Filosofía en español 
Filosofía en español


Clasificación de los demonios vivos llamados despreocupados

En esta época desdichada, en que la mentira y la calumnia tanto se ceban con las personas sencillas de corazón, bueno es señalar el mal donde esté, para no dejarnos sorprender; no de otro modo hace el naturalista cuando nos indica las plantas perniciosas que debemos temer. Desoigamos y despreciemos como es justo la doctrina y el ejemplo de tanto desgraciado como se halla por el mundo, que indiferentes o adversos a las verdades de nuestra santa Religión, quisieran que, o no pensáramos jamás para nada en que somos cristianos, o nos formáramos una religión sentimental y vaga que nada nos obligase, que en nada mortificase las depravadas inclinaciones de nuestra corrompida naturaleza.

Estos tales son los que el mundo llama despreocupados. Los hay de varias especies:

Primera.– Los sibaritas. Estos son los que dados, por naturaleza y costumbre, a toda clase de goces sensuales, profesan la máxima de que el hombre, ha nacido para regalar su cuerpo, para no negarse gusto alguno, y para huir de toda contrariedad y mortificación. ¿Cómo han de amar ni practicar estos una religión que nos impone como deber fundamental el sacrificio de nuestras pasiones y la guerra perpetua con nuestros apetitos?

Segunda.– Los positivos. Estos creen que el hombre no tiene que hacer otra cosa en este mundo mas que enriquecerse, y que las sociedades no deben pensar en otra cosa sino en los progresos materiales a que hoy se da, mala e imperfectamente, el nombre de civilización. Para estos el bello ideal de un individuo es el que amontona más oro en menos tiempo, sean cualesquiera los medios; y el bello ideal de una sociedad es el de la que absolutamente no piense en otra cosa mas que en hacer florecer sus artes, sus ciencias humanas, su comercio y su industria. Figúranse que el hombre muere todo entero, y que más allá de este mundo solo está la nada. ¿Para qué quieren estos la Religión? Así es que, o no piensan en ella o la persiguen.

Tercera.– Los sabiondos. Llamo así los falsos sabios, los filosofastros pedantes, adoradores de sí mismos, que se desdeñan de humillar su entendimiento y de doblar sus rodillas ante el sumo Dios incomprensible. Para estos la Religión es cosa buena, cuando mas, para las mujeres y para gentecilla de poco pelo que no saben trepar a las alturas vaporosas de sus extravagancias filosofescas. ¿Cómo han de practicar estos una religión que nos pide entendimiento y corazón humildes? ¿Cómo ha de adorar a Dios el hombre que se adora a sí mismo como a una divinidad?

Cuarta.– Los sentimentales. Estos son necios que desdeñando estudiar las verdades religiosas, y estragados con el hábito de no tener mas regla ni guía de sus acciones que los impulsos de su corazón, se figuran haberlo hecho todo con reconocer la existencia de un Dios, a quien de todos modos no pueden negar, y con profesar a los hombres un amor frío, inactivo, débil, que jamás ha producido una verdadera obra de caridad. Oyeseles contar con frases rimbombásticas las magnificencias del Criador y del mundo; míraseles asistir a una comedia sentimental, o leer una novela de las que se ha dado en llamar humanitarias (1. Como la de Los miserables, de Víctor Hugo), y entonces deshacerse en lagrimas de ternura, que no parece sino que son Ángeles en forma humana. Pero decidles que sacrifiquen al cumplimiento de sus deberes una sola de sus pasiones, uno solo de los caprichos de su corazón y os llamarán tirano, gritando que queréis matar sus legítimas facultades y convertirlos en estatuas. Para estos la religión cristiana es cosa muy bonita en cuanto les promete bienaventuranzas y les asegura de las misericordias de Dios; pero habladles de la justicia del Juez eterno, habladles de la penas con que amenaza a los despreciadores de su ley, mostrada las condiciones de abnegación, de sacrificio, de humildad con que nos promete otorgarnos los tesoros de su bondad y clemencia; decidles que deben reprimir sus pasiones sujetándolas al yugo de la razón; decidles que deben de reconocer sus pecados y confesarlo al sacerdote de Jesucristo, arrepentirse de ellos procurar la enmienda; decidles, en fin, que no son los impulsos ciegos del corazón los que pueden salvar nuestras almas, sino la fiel obediencia de los preceptos de la iglesia; y os mirarán con cierto aire de compasión, como a unos pobres hombres llenos de preocupaciones jesuíticas, de supersticiones plebeyas, y os volverán desdeñosamente la espalda para continuar profesando su comodísima religión, que no les estorba, por ejemplo, seducir y corromper a la hija o a la mujer del vecino. Cuando con el impulso de su corazón hayan perdido a una pobre mujer que era buena antes de conocerlos: cuando les reconvengáis por que con su sentimentalismo poético y vaporoso han causado la deshonra y la desgracia de una familia, todavía tendrán el descaro bastante para deciros que lo sucedido «es una fatalidad, pero no culpa suya, porque su amor era puro.»

Quisiera haber dibujado con perfección a esta casta de sentimentales, para que diérais su debido valor a las declamaciones de muchos que veréis acaso extasiarse ante las grandezas del culto católico, y hasta celebrar enfáticamente ciertas bellezas de la Religión, y que sin embargo tienen y profesan, cuando bien los examináis, la propia religión que un cabello. Afectuosos quizá en su trato, melifluos en sus frases, y aun hasta dotados de cierta bondad (de la bondad que consiste en no hacer a otros cierta clase de males, contentándose con respetar su vida y hacienda; es decir, con no ser ladrones y asesinos), hallaréis al fin de vuestro examen, que en aquellas almas cauterizadas no cabe ni una idea generosa, ni un pensamiento varonil, ni un acto verdaderamente cristiano; hallaréis, en suma, que a pesar de las formas, no hay allí más que un egoísmo brutal y detestable.

Tal es la religión del sentimentalismo.

Quinta y última.– Los malvados, que conocen y saben perfectamente cuánto es y cuánto vale la religión católica para hacer verdaderamente buenos a los hombres, y verdaderamente libres a los pueblos; pero que por lo mismo que saben y conocen esto, persiguen con injurias, con sarcasmos, con calumnias, de palabra y por escrito, una religión que perpetuamente será un poderoso dique para impedir que su avaricia se apaciente de oro, y su ambición tiranice a los pueblos. Estos son los desvergonzados insultadores del Pontificado y del sacerdocio, los opresores sistemáticos de la libertad de la Iglesia, los entusiastas encomiadores del libre examen y del Protestantismo, nacido del libre examen; los que pretenden divorciar la fe de la razón, y hacer a la palabra divina esclava o reo de la miserable ciencia humana. Estas fieras dañinas son tanto más o menos violentas en sus ataques contra la Religión, cuanto mayor o menor es su habilidad para encubrir los fines que se proponen. De ellos, los hay que con toda la moderación del mundo, con las apariencias más plausibles de racionalidad y tolerancia, saben ocultar, bajo la fama de hombres sensatos y despreocupados que les granjean los necios y los bribones; saben ocultar, digo, el odio que profesan a la Iglesia de Jesucristo, y la sórdida avaricia o la ambición satánica que les roe las entrañas. Ya os lo daré a conocer algunas veces en este periódico, para que sepáis evitar su conversación y compañía.

Si ponéis algo de vuestra parte, y cumplís los preceptos de la Iglesia, espero que Dios ha de poneros a cubierto de las asechanzas de los malvados, y de vuestros propios extravíos.