Caras y Caretas
Buenos Aires, 16 de agosto de 1913
 
año XVI, número 776
páginas [70-71]

Miguel de Unamuno

Eruditos, heruditos y hheruditos

(Sin hache, con hache muda y con hache aspirada)

Félix Méndez, el graciosísimo escritor jocoso de nuestro Mundo Gráfico, para sonsacarme lo de la K con que a las veces escribo la palabra Kultura –con K mayúscula, y es la de la Kultura a la alemana, para diferenciarla de nuestra pobre cultura latina, con c minúscula– inventó la h de su herudición; mas luego, al tratar de explicarla en pago a mi explicación, no dio pie con bola, según creo. No supo explicar esa h tan característica que a la erudición le plantó. Y nada tiene esto de extraño, pues que no estamos todos obligados a darnos cuenta del entero alcance de nuestros propios descubrimientos o de nuestras ocurrencias. Y a mí, que he tenido la osadía de pretender conocer mejor aún que Cervantes mismo el antiguo sentido de algunas de las geniales intuiciones de este nuestro primer ingenio literario y que he sostenido, sostengo y sostendré que no es el inventor de una máquina quien necesariamente la maneje mejor, ni el de una teoría quien mejor la aplique, ni aquel a quien se le ocurre una ingeniosidad el que mejor sabe su importancia y valor, a mi creo se me perdonará el que pretenda saber todo lo que puede significar la hache que Méndez ha antepuesto al herudito.

Hay, en efecto, tres clases de eruditos, unos sencillos, modestos, trabajadores, perspicaces, libres de envidia y de malas pasiones, que son los menos y se les conoce en que gustan de veras de la poesía, tienen el sentido del humor y aprecian toda otra labor que no sea erudición, sin que entre ellos falten quienes son poetas; otros a los que podríamos definir diciendo que se preocupan de conservar las haches innecesarias –que, en rigor, lo son todas– y no más que para diferenciarse de los demás mortales, y estos eruditos así, conservadores –y cuando se dice en seco conservador se quiere decir de lo malo o de lo inútil– merecen se les ponga hache, pero muda, y se les llame heruditos; y otros, en fin, atacados de la rabia de querer resucitar cosas muertas y bien muertas, eruditos retrógrados, que merecen se les llame hheruditos con hache aspirada –que escribo doble– o si se quiere jeruditos.

Fué un hherudito de éstos, aspirado, quien sin duda hizo que la Real Academia –o Hhacademia– de la Lengua, introdujese la hache, que se había con razón perdido, de armonía. Yo no la escribo nunca. Y cuando alguien me ha preguntado por qué, le he contestado que porque siendo como soy profesor de griego me harán la justicia de creer que sé porque escriben harmonía los que no saben por qué. Y hubo hherudito de esos, es decir retrógrado, que pretendió escribamos mythología y otros enrevesamientos por el estilo, y la misma Academia, más retrógrada que conservadora, usando escribir obscuro, septiembre, subscriptor y disparates de la misma laya. Lo raro es como no han pretendido que le antepongamos una H –muda, es claro!– a España y escribamos Hespaña –Hespanha los portugueses– porque Hispania, de que procede, la tenía en latín.

En punto a haches tengo una regla de conducta que no marra y que me parece la más prudente y discreta y es ésta: «¡en la duda, abstente!» Vale más escribir ombre, acer, igo, etc., que no habogado, hechar, etc. No perdono el que uno escriba caoutchouc en vez de caucho por ser pecado de pedantería.

Pero lo propio del herudito y del hherudito, pedantes por naturaleza, es precisamente tratar de distinguirse de los demás mortales en cosas de esas, en haches y otras por el estilo. Cuando vacila en la manera de escribir algo lo escribe lo más diferente a como se dice, pues si uno que pronuncia esplendor, espontáneo, estrategia, que os como se dice y como debo escribirse, lo mismo que dice estensión, estraordinario, espansión que es como se dice y como debería escribirse, ya que la equis es una letra anti-castellana y pedantesca, si uno que dice así lo escribe como lo dice y no expontáneo, explendor, extrategia, –quo es como no debo escribirse– ¿en qué se diferencia del pobre diablo que se guía no más que del oído?

Y la pedantería puede llegar hasta decir y no sólo escribir, expontáneo y explendor con equis, con una equis que nunca tuvieron esas palabras. ¿No ha logrado acaso nuestra hherudita Academia de la Lengua hacer que se pronuncie vivir con dos uvés a la valenciana o catalana, cosa que nunca sucedió en Castilla y que es un desatino?

A mí me hacen daño esas uvés de vivir cada vez que se las oigo en escena a algún cómico a quien le enseñaron eso sin duda en el Conservatorio, que debe de ser muy hherudito. Y por ese camino se podría llegar no sólo a hacernos aspirar las haches que en un tiempo lo fueron en castellano y aún hoy en regiones, se aspiran como las de higo, hacer, hierro, huelga, etc., sino hasta las puramente gráficas como las de hombre, honra, etcétera, que jamás en castellano fueron aspiradas.

Hace pocos días leí la inscripción del enterramiento que don Francisco de Rojas, marqués do Poça, muerto en henero (así, con hache absurda) de 1604, tiene al lado de la epístola del altar mayor del convento de San Pablo, en Palencia, y ví allí que: «... también hiço la reja i doctó la misa maior...» Ese doctó lo debió de escribir algún docto del siglo XVII –el siglo de nuestros doctos!– que de haber nacido en el nuestro habría acabado en hhacadémico (léase jacadémico).

Y todo esto creo que viene muy a cuento ahora en que unos cuantos señores, heruditos mudos o hheruditos aspirados, conservadores o retrógrados, están manchando y estropeando la lengua con pedanterías de siglo XVII y giros y vocablos muertos y bien muertos. ¡Y no faltan chrithicos que los aplauden y llaman casticismo a eso!

El erudito, en general, y salvo los de la primera clase –que son los menos– merece hache, y hasta aspirada. Aspiración significativa de su dureza y su ceguedad. Porque el herudito suele ser un animal fundamental, radical y esencialmente antiestético e incomprensivo cuando no un ex fracasado o lo que llaman un raté los franceses. Si el herudito cae sobre la poesía lírica, como pudiera caer sobre los tratados del juego de ajedrez, o de cocina o de indumentaria, lo que menos le importa es sentir el lirismo. El contenido espiritual de aquello que estudia le tiene sin cuidado; él no va sino a ejercer sus dotes de herudición. Es más aún; desprecia ese contenido. Cree que los poetas no cantaron sino para que el herudito los comente. Lo he dicho antes de ahora; si Homero redivivo entrara cantando en lengua vulgar de hoy en la oficina en que trabajan los doctos y hheruditos comentadores de la Iliada y la Odisea echaríanle estos a puntapiés porque les distraía no dejándoles contar los aoristos. El mejor poeta es el que dejó más problemas (!!!!) biográficos o bibliográficos para que los resuelva el herudito.

No puedo negar ni ocultar el santo aborrecimiento quo les tengo. Y no sólo porque sean petulantes, antiestéticos, corchosos e incomprensivos, sino porque, además, no suelen ser buenos. Son lo que se dice, malas personas. Lívidas de alma, mezquinos de corazón, avaros del poco ingenio que Dios les otorgó y rapaces de ideas ajenas. Lo importante para ellos es quien descubrió primero una noticia, no quien la entendió mejor y mejor vió su alcance y sentido. Odian la fantasía porque carecen de ella. Cuando no pueden investigar en algo, se las ingenian para que no investigue otro, naciendo de perro del hortelano. Y de esta mezquindad de andar dificultando o negando el acceso a nuestros tesoros de libros o documentos raros a otros investigadores, sobre todo si son extranjeros, sé casos de algunos de nuestros conspicuos hheruditos que he de contar algún día para edificación de las gentes y para que se vea hasta qué punto la hherudición es hermana melliza de la envidia.

Ya puede, pues, ver mi amigo Méndez y otros con él, como junto a los eruditos buenos, estos tan simpáticos mirlos blancos, hay heruditos conservadores, de hache muda, y horrendos hheruditos retrógrados, con hache aspirada. Y no he querido decir nada de los jeruditos, con jota fuerte, pues esto pertenece a la patología.

Miguel de Unamuno.

Salamanca, junio 1913.

 

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