Signal
Berlín, segunda quincena de julio de 1941
número 14 del año 1941 [Sp 14]
página 22

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Diez minutos de estrategia

Las palabras estrategia y táctica son un enigma para la mayoría de las personas. Por esta razón todos quieren saber algo de las mismas. Los alemanes consideran segura su victoria, porque su estrategia es la mejor ¿Es que hay acaso diversas estrategias, una alemana y en oposición a esta otra inglesa? Los críticos militares responden afirmativamente a esta pregunta. «Signal» conducirá a sus lectores, en algunos artículos, a través de los lugares de labor de los estrategas y les revelará los secretos del arte militar.

Hace unos ochenta años se hicieron dos grandes guerras en el mundo, cada una de un carácter tan original que se diferenció fundamentalmente de la otra. Una de ellas fue la franco-prusiana de 1870-71, la otra la de Secesión norteamericana, que se desencadenó desde 1861 hasta 1865. En estas dos guerras se separaron los espíritus de los filósofos militares y de los estrategas. Cada una caracterizó una escuela. Las dos han sido investigadas y explicadas en todos los sentidos y de las dos se han desarrollado teorías.

La vida del hombre es limitada, pero la idea perdura eternamente y de este modo se pueden encontrar también ejemplos de ideas en la historia de remotos tiempos para estas dos guerras. Sin embargo, lo que debe ser esclarecido se hace más comprensible si consideramos no las guerras de la antigüedad, sino la franco-prusiana y la de Secesión norteamericana como la gran separación de los espíritus. La guerra de Secesión norteamericana mostró con brutal evidencia y por primera vez en la historia moderna de la humanidad, el empleo de la estrategia anglosajona, mientras la guerra del 1870 hizo brillar a la perfección la idea de batalla prusiano-alemana y europea.

Un neutral explica la diferencia

Semejante afirmación es naturalmente sorprendente para el profano, porque está inclinado a creer que la guerra es siempre igual y por lo tanto no puede haber diferencia alguna entre un concepto alemán y uno anglo-sajón del objetivo de guerra. Es falso este juicio de profano. El coronel divisionario suizo Eugen Bircher, quien ha formulado concluyentemente los dos conceptos de objetivo de guerra en su libro «Der krieg ohne Gnade» (La guerra sin perdón, 1937), dice que la base del concepto de la guerra cambia decisivamente si se considera desde el punto de vista anglosajón o desde el prusiano clásico, partiendo de la idea del filósofo militar alemán Clausewitz. El concepto prusiano de objetivo de guerra es la destrucción del ejército adversario, la idea anglosajona prevé sin embargo la destrucción de la economía adversaria como primer objetivo de guerra y sólo la victoria del ejército enemigo como su consecuencia.

La diferencia va hasta la profundidad de la moral humana. El alemán, y con él el europeo continental, busca la decisión en la batalla abierta, el anglosajón evita en lo posible la batalla abierta y busca obtener la decisión mediante la destrucción de todas las reservas del enemigo. Se puede considerar cobarde y poco varonil este modo de combatir, pero no dejará de ser un hecho que se ha convertido en un sistema determinado tal vez por el carácter discrepante de este pueblo.

El sistema anglosajón de la táctica militar efectuó sus primeras tentativas en la lucha de los colonizadores norteamericanos contra los indios. A pesar de su mal armamento, los indios se mostraron superiores a los agresores por su valor, espíritu de sacrificio y por su unidad. Su espíritu de resistencia no se desmoronó tampoco ante la lluvia de metralla. En el terreno militar apenas se podía obtener una decisión y de este modo surgió la nueva idea, cuyo autor se desconoce. Uno de sus ejecutores se llamaba sin embargo Cody, un coronel norteamericano que ha adquirido una triste celebridad en la historia bajo el nombre de «Búfalo Bill». Con un grupo de tiradores montados, penetraba en los campos de caza de los indios y derribaba con su gente todos los búfalos que se ponían a su alcance. El búfalo era el alimento de los indios, que desprovistos del mismo tuvieron que deponer las armas. El coronel Cody se hacía fotografiar de buena gana ante pirámides de cadáveres de búfalos, que le dieron fama y más tarde viajó por todo el mundo con un circo ambulante norteamericano.

La declaración de guerra al pan cotidiano

El nuevo sistema fue elevado después a una crueldad extraordinaria en la guerra de Secesión norteamericana. El general Grant no podía obtener decisión militar alguna; buscó otro medio y lo encontró en el bloqueo. Procedió primeramente en forma militar. El almirante Farradit conquistó Nueva Orleáns y se apoderó de la desembocadura del Mississipí. Remontó después el río y separó con ello a los Estados del Sur del abastecimiento que recibían del mar. Los Estados del Sur habían previsto sin embargo semejante caso, renunciando por ello a sus plantaciones de tabaco y cultivando cereales en su lugar.

De este modo habrían podido mantenerse. Se registró entonces en la historia de esta guerra y con ello en la de la humanidad un nuevo acontecimiento, hasta aquel día desconocido. El general Sherman avanzó desde el centro del Mississipí con 55.000 hombres hacia el Atlántico. Pero este general no quería luchar, ni tampoco bloquear a las tropas, sino tenía la orden de saquear y la cumplió. Sus instrucciones a sus tropas, si es que se las podía llamar así según los conceptos europeos, decían: «Destruir caminos, caballos y población.» En sus memorias relata de su así llamada «campaña»: «Antes de que saliéramos de la Carolina del Sur, los soldados se habían acostumbrado hasta tal punto a destruirlo todo en el eje de avance, que la casa donde pasaba a veces la noche estaba envuelta en llamas antes de que la hubiera abandonado.»

Las consecuencias fueron desastrosas para los Estados del Sur. El país estaba entregado al hambre, se declararon epidemias en los campamentos de prisioneros, fue asesinado el presidente Lincoln, que no había querido esta guerra sin perdón y deseaba una paz de reconciliación, y los Estados del Sur tuvieron que deponer las armas para escapar de la miseria y del hambre.

Esta cruel guerra se convirtió en el ideal de la táctica militar anglosajona y ha hallado uno de sus defensores más destacados en el capitán ingles Liddell Hart. Este predica a los ingleses hacer única y exclusivamente semejantes guerras en las que se intente desmoralizar a la población enemiga, de tal modo que carezca de sentido la batalla abierta para la tropa en primera línea.

Durante la guerra mundial se aplicó por primera vez la nueva teoría en Europa. El éxito es conocido. Veinteséis Estados no fueron capaces de infligir la decisiva derrota militar a Alemania y el bloqueo tenía que completar lo que no habían podido lograr los ejércitos aliados. Nunca olvidará el pueblo alemán lo que el entonces embajador alemán y representante de la Nación alemana, conde Brockdorff-Rantzau, dijo cuando Clemenceau le reprochó la supuesta inhumanidad de la táctica militar alemana: «Si se ha de hablar aquí de inhumanidad, Alemania tendrá el derecho de reprocharles a ustedes, el número de niños, madres y ancianos alemanes muertos de hambre a consecuencia de su inhumano bloqueo.»

Inglaterra acaba con los paisanos

La estrategia anglosajona ha suprimido el concepto de población civil y no conoce diferencia alguna entre soldados y paisanos, entre hombres y mujeres; los niños y los ancianos desempeñan en esta estrategia el mismo papel que el soldado en primera línea. Tienen que morir de hambre, para que el soldado cese de luchar. El poeta nacional de los alemanes, Federico Schiller, dice en su obra dramática «La Prometida de Mesina»: «Pero la guerra tiene también su honor, y es la gran impulsora del Destino humano!» Este honor de la guerra no tiene ya lugar alguno en la estrategia anglosajona. El objetivo de esta estrategia es la guerra total. Es un invento anglosajón con el que los pueblos han de resignarse a la voluntad de Inglaterra. La curiosa insensibilidad de los ingleses contra todo lo no inglés permitió a los defensores de la estrategia anglosajona demandar la realización de sueños infernales. Según Liddell Hart, una guerra moderna tiene que comenzar siempre con el lanzamiento de gases contra la capital adversaria.

Por qué no piensa Alemania a la inglesa

Para el observador de la actividad humana sería una tarea examinar por qué los alemanes no han procedido igualmente, dado este estado de cosas, a la teoría anglosajona de la táctica militar. Se podrían escribir tomos enteros exponiendo las razones éticas y de carácter, que prohíben a los alemanes ceder a las tentaciones de la estrategia anglosajona. La última razón se puede resumir en una sola frase: los alemanes tendrían que renunciar a sí mismos, si quisieran apartarse de su arte militar. No lograrían hacer la guerra sin perdón o sin honor, porque no la podrían aprobar tanto mental como moralmente.

Las aportaciones de pensadores alemanes a la filosofía de la humanidad han probado que los alemanes son capaces de concebir y meditarlo todo. De este modo han comprendido también la estrategia anglosajona; adivinar sus intenciones y reconocer su base no es muy difícil. Si se dijo que la mentalidad alemana no puede aprobar la estrategia inglesa, iluminará esto un lado especial del modo de ser alemán. El alemán no separa la mentalidad de su cuerpo y de su alma. Bien es verdad que su mentalidad le permite contemplarlo todo, pero él a su vez no la permite actuar libremente. Así pues, el alemán no puede actuar con una idiosincrasia que le sea extraña. Si lo hace, perece. Si por el contrario permanece fiel a su modo de ser, se mantendrá. En este simple hecho se encierra también la seguridad de los alemanes de la superioridad de su estrategia.

El cementerio de la humanidad no es un objetivo alemán

Según el filósofo militar alemán Clausewitz, el objetivo de la guerra es lograr la paz. A este objetivo sirve la estrategia. La anglosajona quiere la paz de cementerio, mientras la alemana quiere obligar a la paz al adversario con vida y no muerto de hambre o intoxicado por los gases; quiere darle una paz que no necesite pasar entre losas sepulcrales. En el Estado Mayor alemán se han ejercitado y enseñado hasta el día de hoy sólo las artes que corresponden a este objetivo. Las victorias alemanas que permitieron a los pueblos vencidos, tanto después de la guerra de 1870 como también en ésta, regresar rápidamente a su trabajo y a las obras de la paz, son la recompensa de estos esfuerzos.

En nuestro próximo artículo dirigiremos una ojeada al taller de la estrategia alemana. Hoy se dirá sólo lo siguiente: Los ingleses pretenden que el empleo consecuente de su estrategia conduce a la humanidad porque la paz siguiente a sus guerras de bloqueo es mucho más duradera que cualquier otra. Esto es verdad porque la paz anglosajona deberá debilitar por largo tiempo la fuerza del pueblo vencido y reducido a la miseria, de modo que le sea imposible restablecer su libertad. Sobre esta clase de humanidad ha dicho la última palabra el poeta francés Romain Rolland en su drama «Dantón». Hace embriagarse a San Justo en las teorías de Robespierre y quiere cortar por ello la cabeza de las personas para que se tornen virtuosas terminando con la frase: «Los pueblos deben morir para que Dios pueda vivir.»


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