El Católico
Madrid, sábado 10 de febrero de 1844
 
año quinto, tomo XVI, número 1427
páginas 321-322

Academia española de ciencias eclesiasticas

Sesión del miércoles 7 de febrero.

Por fin se van realizando nuestras esperanzas y llenándose nuestros deseos con el aspecto que presentaba la de este día. Ha comprendido al cabo esta reunión sus deberes y el fin de su instituto, y nos prometemos que no se desentenderá de ellos. El tema que debatía y con el que ha inaugurado sus tareas, así como el modo con que se han conducido cuantos tomaron parte en el debate, presagian felizmente el mejor porvenir y la reforma que nosotros deseamos para una corporación tan propia de un país católico y tan necesaria en días en que escasean las escuelas religiosas y en los que tan a duras penas arrastran los conocimientos eclesiásticos. Dolor profundo nos causa ver cuán agotados están los medios que antes proporcionaban el conocimiento de la Religión en un pueblo eminentemente religioso, y cuan superficial y descuidadamente pueden adquirirle los que son llamados al ministerio santo. El académico D. Cristóbal Ruiz y Canels, presbítero, leyó una brillante disertación en la que probaba que, “la moral cristiana es practicable y ennoblece y perfecciona la naturaleza del hombre.” En ella era de notar la fuerza del raciocinio, lo rico de las citas sagradas, lo oportuno de las de profanos autores y lo abundante de los hechos traídos con gracia y naturalidad. ¿Qué cosa mas hacedera, decía, que practicar una moral que persuade y que convence, que alicienta con el premio, y premio inmenso a la acción más pequeña, y conmina con el castigo, y castigo que voluntariamente se atrae la defección? ¿Qué cosa mas practicable que lo que se aviene con todos los estados, clases y condiciones dando fuerzas, consuelos y alegría a todos, y que vemos practicar desde el palacio a la choza, desde la corona al arado? ¿Dónde encontrar ideas tan sublimes de Dios y tan altas del hombre? ¿dónde conocimientos tan puros de la divinidad y tan propios de la mortalidad? La humildad y la caridad, el amor y el propio conocimiento, estas dos virtudes, compendio de la moral evangélica, es imposible que no perfeccionen la naturaleza humana: amando a Dios y a sus semejantes y conociéndose a sí mismo el hombre tiene todo el ennoblecimiento de que es capaz. Máxima que asentada se ve aun en los filósofos de la antigüedad. Tales fueron las razones con que el académico probó su aserto, y que nosotros ampliaríamos si no fuera un extracto lo que escribimos.

Varias fueron las observaciones que hicieron después, reduciéndose las del señor Marín a decir que habiendo salido todo perfecto de las manos de Dios había estado mucho tiempo la naturaleza humana sin perfeccionar en muchos siglos hasta el aparecimiento del cristianismo, y aun en el día sin perfeccionar se encontraban muchos pueblos do no era conocido, y no pocos donde se desconocen muchas o algunas de sus verdades. Las del señor Usera: que ¿en qué consistía que perfeccionando al hombre la moral cristiana, en los países cristianos se notaba mas falta de virtudes que quizás en los países salvajes? Las de Diez Robledo que porque no se hablaba de los medios de hacer conocer al pueblo la moral evangélica; y por ultimó las de Gutierrez Ríos notando que la Religión cristiana infunde al hombre el desprecio de sí mismo, la abnegación y el odio propio abatiéndolo y humillándole, y le prescribe virtudes con cuya práctica pudiera concluir la sociedad.

A todos satisfizo cumplidamente el disertante haciendo notar la lastimosa caída del género humano y su reparación; reparación que aprovechó a los unos prometida, y aprovecha a los otros cumplida: que si en los países cristianos se observa falta de virtudes, no consiste en la ley, sino en su inobservancia: que tratar de los medios era materia muy diversa; y finalmente, que en la humildad consiste la nobleza del hambre, en la virtud, practicada según la condición de cada uno, porque a todas se amolda la moral evangélica, moral que abraza preceptos y consejos, obligatorios los unos a todos, y los otros a pocos llamados al heroísmo, por cuya causa siendo de pocos no podían afectar al común de la sociedad, y menos atentar contra su existencia. Mediaron después algunas contestaciones entre los académicos Gutiérrez Ríos y Marín, reprobando el primero las protestas de catolicismo en una reunión católica, y donde no podía ni debía asentarse doctrina que no lo fuese, y que no siéndolo habría de ser solo por modo de argumento; y creyéndolo necesario el segundo para evitar el escándalo que podían producir ciertas doctrinas, que solo se sentaban para ejercitar y por vía de ilustración. Abunde cada uno en su sentido; pero es lo cierto que nos placen tales contestaciones, y que la academia debe consentirlas para depurar ciertos recelos que ahora y siempre ha debido disipar. El señor Usera hizo también una rectificación vindicando el escolasticismo que otro señor criticara, y haciendo ver con oportunidad y gracia, que los debates académicos serían otra cosa e impondrían más si sólo hablaran los entendidos, y concluyó la sesión un resumen brevísimo que hizo el vice-presidente señor Hernández Borbón.

La concurrencia era numerosa de parte de los académicos, y no escasa de la del público. ¡Ojalá sea siempre igual de aquellos, que la de este no les faltará! Una cosa nos permitiremos [322] notar, y es que cuestiones como la de este día quisiéramos que se ventilaran en otro terreno. Parécenos, y no somos únicos en este parecer, que la proposición era defendible en el terreno de la filosofía, más amena y más contrapuesta al filosofismo del siglo pasado; mas en la altura de las circunstancias. Se trató en el resbaladizo de la teología, tocándose cuestiones inmensas, dificilísimas, tales como los de gracia y libre albedrío, las de los diversos estados de la naturaleza y otras que no queremos indicar tan arduas o mas, si entre cosas iguales cabe comparación. No quiere esto decir, que no haya suficiencia bastante, en los que hablaron, para hacerlo; nosotros la reconocemos; pero es preciso no olvidar la índole de la época, es preciso no perder de vista que hay puntos que no basta indicarlos, sino que es menester profundizarlos y presentarlos con extensión y claridad; extensión y claridad a que no se prestan fácilmente, y aun cuando se presten son necesarias más horas y muchísimo tiempo para convenientemente entenderlas. Nos hemos impuesto el deber de censores de la academia con el ánimo, o de que concluya para siempre, o de verla convertida en una verdadera academia de ciencias eclesiásticas; por eso hacemos estas indicaciones, y confiamos que no las despreciará, mucho más cuando sabemos cuánto anhela y trabaja para su completa organización y reforma. Si lo consigue, como confiamos, no haremos entonces mas que alentarla y ayudarla con nuestras débiles fuerzas.= A. Z.

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