyos.

P. Bruno IBEAS

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