ABC
Madrid, 10 de abril de 1997

El gran injerto: la lengua española
Julián Marías

Se está hablando mucho de la lengua española, a ambos lados del Atlántico; no sé si la reflexión ha llegado hasta los confines del Pacífico. Se habla con gran conocimiento y talento, a veces con frivolidad. Desconfío de las grandes reuniones, en que rara vez se escucha, y menos veces se retiene lo que merece recordarse y se olvida lo que no busca resonancia. Pero siempre es bueno meditar sobre esa lengua que es la nuestra. Porque lo más interesante es que se trata de más de trescientos millones de personas, camino de los cuatrocientos, y sobre todo que esa lengua es verdaderamente «nuestra», de cada uno de nosotros.

La lengua es la primera interpretación de la realidad. Antes de lo que se diga, eso está condicionado, hecho posible, limitado, matizado por la lengua en que se dice. El «decir» va unido a la condición humana, mejor dicho, a la condición personal; en el caso del hombre, la forma primaria del decir es el «lenguaje»; pero el lenguaje sin más no existe: se realiza histórica y socialmente en multitud de «lenguas». A lo largo de los siglos, incontables; en el presente, unos cuantos millares, la inmensa mayoría muy restringidas y limitadas. Unas cuantas han recibido gran desarrollo y perfección, porque en ellas se han formado egregias literaturas –la literatura es gran instrumento de creación de lengua–. Algunas, por último, son «lenguas universales», habladas y escritas por diversos pueblos, de los cuales son «propias».

Una de las contadísimas que tienen este carácter es el español. Hace unos años encontré y formulé una imagen botánica para distinguir las dos formas de presencia europea en América. En su parte norte, por obra principal de los ingleses, secundariamente de holandeses y franceses, se realizó un «trasplante»: sociedades europeas fueron trasladadas a suelo americano, para fundar sociedades también europeas, que se desarrollaron en el Nuevo Mundo. En el centro y el sur del Continente, españoles y en menor proporción portugueses llevaron a cabo un «injerto»: porciones vivas de sociedades europeas se introdujeron en las diversas americanas, modificándolas; no fueron españolas, sino americanas hispanizadas, con gérmenes nuevos, de manera que dieron frutos distintos de los que sin ese injerto hubiesen tenido.

Pues bien, el principal instrumento y a la vez el mayor fruto de ese injerto fue la lengua española. La incorporación de los españoles al mundo recién descubierto fue tal, que se ha llegado a reprochar a los misioneros que dedicasen tanto tiempo y esfuerzo a aprender –y estudiar, por primera vez– las lenguas indígenas, para evangelizar a los habitantes en sus hablas propias, antes que enseñarles el español. Desde el punto de vista de la cultura, del aprendizaje de usos y técnicas, ése era el instrumento más importante; los misioneros creían que la adquisición de la fe cristiana era lo primero. Se suele olvidar que el español significaba algo decisivo: la posibilidad de comunicación, no ya con los españoles, sino de los indios entre sí, más allá del grupo propio, dilatado en algunos casos, ínfimo en la inmensa mayoría.

En todo caso, el español es «la lengua» de la América hispánica –el portugués, la del Brasil–. Es decir, la lengua española fue el instrumento de la constitución de América, que antes era una simple designación geográfica en la mente de los extranjeros, algo que carecía de todo sentido para los aborígenes.

En los países en que existía una población densa y con desarrollo cultural, los demás colonizadores europeos han introducido sus lenguas, que han conocido y hablado minorías cultivadas, comerciantes, funcionarios, personas dedicadas a la administración: pero no han sido, ni son, la lengua de esos países, la inmensa mayoría de cuyos habitantes conocen solamente las originarias, que pueden ser decenas o centenares en los países extensos y muy poblados.

Esas lenguas europeas son «propias» en aquellos países poblados primariamente por europeos trasplantados, no por los aborígenes. Algo totalmente distinto de los que hablan español o portugués, en países diversos, sea cualquiera su origen, incluso los esclavos africanos trasladados a algunas porciones de América, respecto de los cuales se realizó ese «injerto» –en el Brasil, mucho más que con la población aborigen.

Y esto explica que en la América española existieran desde muy pronto, ya desde el siglo XVI, escritores originales en español, y con frecuencia mestizos –la otra forma capital del injerto–. Fueron escritores porque escribían en su lengua, la propia, no una aprendida o impuesta.

En las Filipinas las cosas fueron algo diferentes, por varios motivos, que rara vez se tienen presentes. La enorme distancia entre España y ese archipiélago –todavía en el siglo XIX las fragatas tardaban cuatro meses en la travesía–, la difícil comunicación entre las innumerables islas, la multiplicidad de las poblaciones originarias, con sus lenguas, el escaso número de españoles, que nunca emigraron en grandes números..., todo eso hizo que el pueblo filipino en su conjunto no hablase español, limitado a grandes minorías, grandes pero minorías. Por eso no es la lengua del país, no ha resistido la presión del inglés –y ahora se intenta que también se desplace, sustituido por el tagalo, lengua de muchos filipinos pero no de la totalidad: no parece suficiente si lleva consigo la renuncia a dos ilustres lenguas universales.

El español es ahora la lengua de España –con perdón de los que tienen vocación de «aldeanismo»– y de la mayor parte de América. Su unidad, como creía Valera a fines del siglo pasado, permanece y es más fuerte que nunca. Se leen textos de escritores de varios países, y no se sabe de cuál, si no se dice. En el habla coloquial y popular hay diferencias, no ya entre países, sino entre las regiones de cada uno de ellos; pero la comprensión es fácil y segura en toda la inmensa extensión del idioma –y esta palabra es adecuada, porque es «propio» de cada uno y todos ellos.

El español de América tiene fuertes influjos de la variedad andaluza en la Península, por razones muy claras. Y va a tener una consecuencia menor, que me complace. En España hay, desde la época clásica, una propensión al «leísmo» –el uso del pronombre «le», no sólo para el dativo, sino también para el acusativo, al menos de persona–. Se encuentra en excelentes escritores, y en el uso general. La Academia lo acepta para el acusativo singular de persona. El uso lo extiende al plural y hasta a las cosas –«Este libro le compré en París». Soy «loísta», empleo «lo» para todo acusativo, y así lo prefiero. Pero estoy en minoría.

Pero hay una excepción: Andalucía es predominantemente loísta. Y América lo es también. A muchos hispanoamericanos les molesta el frecuente «leísmo» español. Y son más, muchos más que nosotros. Aunque España sea cada vez más leísta, el español en su conjunto será loísta, más a mi gusto. Salvo que los medios de comunicación, sobre todo la televisión, dispongan, aquí o allá, otra cosa.

Con tal de que se conserve la ortografía, tan razonable en nuestra lengua, que viene a ser la buena educación en la lengua escrita. Y, sobre todo, la garantía de la unidad de la lengua escrita. Imagínese lo que sería si cada uno escribiese de acuerdo con su particular pronunciación. La fijeza fonética del español haría relativamente soportable lo que en otras lenguas, como el inglés, sería el desastre, el comienzo de una Babel escrita.

Julián MARIAS


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