ABC
Madrid, 14 de junio de 2001

El español Pedro Laín
Julián Marías

La muerte de Pedro Laín Entralgo ha sido para mí un golpe durísimo, del que estoy lejos de haberme repuesto y que va a condicionar largo tiempo mi visión de las cosas. Lo conocí en 1940, y desde entonces nuestra amistad fue permanente, compleja, y se fue intensificando a lo largo de sesenta años. Es ineludible, y siempre se hace, referirse a la actitud de Laín ante la tremenda crisis de la guerra civil y su significación. La guerra civil, iniciada en 1936, que duró hasta 1939 y gravitó pesadamente sobre España y los españoles durante tantos años después, ha sido un factor decisivo en nuestra historia y en las vidas individuales.

La distinción capital que hay que hacer es la que existe entre los que quisieron, provocaron, desearon la guerra, la condujeron, participaron significativamente en ella, y los que simplemente se encontraron con el enorme suceso a cuyo desencadenamiento y configuración habían sido ajenos. Creo que ante esto había derecho a optar, que era lícito preferir una u otra posición, a condición de mantener una postura libre y crítica frente a ambas. Se podía «preferir» entre dos posibilidades tremendas, no deseables, con elementos de abnegación, heroísmo, patriotismo aunque fuese suicida. Era lícito pensar que una de las posiciones tenía mayor justificación, menos riesgos, mayor capacidad de rectificación. Esa preferencia «interna» tenía que dejar a salvo la repulsa de la violencia, la injusticia, la opresión.

Pedro Laín, hombre pacífico, benévolo, más aún, bondadoso, profundamente religioso, prefirió la posición que había de resultar vencedora. Cuando lo conocí, era consejero nacional de Falange y tenía algunos cargos importantes de orden intelectual, en la Editora Nacional, y era subdirector de la nueva revista Escorial, que dirigía su amigo Dionisio Ridruejo. Laín quiso conocerme, me citó en su despacho oficial y fui a verlo poco después de haber salido de las prisiones del régimen. Lo he contado en el volumen primero de mis memorias Una vida presente, y a ello me remito.

Siempre he pensado que, despojada de su exclusivismo, tiene valor la creencia de que «la primera impresión es la que vale»; me limito a creer que la primera impresión vale. Laín y yo procedíamos de campos contrapuestos; me bastó mirar su rostro para ver que era un hombre de bien en quien se podía confiar. Hablamos con sinceridad y veracidad; al cabo de un rato había empezado una amistad que ha durado hasta hace unos días y que, por supuesto, no ha terminado. Laín era el reconciliador por excelencia. Sintió dolorosamente la herida de la guerra; su actitud fue, desde uno de sus lados, tender puentes hacia el otro, no dar por terminada la convivencia entre los españoles; reconstruirla tan pronto como fuera posible, con el máximo respeto a la libertad personal que permitieran las circunstancias. No se trataba para él de la superación utópica de todo lo que había ocurrido, sino de no continuarlo, de dar realmente por terminada la guerra, de iniciar una nueva vida en paz.

No hay que decir que tuvo que contar con la implacable hostilidad de los que querían mantener el espíritu de beligerancia y hostilidad. Los tímidos intentos de que yo pudiese tener alguna existencia después de la absoluta exclusión a que fui sometido durante largos años y que en rigor no terminó nunca, le costaron ataques, riesgos, pérdidas. Esta fue la actitud permanente de Laín durante tantos años. Esto le exigió aceptar, más allá de lo que era mi gusto, ciertas posiciones que no coincidían exactamente con sus preferencias, pero que eran la condición de su viabilidad. He tenido muchos años la evidencia de que la situación en España era en cierta medida tolerable gracias a la actitud, poco frecuente, de hombres como Laín. Si hubiese habido veinte semejantes, la transformación de España hacia lo aceptable habría sido mucho más rápida y completa. Si se hace el experimento mental de eliminar la acción de Laín, se puede medir lo que ha significado su presencia y acción.

Somos muchos los españoles que tenemos una gran deuda con Laín. Se adelantó a los demás en revisar con rigor lo que pudo ser erróneo en sus trayectorias. Su libro Descargo de conciencia, tan valioso, tan sincero, fue acogido en gran parte con mezquindad por muchos que hubieran podido escribir palinodias mucho más graves que las bastante veniales que Pedro Laín reconocía. Hubo una extraña floración de hipocresías e injusticias; sobre ello escribí con sinceridad y voluntad de justicia.

No he estado siempre de acuerdo con las actitudes y acciones de Pedro Laín; las he comprendido y respetado, y mis discrepancias han procedido casi siempre de su excesiva benevolencia y tolerancia, de su confianza en algunas posiciones que a mi juicio no la merecían. Lejos de rigidez o mantenimiento de sus actitudes originarias, Pedro Laín pudo pecar de excesiva aceptación de posiciones que no estaban respaldadas por la autenticidad. Todo esto hace de Pedro Laín una de las figuras más valiosas de estos largos decenios, uno de los factores capitales de lo que es la todavía deficiente pero muy real reconciliación de los españoles.

Pero sería un error imperdonable olvidar quién ha sido verdadera y profundamente Pedro Laín Entralgo: uno de los mayores intelectuales españoles del siglo XX. Su acción ha acontecido desde las posibilidades y las condiciones de su vocación intelectual. Es menester recordar la ejemplaridad de su actitud ante las vicisitudes de la historia española y que ello fue posible gracias a su enorme valor como pensador y escritor, a la serie impresionante de sus libros, ensayos, artículos y cursos. A eso no podemos renunciar. La muerte de Laín nos priva de su convivencia, del calor de su persona viviente, de su ejemplo. Pérdidas que me dejan inconsolable. Pero queda su obra riquísima, múltiple, de gran valor, comparable a la de algunos de los grandes creadores que han florecido en el tremendo y admirable siglo XX. Lo que no podemos hacer es ser desleales a la admirable obra que ha dejado Pedro Laín. Sería una extraordinaria infidelidad a lo que fue su proyecto vital, a aquello en que más verdaderamente consistió.

Julián MARIAS


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