Sapientia
Buenos Aires, octubre-diciembre 1956
año 11
nº 41, páginas 368-372

Octavio Nicolás Derisi

El IV Congreso Interamericano de Filosofía

Celebrado en Santiago de Chile del 8 al 15 de julio de 1956

I. La Sociedad Interamericana de Filosofía, definitivamente constituida en Sáo Paulo (Brasil) con ocasión del Congreso Internacional de Filosofía, allí celebrado en agosto de 1954, encomendó a la Sociedad Chilena de Filosofía la organización de este IV Congreso Interamericano de Filosofía y primero llevado a cabo por aquella Sociedad Interamericana.

La Sociedad Chilena de Filosofía a su vez puso la realización de este provecto en manos de un Comité Ejecutivo, presidido por el Dr. Jorge Millas. Bajo la inteligente dirección del Presidente, secundado por el infatigable Secretario del Comité. Dr. Santiago Vidal Muñoz, y por un gran número de colaboradores –casi todos jóvenes y algunos, estudiantes– el Congreso ha sido llevado a cabo con todo éxito, superándose las múltiples dificultades de una organización tan compleja. Sólo así pudo ser cumplido el programa en todas sus partes y con todo orden, a la vez que prestarse asistencia continua a los congresistas, haciéndoles así agradable la estadía y creando entre ellos un ambiente de cordial comprensión; lo cual a su vez ha contribuido decididamente al éxito de la Asamblea.

II. El Congreso contó, como era natural, con una numerosa delegación chilena –pudiéndose decir que no ha faltado ninguna de las figuras más significativas del país– y con representantes de casi todas las naciones americanas y algunas de Europa.

El tema central del Congreso fue el de «La Filosofía en el mundo contemporáneo», subdividido en cinco partes, que abarcaron: 1) Los problemas actuales de la Lógica, Filosofía de las Ciencias y Teoría del Conocimiento, 2) Problemas actuales de la Teoría de los Valores, de la Ética y de la Estética, 3) Problemas actuales de la Filosofía del Derecho, de la Filosofía Política y Educacional, 4) Problemas actuales de la Antropología filosófica, de la Historia y de la Cultura, y 5) La Metafísica y el estado actual del saber. Como era lógico, este tema en sus diversas partes fue rebasado por los temas fundamentales de la Filosofía, desde los cuales solamente puede cobrar cabal sentido y significación un problema determinado de la misma.

Los temas de las reuniones plenarias del congreso fueron dos: 1) Acerca del Progreso en Filosofía y 2) Sobre la Filosofía Americana.

En cuanto al primer tema, algunas comunicaciones fueron negativas y hasta pesimistas –no hay progreso y la [369] Filosofía ha llegado a un «impasse» sin poder sacar al hombre de su encrucijada actual–, otras señalaron ciertos aspectos secundarios de progreso, tales como la clarificación de los problemas, la purificación de los temas de aspectos no filosóficos, la precisión de los mismos distinguiéndolos en sus diversas facetas, la afinación del instrumental conceptual y metodológico, &c.: finalmente el P. Fabro apuntó al progreso en el sentido más auténtico hondo, en cuanto las distintas posiciones filosóficas –pese a sus errores y unilateralidad– cuando se las analiza con comprensión, traen consigo casi siempre el descubrimiento de una faceta nueva, o profundización de la misma, de una Verdad absoluta e infinita, que el hombre no puede captar plenamente desde un comienzo.

Numerosas comunicaciones trataron el tema de la Filosofía Americana. Hubo algunas comunicaciones en defensa de una Filosofía Americana con una temática y soluciones propias, pero también hubo una vigorosa reacción en contra; la cual, a nuestro entender, colocó las cosas en su verdadero cauce. Iniciando esta reacción dijo Derisi: La Filosofía por su esencia busca la verdad absoluta y, como tal, tiende a ser universal por encima de toda nacionalidad, raza o geografía, bien que por su existencia concreta en espacio, tiempo e historia se vea abocada también a temas y se encarne con una modalidad y estilo propios. Esta tesis, un tanto resistida al comienzo por algunos defensores de la Filosofía autóctona, fue ganando terreno, y cupo a la delegación argentina –pese a la disparidad de posiciones de sus representantes– la defensa unánime y vigorosa de esta tesis, que al final fue aceptada por casi todos los delegados.

III. Más difícil sería determinar las direcciones filosóficas dominantes del Congreso. Esquematizando un poco, podríamos decir que logró hegemonía el espiritualismo en sus diversas formas. Este espiritualismo a su vez, tuvo sus principales representantes en las siguientes posiciones: de la fenomenología y axiología –Husserl, Scheler y Hartmann siguen ejerciendo poderosa influencia en América Latina–; del problematicismo, con resabios Kantianos y Hegelianos, en una nueva impostación de Ugo Spirito; y del vigoroso pensamiento neotomista, representado por filósofos de varias naciones americanas y egregiamente por el Padre Cornelio Fabro de Italia, y de otras direcciones cristianas. El espiritualismo también tuvo sus defensores en la Sección de Filosofía jurídica, y en la de la Lógica matemática, representada por la casi totalidad de los delegados norteamericanos y algunos de otras naciones. En menor escala estuvo representado también el neo-empirismo, e incluso hizo su incurso el materialismo marxista (comunismo). [370]

IV. Las comunicaciones y discusiones se realizaron, como en otras oportunidades, en reuniones plenarias –las matutinas– y en reuniones por secciones especiales, de acuerdo a las cinco partes antes mencionadas, en que se subdividió el tema central del Congreso –las vespertinas–, y que actuaron durante todos los días de la Asamblea.

El interés por los problemas suscitados se evidenció no solo por la asistencia asidua de los miembros del Congreso a todas las reuniones, sino también por las numerosas intervenciones de casi todos los representantes en los debates consiguientes a cada una de las tesis presentadas. Con frecuencia estos diálogos –a veces más interesantes que las mismas comunicaciones– se prolongaron largamente con la intervención de muchos de los asistentes, en los que alternaron en pie de igualdad figuras sobresalientes de la filosofía con otras de menor significación.

De este modo se pudieron contraponer y hasta justipreciar diferentes posiciones, precisadas a veces, fortalecidas y enriquecidas con el debate, o viceversa, debilitadas y hasta demolidas.

V. En medio de las posiciones mas antagónicas –y algunas de militancia política como la marxista– el Congreso se ha desenvuelto en un ambiente de cordialidad y mutua comprensión. Las diferencias, a veces profundas y defendidas con vigor, nunca pasaron de un plano puramente ideológico ni llegaron a afectar a las personas o a perturbar en lo más mínimo el ambiente de amistad, que reinó durante las nutridas jornadas del Congreso, y que continuaba y se fortalecía en el trato personal cordial fuera de las reuniones oficiales.

Sin duda que a más de la categoría espiritual de los asistentes, ayudó también a crear este ambiente la autoridad –hecha de ecuanimidad y fino tacto– del Presidente Millas y de sus colaboradores inmediatos.

VI. Y éste sin duda es el mayor éxito y el mejor fruto del Congreso de Filosofía de Santiago. En el contacto personal, en el trato de íntima cordialidad, la comprensión de las mutuas posiciones filosóficas se facilita, las diferencias en lugar de agrandarse se aminoran y, en todo caso, se llega a la conclusión de que los filósofos –hombres al fin, sin poder renunciar a los imperativos de su esencia humana, más fuertes siempre que las de sus propias ideas– son por lo común superiores y mucho menos agresivos que sus propias posiciones, a veces realmente disolventes y deleznables.

Crear un clima de cordialidad y de amistad en cualquier diferencia de los hombres –aún en las más hondas e intransigentes, que son las ideológicas y sobre todo las de la filosofía– es el [371] primer paso para la mutua comprensión, para aprehender el pensamiento ajeno como es sin deformarlo, para ver sus aspectos valiosos, aunque él nos resulte en su conjunto inadmisible y, para crear un clima en que se hace posible el diálogo y con él la aproximación espiritual y hasta el aprovechamiento cada vez mayor de posiciones diversas y hasta antagónicas, si no, una coincidencia total: y, en todo caso, para mantener una comunicación afectuosa entre los hombres, que con buena voluntad y serenamente buscan la verdad como solución de los problemas más hondos y fundamentales de la vida y convivencia humanas.

En este sentido el Congreso de Filosofía de Santiago de Chile –tanto o más que otros– ha puesto en un plano de amistad cordial a los principales hombres de América, vinculados entre sí por un mismo amor a la verdad y por un mismo anhelo por alcanzar la Sabiduría de la misma. Y no es poco crear así un clima propicio para un trabajo de creciente colaboración entre los filósofos de tan diversos países y de tan diferentes tendencias.

VII. Como expresión de deseos para un mejoramiento de este tipo de reuniones, creemos que ayudará a ellas: 1) una mayor unidad en el empleo de los términos filosóficos: un léxico filosófico substancialmente unívoco, y 2) una noción más precisa de lo que es la filosofía. Porque si no se comienza por ahí, por saber bien lo que es Filosofía –y más si hasta se problematiza su misma noción– y si los términos empleados carecen de unidad significativa –al menos en lo substancial– los Congresos tienden a convertirse en una Babel y a perder todo sentido el diálogo y, con ello, a malograrse el mismo objeto teórico específico de aquellos. 3) En tercer lugar creemos que debería mejorarse la reglamentación de los Congresos hasta poder llegar al diálogo directo y libre entre el ponente y el objetante. Ello contribuiría a precisar bien las diferencias de ambos y a pesar sus argumentos para que los oyentes imparciales puedan llegar realmente a tomarse un juicio formal del problema en sus dificultades y, en lo posible, en su solución. Además estos debates –que de hecho fueron generalmente muy vivos e interesantes, y en los cuales se llegó muchas veces a tocar más hondo el problema que en las mismas ponencias– realizados con más libertad, ganarían en interés y provecho. Al fin de cuentas, lo que a todos los filósofos debe interesar es la verdad y no su amor propio en mantener su propia posición, y es en el diálogo directo –y sostenido– donde mejor puede ella descubrirse y manifestarse. Naturalmente que tal diálogo así entablado, supone, por una parte, una amplia y sólida formación filosófica y, por otra, un elevado nivel de educación y mutua comprensión para que no degenere en disputas agrias y sin provecho. Pero debemos dar por supuestas tales condiciones en los miembros de un Congreso de Filosofía; y en todo caso a la [372] Presidencia tocaría exigirlas e imponerlas, cuando los participantes no se atuvieren a este fair play del debate.

Pero para poder entablar el diálogo es imprescindible comenzar por ponerse de acuerdo en los dos primeros puntos, antes mencionados. De otra suerte se habla y discute sin saber a punto fijo de qué, y cada filósofo tiende a encerrarse herméticamente en su propia posición, sin posibilidad de un contacto fecundo y ni siquiera de comprensión del pensamiento ajeno.

Ponerse de acuerdo en esos dos puntos fundamentales es tarea difícil, lo comprendemos, pero no imposible. Es menester trabajar con sinceridad por alcanzarlo, a fin de que el diálogo pueda entablarse con provecho. La filosofía, pese a sus múltiples y encontradas posiciones, ha tenido un objeto bien definido y un lenguaje clásico común hasta hace un siglo, poco mas o menos. ¿Por qué no se podría volver a él con las innovaciones y enriquecimientos indispensables? En todo caso se impone una poda de una nomenclatura arbitraria y hermética, para uso personal que muchos filósofos tienden a crearse para su propia filosofía; la cual, si puede tener utilidad para ellos mismos, no la consiguen sino a costa de su comunicabilidad con los demás. El mal ejemplo dado al respecto por los existencialistas parece cundir y tiende a difundirse. La filosofía, si quiere comunicarse a los otros –y la Filosofía como la verdad, por esencia tiende a ello– debe poseer, sí, un lenguaje técnico propio, pero no esotérico. La profundidad y originalidad y hasta la diversidad del pensamiento no son incompatibles con la unanimidad del léxico. Más aún, muchos léxicos personales esotéricos solo sirven para ocultar una pobreza y vulgaridad conceptual cuya originalidad no trasciende el lenguaje.

Tales son las reflexiones que la asistencia a diversos Congresos Internacionales de Filosofía nos ha sugerido.

En todo caso el Congreso Interamericano de Filosofía de Santiago es uno de los mejores que recordamos, tanto por su buena organización, como por el trabajo serio de sus participantes y el clima de espiritual convivencias y amistad, que tanto ha ayudado a la mutua comprensión y comunicación de las ideas y de los filósofos más representativos de América.

Mons. Dr. Octavio N. Derisi


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Congreso Interamericano de Filosofía
1950-1959
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