Caras y Caretas
Buenos Aires, 4 de junio de 1927
 
año XXX, número 1496
página [40]

Edmundo González Blanco

Verdaderos y falsos intelectuales

Por grande que fuese mi elocuencia, no podrían decir los lectores que abusaba de ella o la malgastaba al derrocharla, siempre que la emplease en fustigar espíritus de tan bajo vuelo como esos literatos en moda, actores y comediantes de si mismos, juglares y danzantes de sus propias sensaciones, a quienes tan neciamente se confiere el título de intelectuales. No, en mis días. No hay más intelectuales que los trabajadores del intelecto: los improvisadores y liristas quedan fuera de la verdadera intelectualidad. «Los grandes trabajadores de nuestros días –observa Zola– han tenido la existencia más vulgar y sencilla posible, con el fin de regular sus jornadas y consagrarlas a su labor desde la mañana a la noche, como metódicos comerciantes. El trabajo a horas fijas es la condición indispensable para a su término finalizar con brío las tareas de gran empeño.» No obstante, si la improvisación y el lirismo no convienen al sabio, sería un error no menos funesto considerar la ciencia como labor de puro análisis y trabajo de mera observación. La síntesis, la intuición, el raciocinio abstracto, la especulación teórica son también instrumentos indispensables de la ciencia.

Guárdeme el cielo de comulgar en la tenebrosa escuela del panlogismo. Pero tampoco ando muy distante de conceder a los teósofos que la ciencia moderna, mejor conocedora que la antigua de lo que se ve, está muy atrasada, por lo que hace a lo que no se ve. En los dominios de la ciencia vive una casta de hombres, sin duda, útiles y provechosos; pero no más que para la rebusca y acopio de hechos, y que, en expresión de Matías Peñalba, son, a la verdad, lo que los acarreadores a la construcción, por cuanto se hartan de experimentos como el hambriento de manjares, más atentos a la cantidad que a la calidad. Otros hay, en cambio, en quienes plugo al pensamiento buscar habitual morada, que no toman de la ajena labor empírica sino la sugestión, el tono, la aptitud penetrante, y a cada verdad consagrada de que se sirven le incorporan algo de su ser, con lo que es hecha nueva, en cierto modo. La raíz de semejante diferencia es psicológica, tanto en su abolengo y origen como en su sentido y finalidad. Las ciencias experimentales nos hacen tender con todo el espíritu hacia los objetos, mientras que la contemplación interior o reflexión nos recoge. Tendere ad es lo contrario de reflectere: lo están diciendo las mismas palabras. Así, el citado Peñalba llama al sabio empírico el hombre tonel, y al pensador, el hombre alambique. «Del primero, simple y pasivo recipiente, salen los productos como entraron, y a veces, cuando no está muy limpio, con cierto olorcillo desagradable; lo que hacen dentro es no perder; pero ganar, jamás ganan. Del segundo destilan substancias nuevas, cuya utilidad nace de su transformación, de ser distintas de lo que eran.» Cierto que el pensador se alza en el mundo y necesita contar con las ciencias de observación antecedentes y coetáneas; pero si esto le constituye en experimentador, su experimentación ha de ser articulada, vital, como fruto lozano, y no seca, informe, sin jugo; no será nunca meta, sino etapa, la primera de un viaje inacabable.

Nada tan comanditario, tan orgulloso, tan hermético, tan esotérico como un especialista científico, como un sabio de laboratorio. El solo posee la verdad verdadera; él solo puede fallar en asuntos científicos; él es el dueño único de aquella verdad, por cuanto se halla en el secreto de todo. Pero este secreto del especialista se parece no poco a aquel secreto de Toth, puesto en solfa por Leroux, y cuya fórmula es: «Morirás, si yo quiero, por la nariz, por los oídos, por la boca, porque soy el amo del aire, del sonido y de la luz.» El secreto real lo guarda el pensador, de quien el especialista no pasa de ser el instrumento, telescopio de astrónomo, nonius de matemático. Bien sé que esto es ingrato para el especialista; pero yo no tengo la culpa, ni él tampoco, sino este bajo mundo, tan dado en todo a la condenada jerarquía…

Edmundo González Blanco

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